Sueños atómicos

Reportaje - 28.06.2009
Glen Hodgson buscó con la OIEA uranio en territorio nicaragüense.

En los años 50 se buscó uranio en Las Segovias sin ningún éxito, pero en la euforia nuclear estuvimos dispuestos hasta armar nuestro propio reactor atómico

Luis E. Duarte

Siendo presidente estadounidense Dwight Eisenhower, muchos científicos viajaron por todo el continente con la promesa de compartir el adelanto científico más importante del momento, también tenía un buen uso la ciencia que hacía temblar al mundo.

Los Estados Unidos era la primera y única potencia en usar bombas atómicas en la guerra que inició la euforia armamentista mundial en 1945, pero ya en 1949 los soviéticos tuvieron su primera prueba exitosa y tres años después Gran Bretaña. La bomba era sinónimo del Armagedón y sus posibilidades parecían ficción, pero la idea de tener una fuente permanente de energía, curar enfermedades terminales y acabar con plagas agrícolas, era una promesa tentadora.

Estados Unidos quería asegurar recursos y sus pequeños aliados también contaban para mantener su influencia mundial y sostener su ideología en la Guerra Fría.

Los primeros expertos de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, que a partir de 1974 se convirtió en la Comisión Regulatoria Nuclear, llegaron a Nicaragua en 1953 a buscar uranio pero no encontraron nada.

Sin embargo, en junio de 1957 el embajador de Nicaragua en Washington, Guillermo Sevilla Sacasa, firmó el primer acuerdo de cooperación nuclear para uso civil con la tierra de Eisenhower. Así establecían las bases para el diseño, construcción y funcionamiento de reactores para la investigación, fomento, ingeniería y terapéutica, también se hablaba de un reactor para producir neutrones y otras radiaciones de uso meramente científico.

De la misma manera la Comisión entregaría al Gobierno uranio enriquecido en el isótopo U 235, empleado hasta la fecha como combustible nuclear.

“La cantidad de uranio enriquecido en el isótopo U-235 que la Comisión traspase en custodia del Gobierno de Nicaragua, en ningún momento será mayor de seis kilogramos, más la cantidad adicional que en opinión de la Comisión, sea necesaria para permitir el funcionamiento eficaz y continuo del reactor o los reactores mientras se atenúa en la República de Nicaragua la radiactividad de los elementos combustibles reemplazados, o mientras los elementos combustibles se hallen en tránsito, siendo el propósito de la Comisión facilitar el máximo aprovechamiento de los seis kilogramos de dicho material”, dicta el acuerdo.

El material radioactivo adicional no podría exceder en ningún momento a más de 100 gramos de contenido de U 235, 10 gramos de plutonio y 10 gramos de U 233.

“Las Partes esperan y confían en que este Convenio inicial de Cooperación se extenderá a la consideración adicional que incluya el diseño, la construcción y el funcionamiento de reactores para la producción de energía”, revela el documento oficial.

Nicaragua se comprometía a guardar la confidencialidad en los puntos que estableciera su contraparte. En enero del siguiente año, el convenio fue firmado por el presidente Luis Somoza, después de ratificarlo el parlamento meses antes.

La Embajada de Estados Unidos programó una conferencia de prensa en sus instalaciones con tres de sus científicos patrocinados por Átomos por la Paz, según el Diario La Prensa del 10 de agosto de 1957.

Presidía la conferencia John K. Rouleau, jefe de la sección iberoamericana del recién creado Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de la Organización de Naciones Unidas (ONU), los otros eran el doctor en Genética de Harvard, Harold H. Schmidt y el doctor en Medicina de la Universidad de Minnesota y de Filosofía por la Universidad de California, James S. Robertson.

Rouleau habló de la posibilidad de acabar con plagas del campo hasta entonces imparables y curar pacientes con enfermedades mortales. Reiteró que Eisenhower había puesto la energía atómica a disposición de Latinoamérica y en Nicaragua estaban pensando construir un reactor.

Aunque faltaba un intercambio de cartas diplomáticas, las negociaciones podrían conducir a establecer una central de energía nuclear, aunque con un reactor menos potente que el enviado en ese tiempo a Brasil.

Sin embargo, la energía podía ser costosa y complicada para los nicaragüenses y cada país debería analizar sus necesidades y posibilidades con la nueva tecnología.

