Unamuno: El “enemigo” de Darío

Reportaje - 12.03.2017
Unamuno

Un “incidente” entre Rubén Darío y el vasco Miguel de Unamuno convirtió en leyenda su famosa enemistad

Por Amalia del Cid

Esta historia comienza en una tertulia en el viejo Madrid, hace más de cien años. Sus protagonistas son un poeta mestizo que en ese momento se encontraba en París, un intelectual algo ermitaño con aires de sacerdote y un escritor que usaba barbas de profeta y lentes redondos como los que muchos años más tarde pondría de moda un tal John Lennon.

Aunque ausente, el mestizo es nuestro principal protagonista, porque en aquella tertulia se hablaba de él. Era 1907, para ser exactos, y el poeta se llamaba Rubén Darío. Sucedió, pues, que Miguel de Unamuno —este era el nombre del sobrio intelectual—, dijo maliciosamente que a Darío “se le veían las plumas de indio debajo del sombrero”. Y quizás todo habría acabado ahí, de no ser porque Ramón del Valle-Inclán, el de las barbas largas, le fue con el chisme a su amigo Rubén.

Desde París, el 5 de septiembre de ese año, a manera de respuesta el poeta envió una carta histórica, que en un derroche de elegancia, comenzaba así: “Mi querido amigo: Ante todo, para una alusión. Es con una pluma que me quito debajo del sombrero con la que le escribo. Y lo primero que hago es quejarme de no haber recibido su último libro”. La carta terminaba con una sencilla exhortación: “Usted es un espíritu director. Sus preocupaciones sobre los asuntos eternos y definitivos le obligan a la justicia y a la bondad. Sea pues, justo y bueno”.

El episodio pasó a la historia bajo el nombre de “el incidente” y puede que mucho tenga que ver en el hecho de que Miguel de Unamuno sea el más famoso de los detractores de Darío. Sobre todo porque la versión más conocida de los sucesos es la anécdota que el propio Valle-Inclán contaba, y es sabido que “el gran don Ramón de las barbas de chivo”, como lo llamó Rubén, era particularmente dado a aderezar sus historias para deleite de la audiencia.

Es preciso decir ya que es cierto que Unamuno fue muy duro con Darío y que mientras el genio nicaragüense vivió, el intelectual vasco jamás dedicó públicamente una palabra benévola a su obra; pero ese hombre terco y ególatra, que siempre debía tener la última palabra, se quebró como un niño cuando se enteró de que el de “las plumas de indio” había muerto y escribió una conmovedora carta que a la fecha todavía leen en Salamanca, España, para recordar a Darío.

Quizás lloraba cuando la escribió, ¿cómo saberlo ahora? A través del tiempo nos llegan sus palabras, que son las de un hombre doblegado por el remordimiento: “Han pasado más de ocho años de esto; muchas veces esas palabras de noble y triste reproche del pobre Rubén me han sonado dentro del alma, y ahora parece que las oigo salir de su enterramiento, aún mollar. ¿Fui con él justo y bueno? No me atrevo a decir que sí”.

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Pocas personas hay que sean tan dispares como Rubén Darío y Miguel de Unamuno. Eran opuestos en todo, empezando por el lugar donde crecieron. Rubén en el alegre trópico, en una casa estilo colonial con patio, árboles y pozo; escuchando historias de aparecidos y ánimas en pena; espantado por las lechuzas de los aleros y por la leyenda de una mano peluda que, como una araña, perseguía a la gente. Miguel en la adusta ciudad de Bilbao, España, entre paseos por las calles de El Arenal y misas en la iglesia de la Encarnación; doblando, a partir de los diez años, pajaritas de papel que hacía desfilar como soldados mientras la ciudad sufría el sitio impuesto durante la tercera guerra carlista, en 1874.

Ya de grandes eran agua y aceite. “Rubén un cosmopolita, un ciudadano del mundo”; don Miguel, “un hombre aferrado a España”; el uno un autodidacta, el otro un académico, señala Francisco Arellano Oviedo, director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Unamuno era una persona “dificilísima”, dice Arellano, “hombre de una sola mujer, no se habla de amoríos, no fumaba, no bebía, era moderado en la comida”. Darío era un “espíritu más sensual, amante de los placeres”; pero “era bondadoso, humilde, cordial, generoso, le daba elogios a todo el mundo, le prologaba a todo el mundo”, mientras que el rector de la universidad de Salamanca era “retraído, reservado y no daba elogios fácilmente”.

