Siempre… Vírgenes

Reportaje - 08.02.2015
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No viven en conventos ni usan hábitos, pero prometen permanecer vírgenes hasta la muerte. Estas son las nicaragüenses que la Iglesia católica ha consagrado como “esposas” de Cristo

Por Anagilmara Vílchez Zeledón

“Estás loca”, “eso es un disparate”, “casate”, “tené hijos”… Así empieza la letanía. “Vas a desperdiciar tu vida”, “el tren te va a dejar”, “vas a morir sola”… Continúan.

Lucila Murillo, Rosa Argentina Luna, María Evelia Ruiz e Isabel Tercero, en momentos distintos y de personas diferentes, han escuchado esta retahíla.

Basta decir las palabras mágicas: Me consagré virgen. Para siempre.

Estas cuatro mujeres no son monjas. Son maestras, costureras, odontólogas, abogadas. Viven en los departamentos de Managua, Matagalpa y Granada. La más joven cumplirá 38 años. La mayor 66. ¿Qué tienen en común? Todas han decidido, en algún punto de sus vidas, tomar votos de virginidad perpetua ante el obispo de su Diócesis. En un rito público juraron ser fieles a Jesús.

Deben asistir diario a misa, orar a toda hora, ser austeras, generosas…

Ellas pertenecen al Ordo Virginum u Orden de las Vírgenes. “En la Iglesia antigua se hablaba del Orden de las Viudas y del Orden de las Vírgenes, ellas formaban un grupo estable dentro de la Iglesia, eran mujeres que consagraban su virginidad al Señor. En ese tiempo todavía no existía la vida religiosa”, asevera monseñor Miguel Mántica, vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Managua.

Este tipo de vida cayó en desuso con la aparición de las congregaciones. Fue hasta el Siglo XX que se recuperó gracias al Concilio Vaticano Segundo. Hoy, muy pocos saben que existe.

La Iglesia católica no posee un registro de cuántas nicaragüenses se han consagrado vírgenes. Los sacerdotes a cuentagotas mencionan a una, dos, tres máximo. Magazine encontró a cuatro dispersas en distintos departamentos en el país.

Hace 10 años Rosa Argentina Luna fue consagrada virgen. Aquí una foto del rito público.

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“Quiero alabar a Dios, de corazón”, repite frente a los feligreses. La voz de Lucila Murillo se disipa entre el chillido de los abanicos y el paso de los caballos que arrastran coches atiborrados de turistas por las calles de Granada.

Son las 5:15 de la tarde de un miércoles de enero.

Los alumnos de la escuela Naciones Unidas, donde Lucila enseña, están de vacaciones por eso en esos días ella ayuda con la liturgia en la iglesia Xalteva, la misma parroquia donde hace siete años se consagró virgen.

Todo empezó cuando aún era niña. Aprendió a leer con la Biblia. La ojeaba. La leía una y otra vez como si de un cuento se tratara. El Génesis y el Éxodo, eran sus pasajes favoritos.

Se aprendió el catecismo en tiempo récord. A los 10 años recibió la Primera Comunión. A los 12 ya daba catequesis a otros niños. Sentía una inquietud, un deseo. No era como las demás niñas, asegura. Ella soñaba con “recibir a Jesús Sacramentado”.

Durante un tiempo pensó en ser monja. Siendo ya adolescente le confesó a sus padres sus intenciones. Para ellos eso era una locura. Un disparate. Ninguno la apoyó. “No, mejor casate que esa es la vida de toda mujer: El casamiento. Tené tus hijos. Para eso vienen al mundo”, le dijo su papá.

Que debía conocer a muchachos, que en los colegios católicos en los que estudió “le metieron ideas”, que si culminaba una carrera se le iba olvidar “eso de ser monja”.

Pasaron cinco años y su inquietud era la misma. Se graduó en Pedagogía. Viajó a Managua. Sacó una maestría. Conoció a muchachos. No se enamoró de ninguno.

“Nunca tuve novio”, cuenta. “Tuve compañeras de estudio que me decían ‘Lucila aunque no te entre el amor, vos intentalo. Besalo’, me instaban”. Nunca las escuchó, no era lo que quería, dice.

