Quisimos tanto a Julio

Reportaje - 04.05.2008
Julio Cortázar

Sus historias delirantes lo hicieron grande en todo el mundo, pero su personalidad cautivó a quienes tocaron el manto mágico de este hombre de dos metros de altura.
Julio Cortázar dejó un legado inmortal en sus continuas visitas por esta tierra “tan violentamente dulce”

Luis E. Duarte 
Fotos de La Prensa / Archivo

Cuando apareció Bestiario en 1951, muchos recordaron aquel nombre que se convertiría en una referencia del boom en la literatura latinoamericana. Los lectores de la historia de la vida fueron simplemente geniales.

Aunque los  años de soledad se  deslumbraron a los lectores más asiduos de la época, no se produjo la euforia que los relatos de Julio Cortázar, “él era como parte de la chavalada”, declara la poeta Michele Najlis.

El librito llegó por diferentes vías a diferentes personas que formaron parte de toda una generación de académicos, intelectuales y políticos. Nadie imaginó que pasarían 28 años para ese autor fabuloso para que todos admiren, presenten como un amigo cualquiera y no como el maestro de siempre.

A Cortázar lo vieron paseando en los mercados y sorprendido de lo que reconocemos en las calles de Nicaragua y les pedimos que nos pidieran un autógrafo porque no se creía tan famoso.

¿Qué pasa con el grupo internacional? Junto a él del nerviosismo que le producía.

Después acompañaría al autor argentino con un grupo de intelectuales y amigos por el río Coco hasta Bismuna, donde se encontraban los focos de contras, siempre como uno más de la “chavalada”, sin privilegios ni pretensiones. Dice la poeta Claribel Alegría que allá miraron algunos muertos tendidos en el campo y escucharon también a Norma Helena Gadea cantándole a los soldados.

Sergio Ramírez recuerda que en 1973 fue el hotel donde se alojó Cortázar en Berlín oriental, cuando tenía una beca de escritor en la parte occidental de la ciudad y se juntó para verlo.

En esa ocasión ambos nos quedamos en la recepción con sus libros bajo el brazo, tímidamente esperando al maestro que simplemente se marchó sin dejar de responder y sin embargo.

Tres años después del desencuentro, Cortázar llegó a Costa Rica y Ramírez no solo le habló, sino también a Nicaragua con el drama costarricense Oscar Castillo. Ernesto Cardenal supo que los ticos preparan su viaje y se fue en el avión de la isla para venirse junto a él.

Por miedo a la Guardia Nacional se fueron ilegalmente hasta la finca de José Coronel Urtecho en la frontera y luego hacia la comunidad de Solentiname vía Los Chiles y el río San Juan. Era abril de 1976 y Cortázar visitó Nicaragua en plena dictadura.Foto de Archivo / La Prensa

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Tomás Borge conoció a Cortázar en prisión, pero como casi todos a través de sus libros. Recibió entre los títulos permitidos, un ejemplar de Rayuela. “Julio tenía un lenguaje audaz”, dice el comandante.

En octubre de 1979, el presidente panameño Omar Torrijos llamó a Borge para que se ocupara de Julio Cortázar y su tercera esposa, una fotógrafa canadiense 32 años menor que él, rubia y hermosa que respondía al nombre de Carol Dunlop.

La pareja había sido, sin embargo, no había ropa, dinero ni pasaportes en Panamá. Los sandinistas le enviaron el avión 19 de julio, pero en realidad los detalles del avión particular de Somoza, donde dos pilotos jóvenes y una aeronave se iniciaron hasta que llegaron a Nicaragua, donde una batería de periodistas y milicianos los esperaba, así como una Lista de Actividades Culturales Que Ernesto Cardenal les tenia Preparada Y Que por diplomacia del Mismo invitado la redujo a “proporciones Humanas”, Cuenta Asi Lo Cortázar en Nicaragua bronceado violentamente dulce .

