El pueblo de muchachas bonitas

Reportaje - 16.08.2016
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Piel rosada, ojos verdes y cabello castaño. Muchos consideran que las mujeres de San Rafael del Norte son las más bellas de Nicaragua. ¿El frío y los vascos son responsables del origen de su belleza?

Por Julián Navarrete

Cuando usted escuche el apellido Úbeda tenga por seguro que esa persona salió de San Rafael del Norte. No importa que se encuentre internado en la selva de la Amazonia o en el frío imposible de Alaska. O a lo mejor si atraviesa el charco y visita España, en donde están sus verdaderas raíces. Dígase con seguridad: estoy seguro que ese apellido es de un pueblo lindo y fresco de Nicaragua.

El hombre que hace la afirmación, con pizca de sorna y tantito de síntesis, se llama Simeón Úbeda Úbeda. ¡Faltaba más! quien hablase de ese apellido no pudiera firmarse de otra manera. Simeón tiene 75 años, es historiador y poeta. Abre sus ojos claros y comienza a contar cómo ese apellido se convirtió en la firma más repetida del pueblo, y cómo también tiene que ver con que estas tierras sean las responsables de traer al mundo a unas mujeres tan pero tan bonitas.

¿No me cree? Pues, mire que está comprobado que la belleza de estas damas ha provocado muchos crímenes por celos, relaciones entre primos y parientes, ha vuelto locos a soldados del ejército, escritores, poetas, historiadores y conquistado el corazón de un héroe nacional. Vamos, le digo que hasta los enviados de Dios han tenido que intervenir: han avalado matrimonios entre hermanos, casamientos civiles, sirven de mediadores en algunas riñas por deshonras familiares. ¿Le parece coincidencia o algo tiene que ver con la belleza de sus mujeres?

La risotada de Simeón explota de una vez cuando expone sus argumentos. Él es una prueba de que las relaciones entre primos son algo tan común, como los mitos que las envuelven: ya no hay quién se sorprenda. El otro reto es querer seguir la pista a las raíces de los apellidos del pueblo. Si usted intenta hacer un árbol genealógico hasta le duele la cabeza de tanto pensar y pensar. Los pobladores simplemente ignoran el menester y lo justifican: aquí un apellido u otro no es algo que manifieste ningún impedimento a la hora de flecharse.

Como en todo hay excepciones. Por decir algo: cuando las personas escuchan los apellidos de Simeón pueden imaginárselo altísimo, blanco impoluto, ojos azules, de piel rosada. Claro que existen la excepciones, confirma Simeón, y sorpréndase pues con este chaparrito moreno, de piel tostada.

Está más que claro que Úbeda no es el único apellido del pueblo. Hay otros: Aráuz, Pineda, Zeledón, Rodríguez, incluso, Rizo. Todos, eso sí, coinciden con los mismos rasgos físicos: piel blanca, labios rosados, ojos claros y cabello ondulado.

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Colgado en la pared de madera el termómetro indica que la temperatura ambiente baja a los 18 grados centígrados. Afuera de la casa de Simeón Úbeda Úbeda hace un día lluvioso. No se desgaja el cielo, pero tampoco deja de tirar agua. Es gris por donde se mire, el sol apenas sale. “Es un típico día en San Rafael del Norte”, repiten los pobladores.En los últimos días ha estado caluroso, dicen, y por ratos pareciera que fuera un pueblo del Pacífico.

Hubo un tiempo en que la temperatura bajaba de los 10 grados centígrados. Pueda que esa sea la razón con más peso para explicar el origen de la belleza de las mujeres de este pueblo. ¿Tan sencillo? Déjeme le explico: al principio Nicaragua fue conquistada por andaluces del Sur de España, que son de origen árabe. Fueron los que llegaron al Pacífico: Francisco Hernández de Córdoba, Pedrarias Dávila, y se mezclaron con los indígenas. Vea cualquier foto y comprobará que estos personajes tienen el perfil moreno, estatura media, ojos oscuros.

Muchos años después, el Norte de Nicaragua sería testigo de una colonización vasca. Pues, resulta que cuando recién se formó el reino español, el pueblo vasco quedaba retirado y costó someterlo. Una vez adherido, allá por 1650, los vascos comenzaron a cruzar el charco. Anduvieron por Guatemala y algunos bajaron hasta la zona norte de Nicaragua.

Cuando los vascos llegaron a San Rafael del Norte les gustó el clima: mucho más frío que ahora, con neblina y un rocío húmedo que bañaba o refrescaba en todo el día. Además, el pueblo tenía unos pinares interminables que cobijaban el contorno y parecían ilustrar una sola hoja verde posada sobre una montaña.

