Un general llamado Pancho Cabuya

Reportaje - 09.07.2018
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Vivió 23 años apenas. Se hizo general de la noche a la mañana y al igual que Sandino no quiso entregar las armas en el Pacto del Espino Negro, pero las entregaría después con una mejor negociación monetaria.

Por Eduardo Cruz

Apenas tenía 23 años cuando lo mataron por venganza los marines norteamericanos. A esa edad Francisco Sequeira Moreno, mejor conocido como Pancho Cabuya, ya era general del ejército liberal que en la guerra constitucionalista de 1926 y 1927 luchaba contra los conservadores para poner en la presidencia a Juan Bautista Sacasa.

Cabuya no tuvo escuela militar. Era un campesino nacido en Somotillo, Chinandega, pero criado entre el ganado en las haciendas ubicadas en el Cosigüina.

De la noche a la mañana se convirtió en general, gracias a su ingenio y temeridad. Y al igual que lo hizo Sandino, el general Cabuya y sus hombres no entregaron las armas cuando el jefe militar de los liberales, José María Moncada, firmó el pacto de paz con el representante de Estados Unidos, Henry L. Stimson, aquel 4 de mayo de 1927, bajo un árbol de espino negro en Tipitapa.

Foto de cuando Cabuya se desarmó, cortesía del periódico La Estrella de Nicaragua. Marcado con el número 1 se ve a un oficial de la Infantería de Marina. Con el 2 al general Francisco Sequeira, Cabuya, y con el 3 a su compañera Conchita Alday Navarro. FOTO/ CORTESÍA/ NICOLÁS LÓPEZ MALTEZ

Cabuya fue durante la guerra constitucionalista un general más importante que Sandino, aunque a ambos, tantos los políticos nacionales como los marines, los consideraron de segunda clase y no les dieron mucha importancia. Se equivocaron. Sandino y su ejército derrotarían posteriormente a los marines en las montañas segovianas, pero serían los hombres de Cabuya quienes causarían las primeras dos bajas a las tropas invasoras en su segunda etapa de intervención. Los marines habían llegado a Nicaragua en 1912, a petición de Adolfo Díaz, y se habían retirado en agosto de 1925. Por solicitud del mismo Díaz, habían regresado en enero de 1927 y Cabuya les enseñó que no sería tan fácil su estadía en Nicaragua.

Aunque ningún historiador señala que Sandino y Cabuya se conocieron, algunos de ellos consideran que Sandino aprendió de la lección de Cabuya, a quien los marines asesinaron a traición después de que las tropas cabuyistas mataron a dos marines en La Paz Centro. Lo aniquilaron junto a su compañera de vida, Conchita Alday Navarro, en El Viejo, Chinandega, apenas un día después de haberse desarmado junto a sus hombres, y 23 días después de que Moncada firmó el pacto de paz con el representante norteamericano.

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A los 12 años de edad Cabuya era un muchacho “harapiento, rechoncho, panzón y despeinado” que se trasladó desde su natal Somotillo hacia las haciendas ubicadas en la zona de Cosigüina. Allí comenzó a trabajar en lo único que sabía hacer, arreando ganado, explica en sus Memorias revolucionarias el coronel viejano Rigoberto Canales Baldelomar.

El apodo de Cabuya se lo ganó cuando era un adolescente y le gustaba jugar trompo con sus amigos, pero casi nunca tenía cuerda con la cual poner a bailar el suyo. “Prestame tu cabuya”, le decía a sus compañeros cada vez que le tocaba el turno a él. Así lo explica la novela “Las dos furias”, del escritor chinandegano Alejandro Astacio, la cual, según un hijo del autor, Hugo Vélez Astacio, es bastante fiel a la realidad.

