En la mente de dos dictadores: perfil psicológico de Daniel Ortega y Rosario Murillo

Reportaje - 07.06.2021
NICARAGUA-UNREST-ORTEGA-MURILLO

Especialistas en salud mental, semiótica, lingüística y grafología analizaron el discurso y los símbolos de Daniel Ortega y Rosario Murillo para crear un mapa de su personalidad. Esta es una mirada a la psicología de la pareja que encabeza la dictadura.

Por Amalia del Cid

El primer muerto es el que deja una huella indeleble en la psiquis de los asesinos. Es a ese al que recordarán toda la vida, sin importar cuántos vengan después. Pero si además pueden matar y salir impunes de la situación, puede crearse un precedente que refuerce su comportamiento. Por eso el psicólogo Róger Martínez está convencido de que Daniel Ortega piensa con alguna frecuencia en Gonzalo Lacayo, el sargento de la Guardia asesinado por los sandinistas en octubre de 1967.

Ortega participó en la operación y desde entonces lo ha entendido como simplemente un deber que tenía que ser cumplido. Sin culpa y sin placer.

“Yo había participado en el ajusticiamiento, o asesinato si usted lo quiere poner así, del principal verdugo de las fuerzas de seguridad de Somoza, este tal Gonzalo Lacayo. En agosto de 1967 (fecha equivocada), participé en esa acción para matarlo”, confesó en 1987 a la revista Playboy en una entrevista con la periodista Claudia Dreifus, citada por el periodista Fabián Medina en el libro El Preso 198.

—¿Lacayo es la primera persona que usted mataba en su vida? —preguntó Dreifus.
—Sí.
—¿Cuando lo mató, no sintió ningún conflicto entre sus sentimientos religiosos y lo que estaba haciendo?
—No, porque no sentí ningún odio personal, ni tampoco rencor al efectuar esa acción —respondió Ortega—. Pienso que de haber sentido odio personal me habría sentido culpable. Pero no sentí nada de eso. Lo vi como algo natural, algo que tenía que suceder. Es cierto que le estábamos quitando la vida a una persona, pero esa era una persona que le estaba robando la vida al pueblo. Quiero decir, él era el peor de todos los torturadores y asesinos. ¿Se sentían culpables los miembros de la Resistencia Francesa cuando mataban a los oficiales de la Gestapo?

“Yo participé en la ejecución”, repitió Ortega 22 años más tarde, el 2 de marzo de 2009, ante el periodista británico David Frost. “(Gonzalo Lacayo) Era el que me había torturado a mí, a otros compañeros y a centenares de nicaragüenses nos había torturado durante muchos años. Era el especialista en torturas y el Frente tomó la decisión de ejecutarlo”.

Según Martínez, tanto la muerte de Lacayo como el paso de Ortega por la prisión (tras ser procesado por robo de bancos) han incidido en la psicología del ahora dictador nicaragüense, así como su formación en las filas de una estructura militar y una infancia en la que experimentó privaciones. Sus días en la cárcel lo convirtieron en un ermitaño y las limitaciones, en “un resentido social” que a la fecha no termina de calzar en el círculo de la burguesía, pese a que ya puede permitirse los mismos lujos.

En el caso de Rosario Murillo, fue la hija más adorada de su padre, don Teódulo Murillo. El señor vivía orgulloso de su inteligencia y del interés que mostraba por los libros y la poesía. La mimó al extremo de enviarla a estudiar un secretariado ejecutivo en Inglaterra y Suiza, un privilegio que no tuvo ninguna de sus otras hijas. A juicio de Martínez, este trato preferencial pudo haber incidido en el comportamiento caprichoso que caracteriza a la ahora primera dama, vicepresidenta y vocera del régimen Ortega Murillo.

Crecieron en entornos muy distintos, pero para desgracia de Nicaragua resultaron ser una pareja enormemente compatible, incluso en sus posibles trastornos mentales.

