Vida y muerte de Kim Il-sung, el "presidente eterno" de Corea del Norte

Reportaje - 14.10.2019
The Grand Monument in Pyongyang North Korea

Kim Il-sung llevó el culto a la personalidad a niveles demenciales en el país más totalitario del planeta. Tanto así que 25 años después de su muerte sigue gobernando como el “presidente eterno” de los norcoreanos

Por Amalia del Cid

Al norte del paralelo 38, la última frontera de la Guerra Fría, la gente está viviendo el año 108 de la “era Juche”. El calendario ha sido retrasado nada menos que 1,911 años para que pueda arrancar en el nacimiento de Kim Il-sung, comandante supremo y líder perpetuo del país más totalitario del planeta: Corea del Norte. El detalle de llevar 25 años muerto no ha impedido que oficialmente siga siendo el presidente de los norcoreanos.

En el calendario Juche el “año cero” es el 1912 de nuestro calendario y la fecha más importante, el 15 de abril. Hay una sola razón por la que esto es así: se supone que el 15 de abril de 1912 vino al mundo ese hombre de lentes gruesos y cierto aspecto de ardilla que durante 46 años reinó en Norcorea como un “Gran Hermano” de ojos rasgados, omnipotente y omnipresente, eliminando cualquier rastro de individualidad y de pensamiento crítico en las masas que aún le idolatran.

Las plazas, los edificios e incluso las flores (kiminsunglias) se llaman como él y su retrato preside el paisaje en el metro, las calles y las casas. Hace nueve años, en 2010, se estimaba que en el país había unas 35 mil estatuas de Kim Il-sung (800 de ellas gigantes), millares de retratos y “no menos de 10 millones de fotografías (una por cada casa y edificio)”. Además de sellos postales con su cara, que no se pueden usar porque no está permitida la ofensa de pasar la lengua por el reverso, y billetes con su efigie que por ningún motivo deben ser doblados en las carteras.

Kim Il-sung, a la derecha de la foto, con su hijo y sucesor Kim Jong-il. Ambos murieron por fulminantes problemas cardíacos. El padre en 1994 y el hijo en 2011. Ahora gobierna el nieto, Kim Jong-un.

Como si hiciera falta más, también es prohibido pasar ante una estatua del “gran líder” sin hacer una reverencia y no se puede dar la espalda a ningún retrato suyo. Hay museos donde se exhiben objetos como “la silla en la que se sentó” y “el cuenco donde bebió sopa”, y la mayor fiesta nacional es la del Día del Sol: el 15 de abril.

Podría creerse que se trata de leyendas urbanas nacidas de ese hermetismo en el que se ha encerrado Norcorea, estancada en el tiempo desde hace más de un siglo. Pero no. Son realidades confirmadas por periodistas que se hicieron pasar por empresarios, académicos y turistas para poder ingresar al reino de los Kim, en un viaje directo a “1984”, el universo totalitario que George Orwell imaginó poco antes de que Kim Il-sung ascendiera al poder.

Desde su mausoleo de cien mil metros cuadrados, rodeado de jardines exóticos y de lagos con cisnes, el “presidente eterno”, escritor de 18 mil libros y vencedor de los Estados Unidos, continúa rigiendo el destino de los norcoreanos gracias a la maquinaria de propaganda que alimenta este desquiciado culto a la personalidad.

Kim Il-sung logró establecer la única “monarquía comunista” conocida. Heredó su “trono” a su hijo Kim Jong-il y ahora es su nieto Kim Jong-un quien dirige Corea del Norte. Bienvenidos a 1984.

Uno de los tantos billetes norcoreanos con la efigie de Kim Il-sung. Está prohibido doblarlos.

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Mucho antes de que sucedieran los hechos que acabaron llevando a Kim Il-sung al poder y de que la península coreana fuera dividida en Corea del Norte y Corea del Sur, en ese territorio de Asia Oriental existieron las centenarias dinastías de Goryeo, primero, y de Joseon, después. Por su ubicación geográfica, a lo largo de siglos Corea fue blanco de numerosas invasiones dirigidas desde China y Japón y durante la dinastía Joseon adoptó la estrategia del aislamiento, al punto de que en la literatura occidental el país llegó a ser conocido como “el reino ermitaño”.

