“No he sido testigo, he sido protagonista”

Perfil, Reportaje - 13.07.2008
Sergio Ramírez Mercado

Ponga un dictador por aquí, un poeta por allá, endulce con curas bandidos y tendrá a uno de los más celebrados escritores del continente. Amigo de García Márquez y Carlos Fuentes, Sergio Ramírez vivió también el poder y, según el poeta Ernesto Cardenal, tiene oportunidades realistas de convertirse a la larga en Premio Nobel de Literatura

Octavio Enríquez fotos de Carlos laguna y Orlando Valenzuela

En la casa de Sergio Ramírez Mercado, llamada Los Chilamates, en una de las colonias más conocidas de Managua, los seres extraordinarios están reducidos a la computadora, a los libros que están a sus espaldas, y a un guacamayo real maravilloso cuyo nombre es Oliverio como Oliverio Castañeda, el más famoso personaje de la novela Castigo Divino, la misma que Carlos Fuentes presentó en 1988 como la Gran Novela de Centroamérica.

Todavía está por verse si a lo largo del día este animal preguntará como una vez inquirieron al reconocido envenenador: “Oli, Oli ¿qué me has dado?”, pero nada se escucha aquí. Ni los güises que casi siempre están en un árbol de marañón comiendo fruta y que ahora el jardinero ha corrido después de recortarlo hasta dejar el montón de hojas en el suelo, y convertir el puro y duro ladrillo en una alfombra verde.

Una mujer duerme de día y hace su día en la noche. Un sacerdote coloca en fila a hombres del pueblo y les acaricia sus partes nobles con una pluma para mantener sus manos inmaculadas. Dos hombres se pelean por el cerebro de Rubén Darío y un envenenador, el guapo y fino Oliverio de Castigo Divino, coquetea con las mujeres de alta sociedad y mata a dos de las más encumbradas del viejo León, antigua capital de la República donde se crió Darío, la ciudad universitaria por excelencia y el polo, desde siempre, del liberalismo.

A las 7:30 de la mañana Sergio Ramírez, Vicepresidente de la República en los años ochenta y uno de los escritores más celebrados en lengua española, bien puede hablar de los personajes de sus novelas, pero esta mañana es diferente. Lo acompaña en el desayuno un caballero que parece salido de película. Cabello blanco largo, bajo de estatura, lentes pequeños, blanco, mirada avejentada, de short, sandalias y cotona, se sentó con él, como desde hace muchos años, a platicar o mostrarse libros en proyecto, al igual que un día se apareció con el borrador de sus memorias.

El poeta Ernesto Cardenal, recién bañado, parco al hablar, vive a cien metros de esta casa, en la número 60 del Reparto Los Robles, en una vivienda sin muchos aspavientos, un par de arbolitos en la entrada, sin porche, pero con un montón de sus esculturas a la vista, más unos cuadros de Leoncio Sáenz, el maestro del dibujo nicaragüense. Y es aquí, entre un montón de flores donde habla con su voz de trueno mirando siempre al otro lado del entrevistador.

Si ahorita decidiera mirar hacia la izquierda, Cardenal podría encontrarse a su gato Silver que le saca provecho a la pereza y se arrebuja en un cojín mientras habla su dueño viendo a la derecha. Este panida es un hombre de pocas palabras, de poquitas entrevistas de unos años para acá y que recientemente fue nominado al Premio Nobel de Literatura el que asegura no va a ganar, aunque si hablamos de su amigo dice que tiene oportunidad en unos años, porque “tiene una de las obras más importantes en lengua española”.

—¿Qué desayunaba Sergio? –le pregunto. El poeta frunce el ceño al escuchar la cuestión y coge el tubo del teléfono, revisa una libreta que anda en su bolsa derecha toda arrugada donde están sus números.

—Pues eran unas rosquillas somoteñas bien sabrosas, bebía un vaso de grape fruit y conversamos de nuestros viajes, de cómo está el país, de literatura.

“Son amigos de muchos arios”, explica la mujer pequeña que abre la puerta de Los Chilamates. “Monchita es toda una leyenda”, la presentará horas después la asistente del escritor, Betty Martínez, vestida de blanco impoluto y un pantalón gris de vestir.

