Piel y tinta

Reportaje - 14.09.2014
Nadir Reyes

Arte o vagancia. Estatus o vergüenza. Los tatuajes han estado presentes en el ser humano desde la antigüedad. Estos son los nicas tatuadores y tatuados. Artistas y lienzos que cuentan sus historias sobre esta práctica tan admirada como rechazada

Por Anagilmara Vílchez Zeledón

Empezaron a decapitarlos. Les fascinaban los grabados que los maoríes se tallaban en el rostro con cinceles y hollín. Los “mokos” o tatuajes faciales tradicionales, revelaban el estatus de los guerreros, sus victorias y ascendencia, por eso, a finales del siglo XVIII los exploradores británicos que llegaron a Nueva Zelanda, decidieron vender las cabezas de esta etnia polinesia a coleccionistas europeos.

En Japón, en ese mismo siglo, quienes cometían delitos eran marcados en la frente o en los brazos para marginarlos. Los tatuajes, signo de vergüenza hasta entonces, después serían acogidos por los miembros de la temida mafia japonesa Yakusa que con dibujos se cubren casi todo el cuerpo como símbolo de solidaridad, poder y rebelión.

En las prisiones de Estados Unidos, por ejemplo, un tatuaje puede salvarle la vida a un recluso o causarle la muerte. En Hawai, significan protección y cambios. En las bodas hindúes representan el amor y se cree que atraen la fertilidad y la suerte.

Temporales o permanentes. Grandes o pequeños. Alabados o condenados. Los tatuajes están presentes en la humanidad desde hace siglos y Nicaragua no es la excepción. En esta edición Magazine conversó con tatuadores y tatuados, artistas y lienzos. Estas son sus historias.

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En un rincón del barrio 19 de Julio el tema Everybody hurts de la banda estadounidense REM, se funde con el sonido de una máquina para tatuar que zumba cual abejorro.

Giovanni González la armó con cuerdas de guitarra, una jeringa y un motor. Con la aguja de esa máquina “hechiza” González perfora, aproximadamente 50 veces por segundo la epidermis de Germán Balmaceda, un chavalo de Matagalpa que ha llegado a la periferia del Mercado Oriental a “plaquearse” en la pantorrilla el nombre de su hijo y unas manos en posición de oración de las que cuelgan un par de esposas.

Sobre estas últimas, Balmaceda asegura que le recordarán las dos semanas que estuvo en prisión por un “mal entendido”.

Este “semanero” o “cortero”, como dice él, ha decidido “levantar cabeza” y el tatuaje que ahora lleva es parte de esa etapa que decidió empezar a vivir con responsabilidad. Ahora es “cabeza de familia”, admite.

Mientras continúa sonando Everybody hurts, Balmaceda se cubre la cara con la gorra, encoge los hombros y se aprieta con los dedos sus ojos zarcos. Asegura que los constantes piquetes de la cuerda, que hoy se desvistió para verse como aguja, no le duelen. Insiste en que solo está cansado.

Giovanni González, alias “El Gato”, por un diseño tatuado con su máquina casera cobra desde 150 córdobas. Para estos trabajos utiliza una cuerda de guitarra a la que le quita el “colocho” que la cubre y luego le hace una punta. González solo usa de la sexta a la cuarta cuerda, las otras son muy delgadas y se doblan, afirma.

Estas van soldadas al motor y se botan después de cada tatuaje como el resto de materiales que González ocupa. Guantes de látex, toallas de papel, todo debe ser descartable.

“La cuerda de la guitarra es para la guitarra, es incorrecto, no debe hacerse”, subraya el dermatólogo Jorge Neira. Sin embargo, las máquinas caseras son las más populares entre aquellos que no pueden adquirir instrumentos originales o desean gastar menos, pues con ellas reducen los costos de producción y pueden fabricarlas con materiales comunes.

Según el documental Ancient ink (Tinta ancestral) de History Channel, en cárceles de Estados Unidos estos utensilios son hechos con clips, horquillas de cabello, lapiceros, cuerdas de guitarra y motores de walkman. El programa Desde la Fábrica, de Discovery Channel, añade que se pueden construir con los motores de un secador de pelo o de un cepillo dental.

González también tiene máquinas originales en su tienda. Compró al menos cuatro. Los tatuajes con estos aparatos sonmás costosos, por ellos “El Gato” cobra entre 40 y 50 dólares.

“¿Cuál es la diferencia? que con las máquinas originales es mayor el gasto, cada aguja cuesta alrededor de 15 dólares que varía en dependencia del grosor de las agujas, las tintas son más caras y todo debe ser importado”, aclara.

El estudio de tatuaje de González es un pequeño cuarto en el que, entre otras cosas, hay una cama de madera en la que él se sienta, unas sillas de plástico donde se acomodan los clientes y dos abanicos que jadean por el calor que en plena sequía ahoga la capital.

