Revolución en la familia

Evolución, Reportaje - 06.05.2007
Gazteazolo-Plazaola

De las viejas fotos sepias, la reunión en el comedor, durante la misa, el almuerzo frente al televisor, la comida rápida, los enamoramientos cibernéticos, la familia ha dejado de ser lo que fue hace 100 años. Así cambió la foto de la casa

Luis E. Duarte

Es probable que a Anastasio Ruiz le temblaran las canillas cuando llegó donde los Marenco para pedir la mano de Esmeralda. Tenía 22 años y era todo un hombre para el matrimonio y podía mantener a su enamorada, una niña de 14 años. Era 1931. Y así se hacían las cosas en esa época.

Dice Esmeralda Marenco que su difunto marido era un hombre recto y trabajador, pero corría el riesgo que lo echaran a palos. Sin embargo, no podía continuar su idilio sin pedir permiso para casarse con ella, como era la tradición.

Los Marenco no admitieron al muchacho porque él era católico, como casi todos en la comunidad rural caraceña del Dulce Nombre de Jesús, y ellos habían abrazado la fe de unos misioneros bautistas.

Doña Esmeralda siempre tuvo un carácter fuerte. Su matrimonio a escondidas en un juzgado de Jinotepe no fue solo un impulso pubertario. Incluso, se cambió de religión para complacer a su suegra. Estaba decidida y sabía que sus padres tenían que aceptar. “No les quedaba de otra”, dice.

Los hombres eran hace más de medio siglo muy tímidos y románticos, acostumbraban a declararse pero en el momento se ponían nerviosos y no sabían qué decir, por eso recurrían a un clásico de principios de siglo: El Tesoro de los Enamorados, que muchos plagiaron para convencer a las muchachas, recuerda el profesor Mario Fulvio Espinoza.

Ser novios significaba estar a la víspera del matrimonio. Después de la declaración el novio aceptado debía “pedir la entrada”. La pareja estaba sometida a las reglas de sus padres.

Con el sí, el horario de visita podía reducirse a un par de días por semana, entre siete y ocho de la noche, en la sala de la casa bajo control familiar. Las salidas estaban estrictamente controladas, los besos en público eran inmorales, las caricias bajo el cuello eran pecado, pero los novios siempre se las arreglaban para verse clandestinos en el mercado o en el parque o en cualquier mandado, asegura Espinoza.

Con tantas restricciones parecía lógico apurarse para el matrimonio. Los Ruiz Marenco continuaron, a pesar de eso, viviendo en la finca de los padres de Esmeralda, donde compartían la casa con sus nueve hermanos.

En la actualidad conviven cuatro generaciones en la casa de la hoy viuda de Ruiz, en el barrio La Fuente de Managua, entre ellos la bisnieta Aryeris Torres, quien escucha en silencio el relato de su bisabuela.

La niña tiene 12 años, la misma edad que tenía uno de los 10 hijos fallecidos de su bisabuela. Esa mortalidad la trajo a Managua, buscó mejores condiciones de vida, aunque significara compartir una casa para 18 personas.

La tasa de fecundidad por mujer en 1965 era de 7.3 hijos, no se puede comparar con el promedio de 3.2 hijos en la última encuesta de población del 2006.

Magazine/La Prensa/Carlos Cortéz
La tradición costeña representada por la matriarca Paterson que dirige los oficios de su comidería familiar.

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Para subsistir fuera del campo Marenco hacía cajetas, tortillas, cosa de horno, rosquillas, cuajadas y pan francés, incluso zapatos y sopa de mondongo, que los hijos vendían por la tarde después de la escuela.

“En mi tiempo libre veo televisión, duermo, hago las tareas, a veces, en la noche voy a la iglesia (…). Yo puedo salir al cyber o salgo con mis amigos”, explica la bisnieta y cuando le preguntan si sus amigos “piden entrada” para visitarla, muestra una cara de sorpresa que hace adivinar su respuesta.

Los hijos de la bisabuela tenían en cambio responsabilidades simples, pero irrevocables: vender, no hablar malas palabras y ser amables con los clientes para que les compraran. Jugar estaba proscrito porque lo primordial era conseguir la ganancia.

