Ser madre en Nicaragua

Reportaje - 27.05.2012
Magazine, ser madre en nicaragua

Algunas engendran, otras adoptan. A algunas les toca luchar con la enfermedad de un hijo y a otras con su propia edad e inexperiencia. ¿Qué es ser madre? Estos son los rostros de la maternidad nicaragüense

Por Redacción Magazine

Ser madre es dedicar la vida a luchar contra el cáncer de una hija. Como lo ha hecho María de Jesús Cruz, una nandaimeña que lleva siete años en esa batalla. Ser madre es adoptar a dos niñas por amor. Como la historia de Claudia Rivera, de 29 años, quien decidió que sería madre de dos pequeñas a quienes su madre biológica había abandonado. Ser madre es estar al mando de tres hijos y 12 nietos como Norma González. Ser madre es armarse de valor y criar a un hijo aún siendo adolescente como lo hizo Indiana Guadalupe González, una jovencita que salió embarazada a los 16 años y que le tocó dejar sus tacones y las fiestas por cambiar pañales.

Que si se es joven o vieja, que si se engendra o se adopta, que si hay dinero o no hay.

No existen parámetros, ni características para ser madre. Y esas son precisamente las historias que les contamos en esta edición de Magazine. Historias de mujeres que dan vida, amor, pero también de mujeres que abandonan a sus pequeños e incluso algunas que los matan. Historias que intentan dar una mirada de lo que significa ser madre en Nicaragua.

Madre por amor

Joseling y Jéssica convirtieron en madre a Claudia Rivera, una muchacha que un día aceptó criarlas y amarlas como si hubieran salido de su propio vientre

Por Dora Luz Romero

Su mamá le preguntó si estaba segura de lo que iba hacer. Sus amigas le recordaron la responsabilidad que eso significaba. Y según su esposo, hubo algunos que hasta le dijeron que si estaba loca. Claudia Rivera, de 29 años, no tuvo dudas. Sería madre. Adoptaría.

La historia comenzó en el 2007. Rivera chateaba con un hombre llamado William Roddy y en las tantas pláticas se enteraron que los dos iban al mismo gimnasio. Comenzaron a salir.

Roddy, de 40 años, colaboraba con un orfanato en la capital, donde conoció a dos hermanas que fueron abandonadas por su madre: Joseling y Jéssica. Él era padre de hogar sustituto, las llevaba a casa en Navidad, los fines de semana y empezó a hacer los papeles para adoptarlas. Estaba solo, con su madre, quien fue la influencia para que adoptara a las pequeñas. “Yo quería a las niñas. Las dos tienen hipotiroidismo congénito. Si es difícil que adopten a una niña con discapacidad, ahora dos niñas con discapacidad es casi imposible”, cuenta.

Mientras estaba en ese proceso conoció a Rivera y al poco tiempo de salir se casaron, el 12 de septiembre de 2009. Juntos adoptarían a las pequeñas. Rivera aceptó ser madre. “A mí me gustó la idea que tuviera a las niñas porque yo siempre he trabajado con niños”, dice, mientras las dos chiquitas corretean por la casa.

Una vez casados se fueron a vivir juntos y las niñas inmediatamente comenzaron a decirle mamá.

“Ellas son mis hijas, las quiero, las cuido y me cuestan”, asegura entre risas.

Joseling y Jéssica. Diez y nueve años. Ambas tienen hipotiroidismo congénito. El de Joseling es más severo, cuenta su mamá. Le cuesta hablar, su crecimiento es lento y aprendió a caminar hasta los 6 años. Jéssica, dice, es más hiperactiva y deben darle medicamento.

“Saber que le cambiás la vida a dos niñas, que sin nosotros no sé qué sería de la vida de ellas, eso me da tanta felicidad. Es bastante responsabilidad, pero son dos seres con tanta inocencia que cómo no ayudarlas a que tengan una mejor vida”, dice Rivera.