En una hacienda ubicada en la zona del Cosigüina se encontraba trabajando Cabuya cuando, en agosto de 1926, en el puerto de Potosí, en El Viejo, atracó un barco conocido como El Tropical. Esta embarcación, según indica Rafael de Nogales Méndez en su libro “El Saqueo de Nicaragua”, traía al país tres mil rifles, 300 mil cinturones de municiones y 50 ametralladoras de la mejor calidad. Era una ayuda en armamento que el presidente mexicano Plutarco Elías Calles le enviaba a los liberales que luchaban contra los conservadores.

El general Pancho Cabuya, FOTO/ CORTESÍA

Los conservadores habían capturado un mensaje en el que se informaba que esas armas llegarían a las costas del Pacífico y habían preparado una emboscada para impedir que las mismas llegaran a manos de los conservadores.
Por alguna razón que no está clara, tal vez porque estaba cerca del puerto de Potosí, Cabuya se vio envuelto en el hecho y durante los primeros tres días de septiembre de 1926 sirvió bajo el mando del general liberal Samuel Sediles, quien era el responsable de recibir las armas. Como los liberales fueron derrotados en esa batalla, Sediles decidió enterrar las armas recibidas y Cabuya lo acompañó en esa tarea a la loma El Retiro.

Un mes después, en octubre de 1926, siempre trabajando entre el ganado en Cosigüina, fue reclutado por los conservadores.

El historiador Otto Schmidt Castillo cuenta que donde trabajaba Cabuya se apareció una caballería conservadora bajo el mando del general Antonio Velásquez, conocido como Chilillo, y junto a otros se llevó prisionero a Cabuya a Chinandega, para “darles de alta como voluntarios en el ejército conservador”.

Cierta vez, en una borrachera, Cabuya se puso a criticar los desmanes y abusos de autoridad de algunos jefes conservadores y fue amonestado por sus superiores. Pero siguió con la rebeldía y el coronel Arturo Lejarza ordenó que lo azotaran. Humillado, Cabuya desertó del ejército conservador, se dirigió a Cosigüina, donde se sentía seguro, y junto a unos amigos fue a desenterrar las armas que había enterrado junto a Sediles en la loma El Retiro. Tuvo la mala suerte de no acordarse bien del lugar exacto donde estaba el grueso del buzón del armamento pero logró recoger algunas armas Concon.

En León, el general liberal Francisco Parajón y sus hombres, muy pocos y mal armados, eran perseguidos por el general Alfredo Noguera Gómez al mando de 800 hombres bien apertrechados. Parajón se dirigió a las haciendas ubicadas cerca del San Cristóbal. Hasta la hacienda Bella Vista, Cabuya, junto con 100 hombres, fue a buscar a Parajón para unirse a su ejército, el Liberal Constitucionalista.

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El escritor y periodista Gonzalo Rivas Novoa (Ge Erre Ene) llegó a El Viejo en los primeros días de abril de 1927 y la primera vez que vio a Cabuya este cabalgaba por las calles de la ciudad acompañado de otros “40 hombres que se veían fieros, montados en las 40 mejores bestias que se podían ver en esos tiempos y por esos lados”. Adelante de ellos venía Cabuya, y adelante de él su mujer, la Conchita Alday Navarro, a quien describen como una mujer joven, hermosa, bonita, pero que también habría sido una fiera guerrillera.

En sus primeras andanzas de hombre armado, Cabuya se habría llevado por la fuerza a la Conchita Alday, pero con el tiempo —escriben los historiadores—, la Conchita lo llegó a querer hasta la muerte, porque los marines los mataron a los dos la misma noche.

Desde Corinto, Rivas Novoa había llegado a El Viejo con una expedición que le llevaba armas a Cabuya, porque la única ametralladora que tenía el general solo contaba con 50 tiros.

Rivas Novoa decidió quedarse en el ejército de Cabuya, pero muy pronto se daría cuenta de algo terrible en la personalidad de su jefe militar. Según cuenta en su libro “General Pancho Cabuya y otras aventuras centroamericanas”, a Cabuya le gustaba fusilar a los de su mismo grupo. El mismo Rivas Novoa estuvo a punto de ser asesinado por Cabuya.