Betty, Monchita, un celador, la esposa de Sergio Ramírez (Gertrudis Guerrero) y un hermano de ella son los personajes de todos los días de la vida de este escritor que pasa sus días entre viaje y viaje en el extranjero, pero cuando recala acá se dedica a escribir con plenitud, en esta vivienda llena de historias porque este escritor nicaragüense ha logrado convocar a García Márquez, Augusto Monterroso, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, Carlos Fuentes y lo más encumbrado de la literatura hispanoamericana.

Fotos de Carlos Laguna y Orlando Valenzuela
Unidos. Betty Martínez habla de sus jefes. Dice que Gertrudis Guerrero es bien afable y extrovertida, a diferencia de su esposo Sergio Ramírez, más callado, pero igual un gran contador de historias con las que alegra a sus nietos.

***

Todo empezó en Masatepe. Irineo de la Oscurana vive bajo la tierra cavando huecos y hay que verlo así: tierroso en la penumbra, intentando sacar botijas, abriendo pozos, cavando cribas o excusados y nunca, pero nunca, acostumbrado al fulgor de los rayos del sol.

También está don Téofilo Mercado, un fino terrateniente de 40 manzanas de café que educó a su hija muy bien y que va a comprar todas las tardes del mundo el diario La Noticia hasta la estación del Ferrocarril. Oído maravilloso su derecho que es capaz de saber cuando el tren sale de Niquinohomo con dirección a Masatepe, una ciudad ubicada a 45 kilómetros al noreste de la capital, con más de 200 años de historia.

A Marcia, la hermana de Sergio, el borrador de Un Baile de Máscaras le cayó un fin de semana por casualidad. Y miró allí contada la historia de la familia compuesta por don Pedro Ramírez, descendiente de músicos y comprador de cosechas futuras con la que logró poner una tienda. La venta, como se le llama en los pueblos, se convirtió en el santo y seña de esta ciudad, donde pasaban los forasteros y los campesinos contando sus historias.

A la par del gran humor de su padre, a Ramírez lo formó la disciplina de su madre Luisa Mercado, directora del instituto, que insistió siendo muchacha en quedarse con ese pobre comerciante que ni siquiera comulgaba con ella en religión, pues mientras los Mercado eran protestantes, él era católico.

Según el escritor, la desaprobación fue tal que don Pedro sólo pudo hablarle a su suegro durante un entierro, donde éste no se le podía negar.

Humor, creatividad y disciplina se unieron pues en el hogar del niño de seis años, que inclinado sobre el piso de la tienda dibujaba con una tiza una infinidad de historias que la empleada apurada borraba con un lampazo.

“Algunos escritores se enorgullecen mucho, y tienen mucha razón, dicen que sus primeros libros que leyeron fueron Emilio Salgari y Julio Verne, la verdad es que yo no empecé por allí. Yo leía historietas cómicas que compraba cuando podía, las alquilaba o las intercambiaba con mis amigos. Como El Quijote era fanático de los libros de caballería, yo era lector de las historias del Fantasma”, dice.

En el santuario coloca al capitán Marvell, que era de Argentina y en realidad se trataba de un niño lisiado que vendía periódicos y dejaba de ser desvalido cuando pronunciaba la palabra mágica Shazam, formada por las iniciales de Sansón, Hércules, Atlas, Zeus, Apolo y Marte.

Al niño también le gustaba el béisbol y el cine que un familiar instaló en la ciudad, y la literatura que le fue inculcando su madre, su profesora de ese arte cuando estaba en secundaria y la mano fuerte en la casa porque puritana —según el hijo— consideraba las cantinas y los billares como lugares de corrupción y vicio.

Por religión, los Ramírez miraban como excéntricos a los Mercado que a su vez fueron siempre orgullosos por su mejor posición económica. En todo ese ambiente flotaba la ideología liberal como el camino común entre ambos padres. El que no congenió nunca con eso era el hijo, Sergio. Este muchacho que viajaría a León a estudiar en la universidad, cuando apenas frisaba los 17 años, no compartía nada con el régimen de Somoza, mientras su padre buscaba apoyo en Crisanto Sacasa, correligionario somocista, para que lo alojasen en el Instituto Nacional de Occidente.