Ser mamá —dice Rivera— es algo hermoso. “Te cambia la vida, te hace mejor persona, ves la vida diferente. Yo siempre ando pensando en ellas, que si me compré algo, qué les llevo a ellas. Ellas me han hecho mejor persona”, dice. Y aunque cuando crezcan podrían preguntar por su madre biológica, a esta pareja eso no le preocupa porque el amor, están seguros, siempre será para ellos.

A Joseling y Jéssica les gusta hacer trabajos manuales con su mamá, también que las deje ponerse su ropa, zapatos y que las maquille. Pero lo que más les gusta, bien saben sus padres, son los días domingo. “Esos días están dedicados a ellas. A visitar a la abuela, a los tíos, a ir a la playa, ir a comer, para ellas ese es el mejor día”, cuentan.

Claudia Rivera ahora está embarazada. Tiene cinco meses. Y espera una niña. “Ellas ya saben y están encantadas. Joseling está un poco celosa, me dicen que quieren un hermano en lugar de una hermana, pero eso es normal”, comenta. La relación no cambiará nada, dice Rivera. Según ella las querrá a las tres por igual, las verá con los mismos ojos. “Para mí las tres son mis hijas”, asegura.

“Ellas me hacen mejor persona”, asegura Claudia Rivera. En la foto junto a sus hijas Joseling (izquierda) y Jéssica (derecha).

Con otro instinto

Los engendraron. Los cargaron nueve meses. Los dejaron nacer. Vivieron con ellos. También los mataron o les dejaron morir. Historias de madres que se convirtieron en los verdugos de sus hijos

Por Tammy Zoad Mendoza

La casa da la impresión de estar deshabitada. Al acercarse a una ventana se escucha un televisor encendido. Alguien está viendo un canal infantil. Tocan la puerta, pero nadie responde. Se escuchan de fondo un par de voces de niños. Tocan una vez más la puerta, pero nadie sale.

En la casa del frente vive una señora que tiene discreción solo para guardar su nombre. “¿Busca a las mujeres que vivían en esa casa? Se fueron”. Si hay niños en esa casa, no puede ser Rocheld Swadi. Ella murió hace 3 años. Su madre la mató con 42 puñaladas. “Ellas alquilaban aquí. Un par de hermanas y la niña. Una noche se escucharon los gritos. Estaban peleando y de repente la mayor salió detrás de la hermana menor con un cuchillo. La gente la detuvo, pero ya había matado a la niña”, recuerda la vecina.

Jeymi Teylor, de 19 años, fue quien denunció a su hermana Tricia. Mencionó que padecía de trastornos mentales. Esa noche Tricia atacó también a su hermana Jeymi, pero luego tomó a la niña, la llevó al patio y la asesinó. Nadie volvió a verlas en el lugar. Al año siguiente Tricia Swadi fue condenada a 22 años de prisión por parricidio, su defensa alegó que padecía trastornos mentales, pero se demostró que todo estaba asociado al consumo de drogas.

“La muchacha se fue de nuevo a la Costa (Atlántica), a la mujer que mató a la hija la metieron en el Hospital Psiquiátrico. Dicen que ya salió”, suelta el comentario la vecina.

La maternidad, que para muchos es un instinto inherente a la mujer, se convierte en un tema polémico con historias como esta. El sicoanálisis asegura que el “instinto materno” no existe como tal, que el deseo de tener un hijo no responde a una necesidad vital de todas las mujeres, sino a un deseo particular. Doña Emelina Roque de Jarquín no sabrá mucho de sicoanálisis, pero su idea coincide con esto. Ella cuidó el embarazo de su nieta Dinorah, para quien fue como una madre. También se hizo cargo de su bisnieta por más de un año, hasta que un día su madre decidió llevársela.

“Me mataron a mi muchachita. Ella dejó que ese hombre la matara. Es su cómplice”, dice conmocionada doña Emelina. Ella era bisabuela de María Fernanda Rodríguez, la bebé de 18 meses que murió en diciembre de 2010 a causa de múltiples golpes.

