Vida y muerte del doctor Alejandro Pereira, el "pereirista"

Reportaje - 03.08.2020
Alejandro Pereira

En los años ochenta, el doctor Alejandro Pereira estuvo injustamente preso durante catorce meses; perdonó a sus verdugos y años más tarde incluso los atendió en su clínica. Luego de una vida de trabajo, estaba listo para retirarse a disfrutar un merecido descanso, pero la Covid-19 le ganó la batalla.

Por Amalia del Cid

En el cuarto día de su tratamiento contra la Covid-19, el doctor Alejandro Pereira empezó a recuperar el color y dejó de necesitar el tanque de oxígeno que lo ayudaba a respirar. Poco después incluso pudo hablar. “Aquí voy, haciendo el esfuerzo”, le dijo a su hijo Félix a través de una videollamada. Varado en Estados Unidos, el muchacho se tomó un par de tragos para celebrar que su padre ya estaba bien. En ese momento no existían razones para pensar lo contrario.

Nueve días antes el doctor Pereira, optometrista de toda la vida, se había sentido enfermo y tuvo que abandonar sus labores en el Centro Visual Pereira, fundado por él en 2001. Adicto al trabajo, solía atender a sus pacientes incluso cuando tenía fiebre o cuando sentía fuertes dolores de cabeza; pero esta vez fue diferente.

Se sintió mal y decidió irse a casa. “Él no quería ir a un hospital. Lo dijo desde el principio”, recuerda su hijo en una videollamada desde Florida, EE. UU. Un neumólogo lo visitó y tras un chequeo lo diagnosticó con bronquitis. Tomó el tratamiento al pie de la letra, durante tres días, pero al cuarto... Félix hace una pausa y aparta la cámara del teléfono para que no lo vean llorar.

Él también es optometrista, como lo fueron su padre y su abuelo, y como lo son dos de sus hermanos. El doctor Alejandro Pereira tuvo ocho hijos (siete hombres y una mujer) y solía decirles que “el mejor legado” que les dejaría era “un nombre limpio”. “Pueden decir ‘ese viejo pelón, arrecho’, pero nadie puede decir ‘ese ladrón’”, afirmaba.

A lo largo de más de cinco décadas en el campo de la optometría, atendió a presidentes, excomandantes y a ciudadanos de a pie; a millonarios y a gente pobre. “A todos los trataba por igual”, dice su hijo.

A partir de los 19 años de edad trabajó cada día de su vida, salvo en la década de los ochenta cuando estuvo preso durante catorce meses, acusado injustamente por “conspirar contra la revolución”. Y exceptuando, también, los días en que estaba de viaje o se escapaba a su casa en la playa de Quizalá.

Antes de que en Nicaragua estallara la pandemia del nuevo coronavirus, el doctor Pereira estaba casi listo para al fin retirarse a descansar, dejando su óptica en manos de Félix. Pero a sus 75 años de edad todavía hacía planes pensando en diez y hasta quince años a futuro. Después de todo, era un hombre fuerte, sin problemas de salud.

“Él nunca me dijo que tenía miedo”, cuenta su hijo. “Pero yo sé que no se quería morir. Todavía no quería irse”.

Uno de sus pasatiempos favoritos era andar en cuadraciclo en la playa.

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José Alejandro Pereira Malespín era hijo de un leonés y una masaya, pero nació en Chinandega y creció en Managua. Su padre fue Félix Alejandro Pereira, fundador de la Óptica Nicaragüense, y su madre se llamaba Fulgencia Malespín.

Desde chavalo era delgado, parlanchín y le gustaba andar siempre “bien vestido”; “era bastante fachento, muy cuidadoso en eso”, recuerda su amigo, el cronista deportivo Edgar Tijerino. Aunque no estudiaron juntos, coincidieron en una casa de Managua, cuando ambos llegaban a “hacer visita” a las hermanas Rubí y la capital era una ciudad de cien mil habitantes.