De allí saldría corrido por subversivo en una de sus tantas incursiones en la lucha contra el tirano cuya Guardia bañó de sangre León el 23 de julio de 1959 en la conocida matanza de estudiantes, tres años después que el viejo Somoza cayó baleado al ritmo de mambo, mambo qué rico el mambo, según Margarita está Linda la Mar.

Los Ramírez. Fila de atrás: Ester, Pedro (padre del escritor) Laura. Sentados en segunda fila: Alejandro, María el abuelo Lisandro, la abuela Petrona. De pie al lado izquierdo: Alberto, de pie al lado derecho: Francisco Luz. Sentado en la acera, Luz Carlos José y Ángela.

***

Ernesto Cardenal conoció a Sergio Ramírez como poeta y de los buenos. Eran los años sesenta y se encontró con un poema que contaba la historia de las solteronas de León, las hijas reservadas por las familias más rancias y tradicionales para cuidar a la madre en su vejez.

Desde entonces, la poesía se ha traslucido en la prosa, opina Cardenal, quien cree que Castigo Divino, la obra con la que le llegó la fama a Ramírez, es un libro con mucha poesía.

Yo estoy muy lejos de ganar eso (hace referencia al Premio Nobel de Literatura). Es muy improbable. Él (Sergio) es como 20 años menor que yo, así que es bastante probable que él lo gane —dice en su casa.

Hasta ahora nadie en Nicaragua ha pensado esto. O lo ha externado públicamente con un escritor que pasa todo el tiempo fuera del país dictando conferencias, en encuentros literarios, en su obra literaria que alcanza ya más de 11 libros entre novela y cuento, además de testimonios y ensayos. Incluso él, cuando se le pregunta por la posibilidad de un premio de esa magnitud, suelta una risotada de varios segundos mira hacia arriba y dice: “Es ridículo pensar en eso”.

En política muy poco se mete, participa de vez en cuando en protestas. Ese lado es el más muerto en el Ramírez de ahora. Sin embargo Betty Martínez, su asistente, recuerda cuando lo conoció y el político pesaba más sobre la figura del escritor. Era 1985 y estaba en el poder, porque como pocos narradores Ramírez accedió al poder en Nicaragua. Lo primero que la impresionó fue descubrir a un tipo que no se parecía en nada a los guerrilleros.

Ese hombre educado, respetuoso, era además de político un loco que se permitía después de salir de cada reunión con ministros o invitados especiales, darse tiempo para escribir aprisa sobre una máquina eléctrica de donde sacaba el papel que entregaba a sus secretarias para corregir. Así era Sergio Ramírez, un hombre que ama el silencio en su estudio, la concentración y que dedica todos los días, desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde, para escribir. “No hay algo que más me perturbe que una visita inesperada. Es como que me meta en la casa de un banquero cuando está sacando cuentas”, dirá él más adelante.

Con la agenda bien definida ha tenido siempre tiempo para los estudiantes. El año pasado Ramírez recibió una visita “especial”. Varios alumnos de secundaria viajaron desde Nueva Guinea, a 300 kilómetros de Managua, para entrevistarse con él y hablar de su obra literaria. Según Martínez, su jefe recibió entonces como saludo varias pelotas de cuajada que le vinieron cargando desde un día antes. “Me encanta hablar de cómo escribir. Me encanta depositar confianza en el joven con talento. Porque esto de la literatura es como el oído del músico, se tiene o no se tiene”, dice y parece una declaración de principios.

Entre los grandes. Carlos Mejía Godoy, Vidaluz Meneses, Ernesto Mejía Sánchez, Lizandro Chávez Alfaro y Carlos Martínez Rivas. Sentados, José Coronel Urtecho conversa con Daysi Zamora ; Luis Rocha, Ernesto Cardenal y el pintor Armando Morales.

***

Son las 12:30 minutos de este día inusual. Ramírez debería por su rutina estar a media hora de almorzar y estar a las puertas de una tarde en que podrá atender asuntos administrativos tan importantes como contratos, traducciones, conferencias y asuntos similares que su asistente Betty irá adelantando en parte.

Pero hoy no es un día normal. A las diez de la mañana salió a visitar al padre Fernando Cardenal, hermano de Ernesto y encargado del proyecto Fe y Alegría de los jesuitas.