Buena parte de la cultura, la conducta y la etiqueta de los coreanos proviene de la era Joseon, que duró de 1392 a 1897, año en que fue reemplazada por el Imperio de Corea, en un esfuerzo por reafirmar la independencia del pequeño reino ante las presiones de las grandes potencias vecinas. Nada de eso sirvió y en 1905 Corea se convirtió en un protectorado de Japón, que finalmente se la anexionó en 1910 porque la quería como punto de acceso para atacar a sus rivales de China y Rusia.

Dos años más tarde nació Kim Il-sung, en una aldea cercana a la ciudad de Pyongyang, hoy capital de Norcorea, cuando el país se encontraba bajo el dominio colonial de los nipones.

Su nombre de cuna era Kim Sung-ju, pero él se lo cambiaría años más tarde, aparentemente en honor a otro soldado de la lucha antijaponesa. Sus padres fueron Kim Hyong-jik y Kang Ban-suk, y tuvo un hermano menor llamado Kim Chol-ju. Según los biógrafos norcoreanos toda la familia Kim, incluidos bisabuelos, abuelos, tíos y primos, fueron “revolucionarios que lucharon con valor por la soberanía e independencia del país, por la libertad y felicidad del pueblo”.

Su bisabuelo dirigió el hundimiento del “barco pirata enviado por los imperialistas norteamericanos, en 1866”. Sus abuelos “mantuvieron firmemente su entereza patriótica y supieron entregar a todos sus descendientes a la lucha revolucionaria”. Sus tíos maternos y su hermano destacaron como “fervorosos revolucionarios comunistas” y “ardientes patriotas”. Su madre encabezó “el movimiento femenino comunista del país” y “dedicó su vida a la lucha por la victoria de la revolución coreana y la liberación social de las mujeres”. Y su padre fue un “destacado dirigente del movimiento antijaponés de liberación nacional en Corea”, fundó la Asociación Nacional Coreana, “principal organización revolucionaria antijaponesa clandestina, y fue el precursor en cambiar el curso nacionalista, hacia el comunista, del movimiento antijaponés de liberación nacional”.

Kim Il-sung en 1926, a la edad de 14 años. Estudiaba en China y todavía era conocido como .Kim Sung-ju.

Todo lo anterior aparece en la Breve Biografía de Kim Il-sung, un documento de 343 páginas publicado en Pyonyang en el año 90 de la era Juche. Es decir, en 2001.

Si a ese texto nos remitimos, los padres del futuro “gran líder” vivieron en la pobreza pero eran respetados “por su gran sentido de justicia y nobles virtudes”. Pese a sus pocos recursos, tenían grandes aspiraciones, por eso llamaron Song-ju al mayor de sus hijos: “Pilar de la nación”.

Esperaban que hiciera “algo asombroso”, desde pequeño le inculcaron el cristianismo y en la iglesia a la que asistían aprendió a tocar el órgano, relata la serie documental El manual del dictador, emitida en 2018 por National Geographic.

Su odio por los japoneses también despertó muy temprano. Según el historiador de la universidad de Chicago, Bruce Cummings, cuando Kim Song-ju tenía 7 años su papá fue arrestado y castigado sin piedad por protestar contra la ocupación nipona; el niño fue a visitarlo y la imagen de su padre torturado quedó grabada en su memoria.

En 1920 la familia Kim se vio forzada a huir hacia China y con 8 años de edad, Song-ju empezó a estudiar en la provincia de Jilin. Dicen sus biógrafos oficialistas que ya desde niño mostraba “extraordinaria clarividencia, afán de conocimientos, magnanimidad, donde gente, férrea voluntad, carácter abierto, gran poder de raciocinio y extraordinaria memoria”.

Afirman, además, que en la etapa de la educación primaria ayudaba a su padre en actividades revolucionarias y leía ávidamente libros como La vida de Lenin, Fundamentos del Socialismo e Historia revolucionaria de Rusia y Lenin. De modo que a la edad de 10 años ya era “todo un revolucionario dotado de un consecuente espíritu antimperialista” que “por la grandeza de su propósito, su alteza de miras sin igual, sus conocimientos enciclopédicos, su profunda sabiduría política, su insondable magnanimidad y don de gente, no tarda en granjearse el respeto y admiración de los estudiantes tanto jóvenes como niños, y las masas”.

