Rebelión en el Ejército de Nicaragua

Reportaje - 12.04.2015
El coronel Javier Pichardo Ramírez fue sustituido al mando de la Fuerza Aérea

En julio de 1990, el jefe de la Fuerza Aérea del Ejército Popular Sandinista protagonizó una rebelión en contra de su jefe, el general Humberto Ortega Saavedra. Se habló hasta de bombardear el Estado Mayor. Magazine cuenta cómo se desarrolló aquella crisis,sobre la cual se ha callado durante 25 años

Por Arlen Cerda

Era la mañana del 10 de agosto de 1990 y apenas la noche anterior el país se había enterado que el coronel Javier Pichardo Ramírez, jefe de la Fuerza Aérea Sandinista y Defensa Antiaérea (FAS-DAA), había sido destituido de su cargo. No se sabía exactamente por qué.

Un comunicado del Ejército Popular Sandinista (EPS), firmado de forma unánime por el Consejo Militar, solo mencionaba que la “separación” de Pichardo fue “acordada para corregir (sus) actos de indisciplina cometidos en los últimos meses en el ejercicio de sus funciones”, sin detallar las razones de aquella “indisciplina” ni en qué consistieron sus actos.

“El Ejército —agregaba el comunicado— se mantiene firme y cohesionado, sin ninguna crisis ni discrepancia”. Sin embargo, lo que se comentaba tras el “caso Pichardo”, que a la fecha se considera como la más importante y quizá la única rebelión dentro del EPS, y de la cual se supo y hasta ahora se sabe muy poco, era totalmente lo contrario.

“Este es uno de los secretos mejor guardados del Ejército y de Nicaragua en general. El ‘caso Pichardo’ se ha manejado con un carácter secreto desde el comienzo hasta la fecha”.

Roberto Cajina, experto nicaragüense en temas militares.

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Afuera de la oficina del general Humberto Ortega Saavedra se escuchaban golpes sobre la mesa y se distinguía su voz elevada. No gritaba, dicen, pero se advertía claramente que estaba disgustado. El jefe del Ejército Popular Sandinista estaba reunido con el jefe de la Fuerza Aérea Sandinista y Defensa Antiaérea (FAS-DAA), Javier Pichardo Ramírez. Los detalles de aquella reunión son casi un misterio. Veinticinco años después de un encuentro que pudo ser el origen de una rebelión que evidenció el grado de la crisis que vivía el EPS a principios de 1990, sus protagonistas aún callan sobre ese encuentro y los hechos que le sucedieron. Exmilitares y políticos vinculados a uno u otro y que conocieron aquellos eventos tienen versiones diferentes sobre el carácter de esa reunión.

“Pichardo le expresó a Ortega su desacuerdo sobre la administración del Ejército y eso no le cayó bien a Ortega, porque él lo tomó como un desafío a su autoridad e incluso un esfuerzo del nuevo Gobierno (de Violeta Barrios de Chamorro) para eliminarlo de la arena política”, asegura un alto oficial retirado que —como muchos al hablar sobre esta historia— pide el anonimato.

Otro testigo, que también es un militar en retiro, estima que el malestar de Ortega hacia Pichardo inició cuando el entonces vicepresidente de la República, Virgilio Godoy, expresó que ante la evidente y necesaria sustitución de Ortega al mando del EPS, Pichardo —a quien Godoy conocía desde la universidad— sería un excelente reemplazo. Ortega desconfiaría desde entonces del jefe de la FAS y en aquella reunión, la de su voz elevada y los golpes en la mesa, Pichardo le habría manifestado su desacuerdo con la conducción del Ejército, aumentando el malestar del general.

“Sé que esto no es todo. Sé que hay más como vos. Que esto es un plan para desestabilizar al Ejército y al país”, le habría dicho el general Ortega al coronel Pichardo. Luego le exigió la renuncia.

Ni Ortega ni Pichardo se refieren a esta reunión. Ortega no respondió las consultas de Magazine y Pichardo, desde su oficina de vicerrector de Investigación de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), asegura que asumió un pacto de caballero para no referirse a una situación que concluyó con su expulsión de la institución castrense.

Lo que sí está confirmado es que Pichardo no presentó su renuncia y que desde esa reunión la relación entre ambos empeoró.