Pereira estudió en el Colegio Bautista, de Managua; pero se bachilleró en el antiguo Colegio Centro América, de Granada. Después siguió los pasos de su padre y estudió optometría. Aunque alguna vez aseguró que no creía en el matrimonio, tres veces creyó en el amor y tuvo hijos en las tres relaciones.

“Vivió su vida de la mejor manera posible, salvo por esos meses que estuvo en prisión”, sostiene Tijerino.
En los años ochenta la casa de Alejandro Pereira fue cateada en once ocasiones. Buscaron entre las rosas del jardín, en el techo y debajo de las camas; pero solo encontraron un radio Sony de banda ancha, con el que se podían sintonizar hasta 26 emisoras de otros países. Esa fue la única “evidencia” que la Seguridad del Estado recopiló en su contra, relató el doctor a la revista Magazine en febrero de 2004.

Se suponía que había “conspirado contra la revolución”, “recibiendo orientaciones desde Langley, Virginia, cuartel general de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), a través del radio Sony, una novedad en aquellos años de escasez”. Sin embargo, 21 años más tarde, Pereira seguía afirmando que nunca había estado en Langley y que, por supuesto, jamás fue el “cerebro” de la CIA en Nicaragua.

Su verdadero “pecado”, dijo en aquella ocasión, fueron sus frecuentes viajes a Miami, adonde iba de compras con su esposa de entonces, “una mexicana de ojos verdes”. Eso le valió una carceleada de catorce meses, que cumplió entre 1982 y 1983 en las celdas del Chipote y la Zona Franca.

El doctor y su hijo Félix en la última visita del muchacho a Nicaragua. Septiembre de 2019.

Poco después de la victoria del Frente Sandinista, empezó la “limpieza” de somocistas. Cuando ya no quedaban familiares ni colaboradores de la dinastía, lo encontraron a él y a “otros babosos” que capturaron, contó el doctor Pereira en febrero de 2017, en el reportaje de Magazine “Confesores sin sotana”.

Una madrugada de junio “lo sacaron en pijamas de su casa para llevarlo a las celdas del Chipote”. Ahí pasó varios meses, comiendo sobras de gallopinto descompuesto y siendo interrogado por hombres que estaban seguros de encontrarse ante un importante agente de la CIA.

En la cárcel le destrozaron los nervios con diversas formas de tortura, detrás de las cuales se hallaba el coronel Lenín Cerna, jefe de la Seguridad del Estado, quien muchos años después acabaría convirtiéndose en su paciente.

Lo atendió sin resentimientos, pese a que cuando estuvo en prisión dos veces simularon su fusilamiento para obligarlo a hablar y en otra ocasión pusieron en una celda vecina una grabación en la que sonaba una voz parecida a la de su esposa, quien recientemente había dado a luz. La voz le rogaba que delatara a los otros “contrarrevolucionarios”.

En 2017 relató a Magazine cómo fue una de esas macabras puestas en escena:

—¡Preparen, apunten... fuego! —gritó el hombre a cargo del fusilamiento.
—¡Alto, alto, no maten a ese perro! —ordenó una voz—. Dice el comandante que le quiere dar una nueva oportunidad.

Entonces lo llevaron a una oficina con muebles de mimbre, llena de luces blancas. Tras varios meses de encierro en una celda oscura, le costaba mantener los ojos abiertos. Cuando la vista se le acostumbró a la claridad lo primero que miró fue a un hombre que calzaba botines americanos color café, llevaba un Rolex en la mano izquierda, vestía una chaqueta blanca y tenía puestas unas gafas oscuras.

—¡Levantate! ¿Qué no me conocés? ¿Sabés quién soy yo? —dijo el hombre.
—Claro que sé. Usted es don Lenín Cerna, lo he visto en los periódicos —contestó Pereira, esposado.
—El comandante Lenín Cerna, jefe de la Seguridad del Estado, hijueputa. Te acabo de perdonar la vida.

Ese día —aseguró el doctor—, en aquel cuarto iluminado Cerna le pidió 50 mil dólares a cambio de su libertad. Como él le respondió que solo tenía ahorrados 10 mil, el coronel sandinista lo encerró por treinta días, sin ver la luz del sol, “para que lo pensara”.

