Clemente, el 21

Reportaje - 08.05.2016
Roberto Clemente, el 21

Ganó dos Series Mundiales, fue el primer latino en conectar tres mil hits en Grandes Ligas y tenía grandes planes, pero la muerte le llegó en 1972 cuando iba camino a Nicaragua. Ahí empezó la leyenda de Roberto Clemente

Por Tammy Zoad Mendoza M.

1964. Se jugaba la Serie Interamericana de Beisbol y Nicaragua era la sede. El Cinco Estrellas de Nicaragua se enfrentaría a Los Senadores de Puerto Rico. Roberto Clemente era la estrella. En uno de los innigs, mientras Clemente corría para dar otro espectáculo con sus atrapadas, desde la gradería llovieron garrobos vivos al jardín derecho, aparentemente lanzados por fanáticos nicaragüenses. La sorpresa o el susto fue tanto que Clemente no pudo con la atrapada y la bola cayó. Nicaragua logró ganar el campeonato ante Puerto Rico. Hay versiones de que un garrobo se estampó contra el pecho o las piernas de Clemente, le hicieron perder el equilibrio y que eso permitió el 4-3 a favor del Cinco Estrellas. Las anécdotas jocosas le atribuyen el triunfo a los garrobos.

Esta historia no solo aparece en libros, también la cuenta Vera Zabala y hasta el cronista deportivo Edgar Tijerino, quien para entonces era un aficionado y supo del incidente. “No es que en Puerto Rico no hubiera garrobos, pero eran tan grandes que él bromeó después diciendo que parecían animales prehistóricos los que tiraron”, cuenta entre risas Tijerino. Esa fue la primera visita de Roberto Clemente al país, pero regresaría en 1972, como mánager del equipo de Puerto Rico. Ese mismo año quiso hacer el tercer viaje a Nicaragua, pero murió en el intento. El avión que alquiló para traer donaciones a las víctimas del terremoto se estrelló en el mar.

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El 18 de agosto 1934 nació en casa, como el resto, el séptimo hijo de Melchor Clemente; capataz en una plantación, y de Luisa Walker, ama de casa, que administraba una tienda de carnes. Roberto Clemente Walker era el cuarto varón y se volvió tan atlético como sus hermanos. Practicó atletismo y tiro de jabalina, pero bromeaba con que la potencia de su brazo la había heredado de su madre, quien logró disciplinar y educar a siete hijos.

De los juegos en la barriada pasó al equipo de Los Cangrejeros de Santurce y luego de ver su desempeño en el campo, un cazatalentos lo presentó a los Brooklyn Dodgers. En 1954 había firmado con ellos por 10 mil dólares, pero una regla estipulaba que cualquier jugador con un bono igual o mayor a cuatro mil dólares debería estar en el listado de un equipo de las Grandes Ligas, así que los Piratas de Pittsburgh lo ficharon el 22 de noviembre por cuatro mil dólares.

Roberto jugó en dos Series Mundiales, fue Campeón de Bateo de la Liga Nacional cuatro veces, y consiguió 12 Guantes de Oro. Fue seleccionado Jugador Más Valioso de la Liga Nacional en 1966 y Jugador Más Valioso en la Serie Mundial del 1971. Pero el 30 de septiembre de 1972 logró la proeza de batear el imparable número tres mil de su carrera en el beisbol profesional.

“Roberto nunca vendió botellas de leche, pero sí es cierto que trabajó como nadie para ser el mejor deportista y la mejor persona que podía ser, en su momento fue muy discriminado y atacado, no todos lo entendían ni conocían su calidad humana”, aclara Vera Zabala o Vera Clemente como prefiere que la llamen desde que enviudó, el 31 de diciembre de 1972.

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“Cuando me pongo el uniforme siento que soy el hombre más orgulloso en la Tierra”.
Roberto Clemente Walker, jugador de los Piratas de Pittsburgh.

