René Schick "el bueno"

Reportaje - 10.01.2016
René Schick presidente de Nicaragua

El presidente “bueno”, el alcohólico, el “títere” de los Somoza. Un retrato de René Schick Gutiérrez. La mítica figura del político y la del hombre atormentado
por sus pasiones

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Esta es la historia de un niño pobre, muy pobre, que no soñaba con ser presidente, pero lo fue. Cincuenta años después de la muerte de René Schick Gutiérrez los historiadores podrían decirle que fue uno de los mandatarios más accesibles, queridos y populistas, pero que no tuvo un gobierno propio. Si lee columnas de opinión de 1963, como las de Pedro Joaquín Chamorro, verá retratado a Schick como un monigote de los hermanos Somoza Debayle, un presidente ciego, sordo y mudo ante las acciones represivas, la corrupción y el control que ejercía esa familia. Pero si visita el Reparto Schick y le consulta a alguna viejecilla fundadora del populoso barrio, le dirán con una mano en el pecho que “el doctor Schick era una gran persona. Honesto, bueno. El mejor presidente que hemos tenido”.

“Su origen estaba en la pobreza, su familia era humilde, su madre trabajadora. No andaba descalzo, pero sí recorría las calles de León vendiendo cosa de horno, tortillas, lo que le dieran para vender”, comenta el historiador Bayardo Cuadra. Él lo conoció en sus años de juventud aquí en Managua, cuando empezaba a escalar en puestos de oficina en la administración de Somoza García, luego a cargos administrativos, hasta alcanzar nombramientos como magistrado, embajador y ministro de Educación.

La “bendición” política le llegó en abril de 1962, cuando con el respaldo de Luis Somoza Debayle ganó su postulación como candidato a la Presidencia por el Partido Liberal Nacionalista (PLN). Gracias a la manipulación del sistema electoral triunfó en las elecciones. El primero de mayo de 1963 recibió la banda presidencial de manos de Luis Somoza, pero no logró cumplir con su período. El 3 de agosto de 1966, con 57 años, murió en el ejercicio de la Presidencia de la República.

En la historia de René Schick Gutiérrez hay dos o más versiones. Que si su padre era el suizo Federico Schick o alguien de la familia Sacasa. Que en sus años de borracheras se arrancaba la ropa en la calle, perdía un zapato o dormía en la calle, pero que murió abstemio luego de más de una década como alcohólico anónimo. Si fue un buen presidente o solo títere de Luis y Anastasio Somoza Debayle.

Que si al final lo traicionó su débil corazón o si sufrió una purga política. Para algunas dudas hay respuesta, para otras, solo especulaciones y anécdotas de quienes fueron sus amigos o conocidos. Lo que sí queda claro es que medio siglo después, René Schick Gutiérrez sigue siendo un personaje de leyenda.

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René Schick Gutiérrez nació el 23 de noviembre de 1909, fue inscrito en León como hijo de Angélica Pastora Gutiérrez Bendaña, de Nagarote, lavandera y planchadora, y el suizo Federico Schick Kenguer, administrador en la mina Santa Pancha, Malpaisillo, León.

Su padre murió en Managua dos años después de su nacimiento, y doña Angélica se quedó en León. Vivían allá por Zaragoza, ella trabajaba lavando y planchando ropa ajena, mientras el pequeño René estudiaba y le ayudaba vendiendo comestibles.

Vivió y creció en pobreza como hijo único, pero fue cosechando muchos amigos y benefactores, como los Hermanos de La Salle quienes asumieron sus estudios básicos. El director de ese centro, ingeniero José Ramón Sevilla, lo apadrinó. Sevilla se trasladó a Managua en 1937 como Ministro de Instrucción Pública durante el gobierno de Anastasio Somoza García. Como buen padrino introdujo a su pupilo en los círculos políticos.

Otro de los amigos de Schick fue Julio Quintana. Eran amigos desde la infancia en el polvoriento y caluroso León. Ambos venían de familias pobres y les había tocado vender en las calles o lustrar para ayudar con la manutención del hogar. Eran pobres, pero también ambiciosos y con gran talento. Surgieron de la nada, como alumnos brillantes se ganaron su educación. Se graduaron como abogados, y ahí empezó la carrera. Tuvieron oportunidades, buenas amistades y las aprovecharon.