Si alguno desobedecía les tocaba el “chirrión”, con cuatro de esos se acababa el problema. Lo mejor para la disciplina familiar “era un chilillo de jícaro porque no se doblaba”.

“Antes las familias eran ordenadas. Regañar no hace nada, debe castigarse. Es por su bien”, se disculpa doña Esmeralda a sus 90 años. “Ahora ya no nos pegan tan duro”, suspira aliviada Aryeri.

Espinoza recuerda que las actividades laborales en los años cuarenta se reducían a las labores domésticas para las mujeres y el trabajo fuera de casa para los hombres. Fue todo un suceso la graduación de la primera abogada a mediados del siglo XX: Olga Núñez Abaunza.

La religión era fundamental, las iglesias se llenaban porque la familia asistía completa, especialmente los domingos y las misas eran diarias.

Creencias supersticiosas: la carreta nagua, la mica bruja y la cegua, facilitaban la disciplina del pueblo o ciudad y el control de los padres sobre sus hijos. Después de medianoche nadie quería salir de casa, afirma Espinoza. Aunque en caso de algún maleficio estaban los brujos, hechiceros y curanderos.

En la escuela había una materia que se llamaba Economía del Hogar, se les enseñaba a las mujeres a lavar, coser, planchar, cocinar, poner la mesa y ser buena esposa. Educación para la sumisión.

Para este profesor de varias generaciones, el cambio más radical en la familia no es producto de la revolución sandinista ni de los medios de comunicación actuales, ni de la globalización.

El cambio en las relaciones familiares se produce cuando el cine se convierte en la diversión popular entre los años cuarenta y cincuenta, con modelos de vida distintos.

La familia Bolaños Morales, la imagen no tiene fecha, pero podría ser de principios del siglo XX.

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Felipe Mántica Abaunza, heredero de una empresa familiar, considera que es después de la
Segunda Guerra Mundial cuando los valores cristianos empiezan a perderse por una corriente laica.

Cierta fue la censura de la Iglesia católica que calificaba las cintas en aptas para “adultos con criterio propio”, “buena para niños” y “escabrosas”.

Después del cine en todo caso quedaba solo la misa y en las ciudades retretas o conciertos. La radio fue también una buena alternativa y aunque estaban prohibidos esos anuncios, en 1945 muchos pudieron escuchar el primer comercial de condones, se llamaban Águila y se publicitaban en las emisoras cubanas.

El padre en todo caso era la figura central, aconsejaba y servía de capataz. Y los hijos diíciles terminaban en el Reformatorio, la Guardia Nacional o Academia Militar, manifiesta Espinoza.

Los curas y maestros tenían la potestad de coscorronear a los hijos, como los maestros, pero las madres solteras continuaron con el estigma de “prostitutas” por ese tiempo, por lo que terminaban en todo caso acudiendo a otros hombres, precisa.

Iniciando el siglo XXI, se mantienen muchas desigualdades en cuanto a valores sociales y creencias en los hogares nicaragüenses, sostiene la subdirectora del Centro Dos Generaciones para la Niñez y la Adolescencia, Reyna Isabel Velásquez.

Permanecen los roles tradicionales del padre y la madre, como la estigmatización de las madres solteras, de igual modo la costumbre de obediencia total de los hijos y en el peor de los casos abuso y violencia, algo que según el profesor Espinoza es un problema moderno.

“Antes ocurría un crimen de forma excepcional y era una gran noticia, ahora cada dia podemos leer hasta ocho sucesos”.

Los cambios en el concepto de familia actual son más que todo políticos y jurídicos. Aunque hay mayor información y disposición para hablar ciertos temas anteriormente prohibidos o que los hombres participen en parques y reuniones escolares, en la casa ellos no hacen las labores domésticas.

Los padres deben negociar ahora con los hijos y buscar fonnas justas y equitativas de relacionarse, aconseja Velásquez.

Josefina Hidalgo Blandón, directora del Departamento de Antropología Social de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua), señala lo contrario, incluso en comunidades muy tradicionales existen diferencias generacionales muy grandes.