En los medios de la época no se supo nada hasta un mes más tarde, cuando Pichardo fue expulsado a principios de agosto. Y, si acaso por esos días de julio hubo algún rumor, el mismo general Ortega se encargó de desmentirlo cuando el 12 de julio aprovechó una conferencia de prensa sobre la reducción de las tropas del Ejército para negar que hubiese alguna rebelión en sus filas.

“Si ha habido algún rumor al respecto es completamente falso”, dijo Ortega. Y los medios no volvieron a referirse al Ejército o sus problemas hasta agosto. El escándalo fue la salida de Pichardo y se intentaron ocultar las causas, pero el coronel no estuvo ni actuó solo y la discusión entre el coronel y el jefe del Ejército fue solo el principio.

Javier Pichardo se unió al Frente Sandinista a mediados de los años setenta
Javier Pichardo se unió al Frente Sandinista a mediados de los años setenta. Es miembro fundador del Ejército y dirigió la Fuerza Aérea de 1987 a 1990. Era un militar respetado, aseguran quienes le conocen.

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Daniel Ortega Saavedra apareció en escena la noche siguiente a la reunión de Javier Pichardo con Humberto Ortega, su hermano. Pichardo pretendía que se dividiera la administración de las armas con tres jefaturas independientes para Ejército, Fuerza Aérea y Fuerza Naval, con un jefe de Estado Mayor Conjunto.

Además, el malestar era mayor porque por esos días Humberto Ortega también se enteró que Antenor Rosales, jefe de la I Región Militar, ubicada en Estelí, en el norte del país, habría criticado el estilo de vida de varios miembros del Estado Mayor y reclamaba la distribución de diferentes bienes, como casas y grandes fincas, que dejaban por fuera a militares que habían mantenido el proceso de guerra durante los años ochenta.

Dicen que Humberto Ortega también quería a Rosales fuera del Ejército y que el malestar de él en contra de este y de Pichardo habría unido a ambos militares, induciéndolos a la rebelión.

Varios militares y políticos que conocieron de cerca los incidentes aseguran que Ortega se reunió con Pichardo cerca de la medianoche y que hablaron durante horas. Daniel Ortega, por petición de Humberto, trataba de disuadir a Pichardo, con quien aseguran mantenía alguna afinidad.

“Daniel Ortega le dijo que lo estaban manipulando, que con su actitud afectaría al Ejército y cedería su control total al nuevo Gobierno y también a los gringos; que estaba olvidando el rol que el Ejército había jugado hasta entonces como brazo armado de los intereses revolucionarios, que ya entonces eran los (intereses) del Frente Sandinista”, asegura un militar que conoció parte de aquella conversación porque dice que efectivamente había contacto entre Pichardo y Rosales y que este último seguía los detalles de esa reunión privada.

La manipulación a la que Ortega se habría referido es porque entre los pocos detalles que se conocieron en los medios de comunicación sobre los eventos que pudieron causar la destitución del jefe de la FAS-DAA se aseguró que Pichardo había revelado secretos militares a Cristiana Chamorro, periodista, directora del Diario La Prensa e hija de la nueva presidenta de la República, Violeta Barrios de Chamorro.

“Me pareció que se estaban pasando facturas entre ellos y utilizaron mi reunión con el coronel (Javier Pichardo) para sacudirse de los que no querían y castigar… Todo el alboroto que hicieron nos dejó claro que dentro del Ejército habían fuertes discrepancias, que no era todo del general (Humberto) Ortega. Lo supimos por la reacción pública de los hermanos Ortega, no por la conversación con el coronel retirado”.

Cristiana Chamorro Barrios, periodista que para la fecha de la rebelión dirigía el Diario La Prensa.

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La advertencia que los hermanos Humberto y Daniel Ortega hicieron al ministro de la Presidencia y yerno de la presidenta, Antonio Lacayo, causó risa a su esposa Cristiana Chamorro. “Los Ortega llegaron al extremo de llamar a Antonio y decirle que me pusiera en orden”, recuerda Cristiana.

Alrededor de una semana antes de la destitución de Pichardo, Chamorro recibió al jefe de la Fuerza Aérea en su casa.

“Yo no sabía que había una crisis tan grande en el partido sandinista y en el Ejército. Estamos hablando de agosto de 1990, a solo cuatro meses del nuevo gobierno presidido por mi madre”, relata Chamorro.