Fue Quintana quien acercó más a Schick con la familia Somoza, y este se ganó la confianza de Luis Somoza Debayle, heredero de Anastasio Somoza García muerto tras el atentado del 21 de septiembre de 1956.

Julio Quintana y René Schick fueron amigos hasta abril de 62 cuando la política los separó. En la Convención Liberal para definir al candidato a la Presidencia por el partido, René Schick era el candidato de Luis Somoza y recibió el apoyo de los convencionales. Fue tal el desaire para Julio Quintana, promovido por Anastasio Somoza, que renunció públicamente a su cargo como Ministro de Gobernación. Su viejo amigo de infancia se convirtió en su rival político.

“Dejaron de ser amigos, y aún muerto Schick, Quintana lo seguía odiando”, contó en una ocasión a Magazine el doctor Danilo Aguirre Solís, quien para entonces estudiaba Derecho y se iniciaba en el periodismo.

“No fue tampoco una santa paloma. (...) No ignoraba lo que pasaba en el régimen, que no me digan a mi que no sabía de las torturas y los asesinatos políticos. Al final él quiso gobernar de una manera diferente, es cierto, pero no lo dejaron”,
Roberto Sánchez Ramírez, periodista e historiador.

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“Excmo. Sr. Gral. Don Anastasio Somoza. Querido General Somoza: (…) Séame permitido decir a ud., sin ningún género de adulación ni falsas modestias, que creo ser uno de sus leales, solidarios e incondicionales amigos; que le quiero de verdad tanto por una profunda gratitud cuanto porque he comprendido la nobleza de su corazón y la generosidad de su alma; que me considero lo suficiente inteligente y capacitado para desempeñar el cargo que me encomiende; y que , en materia de hombría, creo tener bien puestos mis huevos, ya que en dos ocasiones en que he necesitado tocármelos, he visto que ellos, lejos de correrse hacia las nalgas, se han quedado fuertemente pegados al miembro VIRIL (sic)”, reza la carta que envió en 1943 el entonces desconocido René Schick al presidente Anastasio Somoza García.

En esa carta, además de declararle su admiración y fidelidad, le solicitaba al presidente su traslado a Managua en algún puesto público, dada su “angustiosa situación económica”. La ayuda le fue dada, pero no en ese momento, ni por Somoza García.

Cuando heredó el poder, en 1956, Luis Somoza tomó la pose de presidente democrático. En 1959 aprobó una reforma a la Constitución, modificó el artículo 186 para prohibir la reelección, inhibiendo para el siguiente período a quien ejerciera la Presidencia en el período anterior. En 1962 modificó también el artículo 184, reduciendo de cinco a cuatro el período presidencial.

“Luis se da cuenta que no es prudente ni conveniente un régimen dinástico continuo y que hace falta alguien que sea un puente entre él y su hermano que ya aspira a la Presidencia. El punto era ¿quién?”, expone el historiador Roberto Sánchez Ramírez.

Pero la tercia de los hermanos Somoza Debayle había empezado. Anastasio Somoza Debayle se inclina por Julio Quintana, y Luis Somoza Debayle le apuesta a René Schick. “En ese entonces se acentúa más la competencia entre los hermanos Somoza. Luis decía que el problema no era que Anastasio subiera, sino cómo se hacía para que bajara. Su plan era que después de la presidencia de René, iba a promover a Ramiro Sacasa Guerrero para parar las aspiraciones de Anastasio”, señala Sánchez Ramírez.

Gracias a la simpatía que gozaba y a la confianza que ganó con Luis Somoza Debayle hoy estaba en un cargo público y mañana en otro más alto. Fue magistrado de la Corte de Apelaciones y secretario privado de la Presidencia. Fungió como diplomático en Washington, Estados Unidos; fue embajador en Venezuela, ante la OEA y la ONU. Le nombraron ministro de Educación y posteriormente ministro de Relaciones Exteriores. Se proyectó en la política nacional y exterior y finalmente en 1962 recibió “la bendición” de una candidatura a la Presidencia por el Partido Liberal Nacionalista.