Insistía en convertirse en religiosa pero cada vez que iba a entrar a una congregación algo sucedía. Sus papás se divorciaron. Luego enfermaron. Había dificultades económicas… En fin, un sinnúmero de dificultades que la convencieron de que su lugar no era dentro de un convento. De cualquier forma sentía que no encajaba en el molde: caminar igual a las demás, verse todas de la misma forma. Quería ser original. Quería ser ella misma.

Un día escudriñando un libro sobre los tipos de vida consagrada halló el Orden de las Vírgenes. Finalmente le dijo a su sacerdote: “Ya encontré mi vocación y esta es en la que yo encajo. (Las vírgenes) son totalmente del Señor, sin pertenecer al mundo”.

“No hay ningún problema en que una mujer no tenga relaciones (sexuales), no es que se va a poner loca, que le van a salir tumores, que se pone neurótica, que se engorda. Una mujer que no tenga vida sexual activa no significa que va a ser menos mujer que una que sí”.

Edwin Mendieta. Ginecólogo y obstetricia.

“Cada una es responsable, aunque no tenga una superiora, Dios me está viendo”, asegura Lucila Murillo, virgen consagrada.

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Santa Catalina de Siena (1347-1380) se cortó el pelo, se encerró y decidió usar un velo sobre el rostro cuando sus padres quisieron casarla. Santa Rosa de Lima (1586-1617) rechazó al joven que la pretendía porque “se había propuesto que su amor sería totalmente para Dios”. En el año 304, Santa Inés fue decapitada por consagrarse virgen. Tenía 13 años.

La Iglesia católica cita estos y otros casos al referirse a la antigüedad de este estilo de vida en la que las mujeres, desde las primeras comunidades cristianas, se abstienen de tener relaciones sexuales para reconocerse como esposas de Jesucristo.

“Las vírgenes son anteriores a la vida religiosa, antes que existieran monjas, existían vírgenes”, asegura el vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Managua, monseñor Miguel Mántica.

Este forma de consagración, según él, fue desapareciendo con el surgimiento de las órdenes religiosas que llamaban a una vida reglamentada dentro de los monasterios.

En “los años 60 vuelve a retomarse esta antigua práctica de la Iglesia que había caído en desuso”, dice. Lo hacen a través del Concilio Vaticano Segundo que la desempolva y publica en 1970 el Ritual de la Consagración de Vírgenes.

En la Antigua Roma, en cambio, las vírgenes vestales o sacerdotisas de la diosa Vesta, siendo niñas, por su belleza y perfección, eran escogidas para servir en el santuario de la deidad por 30 años. Tenían el poder de salvar de la muerte a un condenado. Eran símbolo de la unidad familiar e incluso de Roma.

“Esta tradición de la salvación de la ciudad gracias a las vírgenes consagradas quedará viva en Roma durante los primeros siglos cristianos y revela un fondo común a todas las civilización según el cual, la virginidad femenina presenta un carácter sagrado”, señala Janine Hourcade, en su libro Una vocación femenina recuperada. El Orden de las vírgenes Consagradas.

En su obra, la autora también explica cómo fue cambiando el significado de la virginidad dentro de la Biblia misma. “El título de virgen, ciertamente, tiene con frecuencia una connotación peyorativa en el Antiguo Testamento”, señala. La esterilidad de una mujer era “vergonzosa”.

Sin embargo, para contraer matrimonio las novias debían ser vírgenes. No tener virginidad significaba menos valor e incluso deshonor.

“Con la vida me he dado cuenta que al final lo único que te queda y lo más seguro que tenés es Dios. Con el Señor me basta más que con mil hijos”.

Rosa Argentina Luna. Virgen consagrada.

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Ser castas es el primer requisito. No el único. Tener la vocación para serlo, gozar de equilibrio emocional, madurez espiritual y psicológica para tomar una decisión perpetua, poseer independencia económica y capacidad para vivir en soledad y oración… Son otras de las condiciones que debe cumplir toda mujer que desee consagrarse virgen. No hay límites de edad estipulados.

Isabel Tercero, por ejemplo, de niña no sentía ningún interés en asuntos religiosos. No rezaba. Era católica “por tradición”. Desde los 17 años empezó a trabajar como maestra, después estudió una maestría en Administración Escolar, se graduó en Derecho en la Universidad Centroamericana (UCA). Fue hasta los 28 años, cuando entró a los Catecúmenos, que encontró a Dios.

“Mi vida sin Jesucristo era una vida vacía, vivía como por vivir. No tenía mayor ilusión, no tenía mayor felicidad, mayor conflicto”, dice hoy casi cuatro décadas después.

