Yamales el último refugio contra

Reportaje - 11.03.2007
Campamento militar Yamales

A 15 kilómetros de la frontera norte de Nicaragua, en territorio hondureño, la Contra instaló el más grande campamento de su historia. Un comandante contrarrevolucionario regresa con Magazine al sitio para recordar y explicar el enigma militar que siempre fue Yamales

José Adán Silva

Trojes, Honduras. Febrero del 2007. “¡A la puta! ¡Cómo ha cambiado todo esto!”, exclama asombrado Luis Adán Fley al ver hacia una hondonada verde a orillas del camino, al fondo de la cual se ve un río de aguas cristalinas que baja de lo alto de los cerros brumosos que se ven a la derecha del camino.

Pide que se detenga el vehículo, salta con inusitada agilidad a sus 56 años y camina ligero hacia el borde del camino. Llega a la alambrada que separa la propiedad privada de la trocha y sin importarle que cae una brisa fría que poco a poco va mojando las ropas, separa los alambres de púas y pide que le sigamos al tiempo que él nos va explicando cómo eran antes las cosas en este lugar lleno de lomas y cañadas a ambos lados del camino de tierra.

“Aquí le decíamos El Hoyo”, dice mientras camina viendo para todos lados, como tratando de ubicarse en un espacio que ahora encuentra distinto.

Tras caminar por el monte unos pasos abajo con la vista hacia la tierra, como sabueso que busca el rastro de la presa en el lodo, Fley encuentra algo y nos llama emocionado: “Aquí estaba el quirófano”. Solo vemos una plataforma de cemento cubierta de maleza.

“El Hoyo” al que Luis Fley hace referencia, al fondo de esta quebraba resbaladiza, es el nombre con que se le conoció al hospital provisional que los guerrilleros Contra establecieron en esta comunidad rural de Trojes, Honduras, en los años ochenta.

Unos cinco kilómetros antes de que él se asombrara de “cómo ha cambiado todo esto”, había un rótulo con una flecha que nos indicaba el nombre del lugar: Yamales. Se llega ahí a través del puesto migratorio de Teotecacinte, Jalapa, a 25 minutos de camino de la frontera nicaragüense.

Aquí fue la base militar más grande y conocida de los guerrilleros Contra que con el apoyo de la administración de Estados Unidos peleaban contra el Ejército Popular Sandinista.

Luis Adan Fley González, alias comandante Johnson, estuvo en este lugar los últimos cinco años de la década de los 80 (de 1985-1990); lo conoció de palmo a palmo, recorrió cada quebrada del lugar, se bañó muchas veces en sus aguas transparentes y se curó de sus heridas de fuego en esta zona fresca que ahora luce huérfana de árboles en la mayoría de sus lomas.

Salió de aquí el 16 de diciembre de 1989, cuando ya el fin de la guerra era una realidad y no regresó sino hasta ahora, para ver con nostalgia que queda casi nada de lo que él conoció en aquellos años de horror y guerra.

Ve cabizbajo la plataforma de cemento del antiguo hospital guerrillero. Da unos pasos y ve más allá una pila de cemento para almacenar agua, que igual luce abandonada.

“Aquí me lavaron las heridas cuando me pegaron un balazo”, dice viendo fijamente el pilón, pero nomás por un momento, porque después voltea a ver a todos lados como insistiendo en reconocer el lugar. No hay nada más que pueda reconocer y casi en susurro dice: “Sigamos”.

Magazine/LaPrensa/Orlando Valenzuela
El excomandante de la Contra, Luis Fley alias Johnson, observa el pilón donde antes estuvo el antiguo hospital en el campamento militar de Yamales, Honduras.

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A finales de 1984 el campamento de casas de campaña y construcciones rústicas de palos cortados a machete y sacos plásticos, se salvó por milagro en medio de un espantoso ruido de cataclismo y temblor de tierra.

