Unidos por la guerra

Reportaje - 27.07.2008
Veteranos del Ejército de Estados Unidos

Unos cincuentas hombres, ancianos la mayoría, se reúnen cada tanto tiempo en Granada para conversar sobre sus vidas. Son veteranos del ejército de Estados Unidos y aunque su pasado de guerra es lo que los une, este tema está prohibido en las tertulias

Dora Luz Romero Mejía
Fotos de Marlon Esquivel

Sonríen. Brindan y conversan amenamente. Ahí hay hombres, mujeres, niños y ancianos. Celebran el Día de la Independencia de los Estados Unidos. Cantan el himno de su país con fervor y reverencia. Señores canosos y con muchas arrugas, con gorras cargadas de insignias y condecoraciones, cantan el himno en posición militar. Son legionarios. Norteamericanos, la mayoría, y unos cuantos nicaragüenses que fueron parte de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y viven ahora en Nicaragua.

Los legionarios se reúnen una vez al mes en el Jockey Club de Granada para conversar de sus familias, de la ayuda que le brindarán a la comunidad, de sus negocios en Nicaragua, de sus viajes al extranjero... Pero hay un tema del que no se habla, un tema vedado. Una ley no escrita: no se habla de la guerra. Ese es para ellos un tema del pasado.

En el ocaso de sus vidas, a estos hombres sólo les quedan los recuerdos de la guerra en la que participaron. En sus memorias quedó perpetuado el sonido de las ráfagas de ametralladoras o la imagen de cientos de hombres muertos en combate. Escenas dolorosas que hacen que hombres fuertes y robustos se quebranten y sus ojos se llenen de lágrimas.

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De estos legionarios algunos decidieron volver a su país natal (Nicaragua), otros llegaron aquí para convertirse en empresarios y otros encontraron al amor de su vida. Muchos de ellos viven en la ciudad de Granada.

Hay de todo en este grupo llamado Legión Americana José María Zelaya, cuyo nombre fue puesto en memoria al soldado nicaragüense que llevaba ese nombre, que prestó servicio militar en el Golfo Pérsico y que murió en el 2002 en un accidente automovilístico. Entre los 50 hombres que se reúnen periódicamente hubo quienes estuvieron en la guerra de Corea, Vietnam, Líbano, Golfo Pérsico, Afganistán e Irak. Al final la verdad es una para todos ellos. Su vida después de la guerra jamás volvió a ser la misma.

"A los soldados no nos gustan las guerras, las peleamos para proteger nuestra libertad, la de nuestra familia, vecinos", dice Ron Gay

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¡Bum! ¡bum! ¡bum! Se escuchan los disparos. Era noviembre de 1965. El nicaragüense Armando Castro, con el uniforme del ejército estadounidense, va asido a una ametralladora calibre 50 en la torre de una tanqueta en alguno de los parajes de Vietnam. De pronto sintió dolor en su cadera derecha. "Estaba caliente", dice ahora, 43 años después, y recuerda cómo segundos después vio chorrear su propia sangre. Pronto él junto a sus compañeros se dieron cuenta que estaban rodeados por soldados vietnamitas. "Ala. Me jodí", pensó en el momento. Aún así, no se rindió y la matanza continuó. "Me arrecho más todavía y empiezo a disparar. Quién sabe a cuántos maté", afirma. Recuerda vívidamente el sonido de los disparos y la imagen de los soldados caídos. En ese instante a Castro no le quedó duda de que era él y "el de Arriba" únicamente.

Con un tono de voz lleno de tristeza, Castro, de casi 70 años, asegura que en aquel combate perdieron al menos cien de sus soldados y no sabe cuántos vientamitas. El no perdió la vida, pero sí su pierna derecha.

Castro combatió en la guerra de Vietnam durante ocho meses, pero su historia comenzó mucho antes. Nació en Granada, Nicaragua, a los 13 años quedó huérfano. Fue estudiante del Reformatorio de Menores y debido a la pobreza y al miedo de que el gobierno somocista lo matara (en la década de los 50) emigró a Estados Unidos a los 18 años de edad.

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Recién llegado, un cubano le dio acogida, el mismo que más tarde le diría que su mejor opción era entrar a las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Trabajaba en tipografía y un día de tantos recibió una carta —que no entendía porque no sabía inglés— donde le decían que por ser residente debía prestar servicio al ejército de ese país. El cubano le dijo que en lugar de regresar a Nicaragua era mejor que entrara al ejército.