Estará una hora afuera y su santuario, al que él llama su cápsula espacial, estará vacío. Una calculadora, algunas notas, pastillas, diccionarios, La Región más Transparente de Carlos Fuentes, su amigo personal, y quien lo describió una vez en el diario español El País como “franco y reservado. Cándido y sagaz. Directo y calculador. Libérrimo y disciplinado. Devoto de su mujer, sus hijos, sus amigos. Intransigente con sus enemigos. Elocuente en el foro. Discreto en la intimidad. Firme en sus creencias éticas. Flexible en su acción política. Religioso en su dedicación literaria”.

Y detrás de la computadora hay dos retrateras: una con la foto de Gabriel García Márquez junto a su esposa Mercedes Barcha y otra donde un sonriente Ramírez coquetea con la cámara al lado de la mujer que mejor lo conoce en el mundo: Gertrudis Guerrero, Tulita, su esposa desde hace más de 40 años, a la que vio por primera vez cuando era una niña y salía del colegio La Asunción.

Con Gabo lo une la pasión por la literatura que lleva al maestro colombiano a recitar incontables versos de Darío.

—Un momento carajo –corrigió Gabo una vez a Ramírez– lo correcto es… y la carne que tienta con sus frescos racimos.

Hablaba del poema Lo Fatal. Al igual que Gabo, Fuentes es capaz de recitar parrafadas enteras de Charles Dickens. “¿Qué puedo decirte? Ser amigo de Gabo es como serlo de Cervantes en su momento”, aseguró a la revista magazine en mayo del año pasado cuando el Nobel colombiano fue aplaudido y celebrado en vida en Cartagena de Indias.

¿Siempre fue un éxito este hombre al que sus familiares describen como cariñoso y pendiente de ellos? Cuando le hago la pregunta Ramírez se pone a reír. Mucho antes que Castigo Divino lo volviese famoso, pasó como todos los escritores varios apuros y su esposa anduvo vendiendo de puerta en puerta su primer libro Cuentos, que tenía un dibujo en tinta china de Pablo Antonio Cuadra, ilustraciones de Leoncio Sáenz, un prólogo de Mariano Fiallos Gil, el recordado rector de la Universidad de León, y era impreso por Mario Cajina Vega, que acaba de volver de Oxford donde estudió tipografía.

“El libro no es un objeto mercantil”, dirá y recordará la vez que yendo a colocar diez ejemplares a una librería de Managua la dueña terminó contando once.

De los 500 ejemplares tirados de ese primer libro, pocos fueron vendidos en este León que lo recibió cuando era un muchacho y su padre lo envió al Instituto Nacional de Occidente para cuidarlo de las malas influencias, sin saber que fue a dar a la mera boca del lobo: el cuarto de los inspectores del colegio.

“Había muchachos mayores que se las sabían todas. Había uno de ellos que era de Catarina y tenía un ropero en uno de los burdeles de León y allí se vestía. Aprendí mucho el lenguaje de los presos y los bandidos. Camisa se decía cruz, el cuchillo era la Dalia. Me aprendí todas esas palabras gracias a la gente con la que mi padre me quiso proteger”, asegura.

Ríe. Es de lo más normal que su padre haya querido lo mejor para él. Su muchacho salía de un pueblo de seis mil habitantes a uno de 60 mil que además era la sede universitaria y había sido capital de la República.

No se portó mal. El viejo Agustín Prío, que tenía uno de los cafetines más importantes del lugar, lo recordaba antes de su muerte como un muchacho que solía comer sándwich y un vaso de leche, mientras sus amigos se emborrachaban. Su hermana Marcia recuerda que siempre fue buen estudiante.

Ramírez lo que recuerda es de un Prío socarrón, que asumía las historias que él incluía en sus novelas. En León miró la pobreza. En León escribió su primer cuento que contaba la historia del estudiante que dejaba en prenda sus anillos y los códigos para poder regresar a su pueblo, sin dinero, diezmado por la pobreza.

“Había usureras que por cuatro centavos te ajustaban para un almuerzo en el intermedio del cami-no, si tenían que cambiar bus en Managua, dejaban los estudiantes libros como prendas, porque nunca regresaban”, relata Ramírez, camisa a cuadros rojo quemada.

