La muerte de un GN

Reportaje - 06.04.2008
Bravo

No pudo contener las lágrimas frente a Anastasio Somoza Debayle cuando supo que abandonaba el país, pero días después también huyó para organizar a la Contra en Honduras, donde lo asesinaron. Ascenso y fin del Pablo Emilio Salazar, el comandante “Bravo”

Fotos Archivo/Cortesía/Nicolas López Maltez

Las tropas sandinistas habían comenzado la batalla con unos 20 mil hombres penetrando en el Frente Sur, después de tres meses de deserciones, con 850 muertos y 2,500 heridos, estaban literalmente diezmados, dice Edén Pastora, quien en otras entrevistas ha dicho que al final peleaba apenas con 600 hombres.

Del otro lado del camino, al mando de Pablo Emilio Salazar, el comandante “Bravo”, las tropas de la Guardia Presidencial, un grupo élite incluso mejor entrenado que los mismos hombres de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), detenían las columnas guerrilleras del Frente Sur Benjamín Zeledón.

Franklin Montenegro “Sagitario”, el jefe de las tropas de la EEBI, sólo parecía tener éxito matando civiles como lo hizo en las operaciones limpieza de 1978, por lo que el dictador Anastasio Somoza Debayle envió a Salazar para reforzarlo, éste representaba entonces su mejor carta contra los insurgentes.

Podría interesarle: Mercenarios de la EEBI: Máquinas para matar

El Frente Sur era un grupo particular de guerrilleros. Muchos de ellos “internacionalistas” latinoamericanos sin preparación militar. Se rumora que ahí peleó el actual presidente de Panamá, Martín Torrijos, pero sí es seguro que estaban ahí los argentinos Jorge Masseti y Enrique Gorriarán Merlo, los autores principales del atentado donde acabarían con la vida de “Bravo”, meses más tarde a ese julio incandescente de 1979.

Desde junio los otros frentes anunciaban victorias en todo el país, mientras la Brigada Benjamín Zeledón no avanzaba y varada de espaldas a la frontera sin avanzar posiciones, escuchaba cómo los demás se acercaban a Managua.

Aunque habían avanzado sobre Sapoá, Cárdenas y El Ostional, entre mayo y julio los enfrentamientos eran tan crudos que no pasaban de tácticas de movimiento. Había momentos en que guardias y guerrilleros podían escuchar sus mutuos “hijuep...”.

La Guardia atacó con aviones y helicópteros que tiraban bombas de fósforo vivo, por tierra con artillería y con cañones desde barcos. Se trataba de “un ejército preparado contra un pueblo sin conocimiento, un ejército con todos los medios contra uno que carecía de todo”, sostiene el comandante “Cero”, Edén Pastora.

En la Colina 155 de Rivas, “Bravo” pudo suponer que no podían ganar esta batalla, aunque tampoco parecía perdida. Ahí los combates duraron 13 días y con sus respectivas noches, pero los 3,000 hombres de la Guardia Presidencial y la EEBI no pudieron concluir el trabajo encomendado por el dictador.

El 15 de julio de 1979 Anastasio Somoza Debayle se reunió con su Estado Mayor con la carta de renuncia en su bolsillo. “Bravo” se da cuenta y va a preguntarle si es cierto que se va del país.

El dictador escribiría después en Nicaragua traicionada que “Bravo” no entendía por qué debía renunciar si tenían todavía 16,000 armados a sus órdenes, pero la Organización de Estados Americanos (OEA) había comenzado un embargo de armas y las principales ciudades habían sido tomadas por los rebeldes.

La conversación entre ambos terminó con las lágrimas de “Bravo” y una despedida con sabor a nunca más. El mayor regresó a preparar la huida para sus tropas desde San Juan del Sur, donde los esperaba un barco de la Mamenic Line, propiedad del dictador.

“El 19 de julio de 1979 a las ocho de la mañana nos anunciaron que (los guardias) habían abandonado sus posiciones y avanzamos hasta Managua donde llegamos el 20”, dice Pastora.

La sargento EEBI, Linda Morales Castillo, tenía 17 años y estaba entre los militares que recibieron la orden de partir hacia Chinandega, pero la sorpresa llegó cuando desembarcaron en el puerto salvadoreño La Unión. “Bravo” no quería desmoralizar a sus tropas, aseguró la oficial que más tarde sería nombrada responsable de su seguridad y que asumió el mismo día que lo mataron.