Isabel Tercero es precisa al hablar. Va a cumplir 66 años en octubre. Sus canas la delatan. Parecen cientos de alfiles de plata enhiestos sobre su cabeza. Hace 14 años fue consagrada virgen en Managua. El rito fue presidido por monseñor Jorge Solórzano, para entonces obispo auxiliar de la Diócesis de Managua. Ella tenía ya más de 20 años de andar en misión itinerante por todo el país. Lo dejó todo, carrera, trabajo, familia y se dispuso a evangelizar.

Antes de abandonar su vida salía, iba a fiestas, tenía amigos. ¿Novios? le pregunto. “No”, asevera. “Había una cosa dentro de mí que esperaba algo que la impactara. Nunca sentí (hacia un hombre) un enamoramiento total”, cuenta. Tampoco se sintió llamada al matrimonio y a la vida religiosa. “No siento que ese era mi camino”, asegura.

La virginidad fue una elección. “Una elección de Dios”, aclara. Ella está convencida de que se trata de un carisma, de un don gratuito a través del cual experimenta “paz, mucha libertad”.

En su caso, el proceso de consagración, una vez se enteró de este estilo de vida, fue relativamente rápido. Luego de un par de entrevistas con el entonces arzobispo de Managua, cardenal Miguel Obando y Bravo, se llevó a cabo el rito público en el que la virgen pronuncia sus votos ante el obispo de su Diócesis. Son “desposorios místicos con Jesucristo”. A partir de ese momento las vírgenes se ofrecen al servicio de la Iglesia.

Con la entrega de las “insignias que simbolizan su nuevo estado de consagradas”, termina la ceremonia. Se les da, en algunos casos, un velo, un anillo que llevarán en el dedo anular (donde se coloca el de matrimonio) y el Libro de la oración de la Iglesia o liturgia de las horas que deberán leer en distintos momentos del día durante todo el año. Antes de tomar los votos de una candidata la Iglesia católica recoge sobre ella, testimonios de personas que den fe de su “castidad y pureza”. Es como hurgar su “currículum” en los caminos de la fe.

“Yo ya entiendo mucho de una persona por el modo de caminar, por el modo de reírse, por el modo de hablar, por su fama ante las personas, por lo que da a conocer de sí misma, en fin, por toda su historia ante la gente”, explica monseñor Mántica, vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Managua.

Esto complementa la declaración de virginidad que hace la candidata. Monseñor Mántica aclara que no se realizan inspecciones médicas, ni ningún tipo de examen para probarlo. Tampoco hay presiones psicológicas. Se basan en su palabra. Punto. O en lo que llama fuero interno, que según la Real Academia de la Lengua Española no es más que la “libertad de la conciencia para aprobar las buenas obras y reprobar las malas”.

“Si ella en su fuero interno engaña, Dios la va a juzgar”, dice. ¿Cabe el engaño entonces?, le pregunto. “Sí cabe el engaño y sería un grave pecado, pecado mortal porque sería un perjurio”, subraya.

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El proceso previo a la consagración tarda según cada caso. María Evelia Ruiz Mora antes tuvo que prepararse entre cinco o seis años a pesar de sentirse “llamada” a servir a Dios desde que tenía 14 años.

Lleva una camisa de chifón rosa y una falda gris bajo la rodilla. Su piel desnuda. Sin una gota de maquillaje.

Al encontrarnos con ella aclara que para brindarle a Magazine esta entrevista pidió permiso al obispo de la Diócesis de Matagalpa, monseñor Rolando Álvarez. Fue él quien presidió su consagración el 15 de agosto del 2014.

Esta matagalpina habla bajo. Casi en susurros. Es odontóloga de profesión y tiene una clínica en su ciudad natal. Va a cumplir 38 años.

Supo del Orden de Vírgenes cuando estudiaba Teología en una universidad de Estelí. “Es allí en mis clases que yo me doy cuenta de este tipo de vida y entonces yo inicié a investigar más sobre esto y también lo comentaba yo con muchos sacerdotes que me guiaron”, cuenta María Evelia. Su búsqueda la llevó a internet, a textos que le prestaban. Devoraba cuanta literatura pudiese encontrar sobre el tema.