Aunque tenía asegurada la silla por el engranaje electoral fraudulento de los Somoza, durante su campaña electoral recorrió el país haciendo la promesa de gobernar para los pobres. El primero de mayo de 1963 Somoza le entregó la banda presidencial a René Schick quien sería presidente hasta 1967.

Pero la vida, o la muerte, tenía otros planes. La prematura, y oportuna, muerte de Schick le sirvieron a Anastasio Somoza para figurar con más fuerza como el candidato fuerte de PLN para las elecciones presidenciales del 67. Así como hicieron que Schick ganara las elecciones, se hizo ganar él. Anastasio Somoza Debayle fue el tercero de la dictadura familiar.

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Cuando entraba a un bar solo había dos formas de salir de ahí: arrastrándose o chineado. Si René Schick tomaba un trago del licor que fuera, en cuestión de horas se arrancaba el saco de casimir inglés, su corbata de seda y aventaba los zapatos. Dejaba de ser el caballero elegante y se convertía en un borracho de esquina, de esos que sacan a rastras de algún bar y que se quedan dormidos en medio de la calle. Pero él luchaba todos los días por controlar su vicio.

“Yo lo conocí cuando era ministro de Educación. Un hombre inteligente, culto, muy educado. El doctor Schick en ese entonces ya no tomaba, pero esa es una enfermedad que te persigue siempre”, cuenta el maestro Guillermo Rothschuh Tablada.

A sus 89 años, Rothschuh Tablada conserva detalles del emotivo evento, allá por 1958, en el que René Schick contó públicamente sus crisis de alcoholismo. “Llegaron a prestarme el auditorio del colegio Ramírez Goyena, era para un evento de los Alcohólicos Anónimos. De repente, entró, de camisa de vestir remangada, pidió la palabra, pasó adelante y empezó a contar sus historias de borracheras”.

Habló de sus primeras parrandas con amigos en León, de sus andanzas en Managua, cuando llegó en su juventud para continuar sus estudios universitarios y a trabajar. Contó las veces que lo llevaban en carretilla hasta la casa donde se hospedaba como magistrado en Bluefields, y hasta de una borrachera en Caracas, donde fue embajador.

“Contó que en una ocasión bebió demasiado, se descontroló, lo encerraron en la casa y le quitaron la ropa para que no saliera, pero él se puso un camisón de la esposa y salió a la calle. Deambuló así, buscando dónde conseguir más licor”, recuerda Rothschuh.

Después de dar su testimonio, todos en el auditorio se pusieron de pie y le aplaudieron por largo rato. René Schick se emocionó tanto que estalló en llanto. Rothschuh lo llevó hasta su oficina para que se calmara un poco. Tomó agua.

Tiempo después, cuando había alguna velada siguiendo el protocolo, el presidente debía brindar con los demás. Su copa era la del lado izquierdo de la bandeja. Si se equivocaba, el mesero sabía que debía ofrecerle la copa correcta. Schick se empinaba su copa con ginger ale y cola negra.

Luego de muchos años sin probar alcohol, periodistas de la época y amigos cuentan que tuvo dos recaídas durante la Presidencia. Una por tensiones políticas y otra por el escándalo que provocó el rumor de la pasión por su nuera, la esposa de su hijastro.

El póquer y el cigarrillo fueron los vicios que nunca pudo dejar, tampoco intentó hacerlo. Era un fumador empedernido. Quienes le conocieron cuentan que no apagada un cigarrillo antes de encender otro. En un video de la toma de posesión, se le ve en una reunión posterior, soltando bocanadas de humo mientras lee documentos, firma papeles y conversa. Que era su refugio ante la abstinencia al alcohol, dicen.

El Club Managua era su segunda casa. O la primera, según a quien se le pregunte. Ahí se reunía con sus amigos de juegos como Julio Pataky, Alberto Reyes Riguero, Julio Blandón, al que llamaban “maestro” Membreño y Humberto Sánchez Aráuz, conocido como “Tío Bomba”.