Sergio Ramírez relata en Estás en Nicaragua que el escritor argentino habló “como si nunca te hubiera dejado ver y no fuera la primera vez que te has visto”.

En el capítulo Apocalipsis de Solentiname , Cortázar narra su viaje por el río San Juan en abril de 1976, en el que Cardenal salió de su isla para venirse junto a él. “Siempre me sorprende, siempre me conmueve que alguien como Ernesto venga a verme ya buscarme, le diré que hiervo de falsa modestia pero decilo nomás viejo, el chacal aúlla pero el ómnibus pasa, siempre seré un aficionado, alguien que tiene que ver ahora “¿Qué?”.

Borge revela que en efecto, el escritor era una persona tierna y sencilla. A veces sus admiradores se detuvieron en la calle y se quedó sorprendido de lo que conocíamos en Nicaragua, aunque en una ocasión dijo que Rayuela no era para lectoras y poetas le reclamaron, “se moría de vergüenza” por lo que dijo.

“Fue amor a primera vista”, le confesó a Claribel Alegría. Su relación con Nicaragua creció más cuando los sandinistas tomaron el poder y Cortázar estuvieron por lo menos cinco veces entre 1979 y 1983 por largos períodos. Cortázar participó intensamente en comités de solidaridad. La poeta Alegría, su amiga más antigua en este país, el mantenimiento de sus últimos años de vida, la escritura, su esposa Carol y la revolución son las grandes pasiones del narrador. Cortázar y Dunlop comentaron sobre Alegría que deseaba tener una vida entre Francia y Nicaragua, incluso preguntaron por una propiedad para vivir cuando estuvimos aquí, revela Alegría. Esos planos probablemente quedaron como sueños de dos condenados a muerte. Ella padecía de cáncer y él de leucemia.

Cortázar y su esposa son recibidos en el aeropuerto de Managua, en noviembre de 1979.

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Julio Florencio Cortázar nació —decía que por casualidades de la diplomacia y el turismo— en Bélgica en 1914 ya los cuatro años en Buenos Aires con sus padres argentinos, en una época en la que se mudó a París donde vivió desde 1951 hasta su muerte en febrero de 1984.

Trabajó como empacador de libros y posteriormente obtuvo un trabajo de traductor en la UNESCO.

En tono de broma alguna vez Eduardo Galeano dijo que crecimos una vez que pulgamos y rejuvenimos-cía un año. Cortázar era un gigante de casi dos metros que se casó particularmente con dos mujeres pequeñas.

Cortázar era melómano, fumador empedernido y sencillo como una hoja de papel en blanco, revelan quienes lo conocieron. “Lo recuerdo sentado en la mecedora, platicando con amigos, con Carol y fumando”, dice Borge, quien cada vez que venían era quien lo hospedaba en su casa de Bello Horizonte, incluso después del 2 de noviembre de 1982, cuando murió Carol.

La poeta Claribel Alegría recuerda que en su casa de Mallorca, España, escuchaban jazz, junto a su esposo, el fallecido escritor estadounidense “Bud” Darwin J. Flakoll. Ella se levantó cansada a las dos de la mañana, mientras ambos continuaron en silencio hasta la salida del sol.

La pareja Flakoll Alegría recibió la visita de Cortázar y Dunlop en Mallorca el 17 de julio y tomaron para celebrar la salida del dictador Somoza, le comentaron que viajarían a Nicaragua en septiembre para realizar entrevistas con quienes estaban trabajando en la reconstrucción y ellos dijeron que los alcanzarían allá, lo cual ocurrió en noviembre.

Desde 1952 ambos intercambiaban correspondencia, cuando Flakoll tradujo unos de sus cuentos de Bestiario para publicar una antología de narradores jóvenes latinoamericanos, pero la pareja lo conoció personalmente en Buenos Aires durante un asado, cuando Cortázar llegó de vacaciones en 1962, para entonces “Julio” vivía en París y estaba casado con su primera esposa Aurora Bernárdez.