“El Gato”, como dice en su tarjeta de presentación, tatúa desde 1997. Empezó a fijarse cómo lo hacían otros y al comprender que nadie iba a enseñarle se propuso aprender por su cuenta.

“Hay mucha indiferencia entre tatuadores, son muy cerrados”, asegura. Hace algunos años todavía trabajaba en rótulos y publicidad, dejó de hacerlo porque según él, el plomo que contiene la pintura le hacía daño. Ahora tiene la agenda repleta de clientes. Trabaja de lunes a domingo, atendiendo entre cuatro y cinco personas diario. Los fines de semana son los días más ocupados.

González no lleva tatuajes visibles, pero sí tiene un par. Ocho en total. “Que los tatuadores deben estar tatuados, esa es una mala publicidad que se le da al artista”, afirma. Aunque él no tiene diseños en los brazos no porque le desagraden o porque desee romper esquemas, sino porque no puede hacérselos en esos sitios. Sí, él solo se tatúa.

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Alpes Italianos. Septiembre de 1991. Una pareja de alemanes encuentra a Ötzi, la momia de un hombre de ojos cafés que se presume murió en primavera hace más de cinco mil años. En su cuerpo descubrieron 59 tatuajes distribuidos en la muñeca izquierda, en la espalda y en ambas piernas. El apodado “hombre de hielo” padecía de artritis en las zonas en las que encontraron los grabados, revelaron estudios posteriores, lo que sugiere a los científicos que estos eran tatuajes con fines terapéuticos, apunta el documental Ancient ink (Tinta ancestral) de History Channel.

En Perú siete años antes de que fuera hallado Ötzi, John Verano, de la Universidad de Tuleane, Nueva Orleáns, al realizar excavaciones en montañas al norte del país sudamericano, se topó con el brazo derecho de una mujer que falleció aproximadamente hace mil años. En el hueso había pigmentos que llegaban hasta los dedos, restos de tatuajes que según Verano estaban relacionados con deidades.

Para los polinesios, por su parte, los grabados en la piel servían como “escudo” contra “el daño corporal y de los espíritus”. Los tatuajes tradicionales de este grupo se lograban con utensilios fabricados a partir de huesos animales. Los trazos eran una especie de hoja de vida que revelaba quién eras, qué hacías, cuántos hombres habías matado y cuántas eran las batallas ganadas.

Un palo que funcionaba como martillo golpeaba otra vara empapada en tinta. Esta última tenía al final un grupo de dientes filosos hechos con el pico de un pájaro, del colmillo de un jabalí o con púas de aletas de pescado. Cada golpe introducía el pigmento en la dermis (segunda capa de la piel). Del ta, ta, que producía el choque entre los palos se cree que proviene la palabra tatuaje.

El procedimiento era sumamente doloroso, casi comparado al que sufrían tribus esquimales en el siglo XVIII. Ellos, como quien zurce una camisa sin hacerle nudo al final de la hebra, sacaban y metían un hueso delgado y puntiagudo bajo la piel, el hilo en este caso era hecho de tendones de animales impregnados de hollín.

Aunque los instrumentos ancestrales servían para inyectar pigmentos en el cuerpo, Thomas Alba Edison, en 1876, inventó un lápiz perforador que sería el antepasado más cercano de la máquina para tatuar moderna. Esta creación de Edison fue modificada y mejorada en 1891 por el tatuador Samuel O’Reilly. Desde finales del siglo XIX hasta los años 20 quienes decidían cubrir su cuerpo con tatuajes eran exhibidos como atracciones de feria. Circos cobraban y curiosos pagaban por ver a los hombres y mujeres vestidos de tinta.

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Ochocientos dólares, aproximadamente, ha invertido Julio César Oviedo en sus ocho tatuajes. El primero se lo hizo en el 2012, poco después de independizarse de sus padres. Un sol maya en la nuca. Ese fue el primero. Después vendría una manada de lobos dispersos en su cuerpo. En el pecho, en el brazo y antebrazo… Desde que le apodaron “Mr Wolf” (Sr. Lobo) empezó a interesarse por estos animales y a sentirse identificado por algunos de los comportamientos de los Canis lupus.

“Miré muchas características que tenían que ver conmigo y empezó esa fascinación”, confiesa. Él se tatúa “por arte” y las piezas que ha grabado en su piel, hasta ahora, no le han causado problemas en el ámbito laboral, dice. Se dedica al marketing digital y por la naturaleza de su trabajo no hay restricciones vinculadas a la apariencia de los empleados, a sus jefes solo les interesa que produzca ganancias a la empresa, no cómo luce, aunque sabe que usar todo el tiempo camisas con mangas largas sería la única forma de que lo empleen en un banco, por ejemplo.