Por su parte Schmidt explicó que en la agricultura podrían eliminar los tórsalos del ganado por medio de la esterilización de los huevos de mosca a través de bombardeos radioactivos, como se había hecho con éxito en Curacao.

Robertson mencionó que el tratamiento de tumores cancerosos se podría mejorar inyectando al fluido sanguíneo partículas que luego eran atacadas con radiaciones, hoy conocido como medicina nuclear.

Cinco días después de la conferencia, el 14 de noviembre de 1957 el congreso nicaragüense aprobaba el Convenio para Uso Civil de la Energía Atómica, firmado meses antes por el embajador Sevilla.

Después de eso no se supo mucho. No llegó ningún reactor nuclear, pero el Hospital General El Retiro fundado en 1968 logró instalar la primera bomba de radiaciones para tratar a los pacientes con cáncer. Con el terremoto de 1972, sólo el búnker construido para almacenar los residuos radiactivos quedó intacto y aún conserva dentro de barriles de plomo un gramo de radio y varias cápsulas de cobalto del tamaño de un lápiz labial.

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En 1978 la OIEA envió al investigador James Taylor al norte de Nicaragua para buscar por segunda vez uranio, el Servicio Geológico creado en 1956 comisionó por su parte a Glen Hodgson quien aún conserva el informe de aquella época.

Hodgson recuerda que estuvieron en Nueva Segovia, Estelí, Matagalpa y la Costa Atlántica, donde encon-traron en zonas de Dipilto, Mozonte y Macuelizo hasta 3.4 partes por millón de uranio (3.4 ppm) proveniente del torio, emanaciones relativamente pequeñas, llamadas trazas, pero un poco mayores que las encontradas en Bonanza.

La OIEA recomendó continuar las investigaciones, pero nadie más se interesó por el tema. Sólo en 1998 se encontró casualmente una radiación más significativa al oeste de la cuenca del río Bocay, cuando la empresa canadiense RENAUSTRIT buscaba oro.

Eran anomalías que llegaban a 5 partes por millón, es decir, cinco veces más alto del valor normal, pero los norteamericanos sólo que-rían oro, revela Hodgson.

Se debía hacer una investigación más detallada para saber el origen de esa anomalía. Hay también trazas de cobalto como evidencias de cadmio en las rocas de serpentinas al sur de Siuna, asociados con otros minerales explotables como níquel y cromita.

Según Hodgson, las trazas de material radioactivo en estado natural son tan pequeñas que no pueden causar un efecto en la salud, al contrario de cuerpos formados.

En cambio el físico médico Luis Matamoros considera que toda radiación ionizante con materiales radioactivos produce daños a la salud. Si alguien vive donde hay radiación natural o artificial está expuesto a sufrir un daño. Las radiaciones “rompen los lazos de las moléculas del ADN”.

“Yo fui a una mina en Austria donde pusimos las manos en el dióxido de uranio, me traje una roca con uranio y al pasar por Miami (en el aeropuerto) detectaron el material. Me abrieron la maleta y ahí estaba el pedacito. No me dejaron pasar. A los seis meses me lo mandaron cuando vieron que no había peligro”, asegura Hodgson.

La particularidad de los minerales radiactivos es su condición autodestructiva, desde que se forman se van desintegrando, aunque en algún momento pueden concentrarse y formar un depósito, explica el geólogo.

Una piedra explotable puede tener un bajo porcentaje de uranio, incluso menor al uno por ciento, el material debe ser refinado para obtener óxido de uranio, también llamado uranita o torta amarilla, luego hay un proceso más complejo que el que se realiza con materiales preciosos como el oro.

De la uranita se obtiene hexafluoruro de uranio y posteriormente se enriquece el material en centrífugas para extraer los isótopos radiactivos del uranio y dejarlo disponible para el uso en reactores como combustible nuclear.

La libra de torta amarilla en el mercado internacional tenía un precio de 48.56 dólares en mayo de este año, pero para extraer los isótopos para poner en marcha una planta de energía nuclear o hacer una bomba, serán necesarias miles de toneladas.

Irán, que ha estado en medio de la polémica mundial por enriquecer uranio, produce 630 kilos de uranio poco enriquecido en su central atómica de Natanz, la más importante del país, según la OIEA. Datos del Financial Times explican que con una tonelada del mismo se pueden obtener 20 kilos fisibles de uranio “altamente” enriquecido, necesarios para una bomba.

Las centrales nucleares para la generación de electricidad no usan el mismo material, sino sólo uranio enriquecido.