Observaciones similares hizo Ramón del Valle-Inclán en su anécdota, mitad verdad mitad fantasía, sobre “el incidente” entre Darío y Unamuno. Su versión es la más conocida, posiblemente por ser la más pintoresca, con arreglos muy propios de don Ramón, impredecible, paradójico, siempre lleno de historias extraordinarias relatadas cada vez de distinta manera.

“Yo lo he oído contar —en su famosa tertulia del Ateneo de Madrid— con tres o cuatro referencias absolutamente distintas, a cual más pintoresca, el personal y doloroso episodio de su brazo. No le parecía ‘literario’ que hubiera sido preciso amputárselo por consecuencia de un mal golpe recibido de cierto escritor villano”, apunta Jerónimo Mallo, crítico literario contemporáneo, en su artículo “Las relaciones personales y literarias entre Darío y Unamuno”. (Mallo se refería a la desafortunada discusión en que Valle-Inclán le dijo a Manuel Bueno: “Qué sabe usted, majadero”, y este le respondió con un bastonazo).

Pues bien, la anécdota del gran Valle-Inclán, recogida por el escritor Domingo García- Sabell, cuenta que “en una tertulia de café en torno a Rubén Darío”, el poeta nicaragüense, “con sorda y monótona voz”, estaba haciendo un encendido elogio de don Miguel de Unamuno y al concluir, “alguien no muy bien intencionado”, le dijo: “Pues Unamuno no le corresponde a usted en el entusiasmo”. Y “echando mano al bolsillo de la chaqueta”, extrajo un periódico con un artículo de don Miguel que resultó ser una “feroz diatriba contra Darío en la que, entre otras cosas, el gran vasco afirma que al poeta se le ven todavía las plumas de indio que lleva dentro de sí”.

“Rubén pide el diario y lee en silencio, con patética, dramática calma. Se hace una pausa embarazosa. Rubén reclama una copa de coñac que sorbe rápidamente, y se hunde, serio, taciturno, en el diván”, narra García-Sabell. La conversación salta a otros temas y el poeta sigue pidiendo copas; termina le tertulia y Valle-Inclán intenta animarlo, pero Darío se niega con la cabeza y se queda bebiendo solo y deprimido.

“Transcurren pocos días y, de nuevo en la tertulia, el poeta lee a los amigos una carta que se dispone a remitir al catedrático de Salamanca: ‘Admirado señor: He leído su artículo. Yo había escrito antes otro sobre usted, sobre su obra. Ahí va. Quiero decirle que yo remito hoy mi trabajo a Buenos Aires, para publicarlo en La Nación, sin quitarle ni añadirle una coma, con la constancia de mi admiración rendida hacia todo lo que usted ha producido. Y firmo esta carta con una de las plumas de indio que, según usted, aún llevo dentro de mí”.

Todos los presentes celebran el noble acto de Darío, y al cabo de unos meses don Ramón y don Miguel se encuentran en una calle. “Pasean juntos un rato y, de pronto, la charla recae sobre la figura de Rubén. ‘Con este hombre —dice don Miguel— me ha ocurrido una cosa notable y desconcertante”, refiriéndose a su artículo y a la carta de Darío (ambos imaginados por Valle- Inclán), y don Ramón aprovecha para hacer “esta magnífica tirada”:

“El suceso, amigo don Miguel, no tiene nada de notable y mucho menos de desconcertante. Es, sencillamente, el resultado del enfrentamiento de dos sujetos diferentes y opuestos. Es una realidad natural. Ustedes no han nacido para entenderse, porque Rubén y usted son antípodas. Verá usted: Rubén tiene todos los defectos de la carne: es glotón, bebedor, es mujeriego, es holgazán, etc. Pero posee, en cambio, todas las virtudes del espíritu: es bueno, es generoso, es sencillo, es humilde, etc. En cambio, usted almacena todas las virtudes de la carne: es usted frugal, abstemio, casto e infatigable. Y tiene usted todos los vicios del espíritu: es usted soberbio, ególatra, avaro, rencoroso, etc. Por eso, cuando Rubén se muera y se le pudra la carne que es lo que tiene malo, le quedará el espíritu, que es lo que tiene bueno, ¡y se salvará! Pero a usted, cuando se muera y se le pudra la carne, que es lo que tiene bueno, le quedará el espíritu, que es lo que tiene malo, ¡y se condenará! Aquí don Ramón hacía una pausa, se mesaba lentamente las barbas y, en un tono confidencial, como quien comunica un grave secreto, concluía: ‘Desde entonces, Unamuno anda muy preocupado’”.