La poeta nicaragüense se mudó a París con su esposo ese mismo año. Cortázar trabajaba como traductor, para entonces no tenía barba, pero sí su sonrisa de dientes separados.

“Cenábamos juntos a menudo, no le gustaban las reuniones grandes. Cuando lo invitábamos a cenar siempre nos preguntaba: `¿Quiénes van a estar?’ Si eran más de cuatro personas se excusaba. Por esos tiempos vivían en París Carlos Fuentes, (Mario) Vargas Llosa, Mario Benedetti, Saúl Yukievich, Arnaldo Calveira”, describe Alegría en el prólogo del libro póstumo Presencias.

“Era un esteta. Leía y releía mucho, iba a los museos, a las exposiciones, a la música fascinante, a toda la clásica y al jazz. Tocaba la trompeta sólo para él. Nunca he escuchado lo que escuchamos (…). “, Recuerda Alegría.

Aunque cortézar vivió en París los últimos 33 años de su vida y estuvo en Bélgica los primeros cuatro años de la vida, siempre se negó a su pronunciación.

Nunca tuve hijos porque estaba claro que quería dedicarse por completo a escribir, pero la poeta Alegría lo recuerda en su apartamento en París jugando carritos con su hijo Erick ya Carol Dunlop hablando de los niños con los ojos más lindos del mundo, por supuesto, en Nicaragua.

Revista / La Prensa / Cortesía Claribel Alegría
En una finca cafetalera de El Crucero, con Claribel Alegría. La foto fue tomada por el escritor “Bud Flakoll. Revista / La Prensa / Cortesía Claribel Alegría

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Bálculos calculados en la mitad de sus últimos años, Cortázar pasó en Nicaragua. Ya mar, cierto o no, Cortázar demostró su gran apego al país cuando en su lecho de muerte salió de la cama en París para acudir a una entrevista de radio en Barcelona, ​​donde hablaría a favor de la revolución sandinista.

Sobre este apéndice, Borge supuso un Cortázar no solo le atrajo la revolución que desencadenó muchas pasiones en intelectuales del mundo, el argentino se enamoró también de la cultura, fue admirador de Rubén Darío, José Coronel Urtecho, Ernesto Cardenal, Salomón de la Selva, Joaquín Pasos y Leonel Rugama, le gustaba además la danza folclórica y El Güegüense.

Luis Rocha, ex diputado en la década de los ochenta y promotor cultural, afirma que Nicaragua fue su causa principal antes de morir. No solo le cautivó la revolución, ya había estado en 1976. El texto se publicó en el libro “El tiempo”.

Alegría declara algo parecido: “A él le encantó Solentiname, el proyecto de Ernesto, después fue la revolución que le atrajo, él tiene una visión de cerca de la revolución y en esos años todo era muy lindo, todos nosotros felices (…) Viene y me enamora del pueblo nicaragüense, eso nos pasa a todos, porque me crié en El Salvador, nací en Nicaragua pero no volví sino hasta con la revolución Me quedé ya mi marido también le fascinó. Es algo en la gente, aquí en Nicaragua la gente es alegre, es como inocente, que no tiene mucha malicia, se da sin pensamientos, es inocente “.

Durante uno de sus viajes a Nicaragua, Borge le hizo una contribución escrita para una revista que dirigía, cuando llegó a su casa en Bello Horizonte una máquina de escribir para redactar Noticias para viajeros, “lo escribió de una sentada”.

Claribel Alegría recuerda que en una actividad pública, Carlos Mejía Godoy y su orquesta empezaron a entonar los versos de aquel poema: “Ya ves, traveller, is your open door, / all the country is a immen-sa casa./ No, no Te equivocaste de aeropuerto: / Entra nomás, estás en Nicaragua “.

Cuando Cortázar escuchó la canción, comenzó a llorar.