Los cohetes de la artillería sandinista (BM-21, Kathiuska o 40 bocas) habían caído muy cerca, pero debido a que el campamento de Las Vegas quedaba en el fondo de un círculo de cerros, los misiles pegaron o muy atrás o pasaron por encima para caer al otro lado de los cerros.

Algunos explotaron en las cimas de las serranías y provocaron que piedras y trozos de madera cayeran sobre el campamento como Chameles que aunque no hirieron a nadie, al menos asustaron a las tropas.

Ese mismo día el Estado Mayor del Frente Norte (oficialmente las fuerzas rebeldes se llamaban Frente Democrático Nicaragüense, FDN, pero internacionalmente eran conocidos como los contras), mandó a dos de sus comandantes a ubicar una zona segura, que pudiera estar lejos del alcance de la artillería sandinista y donde el abastecimiento de armas, medicinas y alimentos fuera más ágil.

El jefe del Estado Mayor, coronel Enrique Bermúdez, alias 3-80, le encargó la misión a dos de sus principales hombres de confianza: A Óscar Sobalvarro, comandante Rubén y a Walter Calderón López, comandante Toño.

Era la tercera vez que los contras cambiaban de base. Luis Fley recuerda que inicialmente los contras se asentaron en un lugar de Trojes llamado Maquengales, a inicios de 1981, cuando los guerrilleros se hacían llamar Milpas (Milicias Populares Antisandinistas).

“Por seguridad y falta de condiciones nos movieron a otro lugar llamado Arenas Blancas, más profundo en Honduras; eso fue en 1982 cuando nos nombramos Legión 15 de Septiembre. De ahí nos movimos por presiones de la población civil al campamento Las Vegas donde estuvimos hasta el 84. No recuerdo exactamente el momento de la salida de ahí, porque yo estaba internado en Managua con mis tropas del Comando Regional 15 de Septiembre, pero el próximo lugar y último donde estuvo la Contra fue en Yamales”, recuerda Fley, quien se unió a la Resistencia el 13 de junio de 1981 después de haber participado en una emboscada a una patrulla de militares sandinistas en El Cuá.

Magazine/LaPrensa/Orlando Valenzuela
Johnson observa las ruinas de un viejo jeep militar que estuvo en el sector de transporte dentro de la base militar Contra en Yamales.

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El sitio era un vallecito lodoso, rodeado de agrestes montañas, que estaba al norte de Trojes, el poblado rural al sureste de Honduras, en la frontera norte de Nicaragua.

No había caminos, ni redes de tendido eléctrico, ni tuberías de agua potable y el poblado próximo era un caserío de 10 ranchos tendidos a la orilla de una trocha en un sitio ubicado cinco kilómetros de la comarca San José de Yamales.

A Rubén y Toño les gustó el lugar por lo estratégico: un valle rodeado de cerros, con una trocha que conectaba con un pueblo al que se podía llegar por un camino de tierra, unos 15 kilómetros lejos de la frontera y al menos a 25 o 30 kilómetros de distancia de donde el Ejército Popular Sandinista (EPS) ubicaba sus baterías de artillería pesada.

A cada lado de la trocha había cañadas y al fondo de estas, pequeñas planicies buenas para la construcción de infraestructura rústica; en algunas perspectivas las planicies estaban a ras del camino y protegidas por espesa vegetación, en otros paisajes había lomas no tan inclinadas que podrían servir para crear una base de entrenamiento para ejercicios de resistencia fisica. Ríos aquí y allá.

Rubén se lo informó al Estado Mayor y este lo mandó de regreso a proponer a los dueños de la propiedad un arreglo de arriendo sobre el terreno de Yamales.

Adalberto Mendoza, propietario de aquellas tierras, dice que una noche llegaron a su hacienda dos hombres vestidos de militar, armados, flacos y barbudos, que se le identificaron como comandantes de la Contra.