Pero el destino final de esas tropas estaría en Honduras, donde “Bravo” trataría de iniciar la siguiente guerra detrás de la frontera.

Pablo Emilio Salazar, el comandante “Bravo”
El comandante Bravo

***

Linda Morales Castillo parecía una modelo adolescente, de pelo voluminoso y sonrisa inocente, pero escondía a la jovencita entrenada para matar, pupila de los peores torturadores de la GN, de ésos que te sacan las uñas cuando te quieren “hablar”.

Una entrevista a La Estrella de Nicaragua de Miami, publicada en mayo de 1994, revela una visita sorpresa del mayor GN, Hugo Briceño, quien poco después de la caída del régimen le pidió “custodiar” al comandante “Bravo” que llegaría a organizar la Contra después de buscar apoyo en Estados Unidos.

Podría interesarle: Un ejército llamado la Contra

“La Castillo” –como le decían en las filas de la Guardia– se alegró de volver a las tropas, esperaba ansiosa instrucciones en Tegucigalpa para volver pronto a Nicaragua, y llamó además a dos compañeras de la EEBI con el grado de cabo para que le ayudaran también a custodiar al mayor Salazar.

Fue al Hotel Honduras Maya donde pensaban recibir a “Bravo” y descubrió que había servido como centro de operaciones sandinista. Aún quedaban guerrilleros y colaboradores hospedados, por lo cual sugirió cambiar de lugar.

“Logré ubicar un buen hotel precisamente frente al cuartel central de la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI), un hotel llamado Istmania que fue aprobado por mis jefes. Reservé dos habitaciones en el tercer piso con vista a la calle, desde donde se podía ver el cuartel (…), nos quedamos esperando que el mayor Briceño nos informara la llegada de Pablo Emilio Salazar”, explicó la sargento.

El comandante “Bravo” llegó el 10 de octubre de 1979 a Tegucigalpa en un avión Piper Azteca y se trasladó de inmediato al hotel Istmania, al cuarto que Morales le había reservado en el tercer piso.

Desde ahí llamó a su amante Miriam Barberena que se había trasladado de Managua a una casa en Tegucigalpa, como habían acordado por teléfono. Bravo no sabía que esta mujer estaba colaborando ahora con un comando liderado por los argentinos Masetti y Gorriarán, apoyado logísticamente por el Partido Comunista de Honduras y por un funcionario de la Embajada nicaragüense llamado Lenín Cerna.

Cuando los sandinistas descubrieron que esta amante de Bravo mantenía teléfonos de contacto “nos pusimos a organizar de inmediato el plan de ejecución (...), consideramos que los participantes deberían ser extranjeros, porque en caso de fallar y de que hubiera pérdidas o capturas, no se comprometería a los sandinistas que ya formaban el Gobierno. Con este fin los otros compañeros fueron incorporados al servicio. Nos ubicaron en una villa y nos fabricaron seis juegos de documentos falsos”, revela Masetti en sus memorias El furor y el delirio.

La Castillo estaba en la DNI para comunicarse con Salazar porque no la habían trasladado al aeropuerto para recibirlo, pero se dio cuenta que nadie de Inteligencia hondureña sabía de su llegada y corrió al hotel para buscar a quien debía proteger, pero no estaba. “Debe andar almorzando”, le contestaron.

Horas después sólo pudieron averiguar que salió por la puerta trasera, pasando por la cocina, que abordó un auto blanco estacionado en el parqueo del hotel, que lo acompañaba una mujer morena, de pelo largo ondulado, de sombrero y vestida muy elegante.

Cuando encontraron el cadáver de “Bravo” en una casa al sur de Tegucigalpa, “quedamos preocupados, todos supimos que era la mano del FSLN, pero seguimos en grupo”, asegura Francisco “El Gato” Rivera, capitán de la EEBI que estaba tratando también de regresar a la guerra y esperaba las instrucciones del jefe.