Se plantaba en la base con el pie izquierdo hacia adentro o afuera, dependiendo del efecto que quisiera. Ante cualquier tiro lograba un disparo impresionante con un bate de 36 onzas, su favorito. Bateaba imparables, se convertía en una gacela corriendo y se adueñó del jardín derecho con su guante preciso. No le importaba estamparse en la paredes, golpearse las rodillas, hacerse raspones, con tal de atrapar una bola para luego dispararla y aniquilar la posibilidad de los corredores en busca de la base.

“Lo que hacía único a Clemente era su giro y su lanzamiento. De hecho, él podía atrapar la pelota y devolverla rápidamente en un parque tan difícil como Forbes Field. Algunas veces la atrapaba, giraba sobre el talón, se volteaba y lanzaba casi a ciegas”, contó Tim McCarver, exjugador de Grandes Ligas, para el libro biográfico Clemente, El verdadero legado de un héroe inmortal, escrito por la familia Clemente y el periodista estadounidense Mike Freeman.

Aunque fue una estrella en los Piratas de Pittsburgh desde el primer momento, no a todos les agradó su brillo. En 1961 su compañero de equipo Dick Groat fue nombrado el jugador más valioso de la Liga Nacional, a pesar que Clemente tuvo mejor desempeño y mayor rendimiento según las estadísticas de ese año. Su familia y amigos cuentan que situaciones como esa lo volvieron más duro, implacable con sus rivales en el campo para demostrar que podía ser tan o más bueno que los locales.

“Ahí estaba Clemente, jugando un beisbol que jamás habíamos visto, lanzando, corriendo y bateando, en un nivel cercano a la perfección absoluta; jugando para ganar, pero también jugando como si el juego fuese una forma de castigo para todos los demás en el terreno de juego”, anotó Roger Angell, escritor deportivo para The New Yorker, en su libro The Summer Game (1972).

La crónica deportiva lo tildaba de hipocondríaco o de falso enfermo por sus constantes quejas de dolor en la espalda. Según su familia, los problemas de salud eran reales, antes de subir a Grandes Ligas él tuvo un accidente automovilístico. “No creo haber conocido nunca a una persona más resistente. Tenía artritis en el cuello. Vivía adolorido. No era hipocondríaco, era un luchador”, dijo Tony Bartimore .

La prensa estadounidense de la época se enfocaba en lo orgulloso, confrontativo y quejumbroso que era. Además al inicio no dominaba a la perfección el inglés y eso se convirtió en otra barrera entre él, la prensa y los fanáticos. “Cada humillación, cada cosa mala solo lo hizo más fuerte y determinado en ser el mejor, en ser un ejemplo. Lo logró”, comenta Vera Zabala.

El 29 de septiembre de 1972 pasó a la historia como el primer latinoamericano en batear tres mil hits en su carrera en Grandes Ligas. Pero el 31 de diciembre de ese año su prematura muerte en un accidente aéreo acabó con sus planes de seguir un par de años en Grandes Ligas, para luego retirarse y dedicarse a proyectos sociales.

El 6 de agosto del 73, Clemente, con un average de .317, con 240 jonrones y 1,305 carreras impulsadas, recibió tras su muerte el honor de ser el primer hispano en entrar al Salón de la Fama de Cooperstown y el segundo en saltar la regla de los cinco años de retiro.

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Roberto Clemente llegó a Pittsburgh, Pensilvania, como parte del equipo los Piratas el mismo año en que Rosa Parks, modista estadounidense, se negó a ceder su asiento a un pasajero blanco en un autobús en Montgomery, Alabama, en 1955. Tras el arresto de Parks, Martin Luther King, pastor y defensor de los derechos de los afrodescendientes, lideró el movimiento contra la segregación racial.

En sus primeros años en el equipo, Clemente viajó en un autobús distinto al de sus compañeros, no podía comer en restaurantes con ellos, ni hospedarse en el mismo hotel. La atención médica también era diferenciada y tenía límites horarios. “Estaba sinceramente confundido por la intolerancia que veía en los Estados Unidos”, declaró en una ocasión Tony Bartimore, excompañero de equipo de Clemente.

