Suad Leija, la hija del traficante

Reportaje - 13.11.2011
Suad Kelly Leija Reyes

Una red de traficantes. Una historia de amor. Una agente encubierto y una hija que entrega a su propio padre. La Nicaragüense Suad Leija parece estar viviendo su propia película de drama y romance.

Por Dora Luz Romero

Diciembre. 1996. Chicago, Estados Unidos. -¡Manuel Leija! FBI, salga con las manos arriba— se escuchaban los gritos. De pronto la puerta de la casa se vino abajo y unos quince agentes del FBI entraron intempestivamente. Iban armados, llevaban cascos y chalecos antibalas. Suad Leija Reyes estaba en el comedor. Bebía leche y terminaba de alistarse para ir al colegio. Estaba asustada, tanto que derramó la leche y las manos no le dejaban de temblar.

—¿Dónde está Manuel? —gritaban los agentes en inglés.

Ella, quieta, no tuvo más remedio que esperar a ver qué pasaba. En la casa estaban su mamá y su hermanita menor. Inmediatamente las separaron y comenzaron a preguntarles dónde estaba Manuel Leija. “Mi papá ya nos había dicho: ‘si te preguntan ¿quién soy yo y qué hago? vas a decir que soy tu papá y soy un hombre de negocios’ Hasta mi hermanita de tres años sabía qué iba a decir” recuerda. Así fue. Tal y como se lo había dicho su papá, eso fue lo que ella contestó. Ni una palabra más. Las llevaron a las oficinas del FBI donde continuaron el interrogatorio, pero no lograron sacarles una sola palabra de información y finalmente las dejaron ir. “Fue horrible, pensé que nos iban a separar” dice. Cuando volvieron a casa aquello era un desastre. “Todo estaba desbaratado, los muebles tirados, papeles por todas partes, habían buscado todo lo que habían podido en la casa, estaba hecho un desorden, estaban espantadas, no sabíamos qué hacer” asegura un tanto angustiada. Ese día, con paso ligero, su mamá hizo las maletas y en la madrugada afuera de la casa les esperaban tres vehículos. Idénticos todos. Las tres se subieron a uno y salieron, cada uno de los carros por su lado. Viajaron por varias horas hasta llegar a Monterrey donde las esperaba su papá, Manuel Leija y eso significó la seguridad para ellas. Lo que sucedió esa vez marcó la vida de Suad Leija. Ese día ella supo a qué se dedicaba su familia. Supo que no eran una familia normal, como ella siempre lo había creído. Su papá era un mafioso, buscado por el Gobierno estadounidense, que se dedicaba a la falsificación de documentos ilegales en Estados Unidos. No se habló más del tema. Aunque Suad sabía que lo que su papá hacía era in-correcto, lo justificaba. “Lo tomamos como que mi papá estaba ayudando gente porque la mayoría de los que compraban documentos eran inmigrantes, que necesitaban verse legales para poder trabajar y enviar dinero a sus familiares en sus países”, comenta. Diez años más tarde esa niña sería quien entregara a su propio padre.

FOTO/ARCHIVO/LA PRENSA/MAGAZINE
Pronto espera llevar a cabo su proyecto de lanzar una línea de ropa hecha en Nicaragua. Además del diseño de vestuario para mujeres, le gusta pintar.

***

En junio de 2006 Suad se encontraba frente a las cámaras de CNN contando de qué se trataba el negocio de su familia. “Los documentos que ellos venden son tan buenos como los que anda en su bolsillo. No podrá notar la diferencia” dijo.

¿Qué había pasado? ¿Delatar a su propia familia? Esa historia había comenzado años antes y aunque suene raro empezó como una historia de amor.

A los 14 años, Suad tuvo que volver a Nicaragua. Su madre la trajo de regreso porque su papá, Manuel, la había empezado a ver como una mujer y no como su hija. Una vez en Nicaragua continuó sus estudios de secundaria y pronto con la llegada de la universidad iniciaron las salidas a los bares, discotecas, restaurantes.

Una noche, cuando Suad tenía 19 años, salió junto a su prima a un bar capitalino. En la mesa del lado estaba un hombre que llamó su atención. Delgado, de cabello cano, de ojos claros y elocuente al hablar. “Siempre me han atraído los hombres mayores, no sé porqué” reconoce con una sonrisa tímida. Bastaron las miradas y una que otra palabra para que Suad comenzara a salir con él. Era un hombre mucho mayor que ella, quizás unos treinta años, pero que según cuenta, sentía que la complementaba. “Me enamoré” reconoce con el gesto de una adolescente.