“Iba a jugar naipes al Club Social de Managua con algunas figuras propias del club, con personalidades de la clase alta del país. Se decía que era un bebedor nato que perdió varios millones de córdobas jugando. Otros aseguran que cuando jugaba allí se hacía acompañar del ministro del Distrito Nacional, que así le llamaban al alcalde de Managua en esa época”, contó Danilo Aguirre Solís en una entrevista en Revista Envío.

“No era un ludópata, solo era un hombre aficionado a jugar cartas, supongo que le gustaba la adrenalina de apostar, era su pasatiempo”, comenta el historiador Bayardo Cuadra. “No recuerdo que haya perdido nada de mayor valor en esos juegos. Tenía un grupo de jugadores que se metían con él a amanecer jugando, pero no era a nivel de vicio, si perdía, no pasaba nada, si ganaba, le daban el vuelto en sencillo y a la salida lo esperaba la gente porque él les repartía su dinero”.

A doña Carmen Reñazco no le agradaban ni los casinos, ni los vicios, ni ningún alboroto. Siempre fue muy seria, comedida, muy recatada. Le huía a las grandes concentraciones de pueblo, solo se lucía en los eventos oficiales con elegantes vestidos y joyas. Reprendía a su esposo cuando de manera espontánea hacía detener el vehículo para bajarse, acercarse a algún borrachito tirado en la calle y darle dinero. “Pobrecito, debe andar de goma”, le escucharon decir alguna vez. Dicen que nunca olvidó a sus viejos amigos de infancia, ni a los del póquer amanesquero, tampoco a los compañeros de borracheras.

“Nuevamente le digo que he desterrado para siempre el maldito vicio del licor, pues quiero probar que un hombre de dignidad y de carácter, puede vencer sus pasiones, por muy fuertes que estas sean”,
René Schick, en una carta al presidente Anastasio Somoza García en 1943.

Rene Schick promovió desde la presidencia
René Schick promovió desde la Presidencia un Estado de Derecho, pero diferencias ideológicas con Anastasio Debayle (al centro) frenaron sus impulsos.

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Todos los miércoles una procesión subía despacio hasta la Loma de Tiscapa. Frente al Palacio Presidencial hombres en muletas, mujeres con niños, viejitos y todo el que quisiera hacía fila para ver al presidente y contarle sus problemas. Bajo el nombre de “audiencias públicas” el presidente René Schick recibía semanalmente a todo el que llegara a contarle sus problemas. Les escuchaba, asentía, les dirigía alguna frase y como un gesto benevolente les daba la mano. En el apretón, entregaba un billete doblado. Diez, veinte, cincuenta, hay quienes dicen que daba hasta cien córdobas. La gente salía en fila, feliz de haber recibido “la ayuda del presidente”.

“Él tenía gestos especiales con la gente humilde, siempre los recibía, siempre les daba dinero. Fue un presidente de los pobres porque en realidad quiso acercarse a ellos. Nunca olvidó su origen humilde”, dice su viejo amigo Guillermo Rothschuh Tablada. El mismo miércoles de las famosas audiencias, según su amigo Rothschuh, el presidente salía a León para visitar a su madre.

Fue carismático orador y gran conversador. “Educadísimo”, culto y elegante. Abierto y accesible para asuntos políticos, pero reservado con sus asuntos personales. Cuando no tenía agenda presidencial, salía con un solo escolta, en vehículo, para luego recorrer a pie algunos de sus viejos rincones de juventud. “Él tampoco se olvidó de sus amigos de farras, los visitaba y les daba dinero, si los veía en la calle también les daba”, asegura Rothschuh.

“Era un hombre muy inteligente, educadísimo y humilde. Fue un presidente de los pobres porque en realidad quiso acercarse a ellos”
Guillermo Rothschuh Tablada, maestro.

