Un chance en la vida

Reportaje - 20.09.2009
Asociación Antorcha

Las dificultades que cualquier persona enfrenta para conseguir trabajo en la Nicaragua de hoy, se multiplican por mil cuando se es discapacitado. Sin embargo, hay un grupo que está haciendo el intento

Dora Luz Romero
Fotos de Bismarck Picado

Todos los días, Jairo González sale de su casa ubicada en la comunidad de El Aguacate rumbo a Jinotepe. Camina tres kilómetros –a paso lento por su peso–, lleva su mochila a cuestas y con una sonrisa que hace que sus ojos se vean casi cerrados, saluda a todo aquél que ve por la calle. “Él es bien cariñoso”, dice su mamá, doña Dora Calderón. Llegar a su destino le lleva poco más de hora y media.

Jairo tiene 30 años y hasta hace algunos meses es que su mamá lo deja ir solo a la Asociación Antorcha, donde recibe clases de lunes a viernes. El muchachote gordito y risueño habla poco, y cuando lo hace pareciera que balbucea. Padece síndrome de Down y al igual que él, otros 29 jóvenes discapacitados están siendo preparados para formar parte del mundo laboral.

Pero Jairo nunca podrá ser parte de ese mundo. Y su mamá lo sabe, pero aún así, a diario lo envía a Antorcha porque “él pasa muy alegre y se siente útil”.

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A este sitio, con aires de colegio, llegan jóvenes mayores de 18 años, que ya salieron de la escuela especial y a quienes sus padres anhelan ver valiéndose por sí mismos. Pero no es tan fácil como parece. Algunos llevan años aprendiendo carpintería o jardinería, pero en el fondo sus familiares saben con certeza que jamás podrán trabajar y devengar un salario. Otros, han dado un paso en el mundo laboral, pero por su discapacidad se les ha hecho difícil mantenerse ahí.

Sin embargo, a pesar del panorama sombrío que se divisa en el futuro de estos muchachos, cuatro mujeres –tres fundadoras de Antorcha y su directora– han puesto sus esperanzas en un mejor futuro para estos jóvenes que, a pesar de sus edades, parece que nunca dejarán de ser niños.

Talleres Antorcha
Actualmente Antorcha tiene aproximadamente 30 estudiantes.

***

Alas 10 de la mañana suena el timbre. Los alumnos salen en estampida a su receso. Primero se dirigen hacia la cocina, donde se les da un refresco y una galleta. Julián Acevedo, un alumno de 32 años, camina de prisa. Es delgado, un tanto encorvado y dentro del grupo es considerado el líder. Padece de retardo mental leve y según dice su sobrino Jorge Espinoza, “aunque tenga 32 años se comporta como un niño de 10”.

Camina hacia la Dirección. Pareciera que se ríe consigo mismo. Toma una grabadora, la lleva donde están sus compañeros. Sintoniza una emisora y pronto hace que todos se contagien con la música “y la chica se mueve sexy, y la chica se mueve rico...”. Cada cual, a ritmos diferentes. Él no baila. Sólo observa. Ríe. Y de cuando en cuando aplaude las destrezas en danza que tienen sus compañeros.

Mientras tanto, allá, alejada del grupo se encuentra Celina Leach, de 35 años. Hoy, Celina no quiere bulla cerca. Sentada en la dirección saca su lonchera rosada donde lleva su merienda. Come galletas, tortillitas y toma su refresco. Mira de un lado hacia otro, pero no habla con nadie. Está concentrada en esa galleta, que como cualquier niño, abre y lo primero que se come es lo dulce del centro. Celina padece síndrome de Down. Su mamá –llamada también Celina Leach– asegura que su hija es muy independiente. Ella, como una de las fundadoras de Antorcha, está convencida que muchos de los alumnos “pasarán muchos años aquí porque no tienen la capacidad intelectual de ir a trabajar a ningún lado”. Su hija es una de ellas.

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Leach asegura que a Celina le habría gustado ser maestra. “Me costó traerla para acá porque ella quería seguir en la escuela (especial) porque le gustaba jugar con los niños chiquitos. Su vocación habría ido ser profesora”, considera. Mientras habla, Celina, está ahí, pero pareciera ausente. Sus ojos son celestes, como el agua del mar, viste de rosado y prefiere hablar inglés. “Dear, let´s go”, le pide repetidas veces a su mamá.

Todos parecen divertirse a la hora de receso. Mientras unos bailan, otros juegan fútbol o futbolín, algunos prefieren platicar y otros simplemente disfrutar de su soledad. En este grupo hay de todo: ciegos, sordos, con retardo, con síndrome de Down.

Suena el timbre para regresar a clases. Se escuchan refunfuños, murmullos y quejas. Julián, se acerca a la grabadora y la apaga. Molesto, la toma para llevarla de regreso a la Dirección, de donde la tomó.