Ramón del Valle Inclán.

En su artículo “Miguel de Unamuno y Rubén Darío: encuentros y desencuentros”, el docente e investigador español Miguel Díez R. considera que esta anécdota demuestra, además de “la fina sensibilidad” de Valle-Inclán, “su perspicacia psicológica, sagacidad implacable y libertad para condenar rotundamente, sin pelos en la lengua, la miserable cicatería e injusticia de don Miguel y enaltecer la bondad, nobleza y generosidad de Rubén”.

La versión del propio Unamuno, sin embargo, es mucho más simple. En su dolorosa carta póstuma, publicada un mes y algunos días después de la muerte de Darío, reconoce: “Con esta lengua que el Demonio nos ha dado a los hombres de letras, dije una vez delante de un compañero de pluma que a Rubén se le veían las plumas —las de indio— debajo del sombrero; y el que me lo oyó, ni corto ni perezoso, esparció la especie que llegó a oídos de Darío”.

Rubén, escribió Unamuno, “quería alguna palabra de benevolencia para sus esfuerzos de cultura de parte de aquellos con quienes se creía, por encima de diferencias mentales, hermanado en una obra común. Era justo y noble su deseo. Y yo, arando solo mi campo, desdeñoso en el que creía mi espléndido aislamiento, meditando nuevos desdenes, seguí callándome ante su obra. ¿Fue esto justo y bueno? No me atrevo a decir que sí. Él, por su parte, no se calló ante la mía. Ante mi obra poética, quiero decir. Cuando publiqué mi primer volumen de poesías, lo mejor, sin duda, lo más cordial que sobre ellas se dijo, fue lo que dijo Rubén en un artículo de La Nación, bonaerense. No lo olvidaré nunca”.

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Darío conoció personalmente a Unamuno en su segundo viaje a España. Llegó a finales de 1898, como corresponsal del diario argentino La Nación, para retratar la situación en que había quedado la “madre patria” tras perder la guerra contra Estados Unidos. “Fue durante este viaje que Darío estrechó sus relaciones literarias con los jóvenes escritores que más tarde serían reconocidos como la ‘Generación del 98’”, comenta Carlos Tünnermann, uno de los principales estudiosos de Darío en Nicaragua.

En ese grupo de autores, que se dedicaban a reflexionar sobre España y a querer levantarla de su pesimismo posguerra, se encontraban el poeta Antonio Machado, quien llamaba “maestro” a Darío; el escritor Ramón del Valle-Inclán, que se hizo amigo del nicaragüense, y Miguel de Unamuno, ensayista y catedrático de griego en la prestigiosísima Universidad de Salamanca, de la que sería nombrado rector en 1901, a la edad de 37 años.

Para 1898, Darío ya era considerado el capitán del modernismo hispanoamericano, aunque solo tenía 31 años. En diciembre llegó a Barcelona y para el primero de enero de 1899 ya estaba en Madrid. Una tarde sus amigos de tertulia le presentaron, “como a un ser raro”, a Unamuno, tres años mayor. “Es genial y no usa corbata”, le decían. Ya en aquel tiempo, a don Miguel “no le agradaba que le llamaran ‘el sabio profesor de la universidad de Salamanca’… Cultivaba su sostenido tema de antifrancesismo. Y era indudablemente un notable vasco original”, describe Darío en su Autobiografía.

Al purista Unamuno no le gustaba esa musicalidad del estilo de Darío y “desdeñaba cordialmente” la obra de Rubén, tachándola de afrancesada y superficial, señala Miguel Díez R. “Darío es algo digno de estudio; es el indio con vislumbres de la más alta civilización, de algo esplendente y magnífico que al querer expresar lo inexpresable balbucea. Tiene sueños gigantescos, ciclópeos; pero al despertar no le queda más que la vaga melodía de ondulantes reminiscencias. Tiene un valor positivo muy grande, pero carece de toda cultura que no sea exclusivamente literaria. (Este es a mi juicio, el mal mayor de nuestros literatos)”, le comenta Unamuno a su amigo Bernardo González de Candamo en una carta del 16 de abril de 1900.

Rubén, por su parte, también hizo una vez un mordaz comentario que llegó a oídos de Unamuno. Lo mismo que el de las plumas, este cuento inició entre hombres de letras. Lo llamó “un pelotari en Patmos” y un pelotari, jugador vasco de pelota, “es lo menos intelectual que puede encontrarse entre los paisanos de don Miguel de Unamuno”, dice Mallo, que a ambos conoció. “No creo que el rector de la universidad de Salamanca quedara satisfecho al ser considerado un escritor que juega con las ideas en sus libros como los mozos en su tierra juegan con las pelotas en el frontón”.