Por otro lado, y esto parece ser cierto, el estudiar en escuelas chinas le permitió hablar el mandarín con fluidez, lo que pronto le sería de gran ayuda en la lucha antijaponesa respaldada por China.

Luego de participar en diversas actividades subversivas, a los 19 años se unió a los guerrilleros comunistas que, apoyados por la Unión Soviética, combatían al ejército japonés cerca de la frontera entre Corea y China, una zona montañosa insoportablemente caliente en verano y extremadamente fría en invierno, época en que la temperatura puede caer hasta 40 grados bajo cero.

Era alto para ser coreano (un metro con 75 centímetros), además de fuerte y astuto, características que lo convirtieron en un guerrillero sobresaliente, afirma el documental de National Geographic. A los 24 ascendió en la jerarquía militar y lideró a cientos de hombres en redadas contra los campamentos japoneses. Su fama siguió creciendo y para finales de la década de 1930 ya era “el líder guerrillero más buscado” de los que combatían a los colonizadores nipones. Cientos de unidades especiales intentaron cazarlo, pero no lo lograron. Por esa época empezó a usar el nombre de Kim Il-sung, que significa “Conviértete en el Sol”.

Kim Il-sung con su primera esposa, Kim Jong-suk, y sus hijos Kim Jong-il y Kim Kyong-hui.

En 1941, sin embargo, su movimiento fue aplastado por los japoneses. Huyó con sus soldados hacia la Unión Soviética y ahí, a 800 kilómetros de Corea, el futuro “comandante supremo” tuvo suficiente tiempo para estudiar el pensamiento del dictador soviético Iósif Stalin, por quien sentía “un inmenso respeto”.

Su suerte cambió en 1945. Tras la derrota nipona en la Segunda Guerra Mundial, las tropas japonesas se retiraron de la península coreana y el territorio fue dividido como un gran pastel en el límite establecido por el paralelo 38. Estados Unidos ocupó el lado sur y los soviéticos se instalaron en el norte, no sin antes reclutar a Kim Il-sung para ponerlo a cargo de lo que para muchos fue un “gobierno títere”. Pero el líder norcoreano aspiraba a más, mucho más. No solo quería demostrar que podía hacerse cargo del país sin necesidad de la vigilancia soviética; su sueño era convertirse el reunificador de Corea.

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En Corea del Norte no hay acceso a internet ni a las noticias del resto del mundo. Los norcoreanos solo conocen lo que les muestran los medios de comunicación nacionales, que, de acuerdo con periodistas que han visitado el país, más bien son instrumentos de propaganda al servicio del régimen y del Partido del Trabajo de Corea. Solo hay un canal televisivo y finaliza transmisión a las 10:30 de la noche.

El principal medio de transporte de los norcoreanos son los pies y la bicicleta, ya que pocos pueden registrar un automóvil en un país donde la propiedad privada no existe cuando se trata de bienes importantes. Como en muchas naciones del mundo los turistas necesitan un permiso para entrar, y ni siquiera es difícil conseguirlo, la diferencia es que en Corea del Norte deben ser acompañados todo el tiempo por uno o varios guías, luego de realizar una reverencia y una ofrenda floral ante las enormes estatuas de Kim Il-sung y su hijo Kim Jong-il, fallecido en 2011.

“Es un viaje a los esquemas de la Guerra Fría”, un país donde “las conciencias han sido sustituidas por consignas y las opiniones por dogmas”, considera el periodista vasco Jon Sistiaga, en su documental Amarás al líder por sobre todas las cosas, emitido en 2007.

Vista panorámica de la ciudad de Pyonyang, capital de Corea del Norte.

A 25 años de su muerte, los norcoreanos veneran a Kim Il-sung por haber fundado la nación, “derrotado” a Estados Unidos en la guerra de 1950 y “mantenido el rumbo” del país luego de la caída de la Unión Soviética. “Todo el mundo le venera, dicen los guías, porque si no, dicen los disidentes, se puede acabar en un campo de reeducación”, afirma Sistiaga.