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Lo que a él le falta, ella lo aporta, y viceversa. A él le gusta esconderse; ella adora las cámaras. Él reacciona lento ante situaciones que lo sacan de su zona de confort; ella es más diestra para recomponer su discurso y toma decisiones con mayor rapidez. Él posee una inteligencia media; la de ella podría considerarse media-alta. Ambos tienen hambre de poder, una personalidad fría y calculadora y necesidad de ser reverenciados.

Esas son algunas de las conclusiones a las que llegó Róger Martínez, tras pasar un mes obsesionado con el análisis de la personalidad de Daniel Ortega y Rosario Murillo, la pareja que gobierna Nicaragua desde 2007.

Parte de la psicología de Ortega y Murillo se explica en sus respectivas infancias y años de juventud; pero también en la propia dinámica de la pareja, observó. Por ejemplo, desde que entregó una gran cuota de poder a su esposa a cambio de apoyo en el caso de abuso contra su hijastra, Zoilamérica, Ortega tiene menos libertad para tomar decisiones.

Sin embargo, la pareja se ha complementado; porque mientras él funciona como mero símbolo, una reliquia de los años de la revolución que juega a ser un líder de talla mundial; ella se ha hecho cargo de las cuestiones públicas e incluso del manejo de los asuntos internos del país. Eso se observa en las comparecencias de la pareja, en las que él desaparece tras bastidores en cuanto termina la actividad y ella se queda a atender a sus medios de comunicación.
Ambos detestan las situaciones que se salen de su control; pero él tiende a ocultarlo mejor, tras una máscara de impasibilidad como la que mostró durante el Diálogo Nacional, en mayo de 2018.

La compatibilidad de la pareja, que se conoció personalmente en 1977, también se observa en una de sus expresiones más públicas: sus firmas. En detalles que para un ojo no entrenado pasan fácilmente inadvertidos, como que ambos las rematan con una línea abajo, pero que son evidentes para un grafólogo como César Saballos.

A ambos les gusta sobresalir, pero no de la misma manera.

Más de 300 personas fueron asesinadas durante la represión a las protestas ciudadanas. En la foto, el funeral del joven Gerald Vásquez. FOTO/ Oscar Navarrete

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Para muchos analistas, nada es casual en el comportamiento público de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Su discurso incendiario está pensado para sus bases sandinistas, al igual que su pose de líderes buenos.

Tampoco han dejado al azar los colores que utilizan en su vestuario. El azul de las chaquetas de Daniel Ortega, empleado religiosamente a partir del estallido de las protestas en 2018, pretende, por ejemplo, transmitir serenidad; mientras que el blanco de sus camisas quiere connotar “pureza e inocencia”. Esto observa Addis Esparta Díaz, experta en semiótica de la imagen.

Tampoco tiene fines decorativos el pentagrama que Murillo coloca en las actividades oficiales del régimen. “En la Edad Media fue considerado de protección contra los demonios. Simboliza también la cabeza del chivo y es la insignia oficial de la iglesia de Satán”, señala Díaz.

En su interpretación más estricta, “el pentáculo representa a Venus, diosa romana pagana, símbolo del amor y la belleza”, explica. Pero “numerológicamente es la representación del cinco y la suma de los elementos femeninos (2) y masculinos (3), que significa unión. Puede estar asociado con la pareja presidencial: Rosario (2) y Daniel (3)”.
Existe un patrón, una lógica particular en los delirios de la pareja gobernante que puede ser observada con mayor simplicidad cuando sus personalidades se desglosan.

“Rosario Murillo posee una personalidad que manipula, transgrede y violenta las normas sociales en beneficio propio, sin tener ningún tipo de remordimiento”, señala Róger Martínez. “Es capaz de reconocer qué debe hacer o decir para engañar a otras personas, manipularlas y hacerlas creer lo que sea necesario para obtener un beneficio personal sin preocuparse del impacto que esto pueda tener en los demás o en sus sentimientos”.

De igual manera, “es incapaz de crear lazos de afecto duraderos con otras personas (tiene a su propia hija amenazada y exiliada), posee superficialidad emocional y un trato social aparentemente agradable que enmascara sus verdaderas motivaciones”.