En una ocasión, Cabuya discutió con un hombre llamado Pedro Joaquín Fitoria, mandador de la finca La Esperanza, adonde los hombres de Cabuya llegaban a robar azúcar y Fitoria llegó a reclamarle a Cabuya.

—Ajá hombre Pedro Joaquín, ¿qué te andas haciendo?

—Pues hombré Pancho, vengo a hablarte muy seriamente, quiero saber si son soldados o son bandidos los que vos tenés aquí.

—Ve Pedro Joaquín, a mí decime lo que querrás, pero no me digás nada de mi gente, eso no se lo permito ni al más hombre.

—Si aquí no es cuestión de hombredades. Tan hombre podés ser vos como puedo ser yo, pero lo que te digo es que estos hijos de puta solo a robar llegan.

Rivas Novoa narra que mientras Fitoria hablaba, con toda la calma Cabuya sacaba su pistola 38, le apuntó a la frente y disparó, pero el propio Rivas Novoa le metió el brazo y el balazo se incrustó en el techo.
Rivas Novoa, para disimular, comenzó a tratar a Fitoria. “Desgraciado, ¿por qué te aparecés picado a ofender a un ejército que está peleando por el triunfo del partido?”, le dijo.

Fitoria se fue del campamento de Cabuya, pero ese mismo día por la noche Cabuya y Rivas Novoa se encararon.
—Ideay Pancho, seguís echándole al cacho (tomando licor). Acordate que sos el alma del ejército…

—Sí hom, es que estoy con cabanga.

—¿Cabanga?

—Sí, me quedó la gana de volarme a Pedro Joaquín. (Hace una pausa y saca su pistola). ¿No creés que tronándote a vos quedaría contento?

Rivas Novoa estaba a punto de ser ejecutado por Cabuya, pero, de repente, cerca de donde ambos estaban escucharon unos ronquidos. Era Fitoria, dormido, bien borracho. Cabuya le disparó a Fitoria y así se salvó Rivas Novoa, según el relato del propio periodista.

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El coronel Rigoberto Canales Baldelomar luchó bajó las órdenes de Cabuya y lo describe como alguien que permitía barbaridades de su tropa, como el hecho de que violaban a las mujeres y después las ponían a cocinar. También les robaban a los campesinos para comer. Canales Baldelomar dice que se decepcionó de Cabuya y desertó.

En El Viejo —explica el historiador Hugo Astacio Cabrera—, Cabuya se había convertido en un caudillo implacable. Señor de vidas y haciendas, con su secuela de crímenes.

El historiador Miguel Jarquín Vallejos explica que Cabuya era un “soldado ampliamente controvertido, adorado y odiado, y de personalidad difícil y contradictoria”.

Su carácter salió a relucir en uno de los primeros combates en que participó bajo las órdenes del general Parajón.
El historiador Otto Schmidt Castillo narra que el 2 de noviembre de 1926 el general Francisco Parajón le tendió una emboscada al general conservador Alfredo Noguera Gómez en una hacienda llamada las Grietas, comarca de Olomega. En el primer cuerpo del ejército, Parajón nombró a Cabuya como el segundo al mando.

Parajón dio la orden terminante de que nadie debía disparar un solo tiro, ya que la señal de fuego la iba a dar él con su fusil Remington una vez que las tropas de Noguera Gómez hubiesen entrado lo suficiente en los corrales de piedra, para rodearlos totalmente y lograr la captura del jefe militar conservador, que desde León les venía dando feroz persecución a los liberales, especialmente para eliminar a Parajón.

Desde las 5:00 de la mañana estaban los liberales en las Grietas. A Parajón le informaron que el ejército de Noguera Gómez entraría en los corrales de piedra entre las 7:00 y las 8:00 de la mañana. El cálculo —según explica Schmidt Castillo—, fue exacto. A las 7:30 de la mañana se divisó entrando en los corrales de piedra a una pequeña caballería seguida por algunas carretas donde iban las dos primeras ametralladoras en medio de un fuerte grupo de tropa regular.

