Tortura: la ciencia del dolor

Reportaje - 13.09.2015
Días de tortura

Chile, perros, agua y hasta aire acondicionado. El perverso ingenio de la tortura no tiene límites. Desde la historia antigua hasta la era moderna se han usado los métodos más crueles e insólitos para interrogar o castigar. La tortura está prohibida, pero se practica incluso con manual

Por Amalia del Cid

Abu Zubaydah fue uno de los primeros sospechosos capturados tras el famoso ataque a las Torres Gemelas del World Trade Center. Por las fotos que circulan en la web se sabe que tiene la piel clara, la frente amplia y la barba espesa, y que usa un parche negro que le da cierto aspecto de pirata. Perdió el ojo izquierdo cuando estuvo bajo la custodia de la CIA, sometido a numerosos tormentos que se describen en informes hoy desclasificados. Zubaydah experimentó 83 simulaciones de ahogamiento, pasó al menos una semana sin dormir, escuchó música a un volumen enloquecedor, fue encadenado a una silla durante días, encerrado por 266 horas en una caja del tamaño de un ataúd y colgado del techo como Dios lo trajo al mundo. Para la CIA esos métodos no eran tortura, sino “técnicas mejoradas de interrogatorio”.

La tortura está prohibida internacionalmente en cartas y tratados firmados por las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos, la Unión Africana, el Consejo de Europa y la Liga de los Estados Árabes. Sin embargo se sigue practicando en casi todo el mundo. Para el año 2009 más de cien países empleaban métodos de tortura y malos tratos, según Amnistía Internacional. Y en la actualidad la situación no ha mejorado mucho. “Desde Washington a Damasco y desde Abuja a Colombo, los líderes gubernamentales han justificado terribles violaciones de derechos humanos arguyendo la necesidad de mantener la ‘seguridad’ en el país”, señala el informe 2014-2015 del organismo.

No es un método nuevo. La tortura es tan antigua como la especie humana y del ingenio puesto a su servicio han surgido técnicas que llevan muchos siglos en uso. Por ejemplo, el ahogamiento simulado que Zubaydah sufrió en el 2002 fue practicado hace más de quinientos años por la Inquisición de la Iglesia católica y con ligeras variantes también se empleó en Nicaragua durante la dictadura de los Somoza.

Las “técnicas de interrogatorio” usadas en los años de la dinastía somocista están documentadas en testimonios escritos por los torturados. Existe menos información sobre los métodos ejecutados en otros períodos de la historia de Nicaragua, pero la suficiente para saber, o al menos sospechar, que hubo tortura. Ahí están los indígenas destrozados por perros en la Plaza Mayor de León; los purgantes de chile de la época de José Santos Zelaya; “el corte de chaleco” que se le atribuye a Pedrón Altamirano, mano derecha del general Augusto C. Sandino, y las denuncias por fuerte maltrato psicológico en los años ochenta.

Aunque las leyes nicaragüenses prohíben el uso de la tortura, esta no ha desaparecido. Nuevas denuncias salen de las mazmorras de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), conocida como el Chipote, que en los últimos años ha vuelto a ser un símbolo de la violación de los derechos humanos. Entre otros métodos, se ha señalado el uso de la electricidad, el aislamiento, las amenazas y la imposición de la ausencia total de sueño. Todos son viejos.

En esta ocasión Magazine hace un recorrido histórico por las técnicas que se han empleado en Nicaragua y otros países, nunca bajo el nombre de tortura, siempre cubiertas con algún eufemismo jurídico, como los “apremios” de la Inquisición, las “técnicas mejoradas de interrogatorio” de la CIA y la “presión física moderada” de Israel. Verá cómo se ha empleado la música para quebrar la voluntad de un prisionero y el aire acondicionado para causar dolor sin dejar huellas; cómo se las ha ingeniado la humanidad para lastimarse a sí misma usando cabras, ratas, perros y hasta una inocente oruga.

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De la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), conocida como el Chipote, han salido muchas denuncias sobre supuesta aplicación de métodos de tortura.