Murillo se autopercibe como “más inteligente, más poderosa y más valiosa que cualquier otra persona”, una visión que puede interpretarse como megalómana. No admite errores, es impulsiva y disfruta demasiado de la sensación de ejercer control sobre otros.

Comparte con su esposo características propias de quienes padecen trastorno narcisista de la personalidad y el síndrome de Hubris, algo que la hace sentirse capaz de realizar grandes tareas y saberlo todo. Las personas con este síndrome están seguras de que se esperan cosas extraordinarias de parte de ellas y por lo mismo se sienten con licencia para ir “más allá de la moral ordinaria”.

Ortega tiene una personalidad inhibida, con tendencia al aislamiento y a círculos sociales muy reducidos. “Sin su círculo, se siente desorientado, abandonado, sobre todo en estos momentos donde la sombra de la justicia se pasea sobre su cabeza”, apunta Martínez. No obstante, eso no impide que actúe con soberbia y arrogancia, y una exagerada autoconfianza que lo lleva a despreciar a otras personas.

A juicio del psicólogo, Ortega es “un individuo sin talento nato y sin carisma para liderar”; por eso ha fundamentado su gobierno en su formación militar (ordenar y ser obedecido) y en el manual de la izquierda, con decisiones políticas influenciadas por otros actores de su misma corriente ideológica.

En Murillo se observan rasgos de psicopatía, mientras que Ortega se inclina hacia el trastorno antisocial.

Despreciaba a los burgueses, pero ahora es uno más. Sufrió torturas a lo largo de siete años en prisión y ahora es su régimen el que tortura a sus adversarios. “Pasó de ser víctima impotente a ser el victimario omnipotente”, subraya Martínez. “Alguien quebrado, sin tratamiento posterior, estará más predispuesto a ‘desquitarse’ con su ‘verdugo’, aunque realmente sea otra persona”.

Tanto Murillo como Ortega tienen rasgos negativos en su escritura, en su discurso y en su personalidad. Se trata de características que seguramente comparten con millones de otros seres humanos; pero muy pocos de ellos, poquísimos, tendrán la posibilidad de convertirse en dictadores. El poder potencia lo que somos, para bien o para mal, y más si ese poder es absoluto.

¿Qué dicen sus firmas?

La escritura de una persona puede decir mucho sobre ella. Le pedimos a César Saballos, comunicador con estudios en grafología, que analizara las firmas de Daniel Ortega y Rosario Murillo, una de sus expresiones más visibles. Sus conclusiones apuntan a que se trata de una pareja que se complementa enormemente.

La letra de Ortega es alargada, como un hilo que va uniendo letras; también es pequeña y eso transmite la idea de que “es una persona a la que le gusta ocultarse, no dejar ver su vida interior”.

Sus trazos se inclinan hacia atrás, un rasgo propio de personas que vuelven a ver mucho hacia el pasado. Otros detalles de la firma de Ortega indican “buena memoria y tendencia a ser una persona rencorosa”.

Su letra va rápido y a medio camino pierde velocidad. “Le cuesta avanzar”, explica Saballos. “Todavía tiene que consultar antes de decidir. Es rápido para pensar, pero no para decidir”.

El hecho de que “destruya las palabras” con una letra irregular “lo hace una persona inquieta, que anda saltando de una idea a otra, que entiende las situaciones rápido, pero así de rápido se le olvidan y pasa a otra cosa”.

En el caso de Murillo, “piensa y decide rápido”. Su letra refleja a una persona “terriblemente emocional y detallista”. De hecho, “es más emocional que intelectual”. Al final de la firma el rabo de la letra z se extiende hacia abajo, un detalle que suele caracterizar a personas que “se inmiscuyen en la vida de los demás”.

Ambos tienen problemas para trabajar en equipo. Ella es de eventos públicos, él no. Ella es de mostrarse, él es de esconderse. “A ella le incomoda que no te des cuenta de que está ahí; para él si no lo ves, mejor”, asegura Saballos. “Él sería un buen ejecutivo, porque no se muestra a sí mismo; ella no”.