Los vascos miraron muchos ríos que servían para pescar. El clima les favorecía en seguir la actividad que habían dejado en España: crianza de mulas, siembra de hortalizas y trigo, ya que la tortilla hecha de maíz no les gustaba.

Y así fue como este pueblo, el más alto de Nicaragua, fue colonizado por hombres de apellidos Aráuz, Pineda, Blandón, Zeledón, y por supuesto, Úbeda. El resultado —resume Eddy Kühl, historiador nicaragüense de origen alemán— fue que de esas raíces españolas salieran unas muchachas más altas que el promedio, de piel blanca rosada, ojos verdes y cabello castaño.

“Quizás no sean las más bellas de Nicaragua, porque en otras partes hay mujeres lindísimas, pero sí son diferentes a las demás mujeres y tal vez eso las hace más atractivas”, dice Kühl.

El foco vasco todavía se mira por sus calles. Señoras, muchachas y niñas, blancas, muy hermosas, de ojos claros, se pasean por sus aceras. La esencia europea se mantiene, dice Kühl, porque los españoles de acá, a diferencia de los que conquistaron el Pacífico, no se mezclaron mucho con los indígenas. Los apellidos permanecen y hay personas que los llevan repetidos: tal es el caso del personaje Simeón Úbeda Úbeda.

La mirada de Paola Aráuz cautiva. Ojos verdes muy claros que contrastan muy bien con el tono blanco de su piel y el rosa de sus labios. Lleva el pelo ondulado, castaño oscuro que se mueve al compás del viento. Paola es una de las muchachas de San Rafael del Norte que ha salido para estudiar y trabajar en otros lugares.

A los 21 años Paola ya se graduó en Administración de Empresas. Y a pesar que siempre le han dicho que se anime a concursar en certámenes de belleza, se niega a participar por “timidez”. Eso sí, ella ya tiene un novio que no es del pueblo y está segura que no es primo ni pariente.

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José Luis Mendoza necesitó la ayuda del padre Odorico D’Andrea para poder casarse. Mendoza nació en Chinandega y luego ingresó a las filas del Ejército Popular Sandinista. Cuando lo enviaron a San Rafael del Norte, encargado de aprobar los traslados del Servicio Militar Patriótico, fue aturdido por el frío pero conquistado por la belleza de sus mujeres.

Paseando por las calles se enamoró de Martha Rizo Úbeda, una pueblerina nacida en un matrimonio tradicional con otros 17 hijos. Llegado el momento de formalizar la relación, Mendoza tuvo que enfrentar a sus suegros.

—No hay matrimonio —contestó tajante Rizo, padre de la muchacha.
—Pero, ¿por qué? —preguntó Mendoza.
—No se casa y punto —dijo el suegro.

Cuando fue enviado para entrenarse en Cuba, Mendoza conoció al padre Odorico D’Andrea, con quien conversó a ratos. De tal manera, que ante semejante obstáculo, la única persona que podría hacer cambiar de opinión al señor Rizo era el padre tan querido y respetado del pueblo.

—Usted tiene una deuda conmigo —fueron las primeras palabras del padre cuando miró a Rizo.
—¿Yo, padre? —dijo el hombre.
—Así es. Recuerde que yo le di permiso para que usted se casara civil con su prima, con la condición de que la boda eclesiástica se celebraría cuanto antes —dijo el padre, con la mirada fija, luego sentenció:— Todavía sigo esperando.

Al final al hombre no le quedó más remedio que aceptar el matrimonio de su hija. Y ya “desgajándose la mazorca”, las hermanas de Martha pudieron casarse con quien quisieran. Rizo también cumplió su promesa y se matrimonió con Aura Úbeda. En la boda, su hija y yerno sirvieron de testigos.

Pero no todos los finales han sido felices. Hubo en el pueblo un padre bien celoso que no permitió que su hija fuera “robada” por un muchacho de una comarca vecina.

—Yo que con tanto esmero he criado a mi hija, para que me la venga arrebatar un hijo de arrabales —dijo en su momento el padre de la muchacha, y sentenció—. Ese hijueputa me las paga porque me las paga.

Una noche el papá esperó al muchacho en un bar. En cuanto lo vio, empezó a detonar su arma. Quizás por mala puntería o por suerte, ninguno de los disparos logró impactarlo. Declarada la guerra entre ambos, el joven también se armó. Un día se encontraron y se batieron a tiros. La riña terminó con la muerte del papá celoso.