Los viejos de Monimbó se dedican a las actividades tradicionales para mantener símbolos comunales ancestrales, como el cuidado de los cementerios, pero los adolescentes prefieren dedicarse a actividades recreativas como el beisbol, aunque digan estar dispuestos a retomar el rol cuando ellos estén ancianos.

En el caso de Estela Paterson Thomas, sus hijos, nietos y bisnietos, estos cambios se notan ciertamente con la pérdida de la identidad costeña después de 44 años en Chinandega, León y Managua haciendo el legendario pollo El Mulato.

Los Campbell Paterson perdieron la lengua de los criollos caribeños y aunque celebran algunas fiestas costeñas, se hace diícil reunir a toda la familia que aún vive en Managua de manera espontánea.

Paterson es una bisabuela inmensa que se despliega hermosa sobre una silla mecedora hasta casi desparramarse por los lados, dirige sentada los quehaceres de la comidería con una autoridad indiscutida.

Abatida por el calor inclemente de Managua y los efectos del olor permanente a pollo asado, tiene al lado el negocio de refrescos de su hija Margot y un negocio de chucherías de su hijo Clifford, un sobrino administra el gimnasio en la esquina de esa misma calle del barrio San José Oriental.

Tuvo doce hijos de crianza en León y Chinandega, pero nunca la llaman o buscan. No les guarda rencor. “Ahí en mi lugar, así es uno, si hay un vecino que no tiene, comemos juntos”.

Clifford vivió algunos años en la Costa Atlántica y mantuvo el vínculo con sus parientes en el Caribe, habla inglés y es criollo como sus padres, pero sus hijos y su sobrinos como la gran mayoría de habitantes del Pacífico, nunca han estado en el Caribe.

Sus hijos y sobrinos son mulatos, hijos de mestizos y criollos. De ellos, la mayoría están casados con personas mestizas, con lo cual termina la herencia negra en la familia.

Las tertulias nocturnas estaban entre las diversiones de antaño. Aquí la familia Carcache, de San Rafael del Sur, disfruta la música popular.

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No todas las costumbres se pierden. En el campo, por ejemplo, donde la cabeza de familia tiene una huerta o finca y una casa en un pueblo cercano, la tierra la heredan por lo general los hombres, mientras que las viviendas se las entregan a las mujeres y en partes iguales a todos los hijos, tanto naturales como “de crianza”.

En la ciudad es más común que la mujer lleve a su esposo o compañero a convivir con ella, quizá por la mayor independencia y las condiciones económicas más equitativas de las mujeres urbanas, explica Hidalgo.

La mayoría de familias están constituidas por padres e hijos o miembros que conviven bajo el mismo techo sin una relación de parentesco, como los “hijos de crianza”.

Aunque estas maneras de convivencia eran comunes desde el siglo XIX, ahora la familia tiende a tomar influencias de otros lugares, es decir, se vuelve multicultural, aseguró Miguel Ayerdis, del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA).

El estudio de las Naciones Unidas Familias, hogares, dinámicas demográficas, vulnerabilidad y pobreza en Nicaragua, comprobó que para el 2003 el 41.7 por ciento de los hogares nicaragüenses eran en su mayoría biparentales con hijos, mientras que los hogares extensos representaban el 34.7 por ciento.

Con el desarrollo económico se generan también modificaciones que cuestionan la legitimidad de la concepción de familia tradicional, especialmente a partir del movimiento feminista y la aceptación de las familias de madres solteras en el siglo pasado, y aunque Nicaragua no es el caso, puede generarse en el futuro un debate que inició en otras partes del mundo hace 40 años: La familia con padres del mismo sexo, acentuó Ayerdis.

La familia de padres e hijos, aunque es aún la forma más común entre los hogares, no es predominante o se convierte con el tiempo en una familia extensa, nuevos miembros que pueden o no tener parentesco inmediato con los jefes de familia se integran a las labores y responsabilidades de la casa y son incluidos sin distinción.

Ayerdis considera que son las mismas familias que tratan de ampliar la manera de entenderse, pues generalmente la realidad no encaja con las concepciones religiosas.

Los conceptos tradicionales se transforman a partir de los cambios en las prácticas religiosas, la migración y el fin de algunos estigmas hacia los hijos ilegítimos y las madres solteras o abandonadas, concluyó.