Fue él mismo quien mandó a lotificar unos terrenos propiedad del Gobierno al este de Managua. Cientos de familias se asentaron en el terreno y lo bautizaron como Reparto Schick, en honor a su benefactor. El barrio popular no solo pasó a la historia por ser un regalo del presidente, con los años se convirtió en una de las zonas rojas de la capital. Incluso un busto que los pobladores fundadores colocaron a la entrada, desapareció y los vecinos del lugar dicen que se lo robaron. Aún sin su imagen, seis administraciones después, sigue siendo el Reparto Schick.

Pedro Joaquín Chamorro, director del Diario La Prensa, fue uno de los más críticos de la Administración de Schick. Calificaba esas audiencias públicas como actos de populismo que promovían la mendicidad entre la gente, pero sobre todo por ser el rostro generoso de un gobierno represivo que manejaban los Somoza.

Pero hay quienes reconocen que Schick pujó porque en Nicaragua se instaurara un Estado de Derecho, que todo se ajustara a las leyes establecidas y se respetaran los derechos constitucionales, promovía la atención social y una serie de reformas a la Ley Electoral. Fue precisamente eso último lo que resquebrajó su tensa relación con los Somoza. Prometió elecciones libres y transparentes para 1967. La ficha del tablero Somoza no estaba del todo de acuerdo con sus movimientos, lo querían de peón, pero él reclamaba su papel de rey. Fuentes cercanas apuntan que en una ocasión amenazó directamente con renunciar a la Presidencia y hacerles frente. “No me jodás hijuep, renunciá de una vez que mucho jodés”, dicen que le contestó Luis.

No renunció, pero tampoco llegó a las siguientes elecciones. Tuvo tan mala suerte, o tan malas relaciones políticas, que murió el 3 de agosto de 1966 en la Casa Presidencial, producto de un infarto del miocardio, según el acta de defunción. Otras teorías apuntan a que lo dejaron morir, impidiendo una adecuada atención médica, que le cortaron el suministro de oxígeno y que la enfermera que lo acompañaba estaba dormida al momento de su muerte.

“Se le recuerda como el presidente ‘bueno’, pero es que los Somoza eran tan malos que cualquiera podía ser bueno a la par de ellos”, señala el historiador y periodista Roberto Sánchez Ramírez. “No fue tampoco una santa paloma. Se dio cuenta de la represión después de la muerte de Somoza García. No ignoraba lo que pasaba en el régimen, que no me digan a mí que no sabía de las torturas y los asesinatos políticos. Al final él quiso gobernar de una manera diferente, es cierto, pero no lo dejaron”.

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“Muere Schick esta madrugada”, titulaba Novedades el 3 de agosto de 1966. “Exactamente a las 2:25 a.m. se produjo el fatal acontecimiento. (…) Murió a consecuencia de una embolia pulmonar que se le manifestó a la una de la mañana y que le fue imposible controlar a los médicos que lo asistían. El deceso del mandatario llena de dolor a todo el pueblo nicaragüense que de veras lo amaba por su nunca desmentida generosidad, su bondad innata como hombre y su apego a la ley y al derecho como gobernante”, reza el artículo.

Se informa que desde la noche del primero de agosto estaba internado por un paro cardíaco. Que la noche del 2 se le tomó un electrocardiograma y su ritmo cardíaco y presión arterial estaban normales. Esa misma noche, a las 9:00, Luis Somoza lo visitó en la habitación.

“Duelo Nacional”, tituló la segunda edición de La Prensa ese día, donde también se informaba que el doctor Lorenzo Guerrero Gutiérrez asumiría la Presidencia. “Pobres temen los abandonen”, encabezaba una nota que recogía el temor popular por una nueva administración.

En el Palacio Nacional un mar de gente lo esperaba. Desde afuera, daba la impresión que ahí dentro había un jardín que florecía con el pasar de las horas y se desbordaba por las escaleras. La gente entraba y salía en romería arrastrando los pasos, llorando por la muerte del presidente.

No sabían que también venían tiempos de mayor represión, de persecuciones políticas y masacres, como la que ocurriría el 22 de enero de 1967, pero sospechaban que nada bueno podía venir si Anastasio Somoza García había sido anunciado como el candidato liberal a la Presidencia en las próximas elecciones.