“Se me identificaron como Rubén y Toño. Yo sabía que eran guerrilleros y que me llegaban a pedir algo, tal vez comida, dije yo, pero no sabia que me iban a pedir prestada la finca. Yo les dije que sí, pero que respetaran mis siembros y a mi familia. Ellos me dijeron que no habría problema, y después vinieron unos señores del Gobierno (de Honduras) y unos gringos a ver el terreno. Después vinieron miles de guerrilleros y ahí se tendieron en esos cerros y construyeron carreteras, casas, hospitales, escuelas y toda cosa”, dice don Adalberto, quien sigue viviendo en su hacienda.

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Una mañana el campamento de Yamales amaneció con el hedor de cadáveres descompuestos flotando por doquier, infiltrándose por las casas de campaña e impregnando el ambiente de un pesado y lúgubre aire de muerte.

Juan Carlos Rodríguez Zelaya era un niño de 12 años y vivía en el campamento con su hermano Cascabel, un muchacho guerrillero originario de Estelí que peleaba con el comando regional Jorge Salazar en la zona central de Nicaragua.

Dice Rodríguez que él estaba jalando agua de una quebrada cuando vio aterrizar a unos tres helicópteros del Ejército de Honduras en una planicie que en la base se utilizaba como pista de aterrizaje.

Recuerda que las naves traían colgados unos bultos que luego los contras tendieron a lo largo de la carretera, donde estuvieron algunas horas hasta que llegaron unos vehículos con periodistas a tomarles fotos y filmarles videos.

Luego los periodistas se fueron, al igual que los helicópteros y los bultos fueron cargados a lomo de mula al otro lado de un cerro donde les pegaron fuego.

Los bultos eran cuerpos de soldados sandinistas que habían caído en un combate en el cerro El Papaleo, en la única vez que las tropas sandinistas intentaron llegar al corazón de Yamales. Los militares hondureños mostraron los cadáveres como prueba de que el ejército sandinista violaba el territorio de Honduras.

Luis Fley recuerda las circunstancias de aquel combate. “Fue en 1987. Yo iba entrando a Nicaragua por Jinotega cuando vi unas huellas como que habían pasado dos batallones rumbo a Honduras”, cuenta.

Dice que llamó al Estado Mayor y este le respondió que ya estaba enterado que el EPS iniciaba una operación y que sabían que como punta de flecha iba un Batallón de Lucha Irregular (BLI) que iba a entrar por Bolinquí, Jinotega, y que tratarían de ingresar por El Papaleo, en el costado este de Yamales.

Dice Fley que le ordenaron seguir a distancia a las tropas sandinistas y atacar la retaguardia cuando estuvieran cerca de Honduras, para cortar por unos momentos el suministro de refuerzos y municiones.

“Nosotros los atacamos y les matamos como 40 mulas que ellos llevaban con municiones y alimentos, lo que te indica que iban a una misión de varios días, entonces nosotros los hicimos que se metieran más adentro a Honduras, al pie de El Papaleo”, recuerda Fley.

Una vez en el cerro, las fuerzas de la Contra se abalanzaron con dos mil hombres sobre el BLI; el ejército hondureño los bombardeó con la aviación y artillería desde Trojes y Fley desde la retaguardia les impedía salir.

“Esos chavalos cayeron por docenas ahí”, cuenta serio Fley. “Todavía hace cinco años yo saqué unas calaveras de ahí. Fue una barbaridad lo que pasó en El Papaleo”, dice don Adalberto Mendoza.

Magazine/LaPrensa/Cortesía Luis Fley
El ejército guerrillero de la Contra estaba compuesto por exguardias y por jóvenes, niños y mujeres campesinas del sector rural de Nicaragua.

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En momento de la guerra, allá por 1988, en Yamales llegaron a pernoctar hasta 30 mil personas. Unos diez mil eran guerrilleros, entre desmovilizados lisiados y heridos; el resto eran familiares y civiles nicaragüenses que se vinieron huyendo de la guerra, según el reporte que al fiscal Luis Fley le había entregado el jefe de Personal de la Contra, Justo Pastor Meza, Denis.