Rubén, no obstante, quiso atenuar el comentario admitiéndolo en público. “Un día en conversación con literatos, dije de Unamuno: ‘Un pelotari en Patmos’. Le fueron con el chisme, pero él supo comprender la intención, sabiendo que su juego era con las ideas y con los sentires y que no es desdeñable el encontrarse en el mismo terreno con Juan el vidente”. Dijo esto en su artículo “Unamuno, poeta”, publicado en mayo de 1909 en La Nación. Se trata de un hermoso elogio a la faceta poética del rector y a la vez, afirma Mallo, es una muestra de “cordial reconciliación”.
Llamar a Darío “indio con plumas” fue un grave insulto; pero no mucho menor calificar a Unamuno de “pelotari”, considera Mallo en su texto. “No sé quién faltó primero, aunque sí sospecho que fue Unamuno”. Por fortuna, asegura el crítico, el incidente no dejó “pozos amargos en las relaciones de amistad” entre el vasco y el nica; por el contrario, “se hicieron más estrechas y afectuosas”.

No todo fue dardos en las relaciones Darío-Unamuno. “Enorgullézcase usted de Nicaragua así como ella, estoy seguro, se enorgullecerá de usted. Las plumas debajo el sombrero —esas plumas del chisme malicioso con que le fue la alcahuetería literatesca— le habrán de florecer. Yo espero de ese viaje algún regalo. Háblenos usted de su tierra, levántela en sus brazos”, le escribió don Miguel el 10 de noviembre de 1907, cuando Rubén se preparaba para viajar a Nicaragua. El poeta mencionó la carta en su discurso de agradecimiento durante la velada ofrecida en su honor en la ciudad de León, la noche del 22 de diciembre.

“Un querido amigo mío, rector de la Universidad de Salamanca, don Miguel de Unamuno, escribíame recientemente, con motivo del retorno a mi Patria, palabras hermosas que hablaban del griego Ulises y de la maravillosa Odisea”.

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Nunca fueron amigos muy cercanos, quizás por las “diferencias mentales”, tal vez por la falta de trato. “Pudiera ser que Darío nunca lo haya visitado en Salamanca pero ambos se conocían. Darío sabía perfectamente quién era Miguel de Unamuno y cuáles eran sus méritos. Y don Miguel, que al principio cuestionaba los méritos de Darío, terminó reconociéndolos”, sostiene Carlos Tünnermann. “Parece que nunca estuvieron juntos, se encontraron tangencialmente, pero no hubo charlas, más que las cartas que se cruzaron”, apunta Francisco Arellano Oviedo.
“¡Pobre Rubén!”, escribió Unamuno (el texto aparece en su libro “Sobre Latinoamérica”). “Se fue de este mundo sin que llegásemos una vez a hablarnos cara cara desnudas, pero las del alma. Siempre entre los dos, entre él y yo, hubo como una cristalina muralla de hielo. Nos veíamos, nos hablábamos, nos apreciábamos mutuamente, pero ni uno ni otro se decidía a romper esa muralla. Acaso fue mejor. Acaso así nos respetábamos”.
Y en la carta publicada tras la muerte de Darío, señala: “Conocí y traté a Rubén; no lo bastante. Conservo de él una docena de cartas, en algunas de las cuales se ve al hombre. Fue quien me llevó a La Nación, de Buenos Aires, en que colaboro hace años”.

Por muchos años, quizá hasta el último, Rubén continuó apareciendo en los recuerdos del vasco, uno de los más importantes pensadores de la España del siglo XX. Para muestra el Cancionero de Unamuno, que es una suerte de diario poético. El 12 de julio de 1928, don Miguel escribió “La Narria”, un poema que hace alusión al “Allá lejos” de Darío. Y ese mismo día, compuso un verso sobre el cisne del poeta nicaragüense, muerto doce años atrás:

“‘Mágico pájaro regio’,
que Rubén en castellano
dijo, y no dijo en francés,
con su erre y con sus ges,
esdrújulo americano,
en Nicaragua un arpegio”.

Pocos retrataron a Darío como Unamuno finalmente lo hizo. “‘Sea, pues, justo y bueno’. Esto me decía Rubén cuando yo me embozaba arrogante en la capa de desdén de mi silencioso aislamiento, de mi aislado silencio. Y esas palabras me llegan desde su tumba reciente ahora que veo llegar la otra soledad, la de la cosecha”, dice su carta “¡Hay que ser justo y bueno, Rubén!”, que apareció el 15 de marzo de 1916 en la revista Summa.

