Salvador Cardenal: "temo estar dentro de mi cuerpo"

Reportaje - 26.07.2009
Salvador Cardenal

De niño soñó con ser médico. De joven, sacerdote. Nada ocurrió así. El día que le regalaron una guitarra supo que la música sería su vida. Salvador Cardenal, uno de los más conocidos compositores nicaragüenses, adora la soledad, le canta a la naturaleza y a diario lucha contra una extraña enfermedad que ha venido a limitar su vida

Dora Luz Romero
Fotos de Orlando Valenzuela

Tiene aspecto de ermitaño. Lleva el cabello largo, la barba crecida y unas sandalias campesinas que dice son sus favoritas. En la terraza de su casa, ubicada en el kilómetro 17 Carretera Masaya, se balancea en una silla mecedora. Está rodeado de naturaleza. Árboles y pájaros cantores. Aunque aquel escenario parece alejado de la congestionada vida capitalina, no es así. El insolente y constante tráfico de la carretera hace eco en su casa, algo que le incomoda profundamente a este compositor nicaragüense llamado Salvador Cardenal.

Su voz es ronca, pero baja. "Me disculpan, pero no he comido nada", se excusa, mientras la señora que trabaja para él le lleva un plato de fideos que aún humean. Sin mucho que esperar, toma el tenedor y comienza a devorar la comida que hay en su plato.

Luce intranquilo. Se mece, mira de un lado hacia otro, se recoge el cabello, una y otra vez. Pide más fideos. Y luego de un rato explica que no puede estar mucho tiempo sentado. "Se me recargan los pies de agua y se me inflaman, entonces tengo que estar con los pies para arriba", asegura.

El estado de salud de Salvador Cardenal es delicado. En el 2000 los médicos descubrieron que padecía de una extraña enfermedad en la sangre llamada crioglobulinemia, que según los diccionarios médi-
cos es "la presencia de proteínas anormales en la sangre, las cuales se vuelven espesas o gelatinosas en temperaturas frías".

"Espesa mi sangre hace que se me revienten los vasos capilares y pierdo hemoglobina... por eso transfusiones de sangre", explica Cardenal. De ahí en adelante su salud ha venido en detrimento. Como consecuencia de la crioglobulinemia Cardenal ha sufrido problemas en los riñones, a tal punto que en la tercera semana de julio los médicos decidieron empezar a practicarle diálisis.

En esta entrevista brindada por Cardenal, cuando aún no había sido sometido a diálisis, cuenta no sólo su vida de pintor, ecólogo, compositor y cantante, sino que habla de cómo esta enfermedad ha venido a deteriorarlo.Foto de Orlando Valenzuela

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Nació en México, pero se crió y transcurrió toda su vida en Nicaragua. Salvador Cardenal, su papá, era ebanista y su mamá, Leyla Barquero, ama de casa, "pero muy intelectual", recalca.

Es el segundo de cinco hermanos y él único varón entre Violeta, Katia, Paola y Leyla.

"Siempre fui mimado y sufrido. Como no tenía un hermano entonces sentía que tenía argumentos para decir que tenía por qué sufrir porque no tenía con quién jugar. Eso me afectó de algún modo, te crea soledad de algún modo porque al ver a tus hermanas jugando siempre muñecas y cosas que vos no querés. Pero siempre me ha gustado mi soledad, me siento muy bien conmigo mismo", asegura.

De sus cuatro hermanas, con quien mayor afinidad ha tenido es con Katia. "Desde chiquitos teníamos un gusto por la música. Teníamos un rinconcito arriba en la casa donde estaban todos los discos y eran horas de horas oyendo música. Música en inglés. Cat Stevens, Bee Gees, música pop, pero buena. También música clásica como Mozart", recuerda mientras sonríe.

Katia, por su parte, cree lo mismo. "Desde pequeño fue bien unido conmigo. Era algo especial. De hecho mi primer novio era el mejor amigo de él y su primera novia era mi mejor amiga, así que salíamos juntos", asegura.

Pero ese amor por la música y el arte fue inculcado por su mamá, doña Leyla Barquero. Fue ella quien les enseñó a leer libros de poesía y de pequeño fue la primera persona que vio tocar guitarra. "Es una enamorada del arte, de la pintura. Compraba muchas obras de arte a varios artistas nicaragüenses, lo que nos estimulaba el arte", asegura. "Crecimos creyendo que pintar, hacer música era algo muy noble", dice mientras soba sus piernas de arriba hacia abajo.

—¿Cantaba en su colegio?

—No. Era muy tímido. De popular no tenía nada. No tocaba guitarra, no cantaba, casi ni hablaba. Quizás era un poco popular por el básquetbol. Tenía buen pulso de largo y canasteaba, pero nada especial. En lo que sí era bueno era en matemáticas. Después supe que en mi colegio a veces en las misas cantaban mis canciones. Esa es la máxima alegría, el máximo honor que me podrían hacer en mi vida que canten Casabierta en los bachilleratos. ¡Qué clase de regalo! Yo de chavalo quería aportar tanto, pero era tan tímido que no logré nada, ya ves cómo sí lo logré después.