¿Qué pasó después? No se sabe. En algún momento se separaron o tal vez se trataba de otra mujer. En una entrevista a La Prensa en el 2001, Masetti en Miami revela: “La operación es muy sencilla porque ‘Bravo’ llega solo a la casa. ‘El Gato’ –guerrillero argentino cuyo nombre no es menciondado– está parapetado en la parte de afuera de la casa, en un patiecito, y Gorriarán está oculto en una segunda pared. Cuando el hombre toca la puerta, la mujer lo recibe como si fuera la amante, lo hace pasar, y ‘El Pelao’ –Gorriarán– le pone la pistola en la cabeza y le da el tiro. Luego, lo arrastran, lo meten debajo de la cama y se van tranquilos. Pasaron varios días para que encontraran el cadáver de ‘Bravo’ en Tegucigalpa”.

Fue tan fácil a pesar de las improvisaciones, sugirió Masetti, nadie supo que fueron los argentinos los autores del asesinato. Honduras reaccionó expulsando de la Embajada a Cerna y el comando comenzó a pensar en una misión más ambiciosa: matar a Somoza.

***

Es la XVIII Promoción de la Academia Militar. El cadete 764 de la clase 1959-1963 está en el grupo y recibe casi imperceptible su acreditación, es un muchacho tranquilo, común y corriente, como esos tantos enfilados por la dictadura en su ejército-policía.

Oscar Morales Sotomayor “Moralitos” es el instructor de esta nueva generación de guardias, su alumno David Tejada no sabe que en 1968 morirá a golpes en manos de su maestro. A la par está Enrique Munguía, oficial al que se le atribuirán las muertes de los guerrilleros Pedro Arauz y Carlos Fonseca, otro de la misma clase es Ronald Sampson que se volvería famoso por asaltar violentamente la Casa del Maestro en 1969.

El cadete 764 no destacaba más que los demás en la XVIII promoción, su nombre Pablo Emilio Salazar suena a pequeñez en esta horda todavía dominada por los amigos del dictador.

Podría interesarle: Táctica y estrategia: las mentes detrás de la contra 

Salazar pasó sus primeros años en la Academia y en la Guardia Nacional (GN) sin pena ni gloria, era al fin de cuentas un hombre campechano, huérfano de padre desde que tenía un año, nacido en 1942 allá donde dejó la camisa el diablo, nada menos que en el Cabo Gracias a Dios, el último rincón del país.

No tenía vínculos, ni fue del círculo selecto del régimen, pero su carrera militar pudo nacer probablemente ya en el Instituto Ramírez Goyena, donde salía lo mejor de la Guardia y lo mejor de los insurgentes, donde estudió Enrique Munguía, el mismo que mató a su ex compañero bibliotecario Carlos Fonseca, según dice el periodista Nicolás López Maltez, quien conoció al comandante “Bravo” en esa escuela, “una persona normal, deportista, aficionado al beisbol y la natación”.

Salazar optó por ser militar de la GN y juró lealtad hasta el final. Después de bachillerarse asistió a la Academia Militar y al terminar fue becado para entrenar en Turín, Italia, en la Escuela de Caballería y la Escuela de Aplicación de Guerra. Al regresar pasó al Batallón de Combate con el grado de capitán.

Fue hasta que encrudeció la guerra que empieza a ser visible, tanto que el diario Novedades publica en junio de 1979 un despliegue de fotos de dos páginas donde el dictador y Salazar aparecen juntos en el Frente Sur dirigiendo las tropas.

Se ganó la confianza de Somoza apagando el fuego que otros militares no pudieron lograr. El dictador en su libro menciona en varias ocasiones a Salazar como su caballito de batalla.

“Era un soldado excepcional, militar entre militares”, describe.

Cuando lo enviaron al Frente Sur en 1979 ya tenía mucha reputación entre los guardias, Salazar había recuperado Río Blanco y Chinandega cuando fueron tomados por los sandinistas.

El dictador terminó prefiriendo a los que le garantizaran el poder en el combate y no la vieja herencia de amigos de su padre. Así es como Salazar llega a la Guardia Presidencial y a pesar que logró escalar al grado de mayor, siempre le decían “comandante” o peor aún “el chiquis” porque era una especie de jefe menor.

Somoza Debayle debió olvidar algunas viejas lealtades. El ex capitán de la EEBI, Francisco “El Gato” Rivera, sostiene que muchos viejos guardias se sintieron desplazados, más cuando se creó dicha escuela de entrenamiento en 1977 a cargo del coronel Anastasio Somoza Portocarrero, pero “por las circunstancias se convirtió en unidad de combate”.

