Vivir de la música

Reportaje - 06.09.2009
Vivir de la música

Todo es alegría. Luces, sonido, bailes, sonrisas, vestuario, vida bohemia… Desde afuera parecen “gente de la vida alegre”, pero cuando se hacen cuentas de pesos y centavos con quienes viven de la música, asemeja una realidad que a veces apenas sospechamos

Dora Luz Romero
Fotos de Bismarck Picado

¿Qué significa ser músico en Nicaragua? Cantautores, guitarristas, vocalistas e intérpretes cuentan sus historias. Todos ellos diferentes en su estilo, pero al final enfocados en lo mismo: hacer arte en el país. Desde sus espacios los músicos nos hablan de sus necesidades, aspiraciones y también de sus rutinas de trabajo.

Eduardo Araica
Guitarrista clásico.

Cuando decidió que sería músico, su papá le pintó un panorama sombrío. Le dijo que su vida sería dificil. Incluso le dibujó un cuadro para explicarle gráficamente cómo sería su futuro. “Me puso dos opciones, en la de ser músico aparecían unas líneas que iban hacia abajo y ser arquitecto unas líneas que iban hacia arriba”, recuerda Eduardo Araica mientras sonríe.

Este hombre de tez blanca, sereno y que esconde la mirada tras unos lentes, hizo el intento. Entró a estudiar Arquitectura y luego de varias clases reprobadas se rindió e insistió con la música. A sus padres, mientras tanto, no les quedó otra opción más que resignarse.

Pronto, Araica estaría cumpliendo su sueño. Entró a la Escuela Nacional de Música, donde estudió por cuatro años. Luego se ganó una beca para viajar a Moscú, y ahí permaneció por cinco años en el Conservatorio Tchaikovsky y se especializó en composición, dirección de orquesta y guitarra clásica. Finalmente en 1992 viajó a París para hacer un postgrado en guitarra clásica.

Después de eso, venía lo más esperado: desarrollarse en su carrera musical. Vestido de saco y corbatín se presentaba en varios sitios de la capital. “Yo era totalmente clásico. Venía al estilo de los concertistas europeos, tocaba la pieza y luego hacía reverencia”, cuenta tras soltar una carcajada.

—¿La vida de músico te ha resultado como la imaginaste?

—No. Cuando uno está empezando se ilusiona mucho. Se imagina que va a grabar el montón de discos, que va a ser famoso, que las disqueras lo van a firmar, que uno va a viajar por aquí y por allá y ese tipo de cosas. Y eso es precisamente porque al inicio uno no entiende cómo es el mercado musical y lo que significa ser músico en un país como el nuestro. No tenemos una infraestructura de promoción, de mercadeo
—explica.

Pero no sólo eso. Araica se queja de que en Nicaragua, “el instrumentista está subvalorado, en términos monetarios y en cuanto a valoración de su trabajo”. ¿Por qué lo dice? “Usualmente los cantantes ganan más que los instrumentistas. No me incomoda el hecho de que ganen más, me molesta que la repartición no sea tan equitativa. Un cantante sin instrumentista no puede hacer su show y a veces, eso no terminan de entenderlo”, reprocha.

En dependencia del tipo de show, Araica cobra sus honorarios. “Por contrato cobro de 600 dólares para arriba, pero no sólo para mí. Usualmente se necesita un bajista, percusión y entonces yo subcontrato. Casi siempre somos tres”, dice. Eso además de que algunos cantantes nacionales lo contratan. Actualmente trabaja con Norma Helena Gadea.

Araica no sólo hace música de escenario, también compone, hace arreglos musicales, de orquestación y además da clases de guitarra clásica, popular y flamenca. Y es así como ha logrado vivir de la música durante estos últimos veinte años.

Sin embargo, reconoce que su papá tenía razón cuando le dijo que la vida como músico sería complicada, aunque en Nicaragua –dice– la vida es complicada para cualquiera.

César Torres
54 años. Intérprete.

El desempleo llevó a César Torres a convertirse en músico. Este hombre de 54 años, delgado y de barba espesa y canosa, trabajaba como ingeniero civil en el Ministerio de la Construcción. Pero en 1990, cuando el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro ganó, Torres fue despedido. Para ese entonces, tenía tres hijos que alimentar y una esposa que trabajaba de maestra.

Mientras conseguía trabajo de ingeniero, un amigo lo invitó a cantar. Torres no estudió música, pero desde pequeño –dice– le gustaba el canto. Se atrevió. “La primera vez que canté profesionalmente fue en 1992. Ese día me gané los siete días de comida para mi familia y el pasaje de bus para regresar a cantar”, recuerda Torres, quien en ese entonces vivía en Estelí.

Desde ese tiempo —hace 17 años—hasta ahora, Torres y su familia han vivido de sus presentaciones como intérprete. La educación de sus hijos, la comida, vivienda y hasta la diversión de la familia ha sido costeada por las tantas interpretaciones de esas famosas canciones de Led Zeppelin, Jimmy Hendrix, entre muchos otros.

Pero últimamente no le ha ido tan bien, por eso es que asegura estar en busca de un trabajo en la carrera que estudió. “Un mes normal yo me podía ganar 1,600 dólares.

Un mes bueno, por ejemplo, un diciembre me gané 5 mil dólares, claro que pasé cantando todo el mes y acabé ronco. Antes mantenía la agenda llena. Ahora más bien ando buscando contratos”, dice Torres, quien vive en Masaya y para las presentaciones le toca viajar en interlocal.

Pero no sólo busca contratos. “Ahorita ando vendiendo discos de un concierto que hice en el Teatro Nacional hace tres años, se lo ando vendiendo a mis amigos”, dice. Aunque el material ofrecido ni siquiera ha sido lanzado, Torres reprodujo 100 copias y de puerta en puerta los vende entre sus conocidos a 25 dólares. Antes que uno le pregunte por qué tan caro, él se adelanta: “Porque es bueno y también porque son amigos míos y saben que estoy verguiado”.

A pesar de la situación económica, este intérprete asegura que cuando está en el escenario se olvida de todo y es feliz cantando. Y aunque no tenga carro, dice ser feliz con una bicicleta que tiene. Torres no aspira ser millonario, tampoco dice nec

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