A pesar de la orden de Parajón, Cabuya cometió un acto de desobediencia militar y maniobró una pialera (lazo o soga que se ocupa para inmovilizar al ganado de las patas) que siempre andaba consigo y lanzándola con precisión logró lazar la primera ametralladora y, luego de atraerla para sí, comenzó a dispararla contra la caballería conservadora. El primer jefe del pelotón, el coronel Guillermo Esquivel, tuvo que acompañarlo en el fuego para proteger a su tropa y lograron capturar la segunda ametralladora y barrer con los conservadores.

A las 11:00 de la mañana de ese 2 de noviembre de 1926 había terminado la batalla de las Grietas. El resultado fue desastroso para el ejército conservador. Cuatrocientos muertos y más de 120 heridos. Los de Parajón fueron ochenta muertos y treinta heridos.

En el siguiente combate, Cabuya nuevamente mostró su personalidad fuerte. Se trató de la batalla de Chinandega, ocurrida el 6 de febrero de 1927. A las 6:00 de la mañana de ese día, Parajón atacó Chinandega. Cabuya fue ubicado entre quienes atacarían El Calvario. A las 8:00 de la mañana los coroneles Paulino Norori, Pastor Montenegro y Cabuya entraron a la iglesia y respetaron la vida de los hermanos Miguel y Julio Cuadra Sotomayor, quienes defendían esa plaza. Pero la vida que no pudieron proteger fue la del coronel Arturo Lejarza, el mismo que había ordenado meses atrás que le dieran de latigazos a Cabuya, cuando este último estaba integrado en el ejército conservador. El mismo Cabuya lo mató “en la tercera palmera de la puerta del Perdón”. Así era Cabuya.

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El 4 de mayo de 1927, bajo un árbol de espino negro en Tipitapa, José María Moncada (a la derecha, de espaldas) firmó la paz con el representante de Estados Unidos, Henry L. Stimson. El general Pancho Cabuya no se desarmó inmediatamente. FOTO/ CORTESÍA/ IHNCA

El presidente norteamericano Calvin Coolidge envió a Nicaragua a un representante, Henry L. Stimson, para obligar a los liberales a reconocer la presidencia de Adolfo Díaz y acabar con la guerra entre liberales y conservadores. Díaz había sucedido en la presidencia a Emiliano Chamorro, quien en octubre de 1925 le había dado un golpe de Estado al presidente Carlos Solórzano y su vice Juan Bautista Sacasa.

Los liberales estaban cerca de tomar Managua, explican varios historiadores. Ya estaban en Boaco. Avanzaban a Teustepe. Sin embargo, ocurrió algo que lo cambió todo.

El 4 de mayo de 1927, reunidos bajo la sombra de un árbol de espino negro, el jefe de las fuerzas liberales, general José María Moncada, se sentó a negociar con Stimson. Sobre una Biblia y un crucifijo que Moncada llevaba en su pecho, escribió el historiador Crisanto Sotomayor, hizo juramentar al delegado norteamericano que en Nicaragua habría elecciones libres supervigiladas por los Estados Unidos. Solo fue la palabra empeñada. No hubo ningún escrito.

Ese mismo 4 de mayo Moncada llegó a Teustepe y mandó que el ejército regresara a Boaco para entregar las armas a los soldados norteamericanos.

La historia que se ha contado dice que todos los generales de Moncada aceptaron rendirse. Todos menos uno. Sandino. En realidad, también Pancho Cabuya rechazó en ese momento entregar las armas.