En León también haría de todo. Participaría en un radioperiódico con Julio López Miranda, leería las noticias y trabajaría como director de la biblioteca del Instituto donde le daban albergue hasta que lo despidieron por ser antisomocista. Este hijo de liberales no quería en nada al dictador.

Pero al padre sí le gustó que su hijo escribiese un libro. Era un plus en la mente del señor que lograba, graduando a su hijo de abogado, un salto académico en una familia de músicos. “Ahora tenés que escribir una novela”, le aconsejó y aquello, que ni siquiera lo pensó entonces, quedó en su cabeza como el papel de hermano mayor que socorrió a sus hermanos siempre, a los hijos de éstos en especial de dos que murieron anticipadamente (Luisa y Rogelio) y a sus tías envejecidas a las que les buscaba sus perfumes favoritos cuando salía de viaje según Marcia, una de sus hermanas.

***

Sentado frente a la computadora, el escritor abre una a una las carpetas de fotografías y se ve que el sueño de su padre se cumplió desde hace tiempo. Aparece en unas con presidentes, cancilleres, y en otras con escritores.

Es jodido cuando todos lo que estamos viendo están muertos, ¿verdad? —pregunta. Ramírez se ríe de la muerte como sus familiares se reían de todos en la tienda de su padre.

Muestra una foto con García Márquez, donde el colombiano tenía poco pelo por efecto de la quimioterapia. Otra donde está con Fidel Castro.

¿Y leyó los comentarios que hizo Fidel? Dice que Castigo Divino es un libro que lo engañó muy bien pues él creía que eran hechos reale —lo provoco.

¡Ujum! —dice.

Sergio Ramírez no es de los tipos que suelen irse de boca. Los álbumes electrónicos a su vista van en este orden: las fotos de toda una vida en la política, junto al poder, hasta llegar a aquéllas en que sus tíos músicos están frente al atrio de la iglesia en Masatepe.

Quizás por esa religiosidad no le desagradan las imágenes de santos antiquísimas que su esposa colecciona y que se ven apenas se entra a la casa. Al lado hay un piano y gramófono.

La entrevista seguirá en el comedor. Ramírez come pescado, algo de chismol, arroz caliente, tortilla y quesillo. Bebe agua y no le importa comer y seguir con la historia. Es un apasionado.

Es verdad que comenzó en la poesía, confiesa, pero quien lo indujo a escribir cuentos fue el maestro de la narrativa nicaragüense Juan Aburto. Se estudió a los maestros del género y, a partir de allí, inicia la carrera de un escritor al que se considera en el país el prosista más brillante, apasionado de Darío (“yo lo he hecho mi personaje”, declara), enamorado de los anuncios en las radios o en letreros de tiendas y las letras de los boleros “que a uno le hubiese gustado escribir”.

Se nutrió con Pablo Antonio Cuadra, de quien llegó a ocupar el asiento de número en la Academia Nicaragüense de la Lengua y al que cariñosamente llamó el Maestro de Tarca, un oficio que jamás para él ha significado una contradicción cuando se habla de Somoza, cuando en el fondo trasluce el Sergio Ramírez político, el que atiende a la que Carlos Fuentes llama su segunda musa.

Pero sí hubo un momento en que el escritor estuvo en jaque. En 1973 viaja a Alemania con una beca de escritor y se impone como obligación hacer un libro. Vendría del viaje a incorporarse al Frente Sandinista, una lucha que necesitaba gente que no anduviera con mediatintas.

Había que botar al dictador. Durante diez años dejó de escribir hasta que en 1984 llegó a la Vicepresidencia de la República, al lado de Daniel Ortega que ha vuelto al poder en enero de 2007 y lo encuentra a él en otra acera, desde su posición de ideólogo del Movimiento Renovador Sandinista, la opción de izquierda que él mismo fundó en 1995.

“Viéndolo fríamente, yo perdí quizás los diez años más importantes de mi vida en la literatura. Pero no me arrepiento nunca de haber estado en la revolución. Imagínate fueron de mis 34 a mis 44 años, la parte más rica y productiva de un escritor. Entonces lo que hice fue buscar cómo escribir en las madrugadas. Así escribí Castigo Divino, la novela más larga y complicada que he escrito nunca, en esas circunstancias”, relata y con ella le llegó la fama.