—Profesora, profesora... todavía faltaba. Mire, mire, todavía quedan ocho minutos. Eso es lo que no me gusta –se queja.

Sin remedio, regresa a su aula de clases, o más bien, al taller donde a diario aprende a ser carpintero.

¿Dónde van los jóvenes discapacitados una vez que egresan de la Escuela de Educación Especial? Cuando Margarita del Carmen, Marlene Stadthagen y Celina Leach intentaban contestarse esa pregunta, surgió la idea de Antorcha, fundada en 1998. “Empezamos con las olimpíadas especiales y después poco a poco fuimos abriendo talleres”, explica Margarita del Carmen, una de las fundadoras. Por ahora, hay taller de carpintería, taller de mechas de lampazo, taller de costura, taller de bolsas, taller de jardinería, entre otros.

“La idea es que se preparen y salgan a trabajar a su comunidad, pero nos ha costado un poquito porque ellos están felices aquí”, afirma Marlene Stadthagen, quien tiene un hijo con síndrome de Down que asiste a este centro. Además, asegura que aunque han tratado de integrarlos en trabajos fuera de la asociación, los estudiantes “hay días que llegan y otros no, y de pronto dejan de llegar”.

Leach, por su parte, considera que las personas con discapacidad son “muy productivas. Además no les gusta pasar encerrados en casa y les gusta sentir que contribuyen y eso es un poco lo que intentamos hacer aquí”.

Estas tres mujeres junto con la directora de la asociación, Lissette Mercado, aseguran que trabajar con discapacitados es lo mejor que les ha podido pasar en la vida. “Son jóvenes, tan llenos de amor. Los adoramos, son almas puras que tienen mucho que enseñar”, reconoce Margarita del Carmen. Mientras que Marlene Stadthagen asegura que su vida entera cambió cuando su hijo, José, ahora de 33 años, nació. “Yo creo que Dios le manda estos hijos a personas especiales. Yo me considero una madre especial y siento que el Señor me ha usado para ayudar a otros también”, explica doña Marlene, mientras apapacha a su José.

Celina Leach
Celina Leach, una de las fundadoras de Antorcha, junto con su hija del mismo nombre.

***

En el taller de carpintería uno de los muchachos lija la madera sin parar. Cada aprendiz tiene una función, algunos aplican sellador, otros cortan madera, otros le dan el acabado final. Los guían dos profesores: Douglas Cortés y Sergio Ramos, ambos carpinteros.

—¿Está bien así profesor? –le pregunta el joven.

—Sí. Seguí así, vas bien, pero te tiene que quedar fino –le contesta el profesor Douglas.

El muchacho sonríe y contento de la respuesta que escuchó regresa a su puesto de trabajo. Sigue lijando.

Son un grupo alegre. Bromean entre ellos y los que no escuchan sonríen cuando ven al resto reír. Ahí, en ese taller se fabrican sillas, vineras, servilleteras, también se hacen bandejas, mesas. Todo elaborado de madera. Trabajan por encargo, y ya tienen clientes que llegan a hacer sus pedidos. Además ofrecen artículos que venden en el mismo sitio para así recaudar fondos y mantener el centro, aunque no subsisten de ello, sino de las donaciones.

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El profesor Sergio Ramos asegura que trabajar con jóvenes discapacitados “ha sido una experiencia muy linda. Pensé que no iba a tardar mucho porque pensé que no iban a asimilar. Lo que voy a transmitir se va a perder, dije, pero no fue así. Lo que sí es que hay que tener paciencia, repetirles las cosas diario”.

Mientras ellos reciben carpintería, algunas muchachas aprenden costura y otros a hacer mechas de lampazo.

Cuatro muchachas, sentadas frente a una máquina de coser, elaboran delantales, blusas, cubrecamas, manteles... La presencia de extraños pareciera incomodarlas. Ríen avergonzadas y agachan sus cabezas. Ahí pasan toda la mañana, aprendiendo técnicas de costura. “La idea es que cuando salgan hayan aprendido algún oficio para defenderse”, explica la profesora.

Mientras tanto, en la sección que queda justo al frente de la de costura, hay unos ocho jóvenes. Hombres y mujeres. No hablan durante la clase. Al menos hoy no. Cada uno tiene sobre su mesa un rollo de hilos blancos. Poco a poco van cruzando los hilos. Zocan. Amarran. Y vuelven a cruzar hasta que los hilos se convierten en una mecha de lampazo. “Aquí no sólo hacen mechas de lampazos. En este clase desarrollan lo que es comportamiento”, explica el profesor Carlos José Sánchez.