Un tatuaje diminuto a una amiga suya le costó un puesto de aeromoza. No todos tienen tanta suerte, reconoce.

“Aquí la cultura en Nicaragua es un poco diferente, la gente tiene muchos tabúes, las personas piensan que es algo malo”, señala Oviedo quien admite que en algunas ocasiones los tatuajes que lleva han sido la razón del “clic” con otras personas que los consideran bonitos, artísticos e incluso sensuales. Hombres y mujeres coinciden en que esto dependerá de la persona que lo luce, de la calidad del dibujo y del lugar donde se coloque.

Los tatuajes ubicados en la cara, brazos, espalda, cuello, manos, tobillos y pies, principalmente, son los rechazados por las empresas. Sobre todo aquellas dedicadas a la atención al cliente, pues popularmente se vincula este arte corporal con la vida bohemia, con las personas pendencieras, incluso con el consumo de drogas y con la posibilidad de transmitir enfermedades adquiridas al momento de tatuarse.

En una encuesta reciente realizada por Vault.com se consultó a empleados y empleadores acerca de si influían o no los tatuajes al momento de conseguir y mantener un empleo. El sesenta por ciento de los jefes consultados confirmó que “eran menos propensos a contratar a un candidato con tatuajes o piercings”, un 85 por ciento de trabajadores admitió que tener tatuajes sí hace más difícil obtener un empleo y al menos un 66 por ciento de las personas tatuadas subrayó que ocultan sus tatuajes en el trabajo para evitar despidos o discriminación.

Julio César Oviedo
Julio César Oviedo tiene ocho tatuajes. Su preferido es el que lleva en el pecho. Planea hacerse más. “Diseños de mi familia, el nombre de mi madre, mis hermanos”, dice. Él admite que este no es “un arte gratis o un arte barato” y que “cuando te hacen un tatuaje y no te gusta, psicológicamente te degrada”, por eso advierte que la decisión de plasmarse algo en la piel debe tomarse cuando estás seguro de que no vas a arrepentirte después.

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“Te pego la plancha si te miro un tatuaje”, le decía su mamá a Karla Núñez. Por casi un año anduvo en su casa solo con un calcetín para ocultar la cruz que se había tatuado en el tobillo. Tenía 18 años. Hoy lleva no uno, sino cinco tatuajes en la piel. Nueve años han pasado ya desde su peripecia con el calcetín.

“¿Por qué anda tantas caras en la espalda?”, es la pregunta que Karla cree que la gente se formula al ver su dorso tatuado. Para explicarles ella debe retroceder al día más doloroso de su vida: 17 de diciembre de 2012.

Es lunes. Su mamá Alba Luz Zamora yace boca abajo sobre el suelo. Su hermana mayor, Marina del Carmen Núñez, se queja por el dolor. Está aturdida. Hace unos segundos iba camino al hospital, daría a luz a su hija Sophia. Sin aviso un camión embistió el Suzuki que Karla Núñez conducía. La mamá de ambas estaba muerta y ninguna de las dos lo sabía. Tampoco sabían que Marina iba destrozada por dentro. Llevaba desprendido un pulmón, pero su barriga estaba intacta. Tomaron un taxi al Hospital Militar, ahí nació Sophia. Ahí, justo ahí, donde murió su mamá.

Los cuatro meses siguientes Karla Núñez los pasó en el hospital con su sobrina. No la vio sonreír, tampoco llorar desconsoladamente. Karla aprendió a dormir en una silla. A enrollarse en una esquina. Llevó cuna, peluches… El 12 de abril de 2013 Sophia empeoró. Se puso heladita. Su corazón, chiquito como un colibrí, no resistió siete infartos.

Para entonces Karla Núñez ya se había tatuado los rostros de su hermana y su mamá en el dorso. Cuatro horas duró la sesión para lograr los retratos que miden 13 centímetros cada uno.

Al fallecer Sophia, decidió llevarla también en su espalda. “Ella fue la que me ayudó a superar todo, yo creo que si ella no hubiera sobrevivido… El golpe fue duro pero por estar con ella yo no podía llorar, yo tenía que estar feliz porque los doctores me decían que ella sentía y que yo le transmitía todo eso a ella”, confiesa. Contar la historia detrás de sus tatuajes es revivir ese día. Karla todavía llora al recordar que dos noches antes del accidente ayudó a su hermana a decorar la cuna de la niña. Aunque confiesa que no podrá superar su pérdida cree que ahora ellas “son parte de mí, las ando conmigo”.

 Karla Núñez.
Su hermana, su sobrina y su mamá. Justo en ese orden están grabados los retratos que Karla Núñez lleva en su espalda. A casi dos años del accidente de tránsito que cambió su vida ,y que provocó la muerte de las tres, Núñez asegura que con estos tatuajes logró andarlas siempre consigo.

