Niños al ring

Reportaje - 12.09.2004
Moisés García

No pelean por dinero. Tampoco por entretenimiento. Pero quieren ser campeones mundiales de boxeo algún día. Es la historia del creciente ejército de niños que pretende llenarse de gloria con la fuerza de sus puños.

Amalia Morales

El volumen del griterío sube y baja al compás de los golpes que surgen del cuadrilátero. El campanazo que remata el asalto final, de la quinta pelea de la noche, amaina por segundos, alaridos y silbidos. Los rivales se destrenzan y extenuados se arrinconan en sus respectivas esquinas, roja y azul. Mientras chorrean agua y sudor, aguardan el veredicto de los hombres de blanco que han visto la pelea en primera fila.

La expectación por la decisión de los jueces llega hasta el cuarto hediondo a orines, en el que espera su turno para subir al ring, Carlos "El Chocorroncito" Buitrago. Según la cartelera, su pelea es la próxima de la velada organizada en el gimnasio Róger Deshón, en San Judas.

Atento a que lo llamen por los altoparlantes, "El Chocorroncito" ensaya su ataque. Todo el tiempo salta. Bailotea hacia atrás y en forma circular. Su cuerpo flota en el traje de bandera blanquiazul que le dio a hacer su mamá y que en la espalda y la cintura tiene su nombre. Sus brazos como resortes, se estiran y encogen. Los guantes que pesan ocho onzas no le restan elasticidad. Como quien se imagina al enemigo enfrente, da sopapos al aire. A la par suya otros cinco ansiosos hacen maniobras similares.

Por el abucheo que se arma en las butacas y el cacareo del micrófono se sabe que ya hubo sentencia de la refriega anterior. En la retahíla de palabras, el animador menciona a Carlos "El Chocorroncito" Buitrago", y el niño sale como ráfaga al ring. En el trayecto, su ímpetu se eleva con el bajo y la percusión y el pleito de voces en inglés que reclaman no ser "un ladrillo más en la pared", la canción setentera de Pink Floyd, con la que Buitrago y su hermano, también boxeador, les gusta aparecer en el ring.

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Una parte del público se exalta, entre ellos su mamá, Ruth Rojas, quien generalmente lo sigue a todas sus peleas. "Ese chavalito es la sensación aquí", dice un fanático. Es la mascota del gimnasio que maneja el tricampeón mundial, Alexis Argüello.

García entrenando con Francisco "El Toro" Coronado
García entrenando con Francisco "El Toro" Coronado, en el gimnasio del Oriental. Magazine/ La Prensa/ Orlando Valenzuela

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"Soy estilista"

En dos años, "El Chocorroncito" ha hecho más peleas que un boxeador estelar que sólo entra al ring por dinero. En su récord lleva acumuladas 49 victorias y dos derrotas, éstas últimas con el mismo contendiente: Arnoldo Solano, "Sirigua", un chavalo poblador de Healeah, que entrena en las instalaciones del Instituto de Juventud y Deportes (Injude).

Los rasgos del muchacho, calcos de su mamá, se endurecen con la careta. El protector bucal le hace nudo la boca. Sobre la lona, "El Chocorroncito" vuelve a repetir las muecas que hacía en la habitación. Se coloca en el centro del cuadro y gira a cada lado, dando una pequeña demostración de sus habilidades. "Mi papa me dice que soy estilista, que soy boxeador". Sus palabras suenan a verdad absoluta. Se va a la esquina azul y da paso al saludo del rival, que sube al cuadro con menos ruido. Guillermo Elizabeth, uno de los mejores boxeadores infantiles de Ticuantepe. Tiene 11 años, uno menos que "El Chocorroncito" y lo apodan "Avispa" "porque no cierro los ojos", dice, pero también puede ser por su cara de santo o por el apellido que se gasta, Elizabeth.

Este niño, que estudia cuarto grado, viene por la revancha. Quiere sacarse la espina con Buitrago, quien ya le ganó una vez.

Contrario a su rival que despierta admiración por su dominio escénico, Elizabeth se ve frágil y hasta gracioso con la "huevera" —el protector de golpes bajos— que le crea una barriga cervecera, falsa y desproporcionada para sus 68 libras.

Sin más preámbulos empieza el duelo. En tres rounds, de un minuto cada uno, Elizabeth espera reivindicarse y Buitrago mantener su racha de victorias.

Por las venas de estos pequeños deportistas corre sangre de boxeadores. Los papás, convertidos hoy en sus entrenadores, estuvieron alguna vez en su pellejo. Desde las esquinas, sudando copiosamente, se les oye vociferar consejos a sus retoños. "¡Alcanzálo! ¡Directo! ¡Vamos Carlitos!", grita Mauricio "Halcón" Buitrago, a "El Chocorroncito". "Ojalá que él pueda llegar hasta donde yo no pude", espera. El papá de Elizabeth hace lo mismo.