Norcorea no es un lugar hostil para con los turistas. Si se apegan a las reglas y no hacen demasiadas preguntas, incluso puede resultarles un lugar curioso y agradable. Pero quien llega con ojos de periodista puede ver “más allá de la fachada”.

Entre 2012 y 2017 el fotorreportero David Guttenfelder, de la agencia de noticias Associated Press, estuvo 25 veces en Pyonyang y tomó miles de fotografías. Visitó granjas colectivas y asistió a incontables actos políticos, recorrió locales de moda y vio a muchachas en minifalda en un país donde la norma ha sido “la espartana indumentaria de inspiración soviética”. Aun así —dice en el reportaje La cara oculta de Corea del Norte—, está consciente de que casi todo lo que ha visto es lo que sus guardianes y “las poderosas instancias gubernamentales que vigilan silenciosamente desde arriba” le han permitido ver.

Los norcoreanos no hablan abiertamente con los forasteros (y posiblemente tampoco lo hagan entre ellos). Si alguien llegase a insinuar “el menor malestar con el régimen”, sostiene Guttenfelder, iría “directo a prisión y desaparecería en un gulag (campo de trabajos forzados) oculto, que según los cálculos de las asociaciones proderechos humanos alberga entre 150,000 y 200,000 internos”.

Esa cultura del miedo y la desconfianza nació en tiempos de Kim Il-sung, el hombre que dedicó su juventud a luchar por la libertad de Corea y el resto de su vida a convertirla en una gigantesca prisión.

Pinturas, estatuas, dibujos, estampillas. Los dos primeros líderes de la dinastía Kim están en todos lados.

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Cuando los japoneses fueron derrotados y los soviéticos tomaron control del norte de la península coreana, Kim Il-sung puso en marcha acciones para demostrar que podía dirigir por su cuenta un “exitoso país comunista”.

Para crecer en popularidad empleó el método de la zanahoria: regaló 10 mil kilómetros cuadrados de tierra a los campesinos (que por primera vez en siglos se sintieron dueños de la tierra que trabajaban). Para ganar seguridad aplicó el método de la vara: envió a sus potenciales rivales a Corea del Sur. Y en los dos años siguientes —afirma el documental de National Geographic—, armó un ejército de más de 60 mil soldados a fin de probarle a la Unión Soviética que podía defender el país.

En 1948 los soviéticos finalmente comenzaron a retirarse de Corea del Norte, dejando el control en manos de Kim Il-sung, el líder indiscutible. Al año siguiente Estados Unidos extrajo a la mayoría de sus tropas establecidas en Corea del Sur y el gobernante norcoreano entendió que había llegado el momento de ir tras el sueño de la reunificación. Duplicó su ejército y, aprovechando la retirada de los estadounidenses, en 1950 atravesó el paralelo 38 e invadió Surcorea, provocando así el primer conflicto armado serio de la Guerra Fría.

El enfrentamiento creció hasta involucrar a 16 naciones, dejó al menos dos millones de muertos, duró tres años y finalizó en armisticio.

Durante el conflicto, conocido como la Guerra de Corea, Estados Unidos bombardeó “todo lo que se movía” en las principales ciudades norcoreanas. De acuerdo con la BBC Mundo, los norteamericanos utilizaron 635 mil toneladas de explosivos y 32,557 toneladas de napalm en ataques aéreos que segaron la vida de entre el 12 y el 15 por ciento de la población de Corea del Norte. Eso podría ser suficiente para explicar el rencor que los norcoreanos sienten por su principal enemigo; pero lo cierto es que al recuerdo de los bombardeos se ha sumado una persistente campaña de adoctrinamiento que se basa en amar al líder y odiar a Estados Unidos.

A los norcoreanos les enseñan que para ellos el “imperio” es una “amenaza inminente”. Kim Kil Sun, una mujer que logró escapar del país, lo ha contado así en su testimonio: “Lo que a mí me enseñaron, lo que escuché hasta que me sangraron los oídos, todos los días, desde el momento en que abría los ojos hasta volver a cerrarlos era que Estados Unidos era nuestro mayor enemigo”. A ella le dijeron que fueron los estadounidenses quienes comenzaron la guerra y que los norcoreanos la habían ganado.

