Una diva nica en Hollywood

Reportaje - 10.02.2013
Lillian-Molieri-escena-de-Tarzán

Actuó en decenas de series y películas durante la época de oro del cine. Pero un día, sin que nadie sepa por qué, dejó Hollywood y volvió a su Nicaragua natal. Se puso su traje de ballet y empezó a dar clases a “sus niñas”

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Aparecía de repente y como si se tratara de un sol la gente orbitaba en torno a ella. Una mujer alta, piel clara y cabello rubio a punta de tinte. Dos hermosos ojos negros y brillantes, enmarcados con unas arqueadas cejas azabache que le agregaban intensidad a su mirar. De nariz grande, pero finamente esculpida por la naturaleza y labios de curvas casi perfectas. Una diva de película.

Era inicio de los 60 y Lillian Molieri Bermúdez, nicaragüense de ascendencia italiana, había regresado de Los Ángeles luego de trabajar más de una década en Hollywood como actriz de reparto. Vivió la época de oro del cine hollywoodense y volvió a Nicaragua aún con el destello de las estrellas de aquel entonces.

Hoy solo quedan los recuerdos de algunos familiares, las memorias de sus alumnas de ballet y los testimonios de quienes le conocieron y admiraron tanto su trabajo en el cine, su belleza, como su dedicación al arte y la danza. Entre archivos de críticas cinematográficas, reseñas de su filmografía y fotos inéditas reaparece Lillian Molieri, la primera nicaragüense en Hollywood.

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Nació y murió en Managua. Incluso quiso iniciar su carrera de actriz en el país, pero pronto se dio cuenta que el mundo del cine en Nicaragua le quedaba pequeño y que ella estaba lista para saltar a la pantalla grande. Fue entonces que viajó a Los Ángeles, respaldada con sus estudios de arte escénico en Italia, dominando el francés y el inglés a la perfección, además del español y el italiano.

“Además de ser bellísima, era una mujer culta. Luego de terminar su bachillerato decidió viajar para estudiar actuación, pero también para conocer el otro lado de su familia”, cuenta Juan Velásquez Molieri, cuyo abuelo era hermano de don Arturo Molieri, padre de Lillian. Tres generaciones antes que ella, sus familiares italianos desembarcaron en El Realejo como parte de una orquesta.

Lillian era la hija mayor y vivió junto a su hermano Ronald 20 años en Los Ángeles, California, hasta que decidió regresar a casa de sus padres.

“Yo hablaba bastante con Ronald y me contaba de su vida en Hollywood. ‘La gente endiosa a las estrellas de cine, pero a nuestra casa entraban y salían los famosos, los veías como unos seres humanos más’, me decía”, recuerda Juan Velásquez Molieri.

Jack Lemmon, Jerry Lewis, Rex Harrison y Johnny Weismuller estaban en la lista de los amigos de Lillian. Eran los actores más cotizados y los hombres más guapos de la farándula de la época.

Pero uno de sus más íntimos amigos fue Anthony Dexter, también conocido como Walter Craig. Dexter incluso le visitó en varias ocasiones aquí en Nicaragua. Salían juntos y hasta se presentaron en una velada benéfica del Teatro González, poco después de su regreso al país en 1960.

Su amistad con Dexter duró muchos años, pero nunca se supo si florecería un romance entre los dos. Molieri había estado casada durante su estadía en Estados Unidos, pero al llegar aquí inició sus trámites de divorcio y en cuestión de meses el Vaticano habría disuelto su matrimonio. No tuvo hijos ni se casó de nuevo. Pero en un artículo referido a la película South of Caliente (1951) donde destacan su majestuosa danza gitana, se le menciona con un seudónimo, “Lupe Mayorga”, asociado a una pareja del ámbito artístico que podría haber tenido: Francisco Mayorga, con quien incluso relacionan un hijo adoptivo. Pero esta versión es negada por familiares y por personas que han investigado su vida.

“Lillian Molieri nunca usó ese nombre. Si alguien va a hacer una nota objetiva sobre South of Caliente no va a destacar únicamente a la bailarina gitana”, señala Franklin Caldera, especialista y crítico de cine, quien sostiene que se trata de una confusión o un juego de alguien que sigue la carrera de Molieri sin verificar los orígenes de la actriz.

Ni lo que queda de su familia sabe quién fue su esposo y menos la razón de su separación o de su regreso aquí. De cualquier manera Lillian Molieri fue una mujer enigmática. Una mujer discreta que en vano intentó ocultar sus destellos de diva.

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Aquí Lillian Molieri se prepara para su actuación en Anna and the King of Siam (1946), de 20th Century Fo
Aquí Lillian Molieri se prepara para su actuación en Anna and the King of Siam (1946), de 20th Century Fox, en la que interpretó a una de las esposas principales del rey.