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Siempre en la terraza de su casa, Cardenal saca varios álbumes para mostrar a su familia. Unas fotos más viejas que otras. "Mirá ésta", dice mientras señala una imagen suya junto con sus dos pequeños: Salvador Joaquín, de 9 años y Guillermo Nicolás, de 7 años. "Qué foto más bonita", asegura, mientras mueve la cabeza de arriba hacia abajo.

Hace un par de años que Cardenal se separó de su esposa Marta Mejía con quien convivió por siete años. "La conocí en la universidad estudiando Ecología", recuerda.

Y es que si hay algo diferente en la vida de este cantautor es lo multifacético. Además de hacer música es ecólogo y pintor.

Por su amor a la naturaleza, en 1983 entró a estudiar Ecología, pero fue hasta hace poco más de tres meses que logró graduarse de ecólogo. Actualmente trabaja como asesor del Marena. Y no sólo eso. Cardenal se ha convertido en el pionero de la canción ecológica en Nicaragua y ha logrado realizar cuatro ediciones del llamado Concierto Ecológico, donde varios artistas nacionales, junto con él, le cantan a la naturaleza.

—¿Cómo surgió esta idea?

—Los conciertos ecológicos...

Fue hace cuatro años cuando hice el primer concierto. La idea es un evento de educación ambiental que cale en la conciencia de la gente para crear un país ecocultural. Un país donde se cante, se baile, se haga teatro, todo con referencia a la naturaleza para que Nicaragua salve su verdor a través de la conciencia del arte. Los niños lo aprenden y ésa es la manera que yo estoy tratando de aportar mi granito de arena a Nicaragua.

—¿Cuál cree que ha sido el mayor logro que ha obtenido?

—Uno de los grandes logros es involucrar a todos los artistas nacionales a que le canten canciones ecológicas, el que no las tenga las hace y otros la sacaron a la luz. Que la gente ame la naturaleza. De ahí Nicaragua se va a salvar conservando sus recursos, cuidando lo que tiene...

—Además de cantarle a la naturaleza, ¿qué más hace en su vida diaria?

—Aquí en mi casa, dividimos la basura orgánica y no orgánica. Tenemos plantas medicinales. Un museo de arte precolombino promoviendo el amor a la naturaleza, concentrado en obras indígenas que fueron hechas a la lluvia, al jaguar... No como carne, nada que tenga ojo, nada que me queda viendo, sólo plantas, lo más orgánico posible. Y si de pintura se trata, Salvador asegura tener cuadros firmados desde 1971 cuando apenas tenía once años.

—¿Qué le gusta pintar?

—Me gusta la belleza, los colores vivos. No me gusta la denuncia en la pintura. No me gusta pintar cosas feas, la miseria, la contaminación. Pinto ángeles, pinto cosas bellas. La pintura me ha dado de comer bastante. Tengo cierto éxito comercial. Vendo mis cuadritos, aunque no estoy tan metido en el gremio.

—Y ¿más o menos cuánto puede costar un cuadro suyo?

—Un cuadro tamaño mediano unos 400 dólares. Óleo, full color.

—¿Cuál diría usted que es su mejor faceta?

—Compositor. Como cantante no le llego a compositor ni en broma.

—¿Necesita un ambiente determinado para componer?

—Me gusta estar rodeado de verdor, de la naturaleza, en la montaña. Aunque cuando ando una canción cruzada, aunque esté un tren encima.

—Y ¿a qué músicos le gusta escuchar?

—Bach, Vivaldi, Corelli. También me gusta Jorge Drexler, Silvio Rodríguez, Carlos Varela. Me encantan los que hablan mucho del pueblo, de la gente...

—¿Qué es lo que más disfruta de ser músico?

—Me encanta que es una manera bien especial de mandar un mensaje. La gente prefiera oír música que oír hablar, incluso que la poesía, pero siempre la música arrastra más. Sirve mucho para lo que quiero decir.

"Mis hijos me llenan de mucha felicidad", asegura Salvador Cardenal.

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De pequeño siempre soñó ser médico, de ésos que llevan una impecable gabacha blanca con una placa que dice su apellido. Con el pasar de los años sus gustos fueron cambiando. A los 16 años se inició en meditación trascendental.

Todos los días a las 6:00 de la tarde, encerrado en su cuarto, se dedicaba a meditar. "Ese era mi patín. Era algo extraordinario. El cuarto se encendía de luz", asegura. También leía mucho. Uno de sus autores favoritos era Krishnamurti.

No fue un muchacho fiestero. "Era muy tímido", recuerda. Estudió en el Colegio Centro América y siempre, asegura, fue admirador de los jesuitas. "Me gustaba mucho la idea de que los jesuitas eran bien concretos en su amor por los pobres", recuerda y fue así que un día de tantos, a sus 17 años, tomó la decisión que sería sacerdote. Viajó a Panamá, donde estudió casi los dos años del noviciado. "Fue una experiencia muy linda", asegura, mientras en el rostro se le dibuja una sonrisa.

