Sangre de Cristo, un año en cenizas

Reportaje - 05.07.2021
Sangre de Cristo

Su capilla fue su horno. Con olor a madera quemada, de color negro carbón y sin rostro, pero en pie. Así está la Sangre de Cristo un año después de que fuese incinerada por un encapuchado, según testigos, porque la versión policial atribuye el incendio a una botella de alcohol clínico.

Por Hans Lawrence Ramírez

Quince días antes de que falleciera su madre, María Teresa Cruz Espinoza estuvo hospitalizada. Le iban a amputar su pierna derecha por la diabetes. Ella le lloraba y rogaba a los médicos del Hospital Alemán Nicaragüense que no se la cortaran.

Desde una cama de la sala de hospitalización elevó oraciones a la Sangre de Cristo. Le suplicó que le salvara su pierna. Dos décadas después, la mujer de 73 años está arrodillada con sus dos piernas frente a la imagen incinerada de la Sangre de Cristo en la Catedral Metropolitana de Managua.

La imagen de 382 años de historia está carbonizada. En lugar de las flores que feligreses dejaban a sus pies en el altar circular cubierto de azulejos blancos, hay escombros chamuscados de lo que fue una vitrina plástica con estructura de aluminio que la protegía del polvo. La capilla tiene forma de cúpula cuyas paredes rojas ya casi perdieron el color. Están manchadas de negro carbón. Aún se siente el olor a fogón. La luz entra solamente por varios hoyitos alrededor de la estructura de la cúpula y un cuadro en la parte superior. Un verdadero horno.

María Teresa Cruz de rodillas frente a la imagen calcinada de la Sangre de Cristo. Óscar Navarrete/ MAGAZINE

A esa imagen calcinada, María Teresa le atribuye el milagro de haberle salvado su pierna y aunque le haga daño, pasa arrodillada al menos una hora rezándole cada mes, pagando promesa, pero ya no lo hace a los pies de la imagen en el centro de la cúpula roja como acostumbraba desde hace veinte años.

La capilla está clausurada. No se permite el acceso a nadie. Los feligreses ahora tienen que rezarle desde afuera, en las bancas del costado oeste del templo. Son unos diez metros los que hay entre las bancas y la imagen. En la entrada a la capilla hay un enorme portón de metal negro que tiene pintada una cruz, donde los creyentes le dejan flores y ofrendas a la imagen como parte de su devoción.

En cada uno de los costados del portón hay un afiche con información de cuentas bancarias a nombre del cardenal Leopoldo Brenes, para dejar un aporte monetario y restaurar la imagen.

María Teresa prefiere dejar el dinero con las monjas. Cada mes, después de recibir su jubilación, llega a la Catedral de Managua desde el Reparto Shick, donde habita para dejar su aporte y después se va frente al portón negro a rezarle de rodillas a la imagen. Así lo ha hecho desde que salió del hospital caminando con sus dos piernas, gracias, dice, a la Sangre de Cristo.

Así quedó el rostro de la Sangre de Cristo. Foto: Tomada de internet

El seminarista Alexander Román vio en la televisión cuando reportaban que un sujeto desconocido había lanzado lo que pareció ser una bomba molotov en la capilla de la Sangre de Cristo y la imagen se había incinerado por completo, pero no estaba muy claro todavía, sobre todo por la versión que dio la vocera gubernamental y vicepresidenta Rosario Murillo.

Las veladoras que los feligreses suelen dejarle a la Sangre de Cristo fue lo que provocó el incendio. Así lo informó Rosario Murillo, incluso antes de que peritos policiales y los bomberos esclarecieran la causa del siniestro.

Pero Alba Ramírez relató otra versión a medios de comunicación. Ella estaba en la Catedral en el momento del incendio. A las once y media de la mañana de aquel viernes 31 de julio, un tipo delgado con una camisa verde holgada y pantalón jeans anduvo rondando el templo. Lo que llamó la atención es que andaba encapuchado con una camisa celeste. Minutos después ocurrió el incendio.

La santa túnica quedó hecha cenizas, igual que las alfombras roja y verde que estaban en la plataforma del altar. Y de las flores artificiales no quedó ni el rastro.

La imagen parece un pedazo de leña en un fogón. Carbonizada. La sangre que corre de sus costillas izquierdas tampoco se aprecia. No hay color, solo negro infernal y ceniza gris. Ya no se lee el INRI en la parte superior de la cruz que aún continúa en pie con el crucificado.

La mano izquierda clavada en la cruz no está. Su extremidad llega hasta la muñeca. La derecha continúa clavada, pero agrietada, como el resto de la imagen. Como si al Cristo le hubiesen aparecido estrías negras en todo el cuerpo.

El rostro incinerado de la imagen de la Sangre de Cristo fue retirado y permanece bajo estricto cuidado esperando ser restaurado.

El pasado domingo 28 de junio, el cardenal Leopoldo Brenes anunció que la imagen será restaurada por un taller del arzobispado de Guatemala, y en un dictamen preliminar, los expertos le expresaron que hay muchas piezas de la imagen que deben ser reconstruidas por completo.

Hasta el momento no hay una fecha exacta para su restauración, y pero Brenes informó que es muy probable que la imagen deba ser llevada a Guatemala.

Mientras espera su restauración, a los pies de la imagen todavía está el sagrario de metal deformado por el calor. Ahí se guarda el cuerpo sacramentado de Jesucristo: la hostia.

Sagrario deformado por las intensas llamas del incendio. Aún se encuentra a los pies de la imagen. Óscar Navarrete/MAGAZINE

Ahora, el seminarista Alexander Román le reza de rodillas a la imagen cada vez que llega a la Catedral. Le agradece por su salud, su familia y le pide por él. Que la imagen esté calcinada significa que Jesús comparte el dolor de los nicaragüenses, considera el joven religioso.

La Policía descartó mano criminal. Los peritos explicaron que la combinación de vapores de alcohol y el calor en la capilla fue lo que provocó el fuego. También descartaron mano criminal en el incendio y desestimaron el testimonio que Alba Ramírez había dado a medios de comunicación.

En su lugar, la Policía dijo que otro testigo de nombre Manuel Salvador Bravo “no observó a nadie que hubiese lanzado algún objeto, ni escuchó ninguna explosión”.

Pero el cardenal Leopoldo Brenes catalogó la acción como un “acto terrorista”. El cardenal Brenes es una persona tranquila, pero esa tarde frente a los medios de comunicación se le percibía molesto. Ni la mascarilla verde N95 le ayudaba a disimular su indignación.

Incluso el papa Francisco mencionó que el hecho fue “un atentado”, y expresó su cercanía y dolor hacia el pueblo católico de Nicaragua.

Ese dolor aún lo siente María Teresa Cruz, quien con dificultad se levanta de uno de los reclinatorios frente a la imagen incinerada. Se sienta un momento para descansar sus rodillas, agarra aire y dice: “el culpable va a tener su merecido. La Sangre de Cristo tiene poder”.

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