Historias como estas, cuenta Simeón, son muchas en el pueblo. A como las hay de deshonra familiar, igual que la historia del joven campesino que se “roba” a la muchacha y provoca que todos terminen con balazos en el cuerpo, también las hay tan curiosas: como la de un joven que logró casarse con una muchacha del pueblo, solamente para ofrecerla a un hombre guapo y encantador que tocaba una guitarra. El acuerdo era que el hombre encantador podía estar con su esposa, si y solo solo si, luego durmiera en su cuarto.

La historia del trío amoroso terminó luego de que en el pueblo se supieron los detalles. Los chismes no paraban. Al matrimonio no le quedó más remedio que marcharse, mientras que el joven cogió su guitarra, enamoró a otra muchacha e hizo una familia tradicional.

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Hace más de cien años, dos marinos fueron conquistados por un par de norteñas. No fueron los únicos, por supuesto, pero de las mezclas de esas relaciones vinieron al mundo los intelectuales más grandes que han tenido Jinotega y Matagalpa: Harvey Antonio Wells Muller y Douglas Stuart Howay, según Eddy Kühl.

—Este tipo de mezclas ha hecho que también los rasgos físicos europeos o norteamericanos se mezclen —dice Kühl, quien también es bisnieto de Marcos Arauz, de San Rafael del Norte. “Por algo nuestros abuelos las escogían y se casaban: por la belleza de sus mujeres”, agrega.

En este pueblo, dicen, que el militar que llega conquista a las muchachas. Tal como lo hizo Augusto C. Sandino, quien se enamoró de la telegrafista Blanca Aráuz, mientras comandaba una columna del ejército que combatía contra el régimen conservador de Adolfo Díaz. Estuvieron casados durante cinco años, hasta que Aráuz falleció durante el parto de su hija, Blanca Segovia.

El periodista español Ramón Belausteguigoitia, de origen vasco, después de una entrevista que le hizo a Sandino, escribió: “Aparece la señora del caudillo. Es una señora muy joven, de facciones correctas, el aire dulce y la tez muy blanca. El saludo y poco más tarde se va, después de unas breves palabras”.

—Mi señora es de aquí, con un noventa y cinco por ciento de español. Aquí los españoles se mezclaron poco con los indios —dijo Sandino durante la entrevista.

Por esos mismos años, nació la mamá de Carlos Fonseca, Agustina Fonseca de Úbeda, quien huyó hacia Matagalpa, ya que estas montañas verdes de San Rafael del Norte —pueblo de la esposa de Sandino— eran zona de guerra. En Matagalpa conocería a Fausto Amador y de esa unión nacería Carlos.

Lo que quiere decir, dice Khül, es que las mujeres de San Rafael del Norte desde hace mucho tiempo han conquistado a cualquier hombre que pise esta tierra. En el pueblo también existe el mito: “El que prueba el agua de acá, no se va nunca”. Es que aparte de bellas, las mujeres de San Rafael del Norte son populares por ser buenas esposas y madres. Al igual de hogareñas y cariñosas, son capaces de montar un caballo, ordeñar con terneros y enrejar una yunta de bueyes.

El mejor adorno de Anagilmara Vílchez Zeledón es su candidez. Blanca, pelo castaño largo, en un rostro armónico, cuyos labios y ojos destacan. Llegó a las pantallas de televisión, cuando trabajó como periodista del noticiero TV Noticias de Canal 2.

Anagilmara tiene todo para participar en concursos de belleza, pero ella prefiere refugiarse en sus letras: hace apenas unos años trabajó en la revista Magazine y ahora escribe para el diario Confidencial. La única corona de belleza que obtuvo fue la de preescolar, gracias al esfuerzo de sus padres que hasta vendieron enchiladas y dulces para que ella se llevara el galardón a su casa. Más que destacar por su físico, a ella le gusta resaltar que las mujeres del pueblo son valientes, inteligentes y trabajadoras.

El apellido de Anagilmara es de origen judío. Los mismos que colonizaron la región vasca. En 2014, Zeledón salió en una lista de apellidos correspondientes a judíos expulsados por España. En Nicaragua, dice Anagilmara, hay un esfuerzo por tejer esa línea que los une a sus ancestros. En septiembre, habrá una reunión de “Zeledones” en Yalí, cerca de San Rafael del Norte.

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En el ámbito de su hogar, Martha Rizo camina con serenidad. Antes de las nueve de la mañana abre la pulpería de su casa, donde también sirve unas rosquillas con café. Saluda y se mete a su cocina para revolver el arroz y los frijoles que prepara para el almuerzo. Absorbe un poco de café negro, le baja la llama a la cocina y ahuyenta a un gato que se retoza entre sus piernas.