“A solicitud del coronel acordé una reunión en mi casa, al igual que lo hago con todo el mundo que quiere platicar. Soy de naturaleza curiosa, además yo era la directora de La Prensa y me gustaba —todavía ahora— estar lo más informada posible para también ayudarle y cuidar a mi mamá y a Antonio con mis propias fuentes de información”, agrega.

Las fuentes militares y políticas que comentaron los hechos de la rebelión de Pichardo aseguran que la reunión del coronel fue con Cristiana Chamorro y Antonio Lacayo. Chamorro confirma que sí se reunió con él una vez. Pero Lacayo asegura que él nunca se reunió “con nadie del Ejército que no fueran Humberto Ortega Saavedra, Joaquín Cuadra, Osvaldo Lacayo, Mario Cardenal y Javier Carrión”.

Sin embargo, Chamorro niega que ella haya conocido los detalles de la rebelión de Pichardo o sus intenciones sobre el Ejército que condujeron hasta su destitución unos días después.

“No hablamos de ninguna reforma, sino de su valoración positiva de lo que mi mamá y Antonio estaban haciendo. Sí me expresó su desacuerdo en relación a las huelgas que montaba Daniel Ortega, de su historia en el Ejército, su opinión sobre posibles reformas futuras que se hablaban en el Ejército, la guerra, etc., una plática como con un amigo nuevo”, asegura.

Tras la destitución del jefe de la Fuerza Aérea, quienes se enteraron de aquella reunión entre él y Chamorro, divulgaron el rumor de que Pichardo había revelado secretos militares a la directora de La Prensa. En una nota de seguimiento al caso, publicada en el Diario al día siguiente de su destitución, Chamorro aprovechó para desmentir el rumor.

“Cuando los Ortega se dieron cuenta —no sé como— que el coronel Pichardo se había reunido conmigo, hicieron un escándalo en sus medios, cayendo en el ridículo de decir que en esa conversación se había gestado una conspiración contra mi madre. Nos dio risa. Todos sabemos que ellos vivían en conspiración permanente, que seguro nos espiaban y querían seguir controlando todo, pero mi mamá y Antonio, a su manera no se dejaban”, valora Chamorro a un cuarto de siglo de aquellos eventos.

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Diez días después de la expulsión de Pichardo, justamente el 19 de agosto, el mismo Daniel Ortega fue quien brindó los mayores detalles que de forma oficial se conocen sobre estos hechos.

Ante decenas de militantes sandinistas que elegirían a sus representantes distritales en Managua, entre los cuales figuraba Pichardo como candidato, Ortega explicó las razones por las que él no podría optar al cargo, cancelándolo minutos más tarde como miembro pleno de la Asamblea Sandinista. Pichardo –quien se unió al FSLN desde mediados de los setenta– sería a partir de entonces solamente un militante.

“No existen razones para que la militancia sandinista no esté bien informada sobre el caso del compañero Javier Pichardo y no hay justificación para que no se maneje con claridad cuál es la posición del FSLN en torno a esto”, dijo Ortega en declaraciones publicadas por el ahora extinto diario Barricada, órgano oficial del partido derrotado en las elecciones de ese año.

Según Ortega, a Pichardo se le habían hecho “algunos señalamientos” en julio, cuando se debatía el papel de la Fuerza Aérea Sandinista y su vinculación con los mandos.

“La forma que adoptó Pichardo no era la correcta, ya que el problema trascendió de lo institucional y militar a lo político”, reclamó el entonces ya expresidente, derrotado en las elecciones del 25 de febrero.

El secretario general del Frente Sandinista agregó que a Pichardo le llamaron la atención sobre su comportamiento “y él pidió una oportunidad y se le dio un voto de confianza. Sin embargo —agregó Ortega— él continuó en su misma posición hasta el grado de poner en disposición de combate a este cuerpo militar” y de “atrincherarse” en contra del mismo Ejército Popular Sandinista.

“Ese fue el mayor error que cometió el compañero Pichardo”, valoró el líder del FSLN, refiriéndose a las acciones de la rebelión que incluyeron la movilización de batallones de la I Región Militar desde Estelí al empalme de San Benito y la amenaza de algunos miembros de la Fuerza Aérea para bombardear la Loma.