En 1946 una caravana es secuestrada en África por una tribu misteriosa y asesina. Tres atractivas maestras están en peligro, Lillian Molieri es una de ellas. Cabellera negra, larga y espesa, ataviada con un vestido blanco y lista para ser sacrificada por los seguidores de la mujer leopardo. Justo a tiempo son liberadas por el rey de la selva, encarnado por el galán fortachón de la época Johnny Weismuller, en Tarzán y la mujer leopardo.

Otra escena. Se abre la puerta principal y el salón se congela. Calla la música y la gente se esparce dejando un camino al centro. El rey y la reina atraviesan lentamente ante la mirada complaciente de los presentes. De espaldas al público llegan y se sientan en sus tronos. La fiesta empieza de nuevo en el filme Por siempre Ambar. Era 1947 y el Rey Carlos III de Inglaterra era en realidad el actor George Sanders, y su despampanante reina, Lillian Molieri.

En 1949 pasó a ser una hermosa joven vende cigarrillos en un club nocturno. “¿De qué país de Suramérica es usted, de Argentina, Brasil o Nicaragua?”, le pregunta el español Xavier Cugat al actor Red Skelton en la escena de la película La hija de Neptuno donde ella aparece. Pudo haber sido una línea por cortesía al incluir a Nicaragua en el guión, o el hombre quería coquetear un poco con la joven Molieri.

Y la serie de escenas continúa y se multiplica con menores y mayores actuaciones en series de televisión y películas hasta 1957, según el registro de la base de datos de películas en internet.

Franklin Caldera, de 63 años, sostiene que la filmografía de Molieri es de aproximadamente 30 películas como actriz de reparto, pero con pocas intervenciones.

“Mi teoría es que a Lillian se le dificultó obtener su carné del sindicato de actores, sin el cual no es posible hablar en pantalla. La gran mayoría de extras hispanos con carné en Hollywood eran mexicanos, por ser el grupo dominante en Los Ángeles”, explica.

Don Juan Velásquez Molieri ha logrado ver un par de películas de su pariente. Tiene que buscar entre los archivos más antiguos de las casas de renta de películas, pero vale la pena, todo para no perder el recuerdo de la tía que entraba a su casa y deslumbraba a todos. “En la familia todo el mundo sabía de ella y su obra, pero yo era muy pequeño y quizá por eso no dimensionada la importancia de lo que ella hacía”, comenta Velásquez Molieri, quien lamenta el final de esta familia. Lillian murió a los 55 años en su casa. Su madre, doña Mélida, y su hermano Ronald tuvieron que sobreponerse. Años más tarde y habiendo quedado solo, Ronald perdió la casa de Satélites de Asososca en un proceso legal que don Juan cuestiona. Y con la casa, se fue todo. Recuerdos de sus vidas en Hollywood, fotos, joyas, vestidos...

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Lillian Molieri Bermúdez. Cine
Según Franklin Caldera, la participación estelar de Molieri fue en Al sur del Río Grande (1945), producida por Monogram, una empresa pequeña. En esta película ella canta dos temas, uno es Adiós amor (junto a Duncan Renaldo como el Cisco Kid). En Al sur de Caliente (1951), de Republic (con Roy Rogers), interpreta a una bailarina gitana.

Sonaba Serenade for strings o quizá el Waltz of the Flowers de Tchaikovsky. Las niñas se levantan de la colchoneta y avanzan rápido hasta la barra. 1, 2, 3... 15 y hasta veinte. En hilera toman su posición, todas con mallas y faldas voladas.

“Pliés en primera posición de pies, segunda, cuarta y quinta”, decía la maestra mientras se paseaba junto a ellas con el leotardo negro que resaltaba sus torneadas piernas, un faldón de ballet tallando la cinturita y una moña coronando el atuendo.

Empeines arqueados, tobillos girando, piernas rectas. “Ahora demi-plié, piqué, attitude, relevé... Cou-de-pied”, iba la mujer espigada dictando los pasos, levantando mentones, acomodando pies e irguiendo espaldas con un pequeño toque o susurrando las correcciones.

“La conocí como mi profesora de baile, pero era una dama muy fina, culta y educada, así que sus lecciones eran completas, enseñaba etiqueta y nos inculcó valores como disciplina y responsabilidad. Era una mujer dulce, pero estricta”, recuerda Sylvia Lacayo Oyanguren, quien fue una de “sus niñas” en las clases de ballet que Molieri impartía en su casa, en Sajonia de la vieja Managua.

Yvonne Caldera, de 61 años, también estuvo ahí, aunque ella inició sus clases con Molieri en el Colegio Pureza de María. “Iniciaba la década de 1960. Lillian preparaba a las alumnas para la velada de fin de año. Ocasionalmente daba clases de etiqueta, que incluían modales, servicios de mesa y música para bailar en fiestas como boleros, chachachás o cumbias”, comenta Caldera.

