Así nació la Contra, la guerrilla de campesinos alzados contra el sandinismo

Reportaje - 16.12.2019
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La Revolución sandinista produjo a la Contra, la unión de campesinos reprimidos, sandinistas descontentos y exguardias con ansias de revancha. El nacimiento de esta guerrilla se vivió en varias etapas

Por Eduardo Cruz

“Misión cumplida”, dijo Israel Galeano, el último jefe de la Contra, conocido como comandante Franklin, cuando entregó su fusil a la presidenta Violeta Barrios de Chamorro el 27 de junio de 1990, en San Pedro de Lóvago, Chontales, convertida en ese momento en “capital de la paz” de Nicaragua porque ese día, en ese lugar, se desarmó oficialmente el último de los contras.

Tras las palabras del comandante Franklin, un nutrido grupo de campesinos y unos 100 contras, los más leales al jefe rebelde, se soltaron en aplausos.

Entre la concurrencia, además de la presidenta, las otras personalidades presentes eran el cardenal Miguel Obando Bravo y funcionarios de la ONU.

Era el fin de la Contra, un grupo armado de campesinos, sandinistas inconformes con la revolución y un reducido grupo de exoficiales de la Guardia Nacional de Somoza, que durante más de ocho años pelearon en las montañas de Nicaragua con el fin de derrocar al régimen de los nueve comandantes sandinistas que gobernaron al país en los años ochenta. Tuvieron varios nombres, pero fueron mejor conocidos como los “contras” o Contrarrevolución. “Paladines de la libertad” les llamó el presidente norteamericano Ronald Reagan, quien personalmente se dedicó a recaudar dólares para financiarlos.

Tropas de la contra rumbo a la Operación Oliverio, una de las más exitosas de la Contra, ejecutada en el Triángulo Minero, en 1987. FOTO/ CORTESÍA/ DOCTOR HENRY

La guerra que enfrentó a los contras con los sandinistas no tuvo un ganador declarado, pero cuando el comandante Franklin entregó su fusil el objetivo principal de los rebeldes estaba cumplido: los sandinistas habían dejado el poder el 25 de abril de 1990, después de perderlo en las elecciones de febrero de ese año, que fueron ganadas por la UNO y su candidata presidencial, doña Violeta.

La Contra aglutinó a aproximadamente 23 mil hombres durante su existencia, pero pudieron ser muchos más, tomando en cuenta que en sus inicios no fue un ejército debidamente organizado. Y el origen de esta guerrilla, considerada la más fuerte que ha habido de corte derechista, se fraguó en diferentes episodios.

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Luis Adán Fley es originario de Matagalpa pero desde 1971 comenzó a vivir en El Cuá, Jinotega. Ahí, a finales de los años setenta del siglo pasado, comenzó a colaborar con la guerrilla del FSLN, llevándoles medicinas, botas y otros enseres.

Poco después del triunfo de la Revolución sandinista, en agosto de 1979, lo llamaron a dirigir la sucursal en Jinotega de la Empresa Nicaragüense del Café (Encafé). Fley se fijó que los sandinistas habían eliminado el comercio del café, obligando a los campesinos a vender ese grano solamente a la empresa estatal.

Pero eso no fue lo peor.

Cuando los campesinos llevaban el café, Fley no les pagaba inmediatamente, sino que les entregaba un recibo y el paso se haría efectivo hasta seis meses después. “Eso fue un choque para el campesino, acostumbrado a vender su café a quien se lo comprara. Y después el campesino compraba medicina, jabón, azúcar, todo lo que necesitaba en el campo”, recuerda Fley.

Otra situación que Fley vio negativa fue que los sandinistas trataron de organizar a los campesinos y los comenzaron a citar a reuniones. “Como los campesinos no estaban acostumbrados a estar en reuniones, no participaban. Pero entonces fueron catalogados como reaccionarios y los comenzaron a encarcelar”, explica.

Al mismo Fley le correspondió pasar una semana preso porque, siendo empleado de Encafé, asistió a un mitín organizado por el opositor Alfonso Robelo. Inmediatamente también lo despidieron de la empresa estatal.
A los campesinos más rebeldes no los encarcelaban. Los mataban.