Hizo caso y pronto estaba convertido en sargento. "Allá (en Estados Unidos) pasás entrenamiento tras entrenamiento, de academia en academia hasta que te hacen un monstruo, un matón", asegura este hombre quien sin embargo se declara un "soldado empedernido".

Después de tantas escuelas y academias tenía algo pendiente. "Había quedado comprometido con mi novia aquí (en Nicaragua) y le había prometido regresar". En una escapada vino a Nicaragua, se casó y viajó de regreso a Estados Unidos junto con su esposa.

Vivían en Kansas, donde estaba la Primera División de Infantería. "Es una de las premier divisiones
de infantería que tiene el ejército. Era la élite del gobierno norteamericano", afirma. En febrero de 1965 el ex presidente Lyndon B. Johnson ordenó que toda la primera división iría a Vietnam. Eran 250 mil soldados. Castro, uno de ellos.

No estaba obligado a ir a la guerra porque no era ciudadano estadounidense. Era solamente residente, pero cuando su superior le preguntó si iría a Vietnam, Castro pensó "no puedo dejar a mis hombres así" y sin titubeos le dijo: "Sí yo voy con ustedes". Bastó una llamada a Washington a un juez federal para que Castro se convirtiera en un ciudadano norteamericano. Ahora en retrospectiva reflexiona: "Miró lo que es la estupidez, la mente militar...".

Cuando Castro partió para Vietnam quedaba su esposa embarazada de su primera hija y en plena guerra, el 25 de octubre de 1965, recibió la noticia de su superior. Su hija había nacido hacía dos días. Eran tiempos duros, reconoce Castro. No comieron comida caliente por meses, no vieron a sus familiares y un pensamiento recurrente era la idea de morir.

Aquel noviembre cuando Castro sintió un dolor intenso en la cadera y poco después recibió un disparo en su tobillo supo que las cosas no iban bien. "Metete adentro que me pegaron", le dijo al conductor de la tanqueta, quien de inmediato reportó por radio la situación. Mandaron un helicóptero a recoger a Castro, pero logró llegar a un hospital hasta cuatro días después. Su situación era crítica y cuando abrió los ojos se preguntó: "¿Qué estoy haciendo aquí de pendejo, de estúpido?" Pero también fue el momento en el que dio gracias a Dios por estar vivo.

Venía la peor parte. Como si fuera ayer recuerda las palabras del médico:

—Tenemos que amputarle la pierna.

—¡No jodan! Me vuelvo loco. ¿Cómo voy a quedar así? –dijo Castro a quien le encantaba y le sigue gustando el baile.

En enero de 1966 le amputaron su pierna y le pusieron una prótesis, que hoy maneja muy bien. "Me condecoraron medallas aquí, medallas allá, pero yo no quería saber nada de medallas. Después me dijeron que me querían mandar a West Point como asistente de instructor. Les dije que no gracias. Pensé que si esa vez me habían dado en la pierna la siguiente sería en la cabeza", afirma Castro quien años más tarde se graduó como licenciado en Finanzas y Administración de Empresas.

Hace unos años regresó a su país natal, vive solo, en una enorme casa ubicada en el kilómetro 42 carretera a Granada. Le es difícil hablar de la guerra y se arrepiente del día que decidió ir a Vietnam. Considera que en tiempos de guerra "a veces perdés el control. Si te matan a un amigo se te sube la sangre. El sistema animal de la venganza te vuelve loco. Esa guerra era maldita. Te da venganza de matar a quien veas. Viejos, niños, quien sea".

***

Ahí mismo en Granada vive Carls Currier. A los 23 años decidió que el Cuerpo de Infantería de Marina de Estados Unidos sería el sitio desde donde serviría a su patria. Él fue uno de los 14 mil infantes de marina que viajó a Líbano en 1958 para "preservar la paz".

En aquel momento Siria y Egipto se habían unido para formar la República Árabe Unida, militares nacionalistas habían destronado al rey Feisal II de Irak, habían estallado motines contra el Gobierno del Líbano. "Estados Unidos mostró tanta presencia de poder en esa área que no hubo necesidad de nada", cuenta. Estuvo en el Líbano pocos meses, ahí no hubo tanta matanza como en Corea o en Vietnam. "Fue una guerra no declarada", aclara.

Currier considera que ésa no fue la peor época por la que pasó durante los cuatro años que estuvo en la Marina. En una ocasión le tocó tripular por África del Norte. Recuerda que las tormentas llegaron y llovió por 17 días seguidos. "Pasamos todo ese tiempo sin cambiarnos de ropa. Nos estábamos
congelando, no había mucho que comer", recuerda este hombre que hoy es dueño del hotel Dolphin GuestHouse en Granada.