Magazine/La Prensa/Manuel Esquivel
El director del Centro Nacional de Radioterapia, Horacio Mendoza, frente a la unidad de cobalto Theratron. Magazine/La Prensa/Manuel Esquivel

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El año pasado, Mohamed El Baradei, director de la OIEA, anunció que una parte del dinero del Premio Nóbel recibido en el 2005 sería usada para capacitar a los especialistas en terapia contra el cáncer en Nicaragua.

Luis Matamoros, físico médico del Centro Nacional de Radioterapia, explica que la principal aplicación de la energía nuclear en Nicaragua es para el tratamiento del cáncer, por eso esta institución es miembro de la OIEA y está bajo su supervisión.

Contraparte oficial es el Ministerio del Exterior, pero la oficina pública no brindó ninguna información a Magazine sobre las aplicaciones en Nicaragua de la energía atómica, aunque se le solicitó durante cuatro semanas. Extraoficialmente se conoce que en la hidrología, ganadería, agricultura, mediciones ambientales y de hidrocarburos se utiliza este tipo de fuentes.

Entretanto, el Centro Nacional de Radioterapia se está convirtiendo poco a poco en lo que fue El Retiro a finales de los años 60 para Centroamérica. Hace pocas semanas recibió una unidad de cobalto Theratron Equinox para atender alrededor de diez pacientes diarios y cuyo costo está valorado en un millón de dólares.

Bajo ese ritmo de empleo cada cápsula de cobalto deberá ser susti-tuida en cuatro meses, pero se trata de una especie de batería que sólo pierde su utilidad, pero no toda su carga y debe ser almacenada en un búnker y en contenedores de plomo hasta devolverlas a su origen, porque los convenios internacionales obligan a las naciones productoras de material radiactivo a resguardar también los desechos.

Éste es un hospital diferente a la media. Está dotado de un sistema de cámaras de circuito cerrado, con paredes de hasta 160 centímetros de espesor que contienen placas de plomo que impedirían la radiación en caso de una fuga.

Todo el personal lleva un aparato que mide mensualmente el nivel de radiación, afortunadamente nadie ha pasado el nivel recomendado e igualmente las nuevas tecnologías permiten que los especialistas dirijan a control remoto las cargas a los pacientes.

Se trata de la física aplicada a la medicina y la medicina aplicada a las radiaciones para eliminar tumores cancerígenos. A diferencia de la quimioterapia, la radioterapia no administra sustancias a los pacientes para contener los tumores, más bien ataca directamente a las células cancerígenas y trata de destruirlas.

Matamoros menciona que en el Hospital El Retiro empezaron usando radio, en una segunda etapa de la radioterapia se aplicó Cesio 137, mientras el radio quedó para pacientes con cáncer cervical y el Iridio 192 siguió bajo aplicación manual conocida como braquiterapia, es decir, el material era deposi-tado dentro del paciente para atacar el tumor.

En el pasado, los especialistas debían colocar las fuentes radiactivas directamente, protegidos con trajes de plomo y tomando los elementos con pinzas. Sacaban del contenedor el material y lo colocaban en los aplicadores, dice Matamoros.

Ahora la unidad de cobalto tiene un contenedor donde está guardada la fuente, la fuente a su vez está conectada a una sonda que se instala en pequeñas mangueras que son las que se colocan entre la máquina y el paciente, luego las mangueras se montan en unos canales, según como se va a aplicar la radiación al paciente y las partículas se irradian desde la computadora en otro cuarto, mientras el paciente es observado en cámara.

Dependiendo del avance de la enfermedad hay diferentes dosis de radiaciones que incluyen el riesgo de tocar órganos y tejidos sanos. La decisión sobre el cómo y cuánto de la aplicación la hacen médicos y físicos.

La radiactividad que puede curar, también puede matar. Es tan complejo que aún quedan niveles muy altos en los desechos de orina y heces de los pacientes en las siguientes 72 horas al bombardeo con partículas, por eso se construyó una pila séptica hermética de concreto y hierro reforzado para evitar una contaminación en los alrededores.

Personal del centro asegura que la OIEA los visita frecuentemente, estuvieron en noviembre, marzo, abril y en la última visita de junio han tenido también al Departamento de Energía de los Estados Unidos. No sólo se trata de confirmar que se toman las medidas necesarias para evitar fugas, las fuentes radiactivas en las manos equivocadas podrían ser un arma.

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