Fley todavía tiene fresca en la memoria la lista de algunos de sus amigos y conocidos asesinados en los alrededores de El Cuá: José Augusto Torres Ceas; Justiniano Cano, quien padecía de parálisis; Tránsito Granados, un criador de cerdos; José María Gutiérrez, a quien le decían cariñosamente Chema Peludo; Emilio Méndez; Tomás González, a quien colgaron de un árbol, de noche, después de que lo sacaron de su casa delante de su familia; Carmen Rizo, un hombre a quien en el mismo acto también le mataron una vaca; Juan Hernández Hernández. La lista sigue.

Óscar Sobalvarro es hijo de Justo Sobalvarro, un juez de mesta de la época de Somoza, y ese fue el motivo por el que los sandinistas, apenas llegaron al poder, echaron presos a Justo y a algunos de sus hijos, incluido Óscar.
Cuando los liberaron, los sandinistas invitaron a Óscar a unirse al ejército pero él se negó. Prefería trabajar en su finca.

La mayoría de los campesinos apoyaron a los contras en la guerra de los años ochenta. FOTO/ CORTESÍA/ LUIS FLEY

El padre de Óscar “no se tragaba el cuento” de los sandinistas y siempre los criticó por comunistas.

Los Sobalvarro se convencieron de lo que decía el padre cuando observaron que la alfabetización era utilizada para “adoctrinar” al campesino.

Junto a Antonio Bellorín, conocido como Chilindrín, un exguardia que huía de los sandinistas, Óscar Sobalvarro reunió a un grupo de amigos y vecinos y se autollamaron Milpas, nombre que significa Milicias Populares Antisandinistas, inspirado en las Milicias Populares Antisomocistas, también Milpas, grupo de guerrilleros que hasta hacía pocos meses habían combatido contra Somoza.

Con ese grupo, Sobalvarro comenzó a intimidar a los alfabetizadores que sabía eran los que más se dedicaban a adoctrinar a los campesinos durante las clases. “Operábamos de noche, encapuchados. Nos presentábamos como los milpas. Ya después se supo quiénes éramos y ya actuábamos abiertos (sin capuchas)”, recuerda Óscar Sobalvarro.

Otro grupo de Milpas fue organizado por Encarnación Valdivia, quien poco después comenzó a ser conocido como comandante Tigrillo. Valdivia había pertenecido a las tropas del comandante sandinista Germán Pomares Ordóñez, el Danto. Y después del triunfo de la revolución sirvió como guardafronteras en el río Coco, en la parte del Caribe.

A Valdivia le llamó la atención que algunos de sus compañeros fueron enviados a Cuba y, según contaría después, volvían hablando en mal de Dios. “Decían que Dios no existía”, le contó a El Nuevo Diario en el 2006.

El descontento de Valdivia con la Revolución sandinista aumentó cuando fue consciente de que las tierras de los campesinos estaban en peligro. En el 2004, Valdivia le dijo a la revista Magazine que los sandinistas decían: “Los terratenientes no serán dueños ni de sus propios hijos”. Y la traducción que él le daba era: “Las tierras iban a ser de nadie”.

Convencido de la amenaza que significaban los sandinistas para los campesinos, Valdivia se unió a un grupo de armados que le decían los Milpas.

En su edición de septiembre de 1991, la revista Envío explica que, según un estudio de 1980, el Ciera, en aquel tiempo centro de investigaciones del Ministerio de Reforma Agraria, indagó sobre las primeras bandas de contras y concluyeron que “las razones fundamentales para que los campesinos se alzaran en armas eran problemas relacionados con la tierra y con el papel que jugaba el Estado”. Los que tenían tierras tenían temor a ser confiscados y los que no, estaban molestos porque no se les entregaba la tierra que le había prometido la revolución, especialmente los que habían luchado contra la dictadura somocista.

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Si a los campesinos y exsandinistas los motivaba a armarse una vez que los sandinistas comenzaron a cometer “errores” en el poder, quienes habían pertenecido a la Guardia Nacional de Somoza los movía el deseo de revancha.