Ese mismo informe señalaba que cerca de 12 mil comandos habían caído en combate y unos cuatro mil colaboradores civiles habían sido exterminados por los sandinistas desde 1980 hasta 1988.

Desde la salida de Trojes, hasta el inicio de una cuesta donde comenzaba la base (donde se construyó el hospital provisional conocido como El Hoyo, ya en la jurisdicción de San José de Yamales) eran cinco kilómetros de camino de tierra a lo largo del cual se instalaron a ambos lados los campamentos de cada comando regional.

Cada fuerza (de las 12 que componían al ejército de la Contra) tenía un área asignada y en ella los comandos construían sus barracas y hacían sus ejercicios matinales.

Por acá el Nicarao, allá el Diriangén, aquí el Salazar y ahí las tropas del 15 de Septiembre.

Casi al centro del campamento, tras un alambrado con un portón de hierro custodiado con hombres armados, estaba el Comando Táctico, donde tenían sus casas de campaña los miembros del Estado Mayor.

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Adalberto Mendoza, tras un saludo frío y distante con Luis Fley, procede a guiamos al interior de su finca donde antes estuvo el campamento. Johnson, sigue luciendo un poco desorientado en la ubicación de la otrora base y no deja de repetir: “Cómo ha cambiado todo esto”.

Pasamos un corral, atravesamos un pantano de lodo y entonces los recuerdos se vienen de golpe a la mente de Fley, quien de inmediato se ubica y señala emocionado a todos lados: “Ahí estaban las oficinas de asesoría legal del doctor Conde, que era el encargado de impartir derechos humanos a los comandos”; “en esa loma de enfrente estaba el área de suministros, en la bodega lo despachaba Lima Sierra”, dice.

Ahora avanza un poco más allá y ubica un pequeño plano montoso don Adalberto le pregunta: “¿Recuerda que había aquí?” Y Fley, ahora dueño del territorio, responde: “Claro, ahí era Transporte, estaba a cargo de Machete”.

En el sitio se ven los hierros retorcidos de viejas carrocerías de vehículos enterrados en la maleza, sobresale la trompa de un jeep en cuya carrocería aún se vislumbran rastros de pintura verde.

“En la loma de aquel cerro, donde se ve el palo seco, era la cárcel de los prisioneros y los revoltosos”, dice Fley, quien fue delegado en 1988 por el Estado Mayor para ejercer como fiscal de Derechos Humanos de la Contra por presiones del Congreso de Estados Unidos, luego que periodistas de todo el mundo denunciaran torturas y ejecuciones de prisioneros de guerra.

Fley investigó el asunto y puso a la orden de las autoridades de Honduras a algunos cuadros medios de la estructura de Inteligencia y Contrainteligencia de la guerrilla, pero salieron libres al final de la guerra en 1990.

“Allá era el Centro de Instrucción Militar”, señala Fley y comienza a detallar que ahí se entrenaba a las tropas que luego recibían su bautizo de fuego y sangre en las montañas de Nicaragua ante el Ejército sandinista.

Por ese paso, lodoso aún en tiempos de sol, todavía se encuentran vestigios de aquel pasado, como un trozo de camisa azul camuflada que sale de la tierra y a la cual Fley se acerca para cortar un botón y mostrarlo con alegría: “Es mi recuerdo del regreso a Yamales”.

Fley sigue avanzando y se detiene ante una loma donde ahora crece un arbolito de naranja agria. Guarda silencio. Don Adalberto también. Avanzan a la loma y al llegar a la cima de ella, desde donde se ve todo el valle, comenta Fley en voz baja: “Aquí era la casa del jefe”.

No se ve más que el tronco quemado de un árbol y una zanja en forma de zeta, llena de maleza. Fley se dirige a nosotros y explica: “En esta loma estaba la casa de campaña de ‘3-80’. Aqui se reunía el Estado Mayor a ver las cosas de la Contra”.