“¡No, no fui justo ni bueno con Rubén; no lo fui! No lo he sido acaso con otros. Y él, Rubén, era justo y era bueno. (…) Era benévolo por grandeza de alma, como lo fue antaño Cervantes. ¿Sabía que él se afirmaba más afirmando a los otros? No, ni esta astucia de fino egoísmo había en su benevolencia. Era justo, esto es, comprensivo y tolerante, porque era bueno”.

Cuando alguien es muy inteligente, analiza Francisco Arellano Oviedo, sucede que muchas personas “tratan de criticarlo, de ocultarlo; pero cuando muere, se acaban las pasiones, los miedos, las envidias que despiertan los hombres excelentes, los hombres brillantes. Esto se manifestó muy particularmente en Unamuno”. El vasco —dice— tenía qué envidiarle a Darío: toda su producción poética. “Es bien manifiesto que cuando Darío era un gran poeta, un renovador de la poesía, un líder, de Unamuno se decía que era un maestro de la cátedra de griego, un ensayista, dogmático en sus conversaciones y en sus textos”.

Muerto Darío, Unamuno admitió: “Nadie como él nos tocó en ciertas fibras; nadie como él utilizó nuestra comprensión poética. Su canto fue como el de la alondra; nos obligó a mirar a un cielo más ancho, por encima de las tapias del jardín patrio en que cantaban, en la enramada, los ruiseñores indígenas”, y se preguntó a sí mismo, sin atreverse a responder: “¿Por qué en vida tuya, amigo, me callé tanto? ¡Qué sé yo…! ¡Qué sé yo…! Es decir, no quiero saberlo. No quiero penetrar en ciertos tristes rincones de nuestro espíritu. Pero tú, pobre Rubén, me estás diciendo desde tu reciente tumba: ‘Sea justo con los otros, con todos; sea bueno con los otros, con todos’”.

“¡Pobre Rubén! ¿Te llegarán tarde estas líneas de tu amigo que no quiere ser injusto ni malo?”, escribió Unamuno, el hombre que jamás se desdecía. “Y si Dios me da salud, tiempo y ánimo, he de decir de tu obra lo que —más vale no pensar en por qué— no dije cuando podías oírlo. ¿Lo oirás ahora? Quisiera creer que sí”.

10 datos sobre Unamuno

Orígenes. Su padre, Félix de Unamuno, era tío de su madre, Salomé de Jugo, 17 años más joven. De manera que su papá era también su tío abuelo y su mamá, era a la vez su prima. La pareja tuvo seis hijos, Miguel fue el tercero y el primer varón. Félix murió cuando Miguel tenía 6 años.

Pajaritas y superpajaritas. Le gustaba la papiroflexia —a la que él llamaba “cocotología”— y en su sobria oficina, entre libros y tinta, doblaba sus casi perfectas pajaritas de papel.. En su libro “Amor y Pedagogía” incluyó un vasto ensayo titulado “Apuntes para un tratado de cocotología”, donde habla del arte de las pajaritas como un juego de niños y, a la vez, del ideal platónico de la “superpajarita” inalcanzable. En sus últimos años usó una pajarita de plata en la solapa.

Familia. Se casó con Concha Lizárraga, de quien estuvo enamorado desde niño. Tuvieron nueve hijos, y el escritor vivió con ella por el resto de su vida.

Destierro. Por oponerse a la monarquía de Alfonso XIII y a la dictadura de Primo de Rivera, en 1924 fue desterrado por cuatro meses en Fuerteventura, Canarias, noroeste de África. Luego se fue a Francia y volvió a España hasta 1930.

Nudismo. Durante su destierro en Fuerteventura, solía tomar el sol como Dios lo trajo al mundo en la azotea de la pensión donde se alojó. Cuando los escandalizados vecinos se quejaban con el propietario, Unamuno replicaba muy sereno: “Yo no los miro. Que no me miren ellos a mí”. Se le considera “el primer nudista en Fuerteventura”.

Nívolas. Clasificó sus novela Niebla como “nívola”. Un género en el que el protagonista entra en discusiones con el autor.

Generación del 98. Unamuno es uno de los más importantes escritores del grupo conocido como la “Generación del 98”, que abogaba por la “europeización de España”. Para Unamuno esa “europeización” debía incluir la “españolización” de lo europeo.