“Yo sabía que no iba a haber piedad para los que habíamos pertenecido a la Guardia”, explicó Walter Calderón en 1987, al diario español El País. Calderón, uno de los máximos jefes militares de la Contra, conocido como comandante Toño, fue teniente de la Guardia Nacional.

“Los sandinistas confundieron la justicia con la venganza. Solo el hecho de pertenecer a la Guardia suponía 30 años de cárcel y yo no me iba a quedar en mi país para eso”, agrega Calderón.

El 17 de julio de 1979 el dictador Anastasio Somoza Debayle huyó de Nicaragua. Y, tras él, la mayoría de los guardias nacionales salieron en desbandada. Solo unos pocos quedaron en el país, algunos heridos en el hospital militar y otros se acuartelaron en la Fuerza Aérea para después ser recogidos por la Cruz Roja.

De acuerdo con el sargento Luis Moreno, quien en la Contra fue uno de los jefes militares más destacados y conocido como Mike Lima, muchos guardias huyeron a Guatemala y Estados Unidos, pero también hubo unos cuantos que se fueron a la frontera con Honduras.

Walter Calderón, comandante Toño, contó a El País que salió primero hacia El Salvador, después a Guatemala y, en octubre de 1979, llegó “con diez dólares en el bolsillo” a Miami, donde se instaló definitivamente.

“Los dos años y medio que pasé en Estados Unidos me enseñaron muchas cosas. Aprendí lo que realmente es una democracia, aprendí muchos principios y muchos conceptos que yo no los tenía muy en mente. Aprendí el respeto a los derechos ciudadanos, el respeto a las libertades públicas, religiosas y de toda índole, y aprendí que el voto, en un país democrático, es un arma cívica. Eso me motivó para, algún día, ver en Nicaragua ese proyecto”, confesó Calderón en 1987.

Moreno, por su parte, fue herido por una bala en la espalda en la noche del 18 de julio de 1979, un día antes de la derrota de la Guardia. Afirma que fue el último oficial que llegó herido al hospital militar.

Para salir del país, Moreno, en ese entonces de 19 años de edad y subteniente graduado, tuvo que auxiliarse del fuerte entrenamiento que había recibido como militar, especialmente en cómo evadir y escapar. “A los guardias nos querían exterminar”, recuerda Moreno, quien, después de haber estado en manos de los sandinistas y escapar de morir, llegó a Guatemala luego de un periplo por otros lugares de Centroamérica.

A los contras que se quedaron en Nicaragua no les fue bien. La mayoría de ellos pasaron en las cárceles sandinistas casi todo el tiempo que duró la revolución. Los sandinistas habían alegado que los metían presos para protegerlos de la ira popular, pero en noviembre de 1979 crearon los tribunales populares antisomocistas y la mayoría de los exguardias fueron condenados.

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Cuando surgieron los primeros brotes de contras, en 1980, todavía no se llamaban así pero Tomás Borge fue el primero en hablar de “Contrarrevolución”, y los sandinistas decían que esos contrarrevolucionarios eran exguardias somocistas.

Hoy, muchos excontras aclaran que las primeras manifestaciones contrarrevolucionarias armadas fueron realizadas por campesinos, principalmente por algunos de ellos que una vez fueron guerrilleros sandinistas en contra de la dictadura somocista.

El exoficial de la Guardia, Luis Moreno, o Mike Lima después en la Contra, recuerda que en la frontera hondureña sí había un remanente de guardias, pero conoció que en la mayoría de las ocasiones ellos hacían incursiones en territorio nicaragüense para robar ganado.

La mayoría de los excontras, por no decir casi todos, concuerdan en que el primer grupo contra, con intenciones serias, fue el dirigido por Pedro Joaquín González, Dimas.

El miércoles 23 de julio de 1980, aproximadamente a las 6:30 de la mañana, el grupo de Dimas se tomó Quilalí.
Entraron al poblado en una camioneta de tina, roja. Eran 10 hombres vestidos de verde olivo y dos de civil. Iban armados con escopetas, rifles .22, una M-16 y hasta una bomba. Se dirigieron hacia el comando de Policía, donde solo se encontraban tres policías y cuatro civiles.