Las salidas fueron cada vez más frecuentes. Conversaban. Reían. Se divertían. Y en menos de lo esperado decidieron irse a vivir juntos. “Nadie estaba de acuerdo, pero yo ya era mayor de edad, ya no podían hacer mucho” asegura. Lo que Suad no sabía es que ese encuentro en el bar capitalino no había sido casual y que ese amor sería la condena de su familia.

El hombre que estaba frente a ella era un agente encubierto y la había comenzado a enamorar solo para lograr entrar a la base de datos de su padre. El era supuestamente un NOC (Non Official Cover) y Suad no era más que su objetivo. “Lazarus” como era llamado andaba en busca de terroristas y poder entrar ala familia de Suad, a la base de datos de personas que solicitan documentos falsos, era la gloria. “Yo no estaba interesado en los inmigrantes” ha dicho en varias ocasiones este hombre del que Suad ha pedido no mencionar su nombre. Ese hombre, a quien Suad considera su gran amor, fue quien la llevó a declarar frente a las cámaras en contra de su propia familia.

***

Suad Daniela Leija Reyes tiene 27 años. Nació en Managua el 26 de abril de 1984. Los recuerdos de su niñez son muy vagos y en su memoria lo único que hay son destellos de su viaje a Estados Unidos cuando era una niña. Lo que sí recuerda con claridad es que desde muy pequeña la ponían a contar dinero. “Era una mesa cuadrada para cuatro personas y yo estaba en una de las sillas contando dinero. Era mucho. Con billetes de 20 dólares tenía que ponerlos en ristras” recuerda. Pero lo más alegre venía después. “Me pagaban 50 dólares” recuerda. Manuel Leija no es su padre biológico, sin embargo fue quien la crió desde niña. Para ella no fue un padrastro. “Él siempre fue un padre para mí” dice.

El ambiente en su casa era muy normal. Al menos así lo veía ella. Iba y venía en el bus del colegio, en su casa, al igual que la mayoría de hogares hispanos, se hablaba a ratos español y otros en inglés. “Siento que tenía una vida muy normal, mi papá se levantaba desde temprano y se iba a trabajar y volvía a las seis o siete. A veces venía a almorzar o no. Todo normal” comenta. Pero la tranquilidad aparente que vivían se vino abajo el día que el FBI allanó su casa. Suad tenía 11 años y le tocó irse junto a su familia a México, donde empezó una nueva vida. “Lo que estudiás en México no es igual a lo que estudiás en Estados Unidos. Tuve que aprender a hablar bien español, no son las mismas clases, así que de sexto grado me regresaron a cuarto. Fue horrible” recuerda.

Nunca más volvió a Estados Unidos, al menos no a vivir. Cuando lo hizo fue únicamente de paseo.

La precariedad con la que vivieron un tiempo en Estados Unidos no volvió más. Estando en México todo comenzó a salir. Aparecieron los carros del año, las joyas, las idas a los centros comerciales, las casas cargadas de lujo. “Era alegre” reconoce. Caminar por los centros comerciales y visitar tienda por tienda. Eran bolsas tras bolsas cargadas de ropa, zapatos, blusas, vestidos las que ella y su hermanita menor compraban.

Suad Kelly aceptó hablar con Magazine bajo la condición de no mencionar los nombres de su esposo, su madre y su hermana menor

***

Manuel Leija estaba tras las rejas en la ciudad de Chicago. Era el año 2005 y mientras Suad y “Lazarus” vivían su historia de amor, su padre y sus tíos habían continuado con el negocio del tráfico de documentos falsos. Suad y su esposo estaban de visita en México para entonces y los familiares de Manuel Leija le pidieron ayuda para sacarlo de prisión. Esa vez Suad tuvo que confesarle a su esposo el negocio sucio de la familia y “Lazarus” le tocó mostrar su verdadera identidad. “Tenía temor de que dijera que mi familia era de lo peor, que nos tuviéramos que separar, divorciarnos” afirma. “Pero él me dijo que él me amaba” recuerda esta mujer cuya más grande preocupación era su matrimonio.

“Lazarus” y el Gobierno estadounidense tenían su plan orquestado. O al menos eso pensaron. Negociarían con Manuel. Su libertad a cambio de permitirles entrar a la base de datos de sus clientes para así buscar posibles terroristas. Pero nada ocurrió como lo planearon. Manuel era terco y prefirió pasar unos cuantos meses en prisión.