Resulta que en al finalizar el conflicto, en 1953, Kim Il-sung se encontró con un país bombardeado hasta la sumisión, devastado por una guerra inútil que él mismo había iniciado, y se vio en la necesidad de multiplicar sus esfuerzos para asegurarse el control absoluto de Norcorea pues en aquel momento muchos lo criticaban por sus temerarias acciones.

Lo primero que hizo, de acuerdo con El Manual del Dictador, fue “transferir la culpa de la guerra a sus rivales”. Doce líderes comunistas que lo habían criticado fueron acusados de colaborar con los estadounidenses. A unos los exiliaron y a otros los ejecutaron. Luego de esto inició una feroz cacería de opositores reales e imaginarios y en solo cuatro años Kim Il-sung eliminó a cerca de “2,500 enemigos”.

“Reprimió por la fuerza cualquier oposición interna y purgó el aparato del partido comunista. Convertido en el único líder de su país estableció una dictadura militarista y totalitaria con un extraordinario grado de control de la población. Desarrolló uno de los más demenciales ejemplos de culto a la personalidad, lo que unido a un eficaz y masivo sistema de propaganda le permitió mantenerse en el poder hasta su muerte”, destaca el portal de la Historia del Siglo XX.

Fue después de esa guerra que floreció el peor caso de culto a la personalidad que el mundo ha visto en tiempos modernos. Según el documental de Nat Geo, en la década de los cincuenta el “gran líder” aisló al país de las influencias externas (como otros hicieron en la era Joseon), bloqueó a toda la prensa y creó un programa semanal que obligaba a la gente a autocriticarse y después criticarse mutua y ferozmente para “crecer como individuos”. El resultado fue un continuo ambiente de terror en el que la gente se espiaba mutuamente y se autocensuraba para no dejar ver ninguna señal de deslealtad.

Cuando comenzaron los años sesenta y el mundo bailaba las canciones de Elvis Presley y Los Beatles, en Corea del Norte se intensificó el control. A mitad de esa década la cultura del terror ya había permeado las rutinas de los norcoreanos.

Se creó la policía secreta y un sistema de castas que categorizaba a los ciudadanos según su grado de lealtad. Los “ofensores” fueron destinados a los campos de concentración. Una de las familias sentenciadas fue la de Kang Cheol Hwan, trasladado a un gulag cuando apenas tenía 9 años. A él lo pusieron a hacer trabajos extenuantes y a su abuelo lo ejecutaron, aseguró el norcoreano, que logró fugarse de su país, en un testimonio que aparece en El Manual del Dictador.

Kim Il-sung cuando consolidaba su poder.

“Vivíamos como animales —relató—. En ocasiones hacían ejecuciones públicas y nos obligaban a que las viéramos. Fue la primera vez que vi morir a alguien ahorcado. Les arrojaban rocas a la cara hasta que se cubrían de sangre por completo. Durante la noche los cuervos picoteaban los cuerpos”.

Para Thomas Buergenthal, sobreviviente del holocausto judío y durante diez años juez de la Corte Internacional de Justicia en La Haya, “algunas de las cosas que suceden en los campos de prisioneros de Corea del Norte son incluso peores” que las que ocurrían en los campos de concentración alemanes. “Los campos de concentración nazis eran máquinas de matar muy bien organizadas. La mayoría de las veces, los guardias hacían lo que se les ordenaba, cumplían órdenes”, le dijo a la BBC en 2018. “Lo que pasa en Corea del Norte es que a los guardias se las da casi una libertad absoluta para hacer lo que quieran”.

Para finales de la década de los sesenta, más de seis mil enemigos políticos del régimen de Kim Il-sung habían sido ejecutados. El terror reinaba en el país y el gobierno decidía incluso cuántas horas debían dormir sus ciudadanos.
Cuando llegaron los años setenta ya no había vuelta atrás. El culto a Kim Il-sung era “inquebrantable”. En 25 años pasó de títere de la Unión Soviética a líder absoluto e indiscutible de Norcorea. Fue entonces que volvió la mirada hacia su hijo Kim Jong-il, entonces de 29 años, y empezó a prepararle el camino para que fuera su sucesor.