Fue algo rápido y sencillo. La Policía quedó tomada por los armados y luego una parte de ellos se dirigió a las calles de abajo de Quilalí, donde se toparon con un grupo de policías que regresaba de cumplir una misión. Se inició un tiroteo. Los pobladores cerraron las puertas de sus casas y las calles quedaron desiertas. Los periódicos reprodujeron los informes oficiales sobre la toma de Quilalí: dos heridos, el policía Justo Pastor Ibarra y un civil que estaba detenido.

Antes de lo de Quilalí, hubo otras acciones armadas, pero a Dimas se le considera el primer contra. Quienes lo conocieron dicen que tenía visión. Después de Quilalí se fue a Honduras a hablar con los exguardias, a proponerles que se unieran para luchar contra los sandinistas. Eso era difícil, porque Dimas había luchado contra los guardias apenas meses antes, cuando él era lugarteniente de Germán Pomares Ordóñez.

El propio ejército reconoció, mediante un comunicado, que el hombre que dirigió la toma de Quilalí se trataba de un guerrillero sandinista, Pedro Joaquín González, Dimas.

Pedro Joaquín González, conocido como Dimas (en el centro con la gorra hacia atrás), fue el segundo jefe de la columna de Germán Pomares y luego se convirtió en el primer jefe contra, en Quilalí, Nueva Segovia. FOTO/ CORTESÍA

Para contrarrestar el efecto, el ejército sandinista informó que Dimas, por su indisciplina, fue expulsado del FSLN y que nunca se le había incluido como miembro del Ejército Popular Sandinista (EPS). Aseguraron que Dimas era “indeseable” y de “baja moral”, aunque sí mantuvieron que había sido responsable militar de la zona de Quilalí.

A Dimas lo mataron poco después de la toma de Quilalí. El 19 de septiembre de 1980 murió traicionado supuestamente por uno de sus más queridos amigos, Mamerto Herrera, quien también era sandinista y había luchado junto a Dimas cuando ambos eran soldados en las filas de Germán Pomares.

Los hombres de Dimas huyeron a Honduras y la mayoría de ellos luego se convirtieron en grandes jefes dentro de la Contra, como el Chele Douglas, el Coral y los hermanos Meza, entre ellos Cinco Pinos y Denis Meza, el jefe de personal de la Contra, entre otros.

Aunque a Dimas se le conoce como el primer contra, casi simultáneamente había otros campesinos que se estaban armando en contra del sandinismo. Entre ellos se destaca a Irene Calderón y a Óscar Sobalvarro, quien en la contra fue conocido como comandante Rubén.

Sobalvarro asegura que el grupo que él formó junto al exguardia Antonio Bellorín fue el primero que se autodenominó Milpas. Un día él se fue a un cuadro de beisbol y se llevó a todos los jugadores a luchar contra los sandinistas con unas armas que había conseguido entre los finqueros de la zona de Jinotega. Armas de cacería principalmente.

A este grupo de Milpas se habría unido Encarnación Valdivia, después conocido como Tigrillo, cuando andaba acompañado por futuros jefes contras de renombre, como José Danilo Galeano Rodas, Tiro al Blanco e Israel Galeno, el comandante Franklin, el último contra en entregar su fusil cuando ganó doña Violeta Barrios de Chamorro la presidencia.

Una de las primeras acciones del grupo de Tigrillo, que fue muy publicitada, ocurrió en Pedernales, en El Cuá, Jinotega.

Originalmente, Tigrillo pretendía tomarse El Cuá, pero no pudo porque no logró distraer a los guardias del cuartel.
Decidió montar una emboscada en los Pedernales, donde iban a pasar unos miembros del ejército sandinista. Eran 11 soldados que iban en una camioneta roja. Todos murieron en la emboscada, solo el chofer de la camioneta se salvó, contaría después Tigrillo a El Nuevo Diario.

Al igual que el grupo de Dimas, Tigrillo y sus hombres se fueron a refugiar a Honduras, donde encontraron a otro grupo de campesinos y a los más de 200 exguardias somocistas que estaban ahí.

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El coronel de la Guardia Nacional, Enrique Bermúdez, estaba en Washington cuando cayó el gobierno de Anastasio Somoza Debayle. Trabajaba en la embajada como agregado militar y tenía buenos contactos con el gobierno estadounidense y con la Central de Inteligencia Americana (CIA).