El historiador Miguel Jarquín Vallejos indica que aunque las tropas de Cabuya se decían del partido liberal, en realidad su líder había estado en desacuerdo con Moncada en muchas ocasiones. “Cabuya vio la llegada de la paz contra la venia de Moncada. Y si desobedecía al llamado de este, no solamente corría el riesgo de ser considerado desafecto al partido liberal, sino también declarado fuera de la ley”, escribió Jarquín Vallejos.

En realidad, a Cabuya no le convenía que terminara la guerra, estiman algunos historiadores. La guerra lo hacía ser alguien importante. El mismo Jarquín Vallejos explica que después del “pacto del espino negro”, en El Viejo, Cabuya dictaba decretos, publicaba bandos y ejercía decisiva influencia militar.

Durante 10 días los marines hicieron diversos intentos para que Cabuya se desarmara. Finalmente, en la mañana del 14 de mayo de 1927, al cuartel general de Cabuya llegó el capitán Frank A. Hart, y rápidamente se puso de acuerdo en que el jefe rebelde llegaría ese mismo día a Chinandega para iniciar pláticas para el desarme. A las 12:30 de la tarde llegó Cabuya al puesto número uno de los marines, fuera de Chinandega, con una escolta de 600 hombres, 400 de ellos armados con rifles. Los marines les observaban con interés, cuenta Jarquín Vallejos.

Cabuya, con 40 de sus hombres y cinco mujeres, entraron al campamento de los marines y hablaron con Hart como por una hora. Cabuya dijo que no se rendía a menos que se lo ordenara Moncada. Ese día era sábado y acordaron que el lunes un representante de Cabuya viajaría a Managua para conversar con Moncada.

Stimson estaba contento de saber que Cabuya se iba a desarmar y se dispuso a abandonar Nicaragua. Se iba con las tareas realizadas. La guerra había terminado, se había aceptado a Adolfo Díaz como presidente y Moncada era el líder de los liberales, ahora convertido en su amigo. Y se estaba formando una guardia con soldados nicaragüenses, una constabularia.

El 16 de mayo de 1927, Stimson llegó a la estación del tren en Managua y lo llegaron a despedir diferentes personalidades, entre estas Adolfo Díaz y José María Moncada. Sin embargo, una noticia sacudió a los nicaragüenses en León, la cual se regó como pólvora hasta llegar a Managua. Dos marines fueron asesinados en la madrugada de ese día, los primeros en caer muertos durante la segunda parte de la ocupación norteamericana en Nicaragua. Aunque algunos consideran que Cabuya no estaba relacionado, también son muchos quienes afirman que fueron los hombres de Cabuya quienes mataron a los dos marines. Al menos para los marines, la culpa fue de Cabuya.

Un destacamento de los marines permanecía resguardando la línea del ferrocarril cerca de La Paz Centro, especialmente en ese momento en que por ahí iba a pasar Stimson. Poco antes de la 1:00 de la madrugada de ese 16 de mayo de 1927, los marines escucharon disparos que provenían de La Paz Centro y una parte de ellos fue a averiguar qué pasaba, introduciéndose entre el pueblo que estaba a oscuras.

En realidad, los disparos fueron en una celada de los armados para atraer a los marines. Se inició una refriega en la que resultaron muertos el comandante del destacamento, capitán Richard B. Buchanan y el soldado Marvin A. Jackson. Tanto a los dos fallecidos como a los heridos los llevaron a la unidad médica que estaba en León. Los marines, como se habían constituido como policía militar en el país, tuvieron que suspender la venta de licor para evitar la celebración del pueblo por la muerte de los dos marines.

Los marines no ordenaron ninguna acción en contra del grupo de Cabuya, pero la venganza de los extranjeros sería cuestión de horas.

La tumba del marine Richard B. Buchanan, muerto por los hombres del general Cabuya. FOTO/ CORTESÍA/ HUGO VÉLEZ

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Moncada y los marines lograron que Cabuya y sus hombres se desarmaran el 25 de mayo de 1927, en Chinandega. Si a los liberales que se desarmaron cuando Moncada firmó el “pacto del espino negro” les daban 10 dólares por su rifle, a los hombres de Cabuya les dieron 20 dólares por cada arma.