Las dos firmas tienen un detalle en común: están subrayadas por una larga línea. Eso equivale a ponerse en una vitrina. Es remarcar con fuerza que sabés quién sos.

Megalomanía

La palabra “megalomanía” aparece cada vez que los especialistas en salud mental hablan sobre dictadores. Viene de la unión de dos palabras griegas “megas”, que significa “grande”, y “manía”, cuyo significado es “obsesión”: obsesión por lo grande. Delirio de grandeza, se dice también.

Una persona que está demasiado orgullosa de sus habilidades y poder de decisión suele ser etiquetada a la ligera como megalómana. Sin embargo, desde el ámbito de la psicología “tendríamos que usar la palabra en casos bastante mejor acotados”, explica un psicólogo que ha pedido se omita su nombre, por razones de seguridad. “Daniel Ortega es un caso claro”.

La megalomanía forma parte del trastorno narcisista de la personalidad. No es en sí misma un trastorno mental, sino parte de la sintomatología.

¿Cómo son las personas megalómanas?

*Se comportan como si tuvieran un poder prácticamente ilimitado.

*Aprovechan esta supuesta omnipotencia y encuentran placer poniendo a prueba sus capacidades. Por ejemplo: “Y si aprueban más sanciones, ¿qué?”.

*No aprenden de sus errores y la experiencia no los hace corregir comportamientos asociados con delirios de grandeza. Ejemplo: “Vamos a gobernar desde abajo”.

*Parecen estar fingiendo constantemente para dar una imagen idealizada de sí mismos. Como el uso frecuente de la palabra “comandante”.

*Observan mucho cómo reaccionan los demás ante lo que hacen o dicen, pero cuando son rechazadas por su comportamiento las personas megalómanas piensan que el problema son los otros. Como afirmar que unas fotografías de paramilitares armados son falsas.

“Hay gente que simplemente tiene una autoestima y un optimismo muy superior a la media, y no hay nada malo en ello”, aclara el psicólogo. “Pero, por supuesto, por sus discursos y acciones Ortega no cabe acá”.

Desde 2018 las principales ciudades del país se mantienen bajo sitio policial y los grupos paramilitares son empleados para reprimir y asediar.

16 rasgos de personalidad

A lo largo de un mes el psicólogo nicaragüense Róger Martínez analizó entrevistas realizadas por periodistas a Daniel Ortega y Rosario Murillo, averiguó sobre sus respectivas infancias, volvió a estudiar los videos grabados durante el Diálogo Nacional y escuchó discursos para poder acercarse a un perfil clínico de la pareja gobernante.
De esa manera extrajo de Ortega y Murillo los 16 aspectos básicos de la personalidad definidos por el famoso psicólogo británico Raymond Cattell, en 1993. Este es un mapeo de su psicología.

1. Afabilidad. (Mide la forma de relacionarse con los demás).
Ortega: Puntúa bajo. Poco afectivo, con pobre expresividad y un nivel elevado de rigidez y tendencia al aislamiento. Esto pudo haber sido acentuado por su permanencia en la cárcel por robo de bancos, en los años setenta.
Murillo: Se ubica por encima de la media. Tiene disposición hacia las relaciones interpersonales, siempre y cuando esté en una posición privilegiada.

2. Inteligencia. (Mide la capacidad intelectual del pensamiento abstracto).
Ortega: Inteligencia media. No se observa en él la agilidad mental de una persona con inteligencia superior. No es capaz de hilvanar un argumento que aparente ser genuino en situaciones que no controla.
Murillo: Inteligencia media alta. Demuestra tener un pensamiento adiestrado, memoria ejercitada y vocabulario amplio que le permiten componer y recomponer su retórica en comparecencias públicas, aunque no infaliblemente.