Conocido como 3-80, porque ese era su número de cadete en la Guardia Nacional, a Bermúdez lo vieron llegar, en agosto de 1981, los campesinos y exguardias que estaban en campamentos en la frontera de Honduras con Nicaragua. Según Luis Fley, conocido en la Contra como comandante Johnson, fue el 17 de agosto de 1981 que él lo vio llegar a un campamento en Arenales. Ese día se podría decir que nació la Contra.

En Honduras, el ejército ubicó a los rebeldes nicaragüenses en campamentos, pero no tenían muchas condiciones para subsistir. Los excontras de esa época cuentan que ellos iban a buscar trabajo a las fincas hondureñas para llevar la comida a los que se quedaban en los campamentos. Además de en Arenales, uno de los primeros campamentos estuvo ubicado en Maquengales. Pero había varios. También en Choluteca y en San Marcos de Colón.

La situación de los que estaban en los campamentos era crítica. No tenían recursos y había muchos enfermos. Pasaban mucha hambre.

La Contra tenia buenos aparatos de comunicación para coordinar a las tropas cuando ingresaban a combatir en territorio nicaragüense. FOTO/ CORTESÍA

De acuerdo con los excontras, Bermúdez llegó a Honduras para explorar la situación en la que se encontraban los armados opositores al régimen sandinista. Pero ya se había contactado con personeros del gobierno estadounidense y gente de la CIA para apoyar económicamente y con armas a los rebeldes.

Además, Bermúdez había hecho contactos con el ejército argentino, quien dispuso cierto personal para trasladarlo a Honduras y entrenar a la recién nacida Contra. El grupo al que se acercó Bermúdez fue llamado Fuerzas Democráticas Nicaragüenses (FDN).

Fley comenta que el día que vio por primera vez a Bermúdez, el excoronel lloró al ver que había gente dispuesta a luchar contra los sandinistas. “Comunistas”, les decía Bermúdez.

Bermúdez habría llegado acompañado de miembros del ejército hondureño y de un alto mando militar argentino. Ellos habrían dejado dos mil dólares a un campesino hondureño para que le diera de comer a los guerrilleros nicaragüenses.

Los primeros contras fueron entrenados por argentinos, admite Fley, pero considera que el objetivo principal de esos argentinos no era la lucha contra los sandinistas, sino vigilar de cerca a los argentinos de izquierda que, con el triunfo de la revolución, habían llegado a Nicaragua procedentes de México, al igual que llegaron al país numerosos grupos de la izquierda latinoamericana, como los Tupamaros, el MIR, las Farc, entre otros, y que eran conocidos como internacionalistas.

Ya con los argentinos, Óscar Sobalvarro, comandante Rubén, recuerda que se hizo una base para los entrenamientos, en Lepaterique, y el primer campamento fue en Maquengales, por la zona de Trojes, Paraíso.

Bermúdez regresó a la frontera con Honduras con más ayuda y con exguardias nacionales que reclutó en Estados Unidos y en Guatemala.

Luis Moreno, conocido como Mike Lima, estaba en Guatemala como guardaespaldas de un oficial guatemalteco cuando se le acercó el excoronel Juan Gómez, nicaragüense, y le dijo que si quería irse con Bermúdez, que estaba necesitando buenos oficiales para ir a pelear contra los sandinistas.

Moreno había estado invitado como cadete en West Point, era subteniente y se sentía con el entrenamiento adecuado para ir a luchar. El militar recuerda que en la Guardia Nacional cada oficial costaba su formación unos 200 mil dólares, los cuatro años de preparación, y él había cursado tres años.

Otro oficial muy bien preparado era Walter Calderón, quien después fue conocido como comandante Toño. En su etapa de guardia recibió un entrenamiento especializado en el área norteamericana del canal de Panamá. Realizó un curso de experto en guerra de jungla, se hizo paracaidista, fue graduado de honor en instrucción especializada en operaciones de patrullaje, obtuvo el título de oficial táctico de la zona del canal y realizó un curso básico para oficiales de infantería.