El aparato propagandístico comenzó a repetir que el origen de Jong-il era sagrado y su padre lo colocó en puestos cada vez más importantes. El “comandante supremo” quería asegurarse que, incluso después de su muerte, su sangre seguiría gobernando las vidas de los norcoreanos.

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Kim Il-sung murió de un infarto el 8 de julio de 1994. “El corazón de Kim Il-sung, de 82 años dictador absoluto de este Estado estalinista asiático desde su fundación, en 1948, se paró a las dos de la madrugada del viernes. Kim Il-sung, que mantuvo a su país aislado del mundo y trató de dotarlo del arma nuclear, lo que provocó la hostilidad de Corea del Sur y de Occidente, deja un heredero”, informó el diario español El País.

Ahora el cuerpo del camarada Kim Il-sung yace en “un sarcófago de cristal, impecablemente vestido con traje y corbata, con la cabeza descansando en una almohada tradicional coreana y el cuerpo envuelto en la bandera roja del Partido de los Trabajadores”, narra el periodista español David Jiménez, en su artículo El muerto mejor cuidado del mundo, publicado en 2010.

Realmente —dice Jiménez— “ofrece la sensación de que podría despertar en cualquier momento y ordenar, como en 1950, la invasión de la vecina Corea del Sur”.

El mausoleo de Kim Il-sung dice mucho de quién fue él. Mide cien mil metros cuadrados “y tiene jardines adornados con 150 mil árboles de especies traídas de medio mundo, lagos con cisnes y servicio de seguridad privada formado por un millar de guardias”, cuenta el periodista. Por si fuera poco, para pasar al “despacho” del presidente embalsamado, el visitante debe “caminar por cepillos rodantes que te dejan los zapatos como nuevos y ser desinfectado en una cámara de aire”. Para Jiménez, este debe ser “el lugar más limpio del mundo”.

Sin embargo, no fue eso lo que más lo sorprendió, sino que el régimen espere que los extranjeros muestren la misma actitud reverente de los nacionales. “Nada más llegar al país hay que postrarse ante la inmensa estatua de 35 metros de altura que se alza sobre Pyongyang, te fuerzan a visitar la insípida aldea donde nació y te llevan a la biblioteca donde su obra se estudia con el fanatismo del Corán en una madraza de Pakistán”.

Ahí mismo te informan que a lo largo de su vida Kim Il-sung escribió 18 mil libros muy intensos y muy profundos. Es decir, que el “presidente eterno”, redactó un libro al día durante 49 años.

Acostumbrado a realizar proezas de todo tipo, tenía planeado vivir hasta los 120 años y para ello ordenó que se hicieran costosos estudios de longevidad. Posiblemente creía que de verdad podía decidir cuándo morirse, pero ni siquiera el gran Kim Il-sung pudo retar a la muerte.

No solo los norcoreanos deben presentan ofrendas florales ante las estatuas de los Kim, también todo turista que entra al país más totalitario del planeta.

La ideología Juche

Cuando Corea del Norte quedó devastada por la guerra, a Kim Il-sung se le ocurrió implementar una ideología de su propia invención: Juche, de autoconfianza. De esa forma aisló aún más a su país y mezcló nacionalismo con elementos del pensamiento marxista-leninista.

“En pocas palabras, la idea Juche significa que los propietarios únicos de la revolución y la construcción posterior son las masas”. Así la definió Kim Il-sung. Esto implica que el aspecto militar es el más importante de la política, además de la independencia económica del país respecto a otras naciones.

En Corea del Norte viven la era Juche y desde 1997 empezaron a usar el calendario Juche, que arranca en 1912, año del nacimiento de Kim Il-sung.

Nica en Corea del Norte

En abril de 1991 una delegación de funcionarios nicaragüenses visitó Corea del Norte. En el grupo estaba don Luis Sánchez Sancho, actual editorialista del Diario La Prensa y en ese tiempo diputado de la Unión Nacional Opositora (UNO).

Se hospedó en un hotel que pasa vacío todo el año e intentó hacer contacto con la gente común, pero sus guías no se lo permitieron.

Recuerda haber visto un país “congelado en el tiempo”, donde la gente en general tenía un aspecto sombrío y meditabundo. Lo llevaron a conocer lugares históricos, recuerdos de la guerra entra las dos Coreas, y de pronto —relata— el guía se detuvo para mostrarles un cartel pegado en una pared. “En este lugar el querido camarada se detuvo a hacer sus necesidades”, decía.