“El entierro fue impresionante, la misma pobretería que subía a pedirle reales estuvo en su vela y lo acompañó al cementerio”, recuerda Roberto Sánchez Ramírez.

Apoteósico. Impresionante. Estremecedor. Los funerales de René Schick Gutiérrez quedaron documentados como uno de los más multitudinarios. “Multitud de 100 mil”, se leía en una nota en portada de La Prensa el 6 de agosto de 1966, en Novedades habían decenas de fotos de la vela y el entierro del presidente, en la mayoría aparecía en segundo plano Anastasio Somoza Debayle.

“René Schick no ganó las elecciones del 63, pero las ganó en el 66, cuando murió. La gente humilde lo lloró más que nadie”, comenta el periodista e historiador Roberto Sánchez Ramírez.

“Papito” Schick

Su círculo familiar era cerrado. Su esposa, Carmen Reñazco, su hijastro, su nuera y sus nietos. No tuvo hijos naturales. Era estéril, quizá por el abuso del alcohol desde la juventud o por una parotiditis o topa aguda que tuvo en la infancia y le provocó una atrofia testicular.

Su hijastro tuvo ocho hijos con su esposa. Cuatro nietos alcanzó a conocer el abuelo Schick. La mayor de sus nietas era su adoración, dice una fuerte cercana a la familia que pidió omitir su nombre. René Schick se llevó a toda la familia a la Casa Presidencial, de hecho puso como condición que su hijastro y su familia se mudaran primero para garantizar que estarían instalados ahí cuando él llegara con su esposa Carmen.

“Él era como todos los abuelos con sus nietos, pero su adoración era la hija mayor del matrimonio de su hijastro. Cuando él estaba en la casa se la pasaba jugando con ellos”, cuenta un amigo de la familia. Se quitaba el saco, los zapatos y se ponía de rodillas, con las palmas de las manos en el suelo y se convertía en un caballito de juguete para sus nietos. “¡René, ¿qué estás haciendo?! Le gritaba doña Carmencita cuando lo veía en esas con los niños”, narra.

“Doctor Schick”, le decían sus seguidores políticos. “Renato”, le decían sus amigos. René, su esposa. “Papito”, sus nietos.

De novela

Un humilde y talentoso abogado se casa con una viuda de rancio abolengo. La viuda tiene un hijo, que él cría como si fuera propio. Su hijo se enamora de una guapa joven de sociedad y se casa con ella. Pero el suegro siente pasión por la esposa de su hijastro. Intenta vivir su amor prohibido. La familia se entera. Estalla el escándalo. Su poder, su familia y su cordura se tambalean. Aquel hombre enjuaga sus penas en alcohol y el corazón no soporta la pena. Muere. No se sabe si de amor o por la presión social que tenía a cuestas.

Esa podría ser la reseña de una novela cualquiera. Jesús “Chuno” Blandón tiene una novela cuya trama es casi la misma, solo que en el Ocaso del amor y el poder (¿Usted mató al presidente?) el protagonista no es solo un humilde y talentoso abogado, el hombre atormentado por sus pasiones es René Schick Gutiérrez, el presidente.

Esa historia la conocen amigos cercanos de Schick, historiadores y fue un rumor popular allá en los años sesenta. En una entrevista para Magazine el periodista Ignacio Briones Torres contradijo esta versión y aseguró que todo se trataba de un rumor malintencionado de un periodista chismoso de Novedades. Que querían dañar su imagen, dañarlo a él, y que lo lograron.

“Él se volvió loco por esa mujer. Que si ella le correspondía o no, no te lo puedo asegurar, pero él hasta quiso irse de la Presidencia por ella. No lo dejaron. Luis lo buscó en su despacho y le dijo que no le permitía hacer semejante locura, que nadie iba a creer que se iba por una mujer, que todos pensarían que era por sus diferencias con ellos. Que no era conveniente”, cuenta otra fuente que prefiere el anonimato. Al menos media docena de personas consultadas hacen referencia a la historia sin atreverse a decirlo en título propio, pero asegurando que así fue, que el presidente se quería fugar persiguiendo un amor otoñal.

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Reportaje

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