Su madre, Dinorah Rodríguez Jarquín, y su padrastro, Erick Salazar, eran los principales sospechosos. Dinorah no guardó prisión durante el juicio porque estaba embarazada. Erick salió libre bajo fianza. El caso está cerrado.

“Ella no la mató, pero permitía el maltrato. Sigue con ese hombre y tienen un bebé. Ese niño está descuidado, a ella no le importan sus hijos, sino ¿por qué mi muchachita se murió?”, comenta doña Emelina. “A una madre eso le duele. A ella nunca le dolió nada”.

Demencia, trastornos de personalidad, depresión o problemas de adicción son algunos de los dictámenes médicos en casos de parricidio.

El dolor de una madre

28 años. Casada y con seis hijos. Su vida era perfecta, dice, pero todo cambió radicalmente cuando a la mayor de sus hijas le diagnosticaron leucemia. Sintió que el mundo se le vino encima.

Por Arlen Cerda

María de Jesús Cruz, de 35 años, no recuerda qué significa LLA, pero por culpa de esas tres letras lleva siete años viajando de Nandaime a Managua junto con su hija mayor Erika Nicaragua Cruz, quien tiene 18 años y a los 11 le diagnosticaron cáncer.

Erika se enfermó de repente. “Era una niña activa y gordita y un día la sentí con fiebre, casi siempre estaba cansada y se le quitaron las ganas de comer”, recuerda su mamá María de Jesús. Lo peor empezó cuando la doctora del hospital de Nandaime le detectó unas “masitas” en el cuerpo.

Madre e hija llegaron al Hospital Infantil “La Mascota”, sin sospechar que durante los próximos siete años ese lugar hasta entonces desconocido luego les sería muy familiar. Ahí los doctores le dijeron a María de Jesús que Erika padece Leucemia Linfoblástica Aguda o como ella apenas lo recuerda: LLA.

“Todo era muy feliz, porque para mí mis hijos lo son todo. Si ellos están sanos todo es perfecto y si no el mundo se me cae encima. Cuando me dijeron que ella estaba enferma yo sentí que se me acabó todo”, dice María de Jesús en una sala del hospital, donde ha llegado por la cuarta recaída de Erika.

En esa sala, a puertas cerradas, mientras su hija descansa recostada en una banca de afuera de la habitación, María de Jesús se permite llorar.

“Delante de ella yo no lloro. No quiero que me vea así. Siempre le digo que sea fuerte, le doy la mano cuando siente dolor, la abrazo, la beso, busco cómo se sienta cómoda a pesar de la enfermedad y ¿cómo le voy a dar fuerzas si me ve llorar?”, dice a manera de disculpa.

Cuando le diagnosticaron leucemia, Erika estaba en tercer grado de primaria. La operación, las transfusiones de sangre y las sesiones de quimioterapia afectaron su asistencia y rendimiento en la escuela. Pero cuando se recuperaba volvía a clases y regresaba con felicitaciones de la maestra.

Terminar el cuarto y quinto grado le tomó más de cuatro años y no logró terminar el sexto por culpa de las recaídas. En cambio, entró a un curso de costura, donde aprendió a elaborar bolsos de tela y si no fuera por los dolores que iniciaron este mes ya estuviera en clases de belleza.

“La calidad de vida que ha tenido Erika ha sido muy importante”, valora Violeta Marín, psicóloga del Hospital “La Mascota”, donde atienden a niños con cáncer.

Cuando Erika ha estado internada, su mamá ha pasado hasta 15 días sin volver a la casa, donde su esposo Héctor Nicaragua cuida de sus otros cinco hijos: dos varones y tres mujeres más. “Ella ha sido muy valiente”, dice el esposo. María de Jesús responde que el apoyo de él y de todos sus hijos es lo que le ha ayudado “a continuar”.