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No vaya a creerse que la tortura es asunto de mentes rudas o iletradas. En la modernidad se han gastado millones de dólares en el refinamiento de las técnicas para obtener información. Basta el ejemplo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, que pagó 81 millones de dólares a James Mitchell y Bruce Jessen, los psicólogos que diseñaron el programa de interrogatorio aplicado a sospechosos de terrorismo, tras el ataque del 11 de septiembre de 2001. Eso reveló un informe del Comité de Inteligencia del país norteamericano en 2014.

“La tortura se ha dado con más fuerza en la gente más ilustrada que tiene poder”, señala el historiador nicaragüense Nicolás López Maltez, para quien “la gran maestra de la tortura es la Inquisición de la Iglesia católica”. En la época medieval no se aplicaban tormentos únicamente para castigar faltas o forzar confesiones, “la tortura servía y sirve todavía para implantar el terror, que la gente tenga miedo de caer en manos de la autoridad represiva, la idea siempre es dar el ejemplo, para que a otro no se le ocurra tomar el camino de los torturados o los muertos en tortura”, afirma.

Una de las prácticas más crueles de la época colonial en Nicaragua fue la del aperreamiento. Eran jaurías de mastines que no habían comido en tres días contra indios, quienes para defenderse solo tenían un garrote. Así murieron 18 caciques indígenas el martes 16 de junio de 1528 en la Plaza Mayor de León, ahora León Viejo, por órdenes del conquistador Pedrarias Dávila. Destripados, desollados y devorados en un espectáculo público. El motivo: “Ajusticiamiento” por la captura y ejecución de siete españoles a manos de chorotegas.

Este era el procedimiento: “A cada indio le daban un garrote para defenderse de cinco o seis perros cachorros o canes nuevos no del todo experimentados en su oficio. Cuando a él le parecía que los tenía vencidos con su palo, soltaban un perro o dos de los lebreles y alanos diestros, que prestos daban con el indio a tierra y cargaban los demás y lo desollaban o destripaban o comían de él lo que querían. De esta manera mataron a todos los 18 indios”, describió el cronista de la época Gonzalo Fernández de Oviedo.

Finalizado el show, los restos de los caciques quedaron expuestos en la plaza para servir de “escarmiento” a los otros indígenas. Hoy, en las ruinas de León Viejo hay un monumento de 3.15 metros de altura en honor a la resistencia indígena. Un indio alza los puños al cielo mientras es atacado por un perro. Antes sostenía 18 calabazas, una por cada cacique masacrado ese día.

monumento a 18 caciques
Monumento en honor a los 18 caciques aperreados el 16 de junio de 1528 en León.

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Lo ataron a una silla y le quitaron los zapatos y los calcetines para enseguida forzarlo a introducir los pies en un balde de agua fría. Le colocaron aros de metal en los dedos gordos y de los aros salían cables que terminaban en una máquina generadora de electricidad. Pedro Hurtado Cárdenas estaba preso en la cárcel de La Aviación, acusado de hacer circular clandestinamente papeletas que llamaban a un alzamiento en armas contra Anastasio Somoza García.

“La corriente se filtraba hasta lo más recóndito de las carnes, daba la impresión de puñales que se hendían inmisericordes, se introducían en los músculos y nervios, que tensos de dolor, vibraban al compás de la lúgubre música del artefacto infernal, atravesaba los huesos, que crujían al choque de la descarga, como queriéndose descoyuntar y saltar en pedazos”, narra en el folleto Las torturas como sistema, publicado en 1946. Como seguía declarándose inocente, los verdugos le quitaron los aros de los dedos y se los pusieron en los genitales, hasta hacerlo decir: “Soy el único culpable”. En los 15 días que pasó en la celda húmeda casi no durmió. Lo despertaban los guardias o las hormigas.

La tortura que aplicaban los Somoza iba “desde lo primitivo, que busca únicamente la venganza y el solaz sádico en el sufrimiento ajeno, hasta lo científico que tiene ribetes de psiquiatría diabólica”, escribió Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en su libro La Patria de Pedro. “Es un tratamiento igual a cualquiera otro, que tiene su principal base en la continuidad del sufrimiento y del cansancio, de un agotador cansancio que debilita todas las facultades y hace que la memoria del hombre se desintegre, se aplaste totalmente”, narró el periodista. En 1956 estuvo preso en la Loma de Tiscapa, acusado de ser cómplice en la muerte de Anastasio Somoza García. Ahí fue golpeado y sometido a ejercicios físicos, a cinco días de sed y a la privación del sueño.