Entonces empezó su titánica y eterna lucha contra la discriminación racial y tomó como bandera la identidad latina. Defendía su calidad deportiva en el campo, pero aún fuera de él pedía igual trato, reconocimiento y paga a los peloteros latinoamericanos.

En su tiempo libre hacía recorridos por las calles y los barrios marginales de la ciudad donde estuviera. Si veía un viejecillo en la calle, se le acercaba para hablarle y ofrecerle ayuda; si encontraba niños pidiendo dinero los llevaba a comer o hablaba con sus padres para saber de sus necesidades. Entraba y salía de los hospitales donde visitaba niños y se convertía en su hada-héroe.

En Managua y Masaya dejó “huérfanos” a los fanáticos y los amigos que hizo entre 1964 y 1972. El Estadio de Masaya lleva su nombre, hay una liga infantil bautizada como él, tiene un campo y un monumento en el Parque Luis Alfonso Velásquez de Managua. En Estados Unidos hay hospitales, fundaciones y monumentos como el del estadio de los Piratas, para conmemorarlo. En Puerto Rico, avenidas, calles, organizaciones, niños y hasta una ciudad deportiva llevan su nombre.

“La noticia de su muerte se supo por radio. Nicaragua estaba en desgracia. Yo siento que el país tiene una deuda con Roberto Clemente, él murió por venir a ayudar”, señala Bayardo Cuadra, historiador.

Roberto Clemente, el 21
“Ayer en Pittsburgh, en el estadio Three Rivers, que estaba vacío, el tablero del marcador llevaba una leyenda: ‘Roberto Clemente, 1934-1972’. También podría haber dicho: ‘Un hombre honorable jugó beisbol aquí’”, rezaba el editorial del Washington Post, días después de la noticia de la muerte del puertorriqueño Roberto Clemente.

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Carolina, Puerto Rico. Enero de 1964. Una guapa y curvilínea morena entra a una farmacia. El hombre que está sentado leyendo el periódico alza la mirada. “Fue como algo de película. Yo sabía quién era él y estaba sorprendida. Me preguntó mi nombre, se lo dije y giré para salir del lugar. “No te vayas”, me dijo. Tenía una sonrisa cálida”, recuerda Vera Zabala.

Roberto parecía un balletista esculpido en bronce. Hombros musculosos, torso delineado que acababa en una cintura de 30 pulgadas y brazos torneados. Muñecas anchas, manos grandes y fuertes. Era el prototipo de un beisbolista, el puertorriqueño de Grandes Ligas. Cualquiera pensaría que se trataba de una conquista más de un deportista famoso. Pero el 14 de noviembre de ese año se casaron. Vera tenía 23 y Roberto 30.

“Era un muy amoroso, dedicado, sensible. Lo amé tanto… Roberto sigue en mi corazón”, dice doña Vera, de 75 años ahora, desde su casa en Río Piedra, Puerto Rico. Tuvieron tres hijos: Roberto Jr., Luis y Ricardo, “Ricky”, el menor.

Roberto y Luis, que tendrían 7 y 6 años respectivamente en el 72, recuerdan que salían de paseo en su Cadillac blanco, jugaban y les contaba historias de sus viajes. Tocaba la armónica Hohner y un órgano que había en la casa, con un solo dedo. Era bromista, pero bastaba una mirada severa para reprenderles por algún acto de insolencia.

Además de los dolores de espalda, Clemente padecía de un terrible insomnio. Si de día lo asaltaba el sueño, aprovechaba cualquier rincón oscuro para dormir. Cuando estaba en casa, Vera corría todas las cortinas, le acomodaba un nicho en la cama y cuidaba que nadie hiciera ruido. Había toque de queda cuando “papi” dormía.

Luis Clemente cuenta que, ya adulto, mientras veía una película de beisbol estalló en llanto. “Comprendí que así lloraba cuando era niño. (…) Al mirarme al espejo entendí algo más. Que esa sensación de ser un niño no se repetiría jamás. La verdad es que nunca fui niño. Roberto tampoco. Desde el momento en que papi murió, hemos trabajado para continuar su legado. Hacerlo es un honor y algo que amamos”, detalla.