Al cabo aceptó los 10 mil dólares, que fueron entregados por la esposa de Pereira a un individuo llamado Óscar Loza, exjefe de operaciones de la Dirección General de la Seguridad del Estado sandinista y hombre de confianza de Cerna.
Pero dos días después, cuando el doctor esperaba ansioso que lo dejaran en libertad, le informaron que el trato había sido cancelado: “Se filtró la noticia de los reales y es mejor que le digás a tu mujer que los llegue a traer otra vez”.
“Yo no guardo rencor. Él ahora es mi paciente”, comentó en 2004, refiriéndose a su antiguo verdugo. “No olvidé pero lo perdoné”.

Con compañeros de clase en el colegio Centroamérica, de Granada.

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En la cárcel su número de preso fue el 200,393. Después de estar en el Chipote, lo trasladaron a la cárcel Zona Franca cuando en los Tribunales Populares Antisomocistas ya lo habían condenado primero a siete años de prisión y luego a quince.

Fue liberado gracias a un indulto concedido por Daniel Ortega Saavedra, entonces coordinador de la Junta de Gobierno. Luego de firmar “una carta de agradecimiento” al Frente Sandinista, se exilió en Estados Unidos y no regresó al país mientras el partido rojinegro estuvo en el poder.

En Miami fue bombero de gasolinera detrás de un vidrio antibalas, pero pronto logró sacar una licencia para ejercer como optometrista en Estados Unidos. Durante varios años trabajó duro con Lino Báez, un cubanoestadounidense que “era el primero en llegar a la clínica y el último en irse”; y cuando se enteró de que doña Violeta Barrios había ganado las elecciones presidenciales empezó a preparar la maleta para volver a su país.

Regresó el 17 de junio de 1990. Invirtió sus ahorros en la clínica de su padre y once años después, en 2001, finalmente se independizó. Compró un terreno en Altagracia para fundar su Centro Visual Pereira y los amigos le dijeron: “¡Estás loco!, ¿cómo vas a meterte en esa barriada?”. “Pero mi papá era un visionario”, dice Félix.

A esa clínica llegó a buscarlo Humberto Ortega Saavedra, “un cliente coqueto y exigente”, en palabras del propio doctor Pereira. A él le hizo lentes para jugar softbol, lentes para buceo y para uso cotidiano porque en ese entonces Ortega sufría una miopía severa. El exjefe del Ejército Popular Sandinista quedó tan contento que en una de sus visitas, le dijo:

—Doctor, me tiene a la orden. Pídame lo que quiera.
—¿...?
—Sí, lo que quiera.
—Le voy a tomar la palabra y le quiero preguntar ¿por qué se ensañaron conmigo y mi familia? ¿Por qué me sacaron a fusilar y me robaron todo en 1980? —preguntó el doctor, sin alzar la voz, y Ortega se comprometió a investigar.

Tres días más tarde lo llamó por teléfono para explicarle que “habían cometido un error y que por favor lo disculpara”. A los pocos días Lenín Cerna se presentó en la clínica para igual ofrecer disculpas.

“Llegó acompañado de un coronel Chávez, un hombre chaparro, con cara de malo, que me inspiró un miedo como pocas veces he sentido en mi vida”, recordó el optometrista en 2004. No obstante, sin darle más vueltas al asunto, aceptó las disculpas y poco después Cerna sería uno más de sus clientes.

Por su consultorio pasaron Arnoldo Alemán, Enrique Bolaños, Daniel Ortega, Carlos Pellas y el excomandante Tomás Borge, así como doña Violeta Barrios y Aminta Granera, cuando era la primera comisionada de la Policía.
“Los hombres más ricos pasaron por el sillón de mi papa y también los más humildes”, afirma su hijo. “No te trataba ni mejor ni peor por ser rico o ser pobre. Era chilero con todos. Todo mundo lo quería. No he escuchado ni un solo mal comentario sobre mi padre”.

El doctor Pereira no se consideraba un hombre político, por eso no hacía diferencias a la hora de atender a sus pacientes. Decía que su única política era su trabajo. “Yo soy pereirista. Si Pereira no trabaja, no come”.