Estaba segura de que era lo que quería. Había tenido noviazgos serios. De tres y cinco años, “pero me di cuenta que no llenaban mi vida, a como me la llenó el Señor aquella vez en la que tuve mi encuentro personal, nadie la llenaba y esa felicidad que yo experimenté allí nadie me la daba”, afirma.

El encuentro del que habla se dio en un retiro espiritual en el que participó cuando tenía 14 años. Era estudiante de secundaria en el Colegio San José de Matagalpa, para entonces.

“El Señor en ese retiro espiritual tocó mi corazón, lo sentí y a eso es a lo que llamo un encuentro personal con el Señor. Llenó mi vida, me sentí amada, amada como nunca me había sentido”, dice sonriendo.

Desde ese instante empezó a buscarlo. Entró a pastorales juveniles. Buscó discernir si lo que necesitaba estaba dentro de un convento. No lo encontró. Sirvió en su parroquia… Hasta el día en que se fue a León a estudiar.

“Es una alegría falsa la del mundo. Antes del Señor, no había descubierto el sentido de mi vida. No había brillo en ella. Era insípida. Yo le llamo los años oscuros”.

Isabel Tercero. Virgen consagrada

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Alas cinco de la mañana Rosa Argentina Luna usualmente empieza su rutina. Ora y después va a misa. Es una mujer de piel tostada. Risueña.

En abril cumplirá 50 años. Es originaria de Ciudad Darío, Matagalpa. Allí, a la par de la casa que era de sus papás, se compró un solar y construyó su casa. Vive sola.

Teje, cose y vende ropa para ganar dinero. Ella, a diferencia de las otras vírgenes que Magazine encontró, sí soñaba con ser monja. “Desde pequeñita”, puntualiza.

Rosa Argentina es una de las cuatro niñas que tuvo Pastora Gómez Martínez. “¿Querés ser monjita?”, les preguntaba Gómez Martínez a sus hijas.

“Siempre dije, yo voy a ser religiosa. Era como mi sueño, mi ideal, sobre todo era eso lo que yo deseaba. Lo sentía con mucha seriedad”, recuerda.

Cuando ya era una muchacha, impulsada por ese mismo deseo, entró al Monasterio de las Hermanas Clarisas, en Ciudad Darío. Allí estuvo en claustro durante más de tres años. Físicamente estaba separada del mundo en una rutina de oración permanente.

“A la hora que me tocaba hacer ya los votos no pasé, hay requisitos. Estaba mal de salud”, lamenta.

Era una veinteañera. Dentro del convento sufría de mareos, náuseas, dolores de cabeza, cansancio… Cuando no la aceptaron se sintió frustrada. “Partida”, dice.

En los años ochenta toda su familia emigró a los Estados Unidos por la guerra en Nicaragua.

Ya en tiempos de paz regresó al país.

Cuando volvió a Ciudad Darío, retornó al monasterio de las Clarisas. Empezó desde cero. Pasó otros tres años en clausura hasta el momento en el que la historia se repitió.

“Llegué a las puertas de la consagración y no me aceptaron por problemas de salud”, asevera.

Un día después de misa, no recuerda exactamente la fecha, Isabel Tercero se le acercó y le habló del Orden de Vírgenes.

Un 15 de septiembre de 2005, Rosa Argentina se consagró.

Lo más duro de consagrarse es “estar sola”, asegura Lucila Murillo. Extraña “compartir con las personas que son como yo”, dice. A diferencia de las monjas que viven juntas en oración y protegidas por las paredes de los monasterios que las cubren cual cascarón, las vírgenes, están dispersas por toda Nicaragua sin un hilo que las una o las reúna cuando atraviesan crisis espirituales.

A excepción de Rosa Argentina Luna e Isabel Tercero, que se encuentran en Ciudad Darío cada fin de semana para evangelizar a familias de barrios pobres a los que llevan regalos o provisiones, las nicaragüenses que se han consagrado vírgenes no se relacionan entre sí.

A eso se le suma la ausencia de los guías espirituales, es decir, sacerdotes que las orientan y con quienes conversan cada cierto tiempo. Solo María Evelia tiene uno con el que se encuentra al menos una vez al mes. “Lo que tenemos es un confesor”, asegura Isabel Tercero. “Se pasa mucha soledad”, lamenta.