En 1984, lo único que le preguntaban a Roberto Clemente Jr. en su primer entrenamiento con los Phillies de Philadelphia era qué se sentía ser Roberto Clemente. La gente lo acosaba tanto con el tema que le pidió a su madre cambiarle el nombre. “La presión de ser Roberto Clemente era tal que, en ese momento, yo no quería ser Roberto Clemente”, reconoció en las memorias de la familia.

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Fue Roberto Jr. quien le pidió a su padre que no se fuera, insistió, preguntó por qué tenía que venir a Nicaragua. Vera intentó disuadirlo, pero él insistió. El 23 de diciembre de 1972 el terremoto de 6.2 grados en la escala Richter arrasó con la capital. Roberto Clemente ya había enviado ayuda a través de amigos emisarios, pero el 27 de diciembre recibió otra mala noticia. Su amigo Raúl Pelligrina había llegado de Nicaragua y le contó que “en el momento en el que aterrizamos, los soldados de Somoza rodearon el avión e intentaron cogerlo todo”, según detalla David Maraniss en su libro Clemente.

La ayuda se estaba desviando y repartiéndose entre familiares y amigos de Anastasio Somoza Debayle, jefe de la Guardia Nacional. En la anécdota que recoge Maraniss, Pelligrina se enfrentó a los guardias bajo el argumento de que si no abrían paso, cargaría de nuevo la ayuda y regresaría a Puerto Rico, donde notificaría al señor Roberto Clemente lo que estaba pasando.

El 31 de diciembre el mismo Roberto Clemente estaría subiendo al avión DC-7, que despegó a las 9:20 de la mañana. No sabía que esa misma aeronave un par de días antes había tenido un accidente en la pista. Tampoco supo que llevaban 4,193 libras de exceso de peso. La nave tenía suspendido el permiso de vuelo.

Minutos después del despegue, a pocos kilómetros de la costa, el avión se estrelló en el agua. De las cinco personas que viajaban, solo encontraron un cuerpo. De Roberto Clemente solo hallaron su maletín de piel.

“Sabes, tuve otra pesadilla. Estaba arriba, sentado en una nube y veía mi funeral”, le contó a su esposa una mañana. Nunca tuvo funeral. Su familia todos los años navega mar adentro y deja flotando flores para Roberto.

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En la inauguración de la Serie Mundial de Beisbol Aficionado de 1972, luego de un acto pomposo, Anastasio Somoza Debayle hizo el lanzamiento inaugural y fue Roberto Clemente quien atajó el mal tiro con un batazo certero.

Para esa visita Clemente llegó como mánager del equipo boricua y tuvo tiempo para pasear con su esposa por Managua, Masaya y Granada. “Él sintió mucho cariño por Nicaragua. Estuvimos allá y tengo bonitos recuerdos de su país. Solo hay amor y gratitud para un pueblo que él quiso tanto y que aún lo recuerda”, dice doña Vera, de 75 años, desde la casa donde vivieron juntos.

Contrario a lo que reflejaba la prensa norteamericana, aquí Roberto Clemente era el ídolo deportivo, pero sobre todo, el benefactor de muchos. En los periódicos y libros biográficos se multiplican las anécdotas de Roberto de visita en hospitales, llevando medicinas o donando artículos para una familia pobre.

“Con esos gestos se fue ganando la admiración de la gente dentro y fuera del estadio. Era un deportista excepcional, pero su figura trascendió porque era un deportista ejemplo”, comenta Bayardo Cuadra, quien lo vio en uno de los entrenamientos en su primera visita.

Pero también era de los que si algo no le parecía bien, se lo decía a quien fuera. Hasta citaba a los periodistas en el dogout cuando algún artículo referido a él no le parecía correcto. Fue así como lo conoció Edgar Tijerino.

Una mañana leyendo La Prensa, Clemente empezó a rabiar por el texto de un cronista novato de apellido Tijerino. Refiriéndose a un tiro del cubano Armando Capiró, Tijerino escribió que “era capaz de hacer sonrojar a Clemente”, y sugirió un duelo de brazos.