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En 1961 de vuelta a su vida normal empezó a trabajar en la empresa de su padre, una empresa de mallas, de la que años más tarde se convirtió en dueño. Viajó por el mundo y en una de tantas llegó a Nicaragua en 1997. "Me hablaron bien de Nicaragua entonces vinimos (unos amigos y él) de pesca". Ya instalado y sin hablar una sola palabra de español conoció a una muchacha llamada Carolina, era morena, tenía 21 años, llevaba el cabello liso y una sonrisa acentuada. Era maestra y en algún momento le tocó ser su profesora de español.

Solían ir a almorzar juntos de vez en cuando, pero Currier, en ese tiempo de 63 años, insistía en que salieran de noche. Sería una cita. Carolina temerosa por la diferencia de edad lo dejó plantado en dos ocasiones. Un sábado por la mañana, mientras la muchacha de sonrisa acentuada esperaba su cheque de quincena, lo encontró y él molesto reclamó los plantones. "Yo sabía que no había hecho bien y él estaba tan decepcionado de mí entonces ese día yo le dije: 'éste es mi día libre. Te daré todo este día en compensación'. Desde ese día aquí estamos", asegura Carolina quien tuvo una boda con más de 500 invitados. Ahora Currier goza de 73 años y Carolina de 31 se pasan la mitad del año en Nicaragua y otro resto en Estados Unidos, donde Currier aún conserva su empresa de mallas. Se abrazan, se besan, sonríen y ella en un tono burlesco se pregunta por qué no lo conoció cuando vestía su uniforme de infante de marina y lucía delgado, joven y bien parecido. Ambos ríen. Para ese tiempo ella ni siquiera había nacido.

Currier no ha sido el único que ha encontrado el amor en Nicaragua. Sandy Perkoff, de 77 años, es un miembro más de la Legión Americana José María Zelaya. Fue voluntario de las Fuerzas Armadas durante tres años. De 1948 a 1951. "Tenía 17 años cuando entré. Quería tener cierta experiencia en las Fuerzas Armadas. Estaba muy joven, aún era inmaduro", confiesa. No estuvo al frente del combate, pero prestó servicio en una unidad en Alemaia mientras se daba la Guerra de Corea.

Cuando Perkoff llegó a Granada se enamoró de una muchacha 50 años menor que él, Kathy Traña. Él tenía 67 años y ella 17. “A él no le gusta que lo diga, pero yo era sirvienta. Trabajé en una carnicería y vendí café en el parque. Cuando él me conoció fue así”, asegura Traña, quien además confiesa que el inicio de la relación fue difícil por las críticas del barrio en el que vivía. “Decían cosas que me lastimaban. Hablaban de la diferencia de edad. Hubo gente que se atrevió a preguntar si él y yo teníamos relaciones normales y yo les contestaba: ‘si querés te lo presto’”, dice sonriendo. Se casaron y han pasado nueve años desde entonces. Traña agradece cuanto ha madurado al lado de su esposo.

Otro de los legionarios que se casó en Nicaragua fue Jerry Mangin, de 42 años. Perteneció a las Fuerzas Armadas del año 1987 a 1991. Era guardacostas y durante la Guerra del Golfo Pérsico (1990-1991) su papel era evitar que entrara droga al país y funcionaba como seguridad interna. A pesar de que su trabajo no fue en la línea de combate, las Fuerzas Armadas tuvo que jubilarlo muy joven (cuando tenía apenas 25 años) por la cantidad de tiros que había recibido en el cumplimiento de su labor. Con esa pensión que recibe del Gobierno de Estados Unidos es que vive ahora junto a su esposa, la nicaragüense Angélica Mojica y su recién nacido hijo Matthew Enrique.

***

Es la primera vez que Ron Gay habla de la guerra de Vietnam con un medio de comunicación. Es la primera vez que alguien le pregunta sobre la guerra y él accede a contestar. Este hombre de 62 años, de unos dos metros de estatura y voz ronca, luce débil y quebrantado cuando le toca conversar de lo ocurrido en su tiempo de servicio. Llegó a Nicaragua hace dos meses y asegura que lo hizo para quedarse. Es un empresario que prefiere no hablar de su negocio porque aún es una sorpresa. No tiene familia. Su padre, madre y hermana murieron de cáncer y a su hermano lo atropelló un conductor ebrio.