Desde antes de casarse con José Luis Mendoza, Martha Rizo era una mujer de hogar. De niña nunca le gustó salir del pueblo. Y cuando le ha tocado ir a Managua, no soporta su ruido infernal: sus carros pitando, las llantas rechinando, los altavoces, los gritos en las paradas, todo muy distinto a la tranquilidad que se vive en este terreno inclinado donde descansa su casa.

Rizo tiene casi 50 años y dos hijas: Aura y Alisson. A las dos, a diferencia de su mamá, les ha tocado salir del pueblo para estudiar. Alisson estudia en Estelí, mientras que Aura desde hace muchos años se fue a vivir a Managua.
Hay un espíritu sedentario en San Rafael del Norte. Por alguna razón los pobladores no logran acomodarse en otro lugar que no sea este. Ya varios jóvenes como Aura y Alisson han salido dispuestos a conquistar las ciudades. Sin embargo, sanrafaelinos como Rizo quieren permanecer estáticos, sin que la bulla perturbe sus mañanas y que el café con rosquillas se puedan comer en paz.

Aquí en el pueblo se cuentan varias historias sobre su origen. Pero la que más se escucha es la del cura español Lino Sanfeliú, quien salió desde León para catequizar los pueblos de Nueva Segovia. En su peregrinar encontró la cueva de un viejo que se identificó como “El Ermitaño”. El hombre le pidió a Sanfeliú que construyera una iglesia con el nombre de San Rafael de Arcángel, pero que la construyera de Norte a Sur. Es por eso que así se llama el pueblo: San Rafael en honor al arcángel, y del Norte por la inclinación de la iglesia. Algo de esa leyenda es la esencia de este pueblo. Algo de ermitaños tienen sus pobladores.

Leyenda de “El Ermitaño”

El cura español Lino Sanfeliú salió de León para catequizar los pueblos de la Nueva Segovia —que entonces incluía a Matagalpa y Jinotega—. Iba a pie, cargando sus pertrechos en manta al hombro. Cansado de caminar, el cura colgó una hamaca debajo de un roble. Se durmió en un paraje adornado de pinares, donde se respiraba el aroma a flor de pino. Este sitio es donde hoy está el parque del pueblo.

En la mañana se despertó al pie de un roble con una lluvia copiosa. Descubrió entre los árboles y los pájaros carpinteros un caminito que conducía a una cueva. Un viejo, barbudo, de origen español, le salió al paso. El viejo se identificó como “El Ermitaño”. Se saludaron, abrazaron y platicaron largo y tendido. “El Ermitaño” lo invitó a conocer el lugar donde él oraba: el mismo lugar donde el cura había dormido la noche anterior. “El Ermitaño” le pidió que en ese lugar fundara un pueblo con el nombre de San Rafael Arcángel, patrono de los caminantes. También le solicitó que edificara una iglesia, orientada de Norte a Sur, a diferencia de las típicas iglesias católicas, de Este a Oeste. Sanfeliú edificó una pequeña iglesia de paja, celebró con una misa y sembró una cruz.

De ahí el origen del nombre del pueblo: San Rafael por el arcángel y del Norte por la alineación de la iglesia.El cura se comprometió con “El Ermitaño” a celebrar una misa el 24 de octubre, día que se conocieron. Anualmente la iglesia era visitada por indígenas creyentes, hasta convertirse en la gran fiesta religiosa del pueblo.

MÚSICA CAMPESINA

Las polkas y mazurcas son la música tradicional del norte de Nicaragua. Esta música es de origen europeo, traído por migrantes alemanes que también se asentaron en el norte de Nicaragua. La polca viene de Bohemia y la mazurca de Polonia. Los instrumentos que utilizan son de cuerdas: violín, vihuela, mandolina. Esto porque, a diferencia de los tambores y las trompetas, esta música se hizo para escucharla en espacios pequeños. Un ejemplo es El grito del bolo, de Felipe Urrutia.

A unos 5 kilómetros de San Rafael del Norte, en un pueblo llamado El Coyolito, se realiza el festival anual de polkas y mazurcas, el último domingo de julio. Se trata de una competencia de bandas, con jueces, al que asisten los pobladores con sombreros, botas de tubo, hebillas grandes, camisas a cuadros remangadas. Los hombres van con bigotes gruesos, sombreros de ala ancha y botas de vaquero. El norteño puro.

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