Como Elizabeth y Buitrago hay más de 50 muchachos de entre 10 y 13 años que pelean como amateurs en las veladas boxísticas gratuitas que se organizan en los gimnasios del país. En la capital los programas son apoyados por la Alcaldía de Managua.

Las peleas de niños se hacen por lo general cada 15 días. "Es lo mínimo de descanso que se le da a los niños después de cada pelea", dice Francisco "El Toro" Coronado, quien entrena a los que van al gimnasio del Oriental.

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La mayoría de los muchachos, provenientes de barrios y asentamientos marginales de la capital, son enseñados por glorias del boxeo nacional. Así, el gimnasio Róger Deshón está a cargo de Alexis Argüello, quien delega parte de los entrenamientos en Gustavo Herrera, medallero nacional en los ochenta; la escuela del Oriental, la dirige "El Toro" Coronado y Eddy Gazo, también campeón mundial, prepara a los del Iván Montenegro.

"Me gusta trabajar con los chavalos, cuando los veo con potencial, me imagino que de aquí va a salir uno grande como Alexis", dice "El Toro" Coronado.

De los seis campeones nacionales ninguno comenzó su carrera boxística a tan corta edad. En el ámbito internacional, el campeón puertorriqueño, Félix "Tito" Trinidad, futuro rival de Ricardo Mayorga, a los 12 años fue cinco veces campeón de torneos aficionados en su país.

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Semilleros de boxeadores

En el gimnasio del Oriental, localizado en la antigua bodega de la Azucarera en el corazón del mercado, se organizan programas boxísticos, que incluyen niños los fines de semana.

Entre los prospectos de la escuela que maneja "El Toro" Coronado sobresalen Wilfredo Romero, de 22 años que vende ropa interior en un carretón del mercado, y Moisés García, que cumplió 10 años el mes pasado, y que ayuda a su mamá a vender frescos.

Moisés, cuya estatura no sobrepasa las cuerdas, trepó a un ring hace seis meses por primera vez. En su corta trayectoria lleva siete peleas. "Sólo he perdido una", dice mientras celebra su última victoria, que conquistó por decisión unánime frente a Ariel Loáisiga de 11 años, un debutante del Huembes.

"¡Turquiálo Misael! jurquiálo!", grita Moisés sin tecnicismos a uno de sus compañeros mientras pelea en la bodega del Oriental, un gimnasio con aspecto de horno, por la luz tenue y por el calor, que obliga a la gente a improvisar abanicos con las toallas de mano.

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Las mujeres que van a estos gimnasios no son las novias, ni las esposas admiradoras de los boxeadores. Muchos menos las hijas. En casi todos los casos las acompañantes son las mamás y las hermanas. Y los hombres que llegan a estas arenas tampoco tienen cara de apostadores. Casi siempre son los papás o el vecino que quiere alentar al novato.

Moisés, que vive en el asentamiento Naciones Unidas contiguo a Las Colinas, entrega a su mamá el premio que le acaban de dar: una pana rosada de plástico repleta de arroz, frijoles, aceite, azúcar y sopas instantáneas. Rosa Gaitán le recibe el trofeo y le quita la camisola empapada de sudor. Rosa lo ve correr y no evita proyectarlo como un campeón al estilo Alexis. "Como (Ricardo) Mayorga no, porque es tapudo. No me gusta porque es exhibicionista", completa Moisés.

Aunque en el ring son adversarios, las rutinas de Ariel, Moisés y Carlos son parecidas. Madrugan a correr, van a la escuela, en la tarde practican en el gimnasio, vuelven a su casa, hacen tareas, ayudan en los quehaceres. En el caso de Moisés colabora con el trabajo de los papás.

En contraste con los púgiles consagrados, esta rutina cotidiana es fiscalizada por sus mamás. "Una de las condiciones para que vaya a entrenar es que no me deje las clases, porque uno no sabe si va a vivir de esto", dice Mercedes Barrios, la mamá de Ariel Loáisiga.

Ariel es muy tímido. Es mucho más expresivo con los golpes. Mercedes dice que por esa forma de ser en el barrio Las Jagüitas donde viven, había un muchacho de unos 15 años que lo seguía para pegarle. "Yo me di cuenta que ese chavalo le quería dar al mío, entonces me fui con él a buscarlo, llegué a su casa y le dije ahora sí, dense", cuenta Mercedes. Ariel no ganó, pero se fajó y desde entonces a Mercedes le gusta que practique ese rudo deporte. Ariel sólo lleva un mes entrenando, pero en la escuela se pavonea como un boxeador. Un par de veces la directora de la escuela lo ha acusado con su mamá de darle palo a los compañeros. "Es que hay chavalos que les gusta molestar y yo no me dejo", se defiende Ariel, quien dedica sus tardes a entrenar. Por la cercanía Ariel entrena en un viejo edificio del mercado Huembes, en el que antes funcionó un museo. Ahí lo único en buen estado es el ring donado por el FISE. El resto de los implementos deportivos o no sirven o están como el techo, rotos. Cada vez que llueve hay que forrar la lona del cuadro con plástico para que el agua no la pudra. El resto del local queda encharcado y con zancudos. Por esas condiciones, ese gimnasio no ha podido montar un programa como las demás escuelas.