Humberto Ortega
La propuesta de Pichardo era dividir la administración del EPS en Ejército, Fuerza Aérea y Fuerza Naval.

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Querían una “prueba de vida”. Saber que el coronel, su jefe, no corría ningún peligro y se encontraba bien. A cargo de todos los helicópteros de la Fuerza Aérea completamente artillados, el mayor de la FAS-DAA, Odell Ortega, advirtió que iban “a bombardear el Estado Mayor y la Comandancia”, si no recibían señales de que el coronel Javier Pichardo estaba a salvo, porque lo habían llamado a una nueva reunión en la Loma y Odell Ortega y otros soldados, enterados de la desconfianza y malestar del jefe del Ejército, decidieron permanecer “alertas” y realizar su amenaza.

Quienes conocían a Odell Ortega aseguran que él solía “hablar de más” y creen que en realidad el mayor nunca pensó seriamente en bombardear las instalaciones del Ejército.

Uno de los altos militares en retiro que habló con Magazine sobre estos hechos asegura que muchos ni siquiera se percataron de la amenaza del mayor, “pero tampoco había razón para descartarlo como una posibilidad”.

“De haber ocurrido ese bombardeo se hubiera registrado una de las mayores catástrofes en la historia del país. No solo por las bombas, no solo por los muertos, sino también porque eso hubiera desatado de manera inevitable una nueva intervención norteamericana ante tal desastre militar”, asegura.

Otros testigos de los hechos y también el experto en temas militares Roberto Cajina, sostienen que la rebelión de Pichardo nunca se trató de un movimiento organizado, sino de un claro malestar hacia la autoridad de Humberto Ortega y de acciones espontáneas en torno a ese sentimiento.

“En muchas formas, o por su falta de forma, más bien se trató de una llamarada de tuza”, compara Cajina, autor del libro Transición política y reconversión militar en Nicaragua(1996), uno de los pocos textos en los que –aunque brevemente– se mencionan estos sucesos sobre los cuales el experto militar subraya el secretismo con el que desde el inicio se ha manejado.

“La idea era trasladar tropas de la I Región Militar (Estelí) y la II (León) hacia Managua, como sitiar Managua en alguna medida. Eso es lo que se dice. Pero la conspiración, la conjura, fracasa y existían en ese época las pequeñas unidades de fuerzas especiales, que ahora llaman el Comando de Operaciones Especiales, que es la fuerza élite del Ejército, y con parte del batallón de regimiento que está adscrito a la Comandancia General del Ejército, sitian la Fuerza Aérea, capturan a Pichardo y trasladan los helicópteros a diferentes bases, uno a Juigalpa y así, a otros lados. A él (Pichardo) lo llevan a la Comandancia General del Ejército. Los detalles de todo esto se conocen muy poco. Hay diferentes versiones y la mayoría de los involucrados prefirió callar”, relata Cajina.

En cuestión de minutos, las fuerzas especiales tomaron control de la Fuerza Aérea: dividieron y trasladaron sus helicópteros y arrestaron a varios capitanes, cuyos nombres a la fecha no se conocen con exactitud, porque el único comunicado oficial del Ejército Popular Sandinista fue para informar la destitución de Pichardo, dando fin a la rebelión, de la que aún él dice no dirá nada.

“No considero que haya sido una rebelión. Eran diferencias con el jefe del Ejército que se resolvieron con mi salida. No estuve de acuerdo con mi salida, pero eso es todo lo que voy a decir sobre ese tema”.

Javier Pichardo, coronel y jefe destituido de la Fuerza Aérea Sandinista y Defensa Antiaérea (FAS-DAA).

Físico y militar

Antes de involucrarse en el Frente Sandinista, Javier Pichardo Ramírez ya había concluido su carrera de Física en Nicaragua y había continuado su especialización en Brasil. Iba de regreso para el país suramericano a continuar sus estudios cuando un compañero de su universidad lo contactó para colaborar con el movimiento revolucionario en contra de la dictadura sandinista y participó en varias acciones hasta que la Guardia Nacional lo capturó en 1976.