—¿Por qué diablos comparaste mi brazo con el de Capiró? —le increpó Clemente—, yo tiro desde la esquina del jardín derecho del gigantesco estadio de los Piratas para sacar out al corredor en tercera, y con Pete Rose deslizándose para anotar una carrera. No tiene comparación. Debes ser cuidadoso.

No hubo argumento que pudiera con el enojo de su orgullo herido, y Edgar Tijerino terminó reconociendo que había sido una comparación dispar. Pero volvió a la carga. Días más tarde recibiría otra llamada al dogout, esta vez por referirse al lanzador dominicano Roberto Rodríguez quien “en una noche inspirada, estaba en camino de ponchar al mismísimo Roberto Clemente”.

—Yo bateo contra Roberto Rodríguez a mano limpia —le dijo Clemente al tenerlo enfrente.

“Él no ocultaba sus molestias, pero era un caballero. Incluso, me concedió una entrevista cuando terminó la serie”, comenta Tijerino, quien en ese entonces tenía 28 años y discutía con el boricua de 38.

—¿Quién es para usted el mejor pícher de Grandes Ligas? —lanzó Edgar Tijerino.

—¿Quién es para ti? —replicó Clemente.

—Sandy Koufax.

—¡No! Es Juan Marichal.

Y se trenzaron de nuevo en una discusión. “Empezamos a exponer nuestros puntos, y yo agito la discusión, él golpea la mesa e insiste: ¡Marichal! Pero su fundamento giraba en torno a que era latino”.

Después de la entrevista hubo una cena. Cuando avanzaban al salón, Roberto ya sereno, puso la mano en el hombro de Tijerino como un gesto conciliatorio.

“Se consideró discriminado por el color y origen latinoamericano. No hay peor cosa que los prejuicios que se impone uno mismo. Pero más allá de su orgullo, fue un deportista excepcional, pero un mejor ser humano. Además de todas las anécdotas de sus visitas a hospitales, de su ayuda a los pobres, de su compromiso con causas sociales que él consideraba justas, a mí no deja de impresionarme su gesto con Nicaragua. Difícilmente alguien va a dejar a su familia un 31 de diciembre para ir a ayudar a otro país. Mandás las cosas, lo dejás para otro día, no te vas así por así. Ese tipo de gesto lo magnifica. Su figura se engrandeció, por cosas de la vida, con su muerte en una misión humanitaria”, reconoce el cronista Edgar Tijerino.

¿San Clemente?

Richard Rossi, originario de Pittsburgh, quiere que santifiquen a Roberto Clemente. Él dirige una campaña para canonizar al pelotero puertorriqueño y llevarlo a la santidad.

Dirigió la película El último héroe del béisbol: 21 historias de Roberto Clemente, y sigue en busca de testimonios, registros médicos y pruebas científicas para verificar las historias del “toque sanador y milagroso” del jugador.

Envió una carta solicitando el apoyo del arzobispo de San Juan, Puerto Rico, pero la Arquidiócesis de San Juan no ha respondido. Está a la espera de un encuentro con el papa Francisco para plantearle su moción.

El 21

En enero de este año el periodista estadounidense Buster Olney publicó una columna solicitando una vez más a la MLB que retirara el número 21, el número de Roberto Clemente en los Piratas de Pittsburgh durante 18 temporadas.

La propuesta se planteó tras la muerte del boricua y se creó un movimiento llamado “Retire 21”, que realiza peticiones y actos para promover que en las Ligas Mayores se honre a Clemente guardando su número.

El único número retirado de todos los equipos de Grandes Ligas es el 42, que portaba Jackie Robinson en los Brooklyn Dodgers. Fue el primer beisbolista afroamericano en ingresar a las Ligas Mayores de Beisbol.

En 2010 se retiró el número 21 del Campeonato Nacional de Beisbol Superior Germán Pomares Ordóñez de Nicaragua, en honor a Roberto Clemente.

Fotografías cortesía de la familia Clemente Zabala.

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