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Las máquinas de tatuar con sus agujas de acero inoxidable picotean la epidermis (capa exterior de la piel que se desgasta y se renueva) desde 50 hasta tres mil veces por minuto y depositan el color tres milímetros debajo de la superficie, en lo que se conoce como dermis (segunda capa de la piel). Los tatuadores controlan la velocidad de este aparato con un pedal que podría hacer funcionar la máquina a cuatro mil revoluciones por minuto. “Un auto deportivo puede llegar a 65 kilómetros por hora con esas mismas revoluciones por minuto”, aseveran en el programa Desde la Fábrica producido por Discovery Channel.

Básicamente el tatuaje es una herida a la que el cuerpo responde con inflamación, asegura el dermatólogo Jorge Neira. Es por eso que es tan enfático al aseverar que la limpieza y cuidados higiénicos deben ser garantizados al momento de realizarse un grabado de este tipo.

Enrique Espinoza lo tiene claro. Desde hace unos ocho años se dedica a tatuar. Él asegura que usa detergente, cloro, jabón antibacterial, vapor y alcohol ciento por ciento puro para eliminar los residuos de tinta en las partes permanentes de la máquina. Así como Giovanni González, Espinoza se encarga de botar todos los materiales que podrían causar infecciones o enfermedades severas a sus clientes.

De no ser así las consecuencias serían peores de lo que se cree, advierte el doctor Neira.

Sensibilización al pigmento, dermatitis por contacto, alergias que por la inflamación y coloración roja de la piel distorsionarán el tatuaje, lesiones sólidas o tumorosas, infecciones bacterianas, hepatitis B e incluso sida forman parte de las secuelas de un tatuaje realizado en condiciones no estériles y por gente no capacitada. A lo que se le debe agregar que no a todas las personas se les recomienda realizarse uno. Neira aclara que mujeres embarazadas, pacientes alérgicos, personas cuya piel haga queloides o hipercicatrices, aquellos que padecen diabetes, lupus, cardiopatías, liquen o psoriasis, donantes de sangre y clientes que no se hayan vacunado contra el tétanos y la hepatitis B no deberían, bajo ninguna circunstancia realizarse un tatuaje.

Tampoco recomienda hacerlos en la cara, cuello y genitales. Las personas mestizas y de raza negra, según este dermatólogo, deberían pensarla dos veces pues son más propensas a realizar queloides o “verdugones” como se les conoce popularmente.

Una vez tatuada la piel, remover la tinta es mucho más doloroso, caro y difícil que depositarla en la dermis. Existen láseres para hacerlo pero no todos sirven para los mismos pigmentos. Mientras más colores tiene el diseño más cuesta eliminarlo. Se necesitan varias sesiones y “nunca la piel volverá a ser la misma, puede quedar manchada o despigmentada”, concluye Neira.

Aquellos que no pueden borrarlos con este método regresan para cubrirlos. Amantes decepcionados que quieren borrar el nombre de un amor fallido, son los clientes que más buscan a Espinoza para que con un tatuaje más grande oculte aquel que ya no desean llevar en el cuerpo, tal como lo hicieron los japoneses hace ya varios siglos.

“Yo soñaba con ser pintor, para eso estudié y como me fue bien (tatuando) todavía estoy en este negocio. (Tatuar) da mucho más dinero que la pintura, pero, más adelante, pienso volver a pintar, volver al óleo”.

Enrique Espinoza, Tatuador nicaragüense

Los pecados del tatuaje

“El tatuaje no estigmatiza a alguien como malo, pero creemos que no es lo más correcto marcar nuestro cuerpo que es templo del Espíritu Santo”, asegura el pastor Augusto César Marenco, del Ministerio Centro Apostolar Cristiano.

Los fundamentos bíblicos de esta posición radican, entre otros pasajes, en 1 Cor. 6:19-20 que dice: “¿0 ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

Marenco prefiere no calificar los tatuajes como algo diabólico y repite que “respetamos a la persona que lo hace pero recomendamos que lo eviten”. Aún existen sectores radicales de la Iglesia evangélica que los consideran “una marca de la bestia”. Julio César Oviedo tiene al menos ocho tatuajes y argumenta que con ello “no le estoy haciendo daño al prójimo ni a nadie, es mi cuerpo, si no le es grato verlo a muchas personas lo siento, si le es grato verlo a otros ¡qué bueno! ¿no?… Yo voy a iglesias, ya un sacerdote me ha saludado y me ha visto que estoy lleno de tatuajes, eso tiene que ver mucho con el respeto y con lo que cada uno crea”, concluye.

Tatuajes en números

1 de cada 8

estadounidenses adultos tiene al menos un tatuaje. En Nicaragua no hay cifras oficiales.

150

córdobas cuesta el tatuaje más barato con una máquina “hechiza”. En algunas tiendas el precio de un tatuaje fácilmente puede superar los 100 dólares.

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