Al día siguiente de su desarme, el 26 de mayo, Cabuya estaba en El Viejo, en la casa del general Santiago Callejas, según relató Julio Turcio, mandador de la hacienda La Reforma y cuyo testimonio fue publicado en el diario El Centroamericano.

Cabuya, quien estaba muy borracho, dijo que quería dar a hacer unos zapatos y el general Callejas le pidió a unos jóvenes que lo llevaran donde un zapatero de nombre Roberto Rodríguez.

En la zapatería, Rodríguez le estaba midiendo los pies a Cabuya cuando se aparecieron en el lugar un grupo de marines preguntando por Cabuya. “Yo soy”, dijo. “Móntense en el carro, ahí que le lleven las botas después”, le dijeron.

Se lo llevaron a una casa donde vendían cal y que estaba frente a la estación. Pero al ratito lo soltaron y lo dejaron ir junto con sus amigos Julio Turcio y Enrique Méndez, quienes lo llegaron a buscar adonde se lo habían llevado los marines.

Según Turcio, llegaron a un lugar que le llamaban la Cruz Alta y allí se encontraron con la Conchita Alday, quien se sacó una pistola calibre 32, chiquita, y se la dio a Cabuya. Luego llegaron a El Viejo y Cabuya compró un litro de guaro donde una mujer que le decían la Renca.

De allí se fueron para otro lugar, donde una mujer que le decían Sara Chicha, donde Cabuya pidió otro litro de guaro y el primer trago se lo echó un hombre que estaba ahí de goma, Pedro Joaquín Bonilla, y casi lo vomitó.
Más borracho aún, Cabuya y sus amigos salieron de donde la Sara Chicha y caminaron por las calles oscuras hasta llegar a la casa de un hombre llamado Santiago Urroz, donde metieron las bestias y se sentaron. Hasta allí se apareció Juan Jarquín Palma, un exnovio de la Conchita Alday. Cabuya entró en celos y lo cargó a golpes. Le rompió la nariz, la boca y los oídos. Lo dejó ensangrentado. Uno de los hombre de Cabuya le dijo: “Déjemelo a mi general”, y lo cargó a golpes también. Pero los amigos de Cabuya lo detuvieron.

Jarquín Palma se fue a su casa, pero su mamá lo llevó donde estaban los marines y denunció a Cabuya.
Cuando los marines llegaron a donde estaban Cabuya y sus amigos, él ya estaba acostado, bien borracho. Sus amigos vieron a los marines que rodearon la casa. Aparentemente Conchita Alday escuchó el ruido que abrió la puerta y se asomó para ver quiénes eran, pero uno de los marines, supuestamente el capitán William P. Richards, le pegó una estocada en el estómago y la botó. Algunos dicen que la Conchita estaba embarazada.

Luego se escuchó una descarga y al rato salieron los marines. Uno de ellos le dijo a los amigos de Cabuya: “Muchachos, nosotros matar Cabuya, hombre muy malo, golpear gente”.

Los amigos de Cabuya tomaron un candil y se metieron a la casa y vieron los cadáveres de la Conchita Alday y de Cabuya.

Casa donde fue asesinado por los marines el general Pancho Cabuya, junto a su compañera Conchita Alday. FOTO/ REPRODUCCIÓN

Al día siguiente el entierro de ambos fue muy concurrido. Pero no los enterraron juntos. Así terminó Pancho Cabuya y de paso su compañera Conchita Alday. Cuando lo mataron, Cabuya tenía 23 años de edad y estaba a pocos días de cumplir los 24. De acuerdo con el historiador Nicolás López Maltez, los marines pensaron que con la muerte de Cabuya se acababan las amenazas para la paz. No sabían que les faltaba Sandino.

La cama donde fue asesinado el general Pancho Cabuya, FOTO/ REPRODUCCIÓN

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