Tanto Marenco como Paterson tienen hijos y descendientes viviendo en Estados Unidos, Canadá o Costa Rica. Lo cual es un común en los hogares de un país donde el 17 por ciento de sus nacidos vive en el exterior, según datos del censo del 2000.

Hace un siglo era todo lo contrario, la migración tenía otra ruta y era de Europa a América, entonces llegaban a Nicaragua migrantes que influyeron en la vida cotidiana de los mestizos e indígenas.

Entre esos inversionistas, trabajadores, marineros y buscadores de fortuna, arribó en 1878 el primero de la familia Mántica al puerto de Corinto, procedente de la región de Liguria, en La Riviera italiana.

Giuseppe Mántica Calvo volvió a Italia 16 años después, tras enderezar sus negocios en el trópico, en su patria conoció y desposó a Nina Berio con quien tuvo once hijos. Su nieto Felipe Mántica Abaunza cree que hace un siglo los problemas en Italia eran como los de Nicaragua en el pasado reciente. La guerra y la falta de empleos obligaron a mucha gente del campo a abandonar su país.

La palabra de “Mama Nina” era respetada por todos, en aquella familia se desarrolló un matriarcado, dice Mántica sonriendo. El empresario considera que la figura predominante en la familia es la madre, pues ella trabaja y educa a los hijos. En cambio, “muchos padres tienen diferentes hogares y no son responsables”.

En un proyecto de vivienda para trabajadores, Mántica conoció que el 70 por ciento no tenía una familia constituida.

Uno de los rituales perdidos de los Mántica de hace un siglo eran las horas de comida. “Había un tío que viajaba incluso en tren desde León hasta Chinandega para no perderse el almuerzo”. Todos los hijos y nietos debían estar presentes para comer, la mesa era un punto de encuentro y comunicación.

“Hoy compran una pizza o fast food, (por eso) algunas estadísticas dicen que un padre habla 15 minutos con los hijos semanalmente”, lamenta Mántica.

Magazine/La Prensa/Orlando
Esmeralda Marenco con sus nietos y bisnietos en su casa del barrio La Fuente, de Managua.

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El tiempo necesario con la familia podría ser salir a pasear. En el Parque Japonés en el barrio capitalino Altamira no se necesita gastar para entretener a los niños.

“Es una bendición”, dice la madre adolescente Adriana Medina Tablada al hablar de su hijo de dos años, Adrián. Por el regalo de Dios no ha podido terminar el bachillerato y sus padres lloraron. De cuatro hermanos y tres hermanas, ella es la primera madre en una familia donde “todos tienen su manera de ser, pero en problemas como el mío apoyan”.

Adriana tiene ahora 18 años. Adriancito es inteligente, conoce el alfabeto y sabe contar. Su madre, con la visión de una que hace poco ha dejado de ser niña, sueña que el hijo será algún día “un gran hombre”.

Ahora el niño choca contra el cuadraciclo de Lehán Josué. No necesitan seguro de vida, ni licencia de conducir, los cuidadores del parque no llegan a tomar el parte del accidente, ni los daños y el problema se resuelve con seguir el camino en círculo sin más preocupaciones, ni disculpas.

Para resolver problemas están sus padres Moisés Morales y Giselle Zúñiga. Él dice que antes era vago y bebedor, pero ahora no tiene ni tiempo ni dinero para las parrandas. “Si quiero ser un buen padre tengo que usar los recursos para mi hijo (…), los niños son caros”.

La abuela del niño debió acostumbrarse a la vida familiar de su hijo porque “los tiempos han cambiado”, dice Morales. Hace 20 años era diferente, antes las madres cuidaban a sus hijos, ahora tienen que trabajar y los abuelos se involucraban menos en la vida de la pareja y la educación de los nietos.

En ese parque, uno de los pocos en Managua, se mecen, patinan y corren los que algún día tomarán el destino de este país en sus manos. Mientras tanto hay que tomarles fotos para tener constancia de cómo fueron y vivieron su infancia.

Para el 80 aniversario de La Prensa, muchos lectores enviaron fotografías de recuerdos que ilustraban el pasado. Entre ellas imágenes sin fecha ni nombre, como esta.

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