Un tiempo para celebrar. Los padres de Erika organizaron su fiesta de 15 años, aunque para entonces ella tomaba sesiones de quimioterapia. Una tía le obsequió una peluca para lucirla en la ocasión.

Un tiempo para celebrar. Los padres de Erika organizaron su fiesta de 15 años, aunque para entonces ella tomaba sesiones de quimioterapia. Una tía le obsequió una peluca para lucirla en la ocasión.

 

LA “MIMI” NORMA

Desde que se casó a los 16 años vive y trabaja para los suyos. Casi 50 años más tarde doña Norma González sigue a la cabeza de una familia de tres hijos, una docena de nietos, y una empresa pastelera muy conocida

Por Tammy Zoad Mendoza

Empieza a contar su historia como quien narra el resumen de una vieja película de drama y romance. A ratos serena y luego se deja arrebatar por los sentimientos. Norma González se enamora siendo una quinceañera y un año más tarde se casa. Nace el primer hijo y el matrimonio florece. Dos años más tarde se embaraza. Antes de que nazca su segundo hijo su esposo fallece repentinamente.

“En un instante se detuvo el mundo, fueron tantas cosas que perdí y me quitaron que no hubo tiempo para sufrir. Viuda, con un bebé de dos años y embarazada de otro, sin casa, sin trabajo. Sola”, recuerda doña Norma, quien ahora está acompañada de una docena de nietos, la cosecha de sus tres hijos varones.

Aprendió costura y reunió de peso en peso para montar su taller. En un humilde cuarto que alquilaba en Jinotepe atendía a los clientes mientras cuidada a su pequeño bebé que jugaba en un ring de madera. Pero el dinero de este oficio llegaba tarde, en varias ocasiones estuvo al borde del desalojo y apenas reunía el dinero para saldar la deuda y alimentar a sus hijos.

“Necesitaba hacer algo más y una señora me ofrece tomar un curso de repostería. Yo le hacía a todo trabajo honrado”, cuenta Norma desde una de las ocho pastelerías “Norma” que dirige ahora en la capital. De su horno ha salido el sustento para sus tres hijos, el respaldo para tres nuevas familias y el carácter de una mujer que salió adelante con trabajo, coraje y amor.

“En 1978 salí de Jinotepe porque se volvió peligroso. Me vine a Linda Vista y me enjarané con una casa. Fue una lucha. La gente como no me conocía no me compraba, salí por todas las pulperías de la zona con un canasto a ofrecer mis reposterías. Ahorré hasta comprar una camioneta chatarra para vender en las calles. Siempre con mis hijos al lado”, dice orgullosa.

Su segundo matrimonio duró 33 años, hasta que la muerte los separó hace una década. Nació su último hijo, quien completa el trío que fue su motor y su pilar. Cuando los dos mayores tenían entre 12 y 15 años, recuerda que madrugaban para hacer galletas y a las siete debían salir a la escuela. Ahora son profesionales, dos de ellos trabajan en el exterior. Estados Unidos fue su hogar por más de cinco años y en el 91 regresó a empezar nuevamente de cero.

“No he tenido tiempo para detenerme y revisar lo que hecho, pero si llegué hasta aquí es por mi trabajo y mi empeño. La constancia y el amor a la familia, es lo que quiero dejarles. Su abuela está aquí para ellos, aunque una esté cansada, cuando ellos vienen siento la fuerza para volver a empezar”, comenta mientras una hermosa niña rolliza y colochona entra en escena, bailando, sonriendo. Se cuelga de su pierna y besa a la abuela.

Norma González, líder de la familia. La mujer fuerte que solo sus nietos doblegan. Tiene una docena.

Madre precoz

A sus 16 años le tocó dejar el maquillaje, los tacones y las fiestas para dar de mamar, cambiar pañales y aprender a criar a un bebé. Así le llegó la maternidad a Indiana Guadalupe González

Por Dora Luz Romero

– Estás embarazada —le dijo su mamá. Y cerró el sobre.