De acuerdo con Moreno, Bermúdez y el comandante Toño fueron los verdaderos jefes militares de la Contra.
En total, según Moreno, fueron 427 guardias nacionales los que se integraron a la Contra de la mano de Bermúdez, muchos de ellos fueron entrenadores de los campesinos que se integraron a la lucha, los cuales fueron la mayoría dentro de la Contra, que con el tiempo llegó a ser conocida como Resistencia Nicaragüense. La FDN, dirigida por Bermúdez, fue parte de la Resistencia.

La mayoría de los excontras reconocen que los guardias nacionales fueron importantes porque eran los que conocían de tácticas de guerra, pero insisten en que llegaron hasta que hubo financiamiento norteamericano y quienes más soportaron la Contra fueron los campesinos.

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Los contras tuvieron en Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos, a su más caritativo benefactor. El propio Reagan hacía campañas de recaudación de dinero a favor de los contras cuando el Congreso norteamericano se la ponía difícil para aprobar ayuda a los rebeldes nicaragüenses.

Reagan llegó a la Casa Blanca en enero de 1981 y marcó un giro casi inmediato en la política exterior de Estados Unidos hacia Centroamérica. Entre las primeras acciones que tomó fue suspender la ayuda a Nicaragua, gobernada por los sandinistas.

El anterior presidente norteamericano, Jimmy Carter, apoyó a los sandinistas para que derrocaran a Anastasio Somoza Debayle, cuya familia había recibido siempre el apoyo norteamericano para gobernar Nicaragua desde 1937 hasta 1979.

Contras en descanso en Capiri, Honduras. De izquierda a derecha: Wilfredo Chele; Encarnación Valdivia, “Tigrillo”; Omar, hermano de Cinco Pinos y Dimas Tigrillo, hermano de Tigrillo. FOTO/ CORTESÍA/ DOCTOR HENRY

Reagan, por el contrario, consumado anticomunista, llegó decidido a hacerles la guerra a los sandinistas, quienes por su parte recibían el apoyo de la Unión Soviética y también de los cubanos. Eran los últimos años de la Guerra Fría, que tenía enfrentada a las potencias de Estados Unidos y los soviéticos.

Ya que Carter había permitido que los sandinistas llegaran al poder en Nicaragua, Reagan quería impedir que más “amigos” de los soviéticos llegaran al poder en el resto de Centroamérica, especialmente en El Salvador, donde luchaban los del FMLN.

Para Reagan, la Contra llegó a ser muy importante. Altos mandos de la Contra visitaron a Reagan en Washington. El presidente norteamericano les llamaba “paladines de la libertad”.

Si al principio, los contras pasaban dificultades económicas, con la llegada de Reagan al poder las cosas cambiaron. Ya antes de Reagan los contras habían recibido una ayuda no cuantificada de parte de la CIA, pero luego llegaron los primeros millones de dólares de la mano de Enrique Bermúdez, el escogido por Reagan para ser el jefe máximo de la Contra. Aunque algunos líderes campesinos de la Contra insisten en que fueron ellos quienes escogieron a Bermúdez como jefe militar debido a su carisma.

En total, según los excontras, la ayuda oficial de Estados Unidos consistió en poco más de 300 millones de dólares, siendo el principal desembolso en 1986, cuando recibieron 100 millones de dólares.

Luego, el Congreso norteamericano se negó a seguir aprobando dinero para los contras.

Y Reagan buscó financiamiento por otros medios. Fue así que estalló el escándalo conocido como Irán-Contras.

A pesar de que el Congreso estadounidense había prohibido a organizaciones gubernamentales financiar las actividades de la Contra, funcionarios de Reagan, entre ellos el coronel Oliver North, recurrieron al Consejo Nacional de Seguridad, que no se mencionaba explícitamente en la ley elaborada por el Congreso, para recaudar fondos para los contras nicaragüenses.

Los funcionarios vendieron armas a Irán para financiar a la Contra, a pesar de que sobre ese país árabe pendía un embargo económico.

Producto de esa operación, la Contra recibió más ayuda económica, pero no saben decir de cuánto fue.