Los niños boxeadores del gimnasio de San Judas
Los niños boxeadores del gimnasio de San Judas, en el centro "El Chocorroncito" la mascota del gimnasio. Magazine/ La Prensa/ Orlando Valenzuela

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Salir de pobres

El próximo dos de octubre, Ricardo Mayorga, el ex campeón acusado de violación peleará por dos millones y medio de dólares contra Félix "Tito" Trinidad en New York. Carlos Buitrago y Guillermo Elízabeth, combaten en San Judás por una canasta de productos básicos como arroz, frijoles y aceite. Es el mismo premio cada 15 días. Las mamás de estos principiantes esperan que un día el boxeo los saque de pobres. "Uno los apoya con mucho sacrificio, ojalá que algún día salga adelante en este deporte, que es lo que les gusta". Las palabras de Rosa Gaitán son casi las mismas de Ruth Rojas, quien habla con la seguridad de estar criando al sustituto de Alexis. "Esto es sacrificio para el pobrecito (Buitrago) que se levanta a las cuatro de la madrugada todos los días, y para uno también, que tiene que estar pendiente de su comida (...) le compro pescado, garrobo, lo que puedo, porque hay que nutrirlo bien para que rinda en esto", explica.

Han pasado dos rounds y por los comentarios del auditorio se adivina que la pelea no favorece del todo a "El Chocorroncito", el favorito. Para Ruth el combate es parejo. El médico del gimnasio está seguro de que él va ganando. En los dos primeros asaltos, Buitrago ha hecho gala de su técnica. Se ha meneado con estilo. Con su mirada clavada en los ojos de su contendor ha procurado descifrar sus movimientos. Elizabeth, que enseña el protector de dientes todo el combate, ha seguido más sus impulsos. Ha soltado unos cruzados de brazos contundentes sobre la humanidad de "El Chocorroncito". El campanazo los salva de nuevo.

Los instructores sofocados y hablándoles sin pausa presionan una botella plástica que moja la cabeza, el cuello y la cintura de los niños. Recomiendan golpes, pero sobre todo ataque. Van a la recta final del combate. El ¡ping! nuevamente interrumpe la sarta de consejos. Son los 60 segundos finales de la riña. Elizabeth arremete con su brazo izquierdo. "El Chocorroncito" no se queda atrás. Ya no se menea en círculos, ni en reversa. Empuja con sus golpes al otro. Los dos pares de guantes saltan en desorden y frenéticos se conectan a la cara, al abdomen, al estómago y cualquier pedazo de la piel enemiga. Por momentos sus brazos se enredan y se pegan, pero al instante reanudan su pasión: golpear. Los alienta la barra que se desgalilla por los cuatro costados de la arena. El campanazo final corta la guerra de los diminutos cuerpos. Nuevamente el silencio y la expectación del auditorio por el fallo de los jueces. Son segundos eternos. El veredicto es rotundo: 5-0 a favor de la esquina azul. "El Chocorroncito" salta con sus puños arriba y saluda a sus seguidores. De un costado brota el abucheo de los inconformes, que opaca la excitación de los celebrantes. "Avispa" baja llorando del ring. "Es injusto siempre se la dan a él porque pelea en su patio", reniega uno de los presentes. Inmune o acostumbrado, "El Chocorroncito" dice al celebrar su victoria 52: " Yo sabía que iba a ganar". Los reclamos no prosperan. Buitrago arrastra su canasta. Llaman a los próximos guerreros. La velada continúa.

Asteriscos

El boxeo se introdujo a Nicaragua en la segunda mitad de los años treinta. Una de las primeras arenas boxísticas estaba en Managua frente a la bodega de Enabas, en la Carretera Norte. Otro sitio capitalino donde se peleaba era la plaza El Caimito, que quedaba donde era el Instituto Miguel Ramírez Goyena, recuerda Eduardo Aragón, experto nacional en boxeo.

Enrique Leal, Raúl Varel, "Chaparrón" Estrada, "Kid" Thomas,"El Gato" Aguilar,"Pantera Negra" y "Tigre Negro" fueron algunos boxeadores de esos primeros años.

Nicaragua ha tenido siete campeones mundiales: Alexis Argüello, Eddy Gazo (1977), Rosendo Alvarez ( I 995), Adonis Rivas (1999), Ricardo Mayorga (2002), Luis Pérez (2003), Eduardo Márquez (2003). Actualmente sólo dos de ellos retienen el campeonato, Álvarez y Pérez.

Fuentes: Eduardo Aragón Valdez y sección de Deportes La Prensa.

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