Desde su regreso a Nicaragua, aproximadamente en 1960, Lillian Molieri dio clases en los colegios más importantes de la capital, e incluso la solicitaban para impartir clases una vez por semana en Granada. Pero las lecciones en su casa eran magistrales. El tocadiscos en una esquina, las barras de madera a lo largo del corredor y los cuadros y fotografías de ella junto a actores y actrices de Hollywood adornaban el lugar.

“Doña Lillian, cuéntenos del cine, ¿tuvo amigos famosos? ¿Cómo es ahí?”, preguntaban las niñas cada vez que podían, embelesadas con los retratos de Molieri en su juventud con la melena negra azabache. “Estuve por ahí un tiempo. Es un trabajo normal, con gente normal”, respondía la señora con un cuerpo y un porte sacado de una película. Siempre de moña, ahora con el cabello rubio y vestidos más largos, pero igual de elegantes y exóticos como los de las fotografías. Nunca quiso dar detalles de aquellas fotos, de sus amigos de fama, ni de sus años en el cine.

“En 1975 la visité en su casa de Satélite de Asososca, acababa de fallecer su padre. Nunca nos habló de sus experiencias en Hollywood, pero esa etapa de su vida era bien conocida”, recuerda Yvonne Caldera, quien ahora reside en Texas.

A pesar de obtener papeles secundarios, Molieri se mantuvo activa durante 12 años en el cine de Hollywood, desde su primera aparición en La princesa y el pirata (1944), hasta Los tres fugitivos (1956). Su participación estelar fue en Al sur del Río Grande (1945), de Monogram, en la que canta dos canciones. Se tiene registro al menos de diez participaciones en series televisivas de los años 50, entre las que destacan sus apariciones como actriz de reparto en la popular I Love Lucy.

“Lillian hizo mucha televisión en EE. UU.”, agrega Franklin Caldera. “Con frecuencia transmiten un episodio de la serie de I Love Lucy, sobre la inminente visita de la bailarina Carlota Romero al hogar de Ricky (Desi Arnaz) y Lucy (Lucille Ball). En el episodio, Carlota había sido novia de Rick en La Habana y Lucy, sin haberla visto nunca, sueña con ella como una mujer bellísima que reconquista a Ricky. Las pesadillas terminan cuando Lucy conoce a Carlota, una mujer poco agraciada, interpretada por Rosa Turtich. Pero la Carlota del sueño de Lucy es Lillian Molieri, en todo el esplendor de su belleza”, expone.

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“Sus niñas”, como les llamaba a sus alumnas, hacían gala de su entrenamiento en veladas benéficas de los diferentes clubes sociales y teatros de Managua, pero también se presentaban en hospitales y en todo lugar donde su talento sirviera para una buena causa. La misma Molieri también se subió al escenario, según cuenta su amiga Dolores Argüello Hurtado.

“Lillian conoció a (Anthony) Dexter en sus días de actriz en Hollywood, luego bailaron en el Teatro González. Después en el 66 durante un viaje a Japón como socias del Garden Club, pasamos por Los Ángeles y Dexter nos invitó a desayunar. Simpático, más bajo de lo que parecía en la pantalla. Llegó con una cola de caballo porque estaba filmando una película”, recuerda Argüello Hurtado. “En Nicaragua Lillian tenía un cuarto lleno de vestidos que había usado en las películas. En una ocasión organizó una velada en el Garden Club, en la que varias socias aparecieron con atuendos de mujeres famosas. Lillian figuró como Eliza Doolittle, personaje central de Mi bella dama, haciendo fonomímica con un disco de Julie Andrews”, recuerda.

Aparte de esas apariciones sociales, Molieri se enfocaba en sus clases de danza. Pero todos los domingos a las 5:00 de la tarde, allá por 1965, se escucha su voz con melodías de fondo. Tenía un programa de una hora en Radio Nacional, “Aquí con Lillian Molieri”.

Ulises Campos, nicaragüense radicado en San Francisco, California, recuerda verla llegar en su carro a la Compañía Nacional de Seguros, donde su padre trabajaba, para que mecanografiaran el guión del programa. “El chofer le abría la puerta del carro y Lillian se bajaba con su perrito poodle, blanco, en las manos”. En su programa radial, Lillian hablaba de cine y de los acontecimientos culturales en Nicaragua.

Esos años en los que el cine era objeto de reuniones, de pláticas y de noticias sociales. En las oficinas, las barberías, los salones o en los taxis y cafeterías se hablaba de los actrices y los actores, se oía de la guapa nicaragüense que había llegado a Hollywood. La misma Lillian Molieri que moriría en su casa, en septiembre de 1980, y sin que su familia recuerde bien la causa, de la forma más discreta, sin pena ni gloria.

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