Luego los llevaron al palacio de Kim Il-sung para que pudieran saludarlo y ahí los hicieron esperar tomando té y bocadillos. Al cabo de una hora, anunciaron que el líder coreano haría su aparición. Se abrió una gran puerta y Kim Il-sung se acercó “flotando” sobre la larga alfombra.

“A medida que iba caminando la alfombra de iba moviendo como en una ondulación marina. El efecto logrado es que parecía que no iba caminando, sino flotando, como Jesucristo sobre las aguas”, cuenta Sánchez Sancho.

Por supuesto, no pudieron darle la mano ni nada parecido. El norcoreano los observó desde lejos y los nicaragüenses hicieron una reverencia. Luego volvió por donde había llegado, siempre “flotando”.

Norcorea en cifras

  • Población: 25 millones de habitantes en 2012 (Corea del Sur tiene más de 50 millones).
  • Religión: Predomina el ateísmo.
  • Moneda: Won.
  • Idioma: Coreano.
  • Principales actividades industriales: Agricultura, bebidas, floricultura, equipos mecánicos, ganadería, minería, petrolera, química y textiles.
  • Ingreso per cápita: US$1, 340 en 2016.
  • Producto Interno Bruto: US$ 32,550 millones en 2016 (45 veces menor que el de Corea del Sur).
  • Ejército: Se estima que cuenta con alrededor de un millón 118 mil soldados. Desde 2013 posee armas nucleares.
  • Nutrición: Alrededor de 40,000 menores de cinco años sufren desnutrición aguda cada año y un tercio de las “mujeres en edad de procrear” padece anemia, según datos de Naciones Unidas, en 2010.

La familia Kim

Kim Il-sung se casó dos veces (su primera esposa murió a los 31 años de edad, en septiembre de 1949) y procreó seis hijos, tres con cada esposa. Los más conocidos son Kim Jong-il, quien fue su sucesor y en los años noventa condujo a Norcorea a una hambruna que cobró alrededor de 600 mil vidas, y Kim Kyong-hui, actualmente secretaria del Partido del Trabajo de Corea.

Actualmente su nieto Kim Jong-un, hijo de Kim Jong-il, gobierna en Corea del Norte y ha ocupado todos los cargos de la dinastía, es el Líder Supremo de la República Popular Democrática de Corea, Comandante Supremo del Ejército Popular de Corea y el presidente y primer secretario del Partido del Trabajo de Corea, entre otros.

Desde que asumió el poder, en 2011, ha habido menos desertores norcoreanos. Pero esto se debe a que Kim Jong-un reforzó el control en las fronteras.

Kim Jong-il, a la izquierda de la imagen, posa junto a su padre Kim Il-sung y su hermana Kim Kyong-hui. No se conoce la fecha de la fotografía, pero los hijos mayores de Kim Il-sung ya eran adolescentes.

Relación con Nicaragua

Durante la década de los ochenta, Nicaragua fue amiga de esa Corea del Norte, totalitaria y belicosa. “Fueron relaciones diplomáticas sin mayor contenido económico. Teníamos una embajada allá y los coreanos tenían una embajada aquí, pero no fue una relación importante. Para hacer alguna comparación, la relación que había con Libia, era mucho más importante”, recordó Víctor Hugo Tinoco, quien fue vicecanciller en los ochenta, en un reportaje publicado por La Prensa en 2014.

Según él, la contribución militar coreana no fue algo significativo. En aquel momento, con el triunfo de la revolución —cuenta Tinoco—, “se abrieron relaciones diplomáticas con todo el socialismo del mundo. Y todo el socialismo era autoritario. Se establecieron relaciones con Rusia, Alemania Democrática, Checoslovaquia... Y en ese paquete iba Corea, iba Vietnam”.

El 25 de mayo de 2007, Corea del Norte restableció relaciones diplomáticas con Nicaragua, 17 años después de que Pyongyang las suspendiera por diferencias con el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro. El país también tiene relaciones con Corea del Sur, la Corea que se ha abierto al mundo para compartir su cultura.

 

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