“Sí sé (qué es tener novio) —subraya María Evelia Ruiz— “y esto es un llamado de Dios, definitivamente, no es porque yo sufrí una decepción, porque me dejaron, no, no, no, mis novios yo creo que me quisieron mucho, igual respetaron cada uno de mis pensamientos, de mis ideas. Es una llamada de Dios y yo di una respuesta”, asegura.

Que es bonita, que por qué no se enamora, que eso de permanecer virgen es una locura, un disparate. Lucila Murillo más de una vez ha escuchado esa letanía. Aunque la vocación que eligió es un camino sin salida, pues no se contemplan dispensas para aquellas mujeres que duden o se arrepientan, ella no vacila. Sabía que su voto era perpetuo.

Para ella “Cristo es el mejor esposo, aunque el mundo no lo conciba así, porque para el mundo es una locura, una utopía, por la efervescencia de la juventud que está muy erotizada y piensa en el sexo, en lo material, en el poder, en satisfacer su egoísmo personal”.

A Rosa Argentina le dijeron que moriría sola. Que por qué no tuvo hijos. Por qué no se casó. Que se iba a quedar “niña vieja”. Al principio se molestaba. Eran “necedades de la gente”, dice.

“Con la vida me he dado cuenta que al final lo único que te queda y lo más seguro que tenés es Dios. Con el Señor me basta más que con mil hijos. Dios no nos desampara. El Señor te llena, esa es una garantía”, concluye.

La virgen consagrada no es una religiosa, estas últimas profesan tres votos: castidad, pobreza y obediencia. Además viven en comunidad. Las regulaciones del Orden de las Vírgenes se contemplan en el canon 604 del Código de Derecho Canónico.

“No me arrepiento, pienso que es la mejor decisión que he tomado en mi vida. Lo mejor es seguir al Señor, servirle a Él, hay cruz pero esa cruz nos lleva a la redención”.

María Evelia Ruiz. Virgen consagrada

¿Cuándo una mujer es virgen?

Para el ginecólogo y obstetricia, doctor Edwin Mendieta, desde el punto de vista médico “se considera virgen una mujer, siempre y cuando no haya tenido vida sexual activa con penetración vaginal, cualquier otro criterio para determinar la virginidad no es válido en términos médicos”.

El himen, según él, a diferencia de lo que popularmente se cree, no es determinante para comprobar si una mujer ha tenido relaciones sexuales. Hay hímenes que se rompen solo con cirugía, otros que lo hacen fácilmente con un accidente u golpe y están aquellos, llamados “complacientes” que permiten la penetración o la masturbación sin rasgarse.

La Real Academia Española de la Lengua, define virgen como una “persona que no ha tenido relaciones sexuales” o bien una “persona que, conservando su castidad, la ha consagrado a una divinidad”, por citar algunas de las definiciones. Para la Iglesia católica, por su parte, la virginidad, supone dos aspectos: el espiritual y el físico.

“La virginidad no es sino el propósito de mantenerse perpetuamente en castidad de aquel quien se abstiene de los placeres sexuales”, señala la Enciclopedia Católica Online. “Es una virtud”, se lee en portal.

“La virginidad no es ignorancia, es pureza”, explica también el sitio web http://es.catholic.net.

Para monseñor Miguel Mántica, vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Managua, “de nada sirve que yo mantenga solo la virginidad física si no le he entregado mi alma a Jesús”. De ahí que ambos aspectos (espiritual y físico) no deben separarse.

Según él la virginidad supone una renuncia a otros aspectos del mundo para situar en primer plano a Jesús.

Monseñor Jorge Solórzano, obispo de la Diócesis de Granada, por su parte, señala que esta “virtud” “simboliza la entrega total de Cristo” y a su vez la “entrega total a Cristo”.

De las primeras vírgenes nicas

Elena Arellano Chamorro, nacida en Granada en 1836, es una de las primeras mujeres vírgenes en Nicaragua de las que se tiene información. “Era rica y agraciada”, señala Carlos Cuadra Pasos en un número del cincuentenario de la Revista Conservadora. “Vivía como pobre, vestía humildemente, procedía con suma sencillez, no adornaba con galas y alhajas, su juventud”, continúa el autor. Arellano Chamorro murió el 11 de octubre de 1911.

“Fue como estar en el cielo. Yo sentí que mi alma se unió a la de Él”, asegura María Evelia Ruiz, al hablar del día en que se consagró virgen. Uno de los servicios que ella presta a la Iglesia es llevar la comunión a los enfermos.

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