Estilo. No usaba corbata y solía llevar un chaleco cerrado que apenas dejaba ver el cuello de la camisa, por lo que se decía que vestía como “sacerdote protestante”. En ocasiones usaba un sobrio sombrero negro, el resto de la Generación del 98 los usaba en tonos claros y con cintas en torno a la copa.

Dibujante. Se conservan más de 300 dibujos hechos por Unamuno. Entre su producción —que él llamaba “garabatos”— se encuentran autorretratos, perfiles, ranas, toros, caballos, edificios, árboles y figuras humanas. Dibujaba en el reverso de las facturas y hasta en los documentos en los que estaba trabajando.

Muerte. Se encontraba confinado en arresto domiciliario, tras enfrentarse pública y verbalmente al militar José Millán Astray, con un “Venceréis, pero no convenceréis”. Murió a las 5:00 de la tarde del 31 de diciembre de 1936, por una congestión cerebral. “¡Dios no puede volverle la espalda a España! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!”, le dijo, irritado, a un joven visitante, y dejó caer la cabeza sobre el pecho. Se dieron cuenta de que estaba muerto cuando sintieron el olor a quemado de la zapatilla de Unamuno, que había metido el pie en el brasero.

10 datos sobre Darío

Rubén Darío o Félix Rubén García Sarmiento.

Orígenes. Fue criado por sus tíos abuelos Félix Ramírez y Bernarda Sarmiento. Sus padres fueron Manuel García y Rosa Sarmiento, pero tuvo muy poca relación con ellos. Llamaba “tío Manuel” a su papá.

Niño genio. “Fui algo niño prodigio. A los tres años sabía leer, según se me ha contado”, dice el propio Darío en su Autobiografía. A los 10 años de edad ya componía versos, sin cometer faltas de ritmo, y antes de cumplir los 13 publicó sus primeros poemas, en el diario El Termómetro.

Amor de circo. A los 13 años quiso ser payaso, pues se había enamorado de una trapecista y cuando el circo levantó sus carpas intentó ir tras ella. Audicionó, pero no pasó la prueba.

Sentencia por vago. En 1884, a los 17 años, fue condenado por el delito de “vagancia” y debía pagar ocho pesos, uno por cada día; de lo contrario, tenía que barrer las calles de León o realizar obras de ornato en el cementerio. “De ninguna manera puede llamarse vago a quien vive bajo el amparo de una madre adoptiva, consagrado al cultivo de las Letras”, se defendió el joven poeta en su apelación. Dos personas declararon en su favor y la sentencia fue revocada.

Intento de suicidio. Una tarde durante su cuarta estancia en La Habana, Cuba, intentó arrojarse desde un balcón del hotel Sevilla. Era 1910 y Darío, alojado en la habitación 203, estaba sumido en una crisis de angustia atizada por el whisky. El diplomático Osvaldo Bazil y un empleado del hotel lo arrastraron a la cama. Bazil lo vigiló hasta el amanecer.

Amores. Su primera esposa fue Rafaela Contreras, pero esta murió apenas tres años después. Pocos meses más tarde fue obligado a casarse con Rosario Murillo, de quien estuvo enamorado en su adolescencia. Su último amor fue la española Francisca Sánchez del Pozo, la campesina que hasta el último día de su vida se dedicaría a custodiar el archivo personal del poeta.

Generación del 98. La mayoría de los integrantes de la “Generación del 98” eran grandes admiradores de Darío y su modernismo. Varios de sus principales miembros, entre ellos Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Ramón del Valle-Inclán, lo reconocieron como maestro. Azorín incluso lo incluyó en su lista de integrantes de la generación.
Modernismo. Darío fue es considerado el mayor exponente de este movimiento literario (1880-1920) que logró una renovación profunda del lenguaje y la métrica en español.

Cerebro. Cuando le practicaron la autopsia, varios de sus órganos fueron repartidos. El más codiciado era el cerebro, y la disputa por él acabó en una estación policial. Las vísceras fueron enterradas en el cementerio de Guadalupe, León, pero a la fecha se desconoce qué fue del cerebro del poeta.

Muerte. A diferencia de Unamuno, Rubén Darío tuvo una muerte precedida por una larga agonía. Tenía bruscos cambios de humor y alucinaciones. Murió el domingo 6 de febrero de 1916. A las 10:15 de la noche el poeta se estremeció brevemente entre las sábanas y partió de este mundo con “ELLA”, la muerte a la que tanto había temido.

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Reportaje