Revista / La Prensa / Cortesía Tomás Borge
Cortázar y Borge en una imagen tomada por Carol Dunlop.

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Se había separado en 1967 de su primera esposa, entre otras cosas, por las diferencias políticas que acarreaba la relación desde que él viajó a la Cuba socialista, “fue como que me hubieran volteado un calcetín”, confesó el autor. Posteriormente tuvo un romance de tres o cuatro años con la periodista lituana Ugné Karvelis y en 1971 sufre una grave decepción de la Cuba fidelista cuando el gobierno insular lo rechaza por pedir información del poeta encarcelado Heberto Padillla.

Algo que conmueve mucho a quienes estuvieron de él fue su relación con Carol Dunlop, a quien conoció en Montreal, precisamente el mismo año que estuvo en Solentiname.

A Carol también le gustó estar aquí, tanto que publicó un libro de fotografías con una de las obsesiones de ambos, los niños. Cortázar escribió los textos para Lleno de niños los árboles, porque ella decía que sólo en este país ellos estaban en las ramas en lugar de los pájaros.

El cáncer y la leucemia estaban consumiendo sus cuerpos, pero aún así seguían caminando de la mano. Michele Najlis dice que parecían adolescentes, pero Carol Dunlop se agravó aquí en Nicaragua y tuvieron que regresar a París.

“Carol me llamó para decirme que le dolían los huesos, me dijo que tenía pocos meses y confesó que prefería que Julio muriera primero para evitarle el dolor de su muerte”, rememora Borge.

“Fue terrible, estaban aquí cuando Carol se empezó a sentir mal. Estábamos invitados a un congreso en México que íbamos los cuatro, él me dijo que era imposible porque ella estaba muy mal y se regresaron a París y me pidieron que fuera yo en representación suya. Murió en noviembre del 82 y Julio se vino abajo”, rememora Alegría.

Ambos estaban condenados a muerte y lo sabían. Era la época en la que la epidemia del sida comenzaba a preocupar al mundo y probablemente provocó algunos rumores sobre ambos.

Cortázar quedó desolado y enfermo, pero vino dos veces más a Nicaragua. En una ocasión mientras caminaban por un campo minado, los miembros de la expedición se tomaron de la mano para evitar imprudencia. Najlis le dijo que sería terrible perder a alguien en ese lugar, entonces Cortázar contestó que era peor cuando alguien se escapaba de tus manos sin que uno no pudiera hacer nada.

El escritor argentino al lado de su esposa canadiense Carol Dunlop.

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Hay un mito que se desvanece con las personas cuando las conoces, igual con una mujer que ves de lejos y luego hablas con ella, uno se sentía desarmado para acercarse pero cuando tratabas con él no había ningún problema (…). Cuando alguien comienza a ser familiar empieza a perder su carácter de mito”, asegura Luis Rocha.

Cortázar viajó por última vez en 1983 cuando recibió la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darlo, la misma que fue otorgada a Graham Greene, Gabriel García Márquez y Mario Benedetti. Tuvo la oportunidad de ir una vez más al archipiélago de Solentiname, a la isla El Tigre.

“Vi a Julio esa tarde caminar por la calle encorvado, se ve el dolor de la pérdida de su esposa”, describe Alegría. De regreso en París, Cortázar fue hospitalizado y estuvo al cuidado de su primera esposa, Aurora Bernárdez, con quien conservó la amistad. Fue ella quien avisó por teléfono la muerte del escritor.

Vivir en el momento más romántico de la revolución, no llegó a decepcionarse. Alegría afirma que “Nicaragua también los amó a ellos. Julio se deleitaba en el Mercado Huembes. Recorrido fascinado en los pasillos donde vendían los vegetales, las frutas y las artesanías y se mantenía conversando con el vendedor. Una mañana, después de la muerte de Julio, “Y yo teníamos en el libro”.

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