Dice que su patriotismo es tal que si lo cortan “yo sangro blanco, rojo y azul”. Nacido en una familia de militares. Su padre peleó en la Segunda Guerra Mundial contra los japoneses en Filipinas y su hermano en la Guerra de Corea. Él estudiaba en la universidad cuando vio por televisión las protestas y no le gustó. “Dejé la escuela, entré a las Fuerzas Armadas y fui voluntario en Vietnam”, dice este hombre que después de la guerra recibió la medalla de Corazón Púrpura.

Tenía 20 años cuando se fue a Vietnam. Su novia había quedado embarazada y él no lo supo sino hasta muchos años después. “En los años 60 salir embarazada no es como ahora. En ese entonces era algo muy mal visto. Mi novia prefirió quedarse callada y dio a nuestro hijo en adopción. Mi único hijo. Yo lo conocí cuando él tenía 31 años. Lamento tanto no haber estado cuando dijo su primera palabra, o dio el primer paso...”

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Gay pide que aún no se hable de Vietnam. Calla por un momento y no puede evitar que las lágrimas broten de sus ojos. Prefiere contar la primera vez que él y su padre hablaron de guerras. “Yo nunca le pregunté de la Segunda Guerra Mundial y él tampoco me preguntó de Vietnam. Hasta un poco antes que muriera. Estaba en el hospital. Contamos algunas de nuestras experiencias”, dice.

Ya. Cree estar preparado para hablar.

—Cumplió sus 21 años estando en Vietnam. ¿Recuerda ese día?

—Era como cualquier otro día. Los soldados somos supersticiosos. Así que no pensé en eso. Cuando estás cerca de dejar el país, de dejar la guerra no hablás de eso, no hablás de qué tan largo has llegado porque eso trae mala suerte. Para mí sólo fue un día más.

—¿Hubo algún momento especialmente difícil?

—(Llora) Cuando estás en combate sabés qué es lo que está pasando. Creo que es más difícil para las familias que no saben qué está pasando. Estaba más preocupado por mi mamá que por mí. Fue la primera guerra televisada. No ves lo que los soldados están haciendo, sólo ves cómo matan y mueren. En esa guerra murieron dos amigos míos. A los soldados no nos gustan la guerras, las peleamos para proteger nuestra libertad, la de nuestra familia, vecinos... –dice con la voz quebradiza.

—¿Sentía miedo?

—Si no tenés miedo estás mintiendo. Primero se tiene miedo, después uno deja de sentir miedo y empieza a concentrarse en lo que le toca hacer. Pero cuando termina todo es que viene lo que verdaderamente asusta. Llegan las pesadillas, uno no puede dormir...

—¿Qué pasó con usted después de la Guerra?

—A uno le preguntaban dónde quería ir. Yo pedí ir a Alemania. No quería ir a Estados Unidos. No quería que me preguntaran nada, no quería que me pusieran entre la espada y la pared, estaba cansado de pelear, no quería enfrentarme con las consecuencias de alguien diciéndome algo. Tenía muchas pesadillas, me levantaba todas las noches, me costaba tener trabajos permanentes. Es hasta la fecha y hay cosas que no he superado. Es muy difícil para mí hablar de eso –asegura mientras seca sus lágrimas.

—¿Qué viene ahora?

—Quiero pasar el resto de mi vida tranquilo.

—¿Recibe dinero del Gobierno?

—Sí. Recibo un pequeño cheque mensual por haber sido baleado.
Después de la guerra la vida de estos soldados jamás volvió a ser la misma. “Yo tenía pesadillas, bebía muchas pastillas y casi me vuelvo alcohólico”, dice Armando Castro. De aquellos hombres robustos, jóvenes y ágiles sólo queda el recuerdo. Ahora sólo buscan cómo llevar una vida serena y tranquila. Y es por eso que se hacen promesas a sí mismos, como la de Ron Gay. El día que este Corazón Púrpura llegó a casa, después de ver tanta destrucción y muerte en Vietnam se hizo una promesa. A partir de ese día, por el resto de su vida, haría reír al menos una persona por día. “Y lo he hecho”, dice entre lágrimas.

Legión en Nicaragua

La Legión Americana en Nicaragua fue fundada en el 2000. Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos tienen 15 mil sucursales en todo el mundo, donde albergan a más de 3 millones de legionarios. “Nuestra misión es asistir a los nuestros donde se encuentran, hacernos útiles a la comunidad donde estamos viviendo, en nuestro caso a Granada”, asegura Leonel Poveda Sediles, comandante de la Legión.

La Legión Americana José María Zelaya está compuesta por 40 legionarios. La mayoría de ellos extranjeros. Según Poveda hay 10 legionarios nicaragüenses.

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