Los excontras recuerdan que el financiamiento que se le dio a la Contra era manejado por los jefes militares y los soldados casi no recibían dinero en efectivo. Había una ayuda para las familias de los contras, que en un principio fue de 150 lempiras. Se le entregaba a las esposas.

Luis Fley recuerda que al principio la ayuda fue encubierta, de parte de la CIA. Recibían alimentos, vestimenta y principalmente armas. También se gastaba en entrenamientos.

Luis Moreno, Mike Lima, recuerda que la Contra tuvo buen equipamiento y que estaban mejor armados que los sandinistas. “Era una guerrilla de lujo”, dice Mike Lima.

El primer desembolso de ayuda oficial fue de 27 millones de dólares. Para 1986, cuando se recibieron los 100 millones de dólares, llegaron los misiles Red Eye. Pero después de ese año se quedaron “en el aire”, porque el Congreso ya no aprobó más dinero para la Contra.

Para febrero de 1988, ya la Contra no tenía dinero. Ya estaban también las conversaciones entre los sandinistas y el directorio de la Contra para alcanzar la paz. Lo que pasaba en el plano internacional es que los Estados Unidos y la Unión Soviética se estaban poniendo de acuerdo para no continuar financiando la guerra en Nicaragua.

Éxodo. Grupo de campesinos civiles, que huían de los sandinistas, siendo trasladados a Honduras de la mano de los contras. En la acción murieron 300 personas. FOTO/ CORTESÍA/ DOCTOR HENRY

Los otros contras

Además de las Fuerzas Democráticas Nicaragüenses (FDN), comandadas hasta julio de 1988 por el coronel Enrique Bermúdez, la Contra la completaban otros grupos de armados, como la Alianza Revolucionaria Democrática (Arde), que dirigía Edén Pastora en el sur de Nicaragua, y Misurasata, la Unidad de Misquitos, Sumos, Ramas y Sandinistas que operaba en la Costa Caribe del país.

Pastora asegura que él nunca fue contra, pero que sí estuvo enfrentado con los sandinistas y que gracias a él la Contra nunca entró por el sur, porque de lo contrario hubieran acabado con todos, no solo con los sandinistas.

Pastora también abandonó la lucha y se fue a pescar a Costa Rica. Al final de la guerra, verdaderos contras se hicieron cargo del Frente Sur, pero ya fue en lo último de la guerra.

Misurasata estuvo liderada por Stedman Fagoth y Brooklyn Rivera, ambos rivales.
Luego se unieron ambos líderes y formaron el partido Yatama.

Errantes

Como ejército irregular, la Contra muy difícilmente podía tener bases fijas en territorio nicaragüense. Tuvo dos grandes en Honduras, la primera fue Las Vegas y la segunda fue Yamales, la más grande y famosa.

La base de Las Vegas tuvo el inconveniente de que era atacada por los sandinistas desde la frontera y los civiles hondureños se quejaban de que por culpa de los contras tenían que sufrir ataques. Los sandinistas usaban cohetes BM-21, Kathiuska o 40 bocas para alcanzar Las Vegas.

Según un reportaje de la revista Magazine, Enrique Bermúdez mandó a dos de sus comandantes a ubicar una zona segura, que pudiera estar lejos del alcance de la artillería sandinista y donde el abastecimiento de armas, medicinas y alimentos fuera más ágil.

La misión le fue encargada a dos de sus principales hombres de confianza: a Óscar Sobalvarro, comandante Rubén y a Walter Calderón López, comandante Toño.

Era la tercera vez que los contras cambiaban de base.

El primer lugar había sido Maquengales, a inicios de 1981, cuando los guerrilleros todavía se hacían llamar Milpas (Milicias Populares Antisandinistas).

Luego estuvieron en Arenas Blancas, más profundo en Honduras. Fue en 1982 cuando la Contra se llamó Legión 15 de Septiembre.

Y de ahí se movieron a Las Vegas.

El próximo lugar y último donde estuvo la Contra fue en Yamales.

A los contras les gustó el lugar por lo estratégico: un valle rodeado de cerros, con una trocha que conectaba con un pueblo al que se podía llegar por un camino de tierra, unos 15 kilómetros lejos de la frontera y al menos a 25 o 30 kilómetros de distancia de donde el Ejército Popular Sandinista (EPS) ubicaba sus baterías de artillería pesada.