“El Gato” Rivera, recuerda al “chiquis” como una persona educada, amable, con aires campechanos que tenía “mucho liderazgo, tenía la mística para levantar la moral”, lo encontraba en el Casino Militar, era popular y caía bien, dice. Salazar vivía en El Planetario, frente a la casa del coronel Mendieta Chávez, con su esposa Martha y sus tres hijas: Alessandra, Martha Paola y Geraldine, quienes no han regresado nunca más a Nicaragua desde que se exiliaron en Miami.

***

Baja Santo Domingo de Las Sierras de Managua, la devoción de los católicos no termina a pesar de los rastros de guerra y el comienzo de una nueva historia. Muy lejos, la vieja guardia pasa lista en Washington en una conferencia de prensa organizada por el congresista de Nueva York, John Murphy.

Salazar habla en contra del gobierno sandinista y reclama: “La mayor parte, si no todos nosotros hemos sido entrenados por los Estados Unidos que nos han dado la espalda”.

Dos semanas atrás, Salazar apenas había escapado de Nicaragua por San Juan del Sur, mientras Montenegro era capturado por los sandinistas. El 27 de septiembre de ese año un avión especial lo lleva de Tegucigalpa a Miami con 142 militares y civiles del régimen recién derrocado y regresa el 10 de octubre a encontrarse con la muerte a causa de una mujer.

Se perfilaba como el líder de los guardias derrotados. Quizá por eso lo consideraban una amenaza y pensaron que matándolo descabezarían la reorganización de la Guardia, pero no parece casual que gran parte de las piezas claves de este operativo fueron precisamente aquéllos que no pudieron derrotarlo en el Frente Sur.

Darle la carnada a Tomás Borge pudo ser la venganza de Edén Pastora para aniquilar a su enemigo por ser retenido en el Frente Sur por las tropas somocistas, o tal vez fue el desquite de los argentinos.

Según López Maltez, Miriam Barberena empezó una relación con un diplomático mexicano hasta que éste descubrió que había tenido una larga relación con Salazar con quien aún se comunicaba a larga distancia. Cuando Pastora conoció a la mujer le pasó la voz a Tomás Borge y la capturaron bajo cargos de espionaje.

Barberena era empleada del Banco de la Vivienda y tenía dos niños de otras relaciones, las autoridades sandinistas para presionarla más a cooperar se quedaron al cuidado de ellos.

—Se valieron de una amante. Le gustaban las mujeres bonitas. Su esposa y amante eran bonitas (…)— sostiene Pastora.

El comandante “Cero” asegura que siente “respeto” por su antiguo enemigo, porque nunca supo que “Bravo” haya torturado o fuera del mismo tipo criminal que muchos otros oficiales de alto rango de la GN.

Podría interesarle: Las andanzas de Edén Pastora

—Te voy a hablar con sinceridad –dice Pastora, en su casa de Managua–, yo lo respeto a lo interno. Pablo Emilio es como Edén. “Bravo” como “Cero” son polé­micos. Él fue hombre de una línea, yo también, opuestos pero dispuestos a morir defendiendo lo que predicamos.

—¿Por qué es el primero que siguen si habían otros oficiales?

—Pablo Emilio era líder en el ejército. (Enrique) Bermúdez fue impuesto por la CIA, pero el otro por la historia. Tratando de dejar a la guardia sin líder, lo matan

—¿Conoció a Miriam Barberena?

—Yo la conocí. Estaba con Pepe Puente, el mexicano, (quien) me llamó para presentármela. Recuerdo que era una morena bella. Fue Puente quien la pone en contacto con Tomás Borge.

—Si Salazar hubiera vivido, usted hubiera terminado peleando finalmente en el mismo bando en la Contra.

—No. No en el mismo bando. Ellos en el norte peleaban como contrarrevolucionarios y en el sur peleábamos para salvar la revolución.

—Finalmente murió de una forma muy tonta.

—Frente a un culo cualquiera cae. Conocedor de esta ley yo no he caído, ¡vieras las carnadas que me han mandado!

El cadáver de Salazar fue hallado en una casa al sur de Tegucigalpa
El cadáver de Salazar fue hallado en una casa al sur de Tegucigalpa, después de varios días, y fue identificado en estado de descomposición.
MAGAZINE /LA PRENSA /Cortesía de Nicolás López Maltéz

Sección
Reportaje