En esos días también fue “interrogado” Clemente Guido, autor del libro Noches de tortura. A él le aplicaron la técnica de simulación de ahogamiento, haciéndole tragar agua de cantimploras que le pegaban contra los dientes. Boca arriba, sobre el piso, pataleaba desesperado ante la “inminente asfixia”, se le enterraban los mecates en las muñecas y los tobillos, pero no sentía dolor, “solo angustia”. Más tarde los guardias lo llevaron a los “Baños Termales”, donde estuvo a punto de ahogarse de verdad.

“La OSN (Oficina de Seguridad Nacional) fue variando sus métodos a través del tiempo, fue refinando las técnicas de dolor, desde las golpizas salvajes practicadas por grupos como el de (Óscar Morales) Moralitos y Cía. con David Tejada, hasta la incomunicación total durante muchos meses”, subraya Heberto Incer, un torturado, en un artículo publicado en La Prensa en enero de 1980. La especialidad del cuarto de interrogatorio de la OSN, cuenta, era un instrumento de tortura capaz de producir terribles sufrimientos sin dejar marcas: el aire acondicionado.

“Cualquier información que uno haya dado no aminoraba la tortura, sino que la aumentaba porque el Manual del Interrogador afirma que quien por las malas habló una vez, hablará muchas veces”.

Heberto Incer, torturado por la Oficina de Seguridad Nacional.

“El cuarto frío constituye uno de los más grandes ‘progresos’ en los métodos de la OSN. Sin emplear un solo agente, sin propinar un solo golpe, sin dejar una huella visible, el aire acondicionado estando el prisionero desnudo e inmovilizado produce sufrimientos indescriptibles a los pocos minutos, ya no se diga por largas horas. Inclinarse a la pared o intentar sentarse en el suelo es un suplicio”, detalla.

Y prosigue: “Cuando los ‘expertos’ suponen, por el tiempo transcurrido que la víctima está llegando a situación límite, entran al cuarto del que se habían ido, porque a ellos, vestidos, les molesta el frío... Aún si se muestra solidaridad con su organización, el suplicio seguirá: lo rociarán con agua. Cinco gotas en esas circunstancias tal vez sean más dolorosas que una quemadura con cigarro. Recibir un vaso de agua en la espalda es como recibir un latigazo. En una o dos horas los ojos le arderán y tiempo más tarde tendrá dificultad para oír sus propios lamentos, por la pérdida de audición producida por el frío”.

“Es hasta que las uñas empiezan a ponerse moradas que apagan el aire y mandan al prisionero al calabozo, siempre encapuchado”, relata Incer. Al día siguiente el reo amanecía con resfriado, con fiebre y con un ánimo pobre que “el enemigo aprovechaba para la segunda sesión”.

La tortura del aislamiento, sin embargo, era peor. Al menos mentalmente. “En promedio 45 días en absoluta incomunicación, sin ver a nadie, sin hablar con nadie, sin saber de nadie. Sin saber si es de día o de noche, porque la luz del calabozo permanece encendida siempre, sin saber qué día es, fluyendo el tiempo con una continuidad desesperante, sin hacer nada, sin poder hacer nada, sin saber cuándo será el fin del calvario”.

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En la década de los ochenta las técnicas de tortura eran más psicológicas, recuerda el matagalpino Luis Fley, exmiembro de la Contrarrevolución. “Eran métodos importados. Tenían asesores cubanos y esos eran los que instruían a los oficiales sandinistas. Utilizaban el método psicológico, porque decían que no hay que dejar marcas visibles”, asevera. Según el periodista John O. Koehler en su libro The Untold Story Of The East German Secret Police, los sandinistas también recibieron entrenamiento de la Policía Secreta de Alemania del Este (Stasi).

“Con el campesinado usaron el método de amenaza, chantaje. Amenazaban con quitarles los bienes, acusarlos de delitos que no habían cometido, todo para amedrentar a la persona”, afirma Fley, quien pasó 12 días encarcelado en 1981, acusado de reaccionario por haber asistido a una manifestación de Alfonso Robelo, uno de los líderes de la Contra. “Decían ‘te vamos a hacer desaparecer si no colaborás con nosotros’. Amenazaban con hacerle daño a la familia. Era chantaje, para ablandar el subconsciente. Yo fui víctima de amenazas y no me quedé esperando, agarré el fusil y me alcé en armas”.

Según el ex Contra, durante el primer gobierno de Daniel Ortega Saavedra también se empleó el método del aire acondicionado y el de forzar al prisionero a introducir la cabeza en un barril de agua. “En la madrugada les lanzaban agua helada cuando la gente estaba durmiendo. Encerrados, donde no da el sol, perdían la noción del tiempo. No permitían que se durmieran. Dos noches, tres noches sin dormir”, relata.

En aquella época todavía estaban frescas las técnicas propias del entrenamiento que Estados Unidos dio a la dictaduras de Latinoamérica y “es probable que se hayan cometido en los ochenta, pero no me consta”, señala una fuente que en esa década fue cercana al gobierno sandinista y solicitó se omitiera su nombre. “Hay denuncias y lo más probable es que en algunos casos se haya dado (tortura), sobre todo bajo la consideración de que el país estaba en guerra y en esos casos se tiende a justificar aún más distintos métodos que puedan estar reñidos con los derechos humanos”, dice.

Para la CIA sus técnicas de interrogatorio estaban perfectamente justificadas por la guerra contra el terrorismo. En nombre de esta hizo “submarinos” y “rehidrataciones rectales”; jugó a la “ruleta rusa”, abofeteó, humilló, colgó y aisló a los prisioneros; los amenazó con taladros y con un eventual daño a sus familiares. A algunos los hizo pasar tanto frío que los llevó a la hipotermia (de eso murió el reo Gul Rahman en 2002) y a otros los mantuvo despiertos durante 180 horas consecutivas.

Incluso tuvo intenciones de poner una oruga en la caja-celda de Abu Zubaydah, para hacerle creer que se trataba de algún bicho venenoso y aprovechar así la fobia del saudí, a quien los insectos le provocan verdadero pánico. Finalmente la técnica no fue autorizada y Zubaydah se libró al menos de esta tortura. Ahora guarda prisión en Bahía de Guantánamo, Cuba.

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El joven Francisco Javier Ponce Sanarrusia, detenido días antes durante una redada en Rivas, apareció ahorcado en el Chipote la mañana del domingo 3 de mayo de 2015. Su cuerpo colgaba de la manga de una camisa, a su vez atada a una rejilla para ventilación situada en el techo de la celda. Esa fue la versión oficial de la Policía Nacional, que calificó el caso como “suicidio”. Para la familia de Ponce fue tortura.

En los años recientes, durante el gobierno de Daniel Ortega Saavedra, las denuncias sobre abusos policiales han aumentado en general y en el caso del Chipote se han duplicado, asegura Gonzalo Carrión, abogado del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh). De esos testimonios pueden extraerse algunos métodos de tortura que podrían estar siendo utilizados por los agentes de la Policía en la actualidad.

En noviembre de 2011 Leonel Santana Zambrana, entonces de 25 años, aseguró que fue sometido a salvajes —y antiguas— técnicas de tortura. Ante el Cenidh declaró que para obligarlo a implicar a dos personas en un crimen, oficiales de la Policía de Managua le aplicaron descargas de electricidad con un chuzo, lo mantuvieron desnudo en celdas oscuras, le apagaron chivas de cigarro en la piel y lo amenazaron con meterlo treinta años a la cárcel. Según Santana, un agente llegó al extremo de hacerle arrodillarse y luego apuntarle a la cabeza con un arma de fuego.

En aquella ocasión, el comisionado mayor Fernando Borge, vocero de la Policía, afirmó categóricamente: “La Policía no tortura”. Y agregó indignado que era “inadmisible” que se dijera que los oficiales estaban utilizando choques eléctricos. Pero las denuncias no se detuvieron.

En junio de 2013, Miguel Ibarra, de la Red de Jóvenes por la Dignidad Nacional, fue trasladado ilegalmente a la Estación Uno, luego de que turbas del Gobierno desmantelaran el campamento de #OcupaINSS, creado en respaldo a ancianos que exigían una pensión reducida. Ahí lo interrogaron oficiales de la DAJ.

Querían saber si la protesta era financiada por Estados Unidos, si “alguien le estaba pagando para desestabilizar al Gobierno”. “Como yo les decía que no sabía nada, sacaron un vaso blanco donde había ácido y me lo regaron en la planta de los pies y el estómago, donde tengo quemaduras de primer grado”, denunció Ibarra ante el Cenidh. También afirmó que le dieron patadas en la espalda y lo amenazaron con hacerlos desaparecer a él y a su expediente.

Uno de los casos más recientes es el del costarricense Ed José Tiffer Campos, detenido en mayo de este año en Peñas Blancas, Rivas, y trasladado al Chipote, en Managua, bajo la acusación de “haber intentado entrar ilegalmente a Nicaragua”, aunque un mes después fue liberado sin cargos. En esos treinta días, asegura Tiffer, la única ropa que usó fueron los calzoncillos que llevaba puestos cuando lo apresaron. Estuvo en una celda oscura de “dos metros de ancho por tres de largo” junto con otros tres prisioneros, quienes ya “tenían el pelo hasta la cintura”. Un hueco en el piso funcionaba como inodoro y por la noche las cucarachas les caminaban por la cara, narró al diario La Nación.

Según Tiffer, en los calabozos del Chipote, a los que ningún organismo defensor de los derechos humanos tiene acceso, los golpes y las burlas están a la orden del día, los reos tienen poca comida y aun menos agua; comen con los dedos y todo el tiempo están rascándose los hongos y las alergias.

“La tortura se sigue practicando en el mundo”, afirma Carrión. No es un asunto solo de la CIA ni de las viejas dictaduras, sobrevive en la modernidad, amparada por gobiernos de todo corte político, manifestándose en cosas tan aparentemente insignificantes como el uso de una oruga y también en crueles tratos que a veces acaban con la vida de las víctimas. “Nicaragua no es la excepción”, sostiene el abogado. Aquí también se está empleando “y con mucha frecuencia”.

Cuadros que reflejan horror
La serie Abu Ghraib, del colombiano Fernando Botero, cuenta con 78 cuadros que reflejan el horror de las torturas aplicadas en esa prisión.

¿Qué es tortura?

“Se entenderá por tortura todo acto por el cual un funcionario público, u otra persona a instigación suya, inflija intencionalmente a una persona penas o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido o se sospeche que ha cometido o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras, o por cualquier razón basada en cualquier tipo de discriminación, cuando dichos dolores o sufrimientos sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas a instigación suya o con su consentimiento o aquiescencia”. Convención contra la Tortura, Naciones Unidas, 10 de diciembre de 1984.

“Toda persona tiene derecho a que se respete su integridad física, psíquica o moral. Nadie será sometido a torturas, procedimientos, penas ni a tratos crueles, inhumanos o degradantes. La violación de este derecho constituye delito y será penada por la Ley”. Artículo 36, Constitución Política de Nicaragua.

“La tortura tiene una prohibición de carácter internacional. Hay convenciones que rigen el compromiso de todos los Estados parte, de prevenir los actos de tortura. Pero en general en los Estados, sean buenos, malos, autoritarios o democráticos, de izquierda o de derecha, los agentes han abusado del poder y violado los derechos humanos de las personas”, apunta Gonzalo Carrión, abogado del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh).

Apuntes sobre la tortura

  • En la historia de la humanidad se han usado numerosos animales para torturar. Desde leones y perros hasta cabras y ratas. La cabra lamía la grasa untada en los pies del reo hasta producir laceraciones. El método de la rata nació en la antigua China: el animal era colocado sobre el abdomen de la persona y luego lo cubrían con una cubeta que era calentada con fuego para obligarlo a escapar a través de las entrañas de la víctima. Esta última técnica fue representada en la película Rápido y Furioso II y en la serie Juego de Tronos.
  • Durante el gobierno de José Santos Zelaya (1893-1909), en Nicaragua, se obligaba al prisionero a beber chile triturado. Estos “purgantes de chile”, elaborados con el único propósito de causar gran irritación en el estómago, son el método más señalado por los historiadores al referirse a esta época.
  • En la antigua Roma y en la Edad Media se torturaba con cosquillas, que al fin y al cabo son una reacción nerviosa del organismo y pueden producir mucha angustia.
  • Amnistía Internacional considera que la pena de muerte, que en la actualidad es legal en muchos países, es “la forma más extrema de tortura”.
  • En 1999 el Estado de Israel deslegalizó la tortura en los interrogatorios, pero la sigue practicando. En junio de 2013 un informe de la ONU denunció que unos siete mil niños palestinos de entre 9 y 17 años, habían sido arrestados, interrogados y detenidos en este país.

La Santa Inquisición

Cuando se habla de Inquisición, de inmediato se piensa en herejes, hechiceros, brujas... y en tortura. En la Edad Media y parte de la Edad Moderna el “santo tribunal” de la Iglesia católica aplicó terribles técnicas para forzar confesiones, castigar por delitos como robo, homicidio o lectura de libros prohibidos y purificar el alma de los pecadores, en una compleja simbiosis entre el poder eclesiástico y el poder político.

Primero estaban los “apremios”, que preparaban al reo para los siguientes instrumentos. Cuatro tablillas con agujeros para los dedos de las manos y los pies, el cepo que durante días apresaba cabeza y extremidades, y el “aplastapulgares”. Luego venía la garrucha, que consistía en alzar al reo por las muñecas y los pulgares, atarle pesos a las piernas y dejarlos caer consecutivamente, con altas probabilidades de descoyuntarle los brazos. También se usaba la tortura del agua, recientemente empleada en dictaduras y por agencias como la CIA: se coloca un paño en la boca del prisionero y sobre él se vuelcan, una tras otra, muchas jarras de agua. El preso siente que se está ahogando y convulsiona.

Otras torturas eran la del desmembramiento en el potro, la de quemar ciertas partes del cuerpo y la del Toro de Fálaris, un instrumento ideado en el siglo VI antes de Cristo. Esta última consistía en introducir a los herejes dentro un toro de hierro o bronce y quemarlos a fuego lento. Sus gritos salían a través de la boca de la esfinge y se asemejaban a los bramidos del animal.

La capucha de los reos

Tras la muerte de Gonzalo Lacayo, ejecutado por guerrilleros sandinistas en 1967 y conocido hasta la fecha como torturador somocista, se adoptó una nueva medida en los interrogatorios: ya no sería el verdugo quien usara la capucha, sino la víctima. Antes de esto, los interrogadores se cubrían el rostro unas veces sí y otras no, por lo que eran fácilmente reconocidos y se arriesgaban a sufrir “ajusticiamientos”.

La capucha que les ponían a los prisioneros era “como de lona, con un orificio cubierto por una malla, por donde se respiraba”, recuerda una fuente que solicitó anonimato. “Era de azulón”, describe Heberto Incer, un torturado, en un artículo publicado en enero de 1980 en LA PRENSA, y “era de por sí sola una tortura. Además de que hedía, causaba picazón, pérdida de la noción del tiempo, desorientación y dificultad en la respiración a la hora de las golpizas y de la gimnasia de castigo”.

El “playlist” de la CIA: la música como tortura

Los primeros en usar la música como tortura psicológica sistemática fueron los norcoreanos y los chinos. La aplicaron durante la Guerra de las Coreas, a mediados del siglo pasado, para interrogar a sus prisioneros (capturaron a siete mil soldados estadounidenses en ese conflicto bélico). Más tarde en Estados Unidos se realizaron experimentos para averiguar cómo funcionaba el método. Se suponía que con las conclusiones crearían un manual para ayudar a sus soldados a soportar este tipo de tortura, pero terminaron agregándolo a su propio catálogo de técnicas de interrogatorio.

“En 2003 salió a la luz que la CIA (Agencia Central de Inteligencia, de Estados Unidos) había torturado a presos durante días con canciones de Barney o Sésamo”, dice el documental Melodías de Guerra, en el cual el compositor de Plaza Sésamo, Christopher Cerf, intenta comprender cómo y por qué fue usada su canción.

“Se trata de lograr que el prisionero dependa del interrogador y cuanto más aislemos a la persona más fácil será conseguirlo. El sonido es una forma de aislar”, le explica Mike Ritz, exinterrogador del Ejército de Estados Unidos. Se trata, le dice, de crear “tanto sonido que ni siquiera puedas escucharte pensar, te mantiene en vela provocando un estado de privación del sueño. Necesitamos crear una tensión, cuando sientas que necesitas que te rescate, vendrás a contarme tu problema”.

Otras de las razones por las que la música funciona como una perfecta arma psicológica es su capacidad para perturbar la mente y desencadenar emociones. Cuando hay disonancia en las notas el cerebro lo interpreta como algo desagradable y “se activan regiones cerebrales asociadas con la percepción de las emociones negativas”, señala Nathalie Gosselin, psicóloga musical, en el documental. La música también puede despertar incomodidad, ansiedad e incluso miedo. Sobre todo si se usa como lo hizo la CIA.

La agencia empleó el método en las cárceles de Guantánamo (Cuba), Kabul (Afganistán) y Abu Ghraib (Irak), cuando se lanzó a la caza de “sospechosos”, tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, según Melodías de Guerra y el informe divulgado por el Senado de Estados Unidos en 2014. Los prisioneros eran atados en posiciones incómodas y aislados en cuartos fríos o golpeados a puño y patada. Como complemento les colocaban auriculares que no se podían quitar y el volumen era tan alto que la música se escuchaba “en todo el edificio”. En un manual de la CIA, fechado en 2004 y desclasificado en 2009, el más alto nivel de ruido permitido era de 100 decibeles (equivalentes a un martillo hidráulico) durante dos horas. El más bajo aconsejado por los expertos era de 84 decibeles (equivalentes a una autopista) durante 18 horas. Pero hay informes sobre reos que pasaron días escuchando música atronadora.

El “playlist” de la agencia va desde el dinosaurio Barney, Plaza Sésamo y maullidos musicalizados, hasta rock del más pesado. La lista, realizada por el portal de investigaciones Mother Jones, incluye 21 canciones. Entre ellas están Hells Bells y Shoot to Thrill, de AC/DC; Die Mother Fucker Die, de Dope; White America y Kim, de Eminem; Dirty, de Christina Aguilera; Stayin’ Alive, de Bee Gees; Enter Sandman, de Metallica; Fuck you God, de Deicide; América, de Neil Diamond y All Eyez On me, de 2 Pac. También hay testimonios sobre torturas con canciones de Marilyn Manson y mezclas de géneros distintos, como el rock de System of a Down con las baladas de Johnny Cash. Compruébelo usted mismo. Aún en la comodidad de su oficina, frente a la computadora, el efecto de esta amalgama será aterrador.

Años ochenta: la Stasi en Nicaragua

En esta época la tortura se volvió más psicológica que física. Equipos destinados a la aplicación de técnicas de interrogatorio recibieron entrenamiento de la Policía Secreta de Alemania del Este, conocida como Stasi, y también de Cuba.
Los métodos psicológicos son los que alteran los sentidos o la personalidad del reo. No dejan huellas visibles. Estos son algunos de los más comunes, según la Cruz Roja Internacional:

  • Privación del sueño.
  • Total aislamiento.
  • Miedo y humillación.
  • Amenazas y aprovechamiento de fobias para despertar el miedo a morir o a
  • sufrir daño físico.
  • Anuncios de que se hará daño a parientes cercanos.
  • Desnudez forzada, privación de la luz, etc.

cárcel en leon

Esta es una celda de la antigua cárcel La 21, en León, ahora convertida en museo. La prisión fue inaugurada en 1921, de ahí viene su nombre, y durante muchos años fue escenario de las torturas ejecutadas por la Guardia somocista. Tanto sufrimiento hubo en este lugar que tiene fama de presentar fenómenos paranormales. En 2010, un equipo de Ghost Hunters International intentó encontrar fantasmas en La 21, pero solo halló supuestos “sonidos extraños” y “una luz voladora”.

 

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