Sergio Ramírez se empezó a vender por montón. De uno de sus libros se llegaron a hacer hasta 14 traducciones, ganó el premio Alfaguara y es Caballero de las Artes y Letras de Francia. Después de ese primer éxito, vendrían otros libros y su novela más querida: Un Baile de Máscaras, que narra la historia del nacimiento de un niño en 1942, un baile en el pueblo, y la historia de su familia transfigurada.

***

¿Cuál es la complicación más 1 grande que tiene un escritor cuando está frente a la computadora? Para Ramírez, es el país del que no se puede abstraer aunque esté en su cápsula espacial, en ésta que se encierra durante cinco horas para escribir parrafada tras parrafada.

“En la oscuridad no se puede escribir. Yo tengo que ver lo que está pasando”, describe. No ha querido meterse de lleno a describir los rasgos novelables de su antiguo compañero de ilusiones, Daniel Ortega, pero sí bosqueja lo que está mal como hizo horas antes Ernesto Cardenal cuando dijo que el primer gran golpe que sufrieron fue la derrota electoral y luego la pérdida de la moral cuando ocurrió la piñata.

—¿Qué rasgo de novela ve en Daniel Ortega? –le pregunto a Ramírez que ha acabado de almorzar y pide café.

Es difícil decirlo. Te estoy hablando en general de las anormalidades, exageraciones. Las cosas extravagantes en base a las cuales se construyen personajes de novela.

—Le hago la pregunta de otro modo: ¿Es novelable lo que está viviendo Nicaragua ahorita?

—Comienza a ser novelable, quizás yo no tengo la perspectiva para despegarme de esta situación en la que estoy involucrado hace muchos años y verlo a vuelo de pájaro. Va necesitar a lo mejor un escritor de otra generación. No hay que olvidar que no hay literaturas complacientes. La literatura es crítica. Si alguna vez habrá una literatura de la revolución será crítica.

—¿Con qué temas está en desacuerdo usted con este Gobierno? Lo vi marchar la vez pasada protestando por la eliminación de la personería del MRS tras la huelga de hambre de la guerrillera Dora María Téllez (hubo incluso un comunicado de respaldo internacional encabezado por Benedetti, Juan Gelman, entre otros).

—Yo tengo 66 años, es una edad para ver hacia atrás, he estado metido en la vida de Nicaragua. No he sido testigo, he sido protagonista, sé en lo que fallé, lo que pude haber hecho en determinado momento… O no tuve el valor de hacerlo. Pero ahora yo lo que quiero es una Nicaragua verdaderamente democrática en la que puedan vivir mis nietos. País seguro en que las instituciones se respeten, la justicia sea independiente, donde haya transparencia en el Gobierno, los votos sean bien contados y los gobernantes rindan cuentas. En eso coincidimos miles de nicaragüenses. Tampoco estamos pidiendo los cuernos de la luna. Es lo que debería ser normal después que tanta sangre ha pasado bajo el puente.

¿Qué siente usted cuando el que gobierna es alguien con quien compartió ideales?

—Frustración, tristeza. Yo leo más novelas que libros de historias. Pero siempre las novelas me están hablando de la historia y cómo las ilusiones se trastornan, caen, se vuelven grandes decepciones. Lo que fueron sueños se vuelven pesadillas. Uno se puede encontrar eso en las novelas de Balzac. ¿Puede la humanidad dejar de ser así? Pues sería una derrota para la novela si los ideales se consolidaran absolutamente. No habría más novelas. Yo preferiría quedarme sin novelas y tener una vida digna, compartida, de justicia, democracia, que no sea novelable.

—¿Se quedaría sin trabajo entonces?

—No me importa. (Ríe) Estaría dispuesto a sacrificarme.

Fotos de Carlos Laguna y Orlando Valenzuela
En el patio de su casa que diseñó su hija Dorel Ramírez. Muy pocas veces se le ve aquí. De ocho de la mañana una de la tarde, el escritor pasa en lo que llama su “cápsula especial”.

Sección
Perfil, Reportaje