Fley da unos pasos y llega hasta el tronco quemado y pregunta: “¿Y qué paso con este roble? El coronel le tenía miedo porque pensaba que un día le caería encima”. Don Adalberto le responde: “Usted no estaba aquí, ese palo se cayó por un vientazo y mató a dos comandos”. Silencio en el lugar.

Magazine/LaPrensa/Cortesía Luis Fley
El jefe del estado mayor de la Contra, Enrique Bermúdez, habla desde su casa de campaña a las tropas en Yamales, Honduras.

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Extrañamente, no había un cementerio dentro de Yamales. ¿Dónde enterraban a sus muertos los contras? Ruben recuerda que si morían en combate, según las circunstancias, algunos eran enterrados apuradamente y otros eran ocultados en la maleza, para evitar que los soldados sandinistas los mostraran como trofeos de guerra.

¿Y si morían en Yamales? “Bueno, un lugar específico destinado a cementerio no había, pero a los comandos se les autorizaba enterrar los cuerpos de sus compañeros de lucha en las afueras del campamento, bajo supervisión de los paramédicos del hospital”.

Alrededor de la base, en las afueras del complejo, se instalaron pulperías, comiderías, moteles y cantinas, que le daban a Yamales un aire de fiesta patronal permanente, aún en los momentos más duros de la guerra.

“Este bullía de gente, viera usted compadre”, cuenta Carlos Roberto Hernández, un lugareño de Yamales quien vio cómo paradójicamente la vida crecía alrededor de un campamento hecho para hombres y mujeres que iban a Nicaragua a matar y morir.

Todo ese creciente comercio alrededor de Yamales murió en 1990, cuando las tropas guerrilleras iniciaron la desmovilización a Nicaragua, una vez que se enteraron que en las elecciones del 25 de febrero de ese año la conservadora Violeta Barrios de Chamorro derrotó al candidato del Frente Sandinista de Liberación Nacional, Daniel Ortega Saavedra.

Para finales de abril de 1990, cuando Barrios de Chamorro tomó posesión del Gobierno nicaragüense, las agencias de prensa recogieron una noticia que tuvo poco impacto en el país: más de 30 mil refugiados de guerra estaban aún en Yamales esperando ser repatriados y todos ellos estaban bajo la responsabilidad de Carlos Garcia Agurto, el último mando de la Contra que tenía el alias de Chino 85.

“Cuando se firmó el fin de la guerra, en Yamales quedamos más de 30 mil personas, la mayoría éramos lisiados de guerra, heridos, madres de niños tiernos o mujeres embarazadas, y viudas de comandos que habían perdido a todas sus familias y no tenían adónde regresar”, cuenta García, quien perdió una pierna por una mina.

Dice que desde inicios de 1990, los gobiernos de Estados Unidos y Honduras cortaron la ayuda humanitaria y Yamales se convirtió en un enorme campamento de refugiados, rodeado de militares hondureños que tenían la orden de no dejar salir a nadie del complejo si no era para entregarlo a los miembros del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

“Llegó un momento en que se nos acabó la comida, el personal médico huyó y no quedó medicina. Las bodegas se nos fueron vaciando y para en mayo del noventa no había nada que comer. Recuerdo que con las primeras lluvias se nos vinieron las enfermedades y se nos murieron más de 100 personas, la mayoría niños y heridos”, recuerda Chino 85.

Dice que llegó un momento en que los comandos lisiados llegaron a ponerse en huelga de hambre para agilizar que los miembros de la CIAV-OEA gestionaran el regreso a Nicaragua de los refugiados y desmovilizados de guerra, y fue entonces que finalmente se dio el acto de entrega de la base de Yamales a las autoridades militares de Honduras en presencia de miembros de la misión especial de la Organización de Naciones Unidas para Centroamérica (Onuca).

Una tarde de mediados de mayo salieron los últimos cinco camiones llenos de lisiados hacia Nicaragua