En Nicaragua, la Contra tuvo algunas bases, la más importante donde había una pista de aterrizaje y un hospital, en El Aguacate, pero en su mayoría eran lugares de los cuales se movían constantemente.

La contra en números

Denis Meza, uno de los hombres que anduvo con el primer jefe contra, Dimas, llegó a ser el G1 de la Contra, es decir, el jefe de personal.

Él cuenta que la Contra llegó a tener, durante todo el tiempo que existió, un total de 23 mil hombres aproximadamente. Pero esas cifras no incluyen a los primeros campesinos en alzarse en armas contra los sandinistas.

Mike Lima da números exactos de los guardias nacionales, 427, de los cuales murieron 387 de ellos. Mike Lima dice que Enrique Bermúdez era obsesivo con las cifras y obligaba a llevar los números en orden.

Óscar Sobalvarro, el comandante Rubén, habla de una cifra total de contras de 25 mil hombres y explica que él se basa sobre los archivos de la Contra que quedaron en Honduras. En unos camiones de la OEA se los trajo a Managua y luego la Iglesia católica le prestó unas bodegas en Carretera a Masaya para que guardara los documentos.

En las bodegas estuvieron los archivos de la Contra, según Sobalvarro, hasta que consiguió un convenio con un instituto de historia en Estados Unidos, donde se encuentran en la actualidad.

En lo que hay más discrepancias es en el número de muertos. Luis Fley y Óscar Sobalvarro hablan de entre 13 mil y 14 mil muertos, mientras que Mike Lima y Denis Meza dicen que fueron ocho mil bajas fatales aproximadamente las que sufrió la Contra.

De los heridos, la mayoría habla de una cifra cercana a los 15 mil lesionados en combates.

Los contras hicieron explotar los tanques de combustible en el puerto de Corinto, en 1983. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

La fuerza de la contra

La Contra fue una piedra en el zapato para los sandinistas. Cuando vieron que no podían con ella, crearon el Servicio Militar Patriótico para obligar a los jóvenes de las ciudades a luchar contra los rebeldes.

De acuerdo con el exmayor del ejército sandinista Roberto Samcam, los contras evolucionaron desde ser grupos armados hasta ser organizados primero por argentinos y luego hasta armados por Estados Unidos, con una estructura militar clara.

Estaban divididos primero en comandos regionales, estas en fuerzas de tareas. Tenían como toque distintivo castrense la disciplina de la Guardia Nacional y la EEBI.

En cuanto a armamento, los Estados Unidos les habían proporcionado AK chinos, cuya munición es igual al AK-47 que usaban los sandinistas y así podían hacer “recuperes” de municiones en los combates.

Según Samcam, hubo un periodo en el que la Contra tuvo poca capacidad combativa, pero eso cambió cuando los Estados Unidos les proporcionaron misiles Red Eye, con los cuales podían derribar helicópteros sandinistas. De hecho, Samcam dice que la efectividad de la Fuerza Aérea Sandinista (FAS) bajó hasta 10 por ciento como apoyo de las fuerzas terrestres de los sandinistas tras la llegada de esos misiles.

Los contras también introdujeron el mortero 60 milímetros, que eran lo más efectivo y maniobrable para tropas irregulares.

Los soldados usaban ametralladoras M60 gringas, pero los jefes utilizaban el fusil AR15, moderno, liviano y con posibilidad de cantidad suficiente de municiones.

De acuerdo con Samcam, a los contras les ayudó la disciplina que aportaron los guardias nacionales, pero también el liderazgo natural de algunos campesinos, como Encarnación Valdivia, Tigrillo.

A los contras también les benefició que conocían la montaña y que tenían acercamiento con los campesinos. “Tenían esa base social a su favor”, dice Samcam, quien recuerda que los campesinos informaban a los contras de todo, sobre el movimiento de los sandinistas, cuánto armamento llevaban, qué tipo de tropas eran, qué se hacían en las bases del ejército sandinista, la operatividad, todo.

Además, según Samcam, los contras tenían medios de comunicación de alto nivel, lo que les permitía una buena coordinación y también interceptar los mensajes del enemigo.

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