3. Fortaleza o debilidad del yo. (Mide el carácter).
Ortega: Debilidad. Es capaz de mantener la compostura y parecer inmutable en situaciones incómodas (como el Diálogo Nacional), pero internamente está deseando volver al espacio físico y político donde tiene el control.
Murillo: Debilidad. Se frustra rápidamente bajo condiciones no satisfactorias, cuando las cosas se salen de su control y supervisión. Tiende a evadir la realidad proyectando una que le favorezca. Puede padecer neuroticismo, algún tipo de fobia, trastornos psicosomáticos y problemas de sueño.

4. Dominancia. (Capacidad de dominación o sumisión).
Ortega: Alta. Es autoritario y caprichoso. (Se hace lo que digo o “vamos a gobernar desde abajo”). No aprendió a interrelacionarse, sino a mandar. Es un rasgo aprendido, una fachada para ocultar debilidades internas.
Murillo: Alta. Le resulta muy agradable y atractivo el estar en posiciones de poder. Es agresiva, terca, muy autoritaria y no se somete a la autoridad.

5. Impulsividad. (Capacidad de arriesgar).
Ortega: Baja. Es introspectivo, debe tener un plan, un guión, un protocolo y tiene que apegarse a él.
Murillo: Media baja. Tiende a ser facialmente expresiva y hasta cierto punto espontánea; sin embargo, también muestra características de personas introspectivas.

6. Conformidad grupal. (Grado de aceptación de las normas sociales).
Ortega: Baja. No se somete a las leyes ni a las normas culturales, tampoco a la ética. Tiene un sentido desmesurado de su propia importancia, una necesidad profunda de admiración y una carencia de empatía por los demás, rasgo típico del trastorno narcisista de la personalidad.
Murillo: Baja. No se comporta de acuerdo con las reglas, ni se somete por completo a las normas de la sociedad. La moral solo es un compromiso público para aparentar bondad.

7. Atrevimiento. (Mide si la persona es tímida o extrovertida).
Ortega: Bajo. Siempre busca la seguridad, el control, mantener todo a su alrededor predecible y estable. Sus acciones contra la población siempre son indirectas. Alguien más las ejecuta.
Murillo: Medio. Tiende a reaccionar de manera exagerada ante cualquier percepción de posible amenaza.

8. Sensibilidad. (Mide si una persona es lógica y racional o intuitiva y sensible).
Ortega: Aparente dureza emocional, pero puede falsear afectos para conseguir beneficios.
Murillo: Se rige por un pensamiento racional que obedece a su propia y particular lógica.

9. Suspicacia. (Sentido de alerta ante los demás).
Ortega: Muestra una gran desconfianza hacia los demás. Solo le generan algo de confianza los individuos de su círculo.
Murillo: Posee unas fronteras personales muy marcadas que la desconectan del resto. Tiende a desconfiar y a tener un comportamiento paranoico que deriva en relaciones problemáticas.

10. Imaginación. (Capacidad de sumergirse en el mundo interno).
Ortega: Alta. Pasa largos períodos enclaustrado, abstrayéndose de la realidad.
Murillo: Alta. Se sumerge fácilmente en sus pensamientos sin distraerse por lo que sucede a su alrededor.

11. Astucia. (Capacidad de analizar una situación para sacar provecho de los demás).
Ortega: Alta. Oculta lo que realmente piensa y calcula el daño que desea causar.
Murillo: Alta. Tiende a ser calculadora y utilitarista; usa sus destrezas sociales para relacionarse con personas a las que les pueda sacar provecho.

12. Culpabilidad. (Capacidad de hacerse responsable de sus actos).
Ortega: Baja. Para Ortega todos son culpables de lo que sucede, menos él. Siempre buscará una versión que lo absuelva.
Murillo: No aparenta tener tendencia a experimentar culpa.

13. Rebeldía. (Apertura al cambio).
Ortega: Baja. No tiene apertura mental a otras opiniones que no sean las que le favorezcan.
Murillo: Lo mismo que Ortega.