Pichardo tenía más de dos años en la cárcel, cuando su padre, Pablo Pichardo, a quien conocían mejor como “La Espinita”, terminó colaborando con la “Operación Chanchera” en la cual un comando del Frente Sandinista dirigió la toma del Palacio Nacional, donde él trabajaba como auditor. Don Pablo le pidió a su esposa Mary Ramírez que dibujara un plano de las instalaciones a partir de los datos que él le iría proporcionando y además, recopiló y transmitió información al comando del asalto. Así, su hijo Javier fue uno de los más de treinta revolucionarios liberados tras esta acción registrada en agosto de 1978. Una vez libre, Pichardo se integró a la lucha en el Frente Sur.

“Javier era un buen líder militar. Muchos eran exigentes con los combatientes, pero se atrincheraban en los campamentos. En cambio Pichardo exigía con el ejemplo y era de los líderes que combatía junto a los demás”, recuerda un exmilitar que conoció de su desempeño en el Frente Sur.

Tras su destitución como jefe de la Fuerza Aérea, Pichardo regresó a las aulas universitarias como docente de Física. La docencia —dice él—, es su verdadera vocación en la vida.
“Fuimos militares en carrera, ciudadanos armados porque la situación así lo exigía. En las aulas es donde siempre me he sentido a gusto”, asegura.
Actualmente, Pichardo, de 63 años de edad, está a cargo de la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua).

Años atrás intentó ser rector del Alma Máter, pero varios comentan que el Frente Sandinista le cortó el paso influyendo en la anulación de las planchas de aquel año. “Todavía paga la factura de su rebelión”, comentó a Magazine una fuente política que siguió de cerca los eventos de julio y agosto de 1990.

¿“Rebelado” o traidor?

Aunque Javier Pichardo no estuvo solo en la rebelión contra la autoridad de Humberto Ortega en el Ejército Popular Sandinista, todas las fuentes coinciden en que fue él quien pagó la factura más alta.
Pichardo fue destituido y la noticia llegó a publicarse en diarios internacionales como El Tiempo, de Bogotá, y El País, de España. En cambio, el jefe de la I Región Militar, Antenor Rosales, permaneció en su puesto y meses después de los eventos fue promovido al cargo de jefe de Inteligencia en el Estado Mayor hasta su retiro años más tarde.

Rosales no pudo ser localizado ni respondió las llamadas de Magazine para contar su versión de aquella rebelión, pero quienes dudan de sus verdaderas intenciones añaden como “otro detalle extraño” que cuando Daniel Ortega volvió al poder, en enero de 2007, su gobierno llamó a Rosales para dirigir el Banco Central de Nicaragua (BCN). Todo a pesar de que antes fue un “rebelado”.

EJÉRCITO EN REDUCCIÓN

En menos de dos años, entre 1990 y 1993, el Ejército Popular Sandinista se redujo de 90 mil a 14 mil miembros y a la luz de esa inminente reducción, la propuesta de dividir la administración del Ejército en tres fuerzas diferentes, como pretendía el coronel Javier Pichardo a mediados de 1990, “carecía de sustento lógico y técnico”, según analiza el experto en temas militares Roberto Cajina.

Se tenía un plan de reducir sus efectivos, de recortar sus presupuestos, ya había acabado la guerra, recuerda Cajina. Todo apuntaba, dice, a hacerlo más pequeño, dividir las armas equivalía a dividir los pocos recursos, “entonces no había mucha agua bendita para tanto diablo”, opina.

120 mil retirados

el resultado de las elecciones de 1990, con la derrota del Frente Sandinista, produjo importantes cambios en los órganos coercitivos del Estado nicaragüense.

El fin del Servicio Militar, el desarme de la Resistencia y la reducción del Ejército Popular Sandinista (EPS, que pasaba a ser subordinado a la autoridad civil), fueron tres de las primeras metas del nuevo gobierno encabezado por Violeta Barrios de Chamorro.

En ese proyecto, el experto en temas militares, Roberto Cajina, estima que la continuidad de Humberto Ortega Saavedra como jefe del Ejército era necesaria, aunque el Gobierno no la deseara. “Su figura era irremplazable, te cayera bien o mal”, dice.

134 mil

hombres pertenecían al EPS en 1986, incluyendo oficiales de reserva y milicias.

84 mil

era el número de los mismos en 1990.

14 mil

era la cifra dos años después del triunfo electoral de Violeta Barrios de Chamorro, a principios de 1993.