Lenín Cerna estuvo detrás del encarcelamiento y tortura sufridos por el doctor Pereira.

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Aunque era conocido por hablar hasta por los codos, con la convincente oratoria que tienen las personas capaces de vender hielo en el Ártico, era más bien un hombre ermitaño, de pocos amigos cercanos. La mayor parte del tiempo se le iba entre la clínica y su casa, donde vivía con su esposa.

Nunca practicó ningún deporte, pero le encantaba el beisbol. Era fanático del San Fernando, de Masaya, y le hacía barra incluso cuando los juegos se realizaban en el estadio de Managua y todo mundo le iba al Bóer. En Grandes Ligas, su equipo eran los Yankees de Nueva York. Miraba los partidos desde la tranquilidad de su mecedora, tomándose un par de “coronas” y pegando gritos cada vez que uno de los suyos anotaba una carrera.

También le gustaba el boxeo, una pasión que compartía con Edgar Tijerino. No faltaba a las veladas boxísticas del gimnasio Alexis Argüello —ahora gimnasio Nicarao— e incluso las patrocinaba como anunciante. En algunas ocasiones también apadrinó a muchachos que se iniciaban en el mundo del boxeo.

Pero su mayor alegría era la casa de la playa, en Quizalá. Le gustaba andar en moto sobre la arena y tomarse unas “coronas” frente al mar.

La última vez que Félix lo vio en persona fue en septiembre de 2019. “Estuvimos bien. Nos tomamos unos tragos. Él estaba contento”, rememora. “La idea era que se iba a retirar en cinco años para que yo me hiciera cargo de la clínica”.

La coronavirus se interpuso en todos los planes. Cuando al cuarto día después de la visita del neumólogo se hizo evidente que el tratamiento contra la bronquitis no estaba funcionando y el doctor Pereira se veía cada vez más decaído, la familia lo convenció para que se dejara chequear por un médico internista.

Dijo que sí a regañadientes. Después de todo, había cumplido las medidas de prevención necesarias contra el virus. Un posible contagio era casi inexplicable.

El internista le encontró bajos el pulso y la saturación de oxígeno y prescribió unos exámenes que se le practicaron en casa. “Todos estos datos me indican que él tiene Covid”, dijo al cabo. “Vamos a comenzar tratamiento urgente”.

El nuevo medicamento pareció dar resultado. En cuatro días recuperó el color en las mejillas. “Se puso rosadito, ya no necesitaba oxígeno (con asistencia artificial)”, recuerda Félix. En esos días vio llorar a su padre más que en toda la vida, dice. El médico le explicó que uno de los efectos del tratamiento y de la Covid-19 podía ser la depresión; pero, además, el doctor Pereira siempre fue un hombre activo y estar en cama lo “tenía fatal”.

Cuando creyeron que lo peor había pasado y adelantaron los planes para que el optometrista pudiera retirarse antes, apareció una hemorragia gastrointestinal severa. Aunque sus pulmones ya se encontraban bien, la infección había afectado los intestinos. Necesitaba una transfusión de sangre y, no existía escapatoria, tenía que ir al hospital.

En su última noche de vida, se miraba “mal, apagado”, comenta su hijo. Ya no conversaron. El doctor estaba dormido y pálido. A la mañana siguiente, el miércoles 3 de junio, se pidió una ambulancia para trasladarlo al hospital Monte España y en el camino le falló el corazón.

En el hospital intentaron reanimarlo, pero no lo consiguieron. El médico que había estado dando seguimiento al caso se encargó de darle la noticia a Félix: “Ya se fue. No hay nada que hacer”.

Le entregaron el cuerpo a su esposa, con la orientación de enterrarlo de inmediato. El doctor Pereira fue trasladado a Masaya, porque su deseo era descansar eternamente junto a su madre.

Ahora Félix se prepara para asumir la clínica y el legado de su padre. Está un poco nervioso, confiesa. Tiene “unos zapatos muy grandes que llenar”.

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