14. Autosuficiencia. (Grado de independencia personal).
Ortega: Media. En la actualidad depende en gran parte de las decisiones que tome su esposa, a quien ha entregado una buena cuota de poder.
Murillo: Alta. Acostumbra tomar decisiones sin preocuparse por las opiniones ajenas.

15. Autocontrol. (Tendencia a comportarse bien socialmente).
Ortega: Se esfuerza por mostrar una imagen ideal y socialmente aceptada ante sus bases. Hasta cierto momento le funcionó, pero a partir de abril de 2018 mostró su obsesión enfermiza por el poder. Debe controlar sus emociones para mantener esa imagen frente al público.
Murillo: Intenta controlar sus emociones, pero es compulsiva y perfeccionista. Se encuentra en lucha constante entre su yo ideal y su yo real; moldeándose con esfuerzo para igualar su conducta a la imagen ideal y socialmente aceptable que se ha creado.

16. Tensión. (Ansiedad experimentada en la vida cotidiana).
Ortega: Suele frustrarse, pero ha dominado el arte de no mostrar su frustración y enojo abiertamente. Planea cómo actuar, qué decir y cómo decirlo para demostrar temple frente a sus seguidores.
Murillo: Vive en constante incomodidad y es impaciente. Su perfeccionismo y deseo de controlar todo le impide estar inactiva. Se frustra fácilmente.

Conclusión
Ortega: Su tipo de personalidad es inhibida, egocéntrica, calculadora, autoritaria, agresiva, fría y poco afectiva, con tendencia al aislamiento y poca apertura mental. Entre sus posibles psicopatologías predominan la sociopatía, el síndrome de Hubris y el trastorno de la personalidad narcisista.
Murillo: Su personalidad es manipuladora, egocéntrica, calculadora, frívola, poco afectiva, poco empática, autoritaria, perfeccionista, controladora. Predominan rasgos de psicopatía, trastorno de la personalidad narcisista, trastorno histriónico de la personalidad y síndrome de Hubris.

En abril de 2018 el descontento social estalló en una rebelión ciudadana que fue reprimida a fuego. El discurso de Ortega y Murillo intenta negar esa realidad.

El discurso de la pareja

El lenguaje y el tono utilizados por Daniel Ortega y Rosario Murillo tienen una finalidad. Una especialista en lingüística ha analizado su discurso y estas son sus conclusiones.

El discurso de la pareja presidencial se ha distinguido por el ocultamiento y encubrimiento de la realidad, sin dejar espacios para que haya un interlocutor, el pueblo, pues no hay difusión de la información ni acceso a ella.

En el caso de Ortega, su discurso es monotemático: la constante referencia a hechos históricos que relacionan “la lucha contra el imperialismo yanqui” con las circunstancias que vive el país. De esta forma intenta presentarse como el único capaz de resolver los problemas sociales. En sus discursos también destaca la omisión intencional de temas coyunturales y predominan los mensajes indirectos, no explícitos, un recurso común en el discurso político que sirve para deslegitimar y amenazar a adversarios.

En cuanto a Rosario Murillo, sus intervenciones se han caracterizado por frases cortas y con abuso de descalificativos. Emplea adjetivos peyorativos (minúsculos, satánicos), términos populares (chingastes, dejen de joder) y metáforas (bacterias, vampiros, comejenes) con el propósito de dañar la imagen de las personas que se oponen al Gobierno. Esto contrasta con las frases largas y de contenido religioso que utiliza para referirse a su régimen. Las palabras “Dios”, “Virgen” y “paz” aparecen con extrema frecuencia en sus alocuciones y monólogos transmitidos a través de medios oficialistas.

De acuerdo con la lingüista, “a fuerza de ser repetida e interiorizada por la población, esta polarización promueve la confrontación entre los nicaragüenses”.

“No es un discurso improvisado”, advierte. “Va dirigido a sus bases porque después se ve reproducido en sus seguidores. Son estrategias usadas por los que controlan el poder”.

En 2018 la ciudadanía se volcó contra los símbolos de la dictadura. Foto/ Archivo

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