Justo en ese momento sintió que su mundo se había detenido. Su mente quedó en blanco y no tuvo tiempo ni de reaccionar. Solo volteó a ver a su mamá y vio cómo las lágrimas caían sobre su cara. Salieron del laboratorio en silencio, subieron al taxi juntas y únicamente logró pronunciar cuatro palabras: “Mami, me voy a matar”.

Indiana Guadalupe González tenía 16 años cuando salió embarazada. El día que lo supo, un lunes de mayo de 2011, su vida tomó un rumbo diferente al que ella había planeado. El sueño de ser doctora, de viajar por el mundo, de andar de fiesta en fiesta, de comprarse ropa, zapatos, maquillaje, tuvo que esperar para abrir paso al bebé que ya venía en camino.

Ese día al llegar a su casa llamó a su novio, con quien tenía una relación de un par de años, para contarle lo que pasaba. “Estaba asustada y también con miedo de que me diera la espalda, a esa edad, algunos no se hacen cargo. Pero él no, habló con mi familia y dijo que se haría cargo de mí”, cuenta. Su mamá, a pesar del silencio y el llanto de aquel día la apoyó en todo y fue ella quien le suplicó no cometer una locura. Aún así Indiana pensaba en la posibilidad más que de matarse, de abortar. Eso hasta su primer ultrasonido. “Cuando escuché ese corazoncito latir dentro de mí, supe que no lo podía hacer, era una vida”, dice.

No había terminado la secundaria cuando salió embarazada y el colegio donde había estudiado desde la primaria la echó. Así que le tocó matricularse en una escuela de turno sabatino. Pero había algo peor que todo eso para ella, el qué dirán. “Eso fue lo más espantoso, que se diera cuenta todo el mundo. Yo no quería que nadie me viera. En ese momento no tuve amigas, llegaban a verme para hablar de mí”, recuerda.

Llegaron los achaques, la panza que parecía escondida se estiró y ella se fue de la casa de sus padres para vivir con su esposo. Pronto llegó la bebé, una niña que llamaron Alejandra Guadalupe.

Bastaron nueve meses para que la vida de González diera un giro. “Yo no me hacía dando de mamar, bañando a una niña, cambiando pañales, con costo y me cuidaba yo. No estaba preparada. En realidad ninguna chavala a mi edad está lista para ser mamá. De no ser por el apoyo de mi madre y mi esposo sería muy difícil”.

Mientras conversa, la pequeña llora. Estira los brazos para ser cargada por su madre. Continúa. “Me gustaba mucho ir a fiestas, a bailar, salir con mis amigos, maquillarme, comprarme camisas, zapatos. Era de las que podía levantarme a las dos de la tarde. Ahora no. Estoy a la disposición de mi hija, de su tiempo. Ya no pienso que cuando salga de mi carrera y tenga los reales me voy a ir alisar el pelo, comprarme ropa o irme de viaje, ahora pienso en hacer mi casa, darle mejores estudios a mi hija”.

Sus días son ajetreados, reconoce. En la semana cuida de su pequeña. La baña, la viste, le da de comer, la duerme, juega con ella. Los sábados se la cuida su hermana para que ella pueda terminar sus estudios en Bioanálisis Químico. “Termino agotada, a veces ya quiero que se duerma honestamente, pero en las mañanas cuando me regala una sonrisa, eso me da vida”.

Pero hay algo que sí le pesa —confiesa González—. Extraña vivir con su mamá, también aquel abdomen plano que un día tuvo y detesta esas estrías que todos los días, cuando se ve al espejo, le recuerdan que ya es madre.

“No es fácil ser madre joven, pero con el apoyo de mi mamá y mi esposo he podido seguir adelante”, asegura Indiana Guadalupe González. En la imagen junto a su hija Alejandra.

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