Para entonces Suad ya había decidido colaborar con el Gobierno de Estados Unidos y con su esposo. Su decisión estaba tomada. “Él me, dijo que a mi familia no le iba a pasar nada, toda la familia iba a seguir con el negocio. Lo que él necesitaba era entrara los archivos, computadoras, la base de datos. Era saber qué tipo de gente solicita los documentos. La mayoría, decía él, siempre iban a ser inmigrantes que necesitan buscar trabajo para mantener a sus familias en otros países, pero también había un tres por ciento que quería dañar su país, que probablemente eran terroristas” relata.

Suad comenzó a identificar con la Oficina de Inmigración y Aduana (ICE) a los involucrados en la banda. Identificó a sus tíos, a los escoltas, algunos trabajadores y a su propio padre. “Siento que hice lo correcto, pero habría querido el plan del inicio, que a ellos (su familia) no les hubiera pasado nada” reconoce. Sin embargo, “yo sé que mi padrastro y su familia eran una amenaza terrorista y de seguridad nacional y así como no ayudaría a traficantes de drogas a venderla a los niños no podría dejar que mi familia continuara siendo una amenaza ala seguridad nacional”.

En el 2006 Suad fue al Congreso de los Estados Unidos a contar la historia de los traficantes de documentos en ese país. Ese mismo día por la tarde dio una entrevista a CNN yen menos de una semana el socio de su papá, Pedro Castorena, estaba en prisión. Su decisión le costó lágrimas. Perdió a su familia entera. “Perdí una familia mexicana, pero gané una americana” dice al referirse a su esposo. Poco a poco, uno a uno de los traficantes fueron cayendo. Su padre, sus tíos, todos terminaron en prisión y la mayoría de ellos extraditados a Estados Unidos, a excepción de su tío Pedro Leija, quien se encuentra en prisión en México.

***

Es delgada y bajita. Lleva el cabello negro peinado al estilo de Marilyn Monroe. Tiene las cejas espesas y un par de ojos que atrapan. Es exótica. Desde su hablar pausado y susurrante, hasta su forma de vestir. Luce sofisticada, como una mujer salida de una película de los años sesenta. Su historia al igual que la de toda su familia ha sido noticia en los diarios internacionales, revistas como Emeequis, Newsweek, entre muchas otras. Incluso, comenta, que hay canales de televisión que quieren hacer una serie sobre su vida.

“He tenido una vida turbulenta” dice. “Pero también de mucha acción” agrega mientras ríe.

Este capítulo, está segura, marcó su vida para siempre. Desde su confesión, vista como una traición para sus familiares, la relación entre su familia y ella nunca volvió a ser la misma. “Perdí la unión familiar. Cuando pasó todo esto no había comunicación, estaba dañando a toda la familia. Desde hace dos años que tengo comunicación con mi mamá y mi hermana” dice la voz entristecida. Pero no se arrepiente. “Yo lo hice por amor, lo hice por el país de mi esposo” asegura.

Ahora Suad dedica sus días a ser ama de casa y desarrolla varios proyectos que tiene en mente. Le gusta pintar y también diseñar ropa. “Quiero sacar una línea de ropa para mujeres hecha aquí en Nicaragua” cuenta. Pero su gran sueño confiesa entre risas sería convertirse en “una pintora famosa”.

Sus días los pasa junto a su esposo, con quien vive en la capital, y de vez en cuando se comunica con su mamá y hermana. “Yo hice esto por la patria de mi esposo, si le preguntas a él si haría lo mismo por Nicaragua te dice que sí” asegura convencida.

La novela de la vida de Suad no tiene un final aún. Ella es testigo federal y solo espera ser llamada por el Gobierno de los Estados Unidos para dar su testimonio. No quiere que ese día llegue, confiesa. “Cuando pienso en eso me da miedo, no sé qué esperar” reconoce. Esa será la primera vez que se vea frente a frente con su padre y sus tíos después de haberlos entregado a la justicia.

FOTO/ARCHIVO/LA PRENSA/MAGAZINE
Suad espera el juicio de su padre manuel Leija, donde será llamada como principal testigo.

Armas de papel

Suad Kelly ya tiene listo el borrador de lo que será su libro. Lo ha llamado Paper Weapons (Armas de Papel) y planea finalizarlo este año. El libro es la historia de la vida de Suad y cómo logró desarticular el negocio de su propia familia, la organización más grande de falsificadores de documentos en Estados Unidos. Pero también, insiste Suad, “es una historia de amor”

Sección
Reportaje