"Trabajé mucho en la pastoral y logramos hacer calles y cantábamos y me encantaba ese trabajo. Ahí me desarrollé mucho. También mi admiración a Jesús. Siempre lo he admirado más que a nadie en el mundo. Me encanta lo que El dice, su poesía, me fascina. Me convence realmente todo lo que Él habla", relata.

Pero, por lo visto, ser sacerdote no era su camino. Un día de tantos, mientras permanecía en el noviciado, un padre le regaló una guitarra. El resto es historia. "Me enamoré de la guitarra. Cantaba la misa todos los días, le componía canciones a Jesús y bueno nunca lograron quitarme la guitarra de encima", afirma.

Aunque no fue sólo la guitarra lo que lo alejó de convertirse en sacerdote. Al año y medio de noviciado cada aspirante a sacerdote es enviado a "hacer las experiencias" que consistían en trabajar de cerca con las comunidades más pobres.

Era 1979 cuando Salvador Cardenal fue enviado a realizar su experiencia en Nicaragua. En el país recién había triunfado la revolución. Cardenal tenía 19 años para ese entonces. "Corté café y algodón por varios meses. Me metí a la Cruzada de Alfabetización, me integré a las brigadas culturales y ya no quise regresar a Panamá", afirma. "Me enamoré más de la revolución", confiesa.

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A Salvador Cardenal le faltan unos meses para cumplir 49 años. Pero siente como si tuviera más. "Últimamente siento que me están pasando cosas raras. Ya me tiemblan las manos, estoy tartamudeando, la vejez me está agarrando a patadas", dice.

—¿Cómo convive con esta enfermedad?

—La crioglobulinemia es una afección a la temperatura, al frío, que espesa mi sangre, hace que se me revienten los vasos capilares y pierdo la hemoglobina. Vivo con transfusiones de sangre. Todos los medicamentos me han subido la presión y la presión alta ha destruido mis riñones.

—¿Y cuál es su situación ahora?

—Ahorita tengo 14 por ciento de funcionamiento de los riñones. El resto está listo. Cuando llegue al 10 por ciento tengo que entrar a diálisis y ahí no queda más que ir cada dos días. (Dos semanas después de la entrevista Cardenal inició sus tratamientos de diálisis).

—¿Tiene que estar yendo al hospital seguido?

—Si. Tengo que hacerme las transfusiones de sangre cada cierto tiempo. El Gobierno me dio un seguro médico en el Hospital Militar y ahí me hacen las transfusiones. Me interno y paso tres o cuatro días ahí, después salgo. Me he hecho más de cincuenta transfusiones de sangre.

—¿Cómo ha afectado su vida esto?

—En el aspecto sexual soy como un viejito. Como un cura. Los medicamentos me han dejado sin interés de ese tipo, lo que se me hace bien cómodo y es bien espiritual. Pero también es triste porque las caricias son necesarias para el ser humano.

—¿Qué otra cosa le ha afectado?

—He perdido el sabor de las comidas. Me tomo un pocotón de pastillas diarias. Ya no puedo manejar, tengo que andar con chofer. No puedo estar mucho tiempo sentado o de pie. Estoy bien limitado.

—Y anímicamente ¿cómo se siente?

—Espiritualmente bien, tengo ganas de hacer muchas cosas. Tengo dos niños pequeños que quisiera hacer muchas cosas con ellos, pero el cuerpo ya no me lo permite. Tengo que estar con los pies para arriba.

—¿Tiene miedo de algo?

—Tengo miedo de mí mismo. Esto de estar viviendo con esta cosa de dientes. Quisiera ser más etéreo, más espiritual. El cuerpo físico con dientes que muerden. Tengo ese miedo de estar dentro de mi cuerpo, debe haber otro mundo. Me he acostumbrado a vivir aquí porque ni modo —dice resignado.

—¿Qué quisiera hoy Salvador Cardenal?

—Muchísimas cosas. Quiero ver a Nicaragua desarrollarse como un país respetuoso al medio ambiente. Quiero ver a mis hijos cantando como músicos y quiero volver a estar sano. Quiero que me hagan el trasplante de riñón y tener otra vida.

Guardabarranco

En 1979 cuando Salvador recién llegaba de Panamá su papá le dijo que escuchara cantar a su hermana Katia. "Está cantando muy lindo", recuerda que le dijo. Esa vez Katia cantó Flor de mi colina. "Fue muy lindo y le propuse que hiciéramos un dúo y todo pasó muy rápido de pronto había gente invitándonos a cantar", asegura. Pero no siempre les fue bien. "A veces llegábamos y no nos paraban bola y tal vez el sonido era un megáfono, pero la gente siempre nos ha querido. Nuestro canto ha tenido valor y la gente ha sido muy especial con nosotros", afirma. Para la fundación del dúo Guardabarranco, Salvador Cardenal tenía 19 años. Su hermana Katia tenía 16.

Cuando Salvador Cardenal junto con su hermana Katia formaron el Dúo Guardabarranco, él tenía 19 años, ella 16. Este año cumplen 30 años de estar juntos.

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