***

¿Ha dado frutos el esfuerzo por integrar a los discapacitados en el mundo laboral? Tres de los jóvenes cuentan sus experiencias en el mundo laboral. Juan Carlos García, quien padece de retardo, trabaja de carpintero. Francisco Medrano, quien tiene problemas auditivos, pinta y además es profesor de clases de señas. Gema Herrera trabaja de costurera.

Juan Carlos García es ex estudiante de Antorcha y cuenta que ahí aprendió a enjuncar, hacer moldes y a poner sellador. Cuando este joven de 26 años recién salió de la asociación solía trabajar en un taller de carpintería. Pero no tardó mucho. “Yo iba a trabajar, pero el señor me decía: ‘bueno te vas a ir temprano hoy’. Así me iba a llevar y yo no hacía nada, entonces para eso mejor me quedaba en la casa”, cuenta Juan Carlos, quien ahora trabaja únicamente por encargos. “A veces la gente me busca para poner sellador o ponerle junco a las sillas”, relata.

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—¿Y cuánto cobrás?

—Por enjuncar cuatro sillas, arriba y abajo, 450 pesos. Ya pintada es otro precio.

—¿Y tenés trabajo diario, semanal?

—Nooo. Que va. Es a veces que me buscan a mí. A veces también hago mandados.

—¿En qué usás el dinero?

—Compro comida. Ahorita vivo con una muchacha, ella también estaba aquí (Antorcha)

—¿Quién te mantiene?

—Mi mama trabaja y me manda reales de Managua.

Gema Herrera, de 19 años, asiste a los talleres de costura de Antorcha, pero por las tardes pone en práctica sus conocimientos en su casa en Santa Teresa, de donde es originaria. Gema tiene problemas auditivos y mediante lenguaje de señas explica que en su barrio ya hay quienes le hacen encargos. “Hago pantalones, vestidos, delantales para las mujeres que venden fritanga”, cuenta a través de su profesora. Gema, además de casarse, sueña con tener su propio taller de costura. Dice creer que va por buen camino, porque poco a poco se ha ido dando a conocer en su ciudad.

Además de Gema y Juan Carlos, otro de los jóvenes que se ha incorporado al mundo laboral es Francisco Medrano, ex alumno de Antorcha. Este joven de 23 años es sordo y mediante lenguaje de señas explica lo difícil que es conseguir un trabajo debido a su discapacidad. “La gente cree que somos incapaces de hacer algunas cosas y no eso no es cierto”, reprocha Francisco, quien además de pintar es profesor de lenguaje de señas en la Asociación Nacional de Sordos de Nicaragua. “Me gusta enseñar, pero otro de mis sueños es pintar. Yo le digo a la gente que yo puedo, me dicen que me van a llamar y después se hacen los que se les olvida”, le dice a la directora Lissette Mercado, quien ayuda a interpretar.

Francisco cree que en Nicaragua debería haber más oportunidades para las personas con discapacidad. Y es precisamente pensando en esa falta de oportunidades que su sueño más próximo es viajar a Costa Rica, donde según le han contado algunos amigos, ser sordo no es un problema.

En este centro algunos como Francisco, Gema y Juan Carlos han tenido la suerte de saborear lo que es el mundo laboral. Jairo, el joven gordito y risueño que para llegar Antorcha camina una hora y media no tendrá la misma suerte. Aún así, es feliz. También su mamá, doña Dora, lo es. Eso sí. Lo único que esta señora le pide a Dios es que se lo lleve a él antes que a ella, porque “¿qué va hacer este niño en este mundo sin mí? Nada”, se responde a sí misma.

Juan Carlos García
Juan Carlos es ex alumno de Antorcha y actualmente trabaja por su cuenta. Sin embargo cuenta que no ha sido fácil.

Leyes y Discapacitados

Según las leyes en Nicaragua, se procurará que los discapacitados se integren al mundo laboral. Aquí algunos artículos que lo plantean:

Artículo62. Constitución Política de Nicaragua. “El Estado procurará establecer programas en beneficio de los discapacitados para su rehabilitación física, psicosocial y profesional y para su ubicación laboral”.

Artículo198. Código del Trabajo. “Los discapacitados tienen el derecho a obtener una colocación que les proporcione una subsistencia digna y decorosa y les permita desempeñar una función útil para ellos mismos y la sociedad”.

Artículo199. Código del Trabajo. “El Ministerio del Trabajo establecerá los términos y condiciones en los cuales las empresas públicas y privadas darán empleo a discapacitados, de acuerdo con las posibilidades que ofrece la situación social y económica del país”.

Artículo13, inciso b, Ley de Prevención, Rehabilitación y Equiparación de oportunidades para las personas con discapacidad. “...toda Empresa estatal, privada o mixta, deberá contratar o tener contratado por lo menos a una persona discapacitada con una proporción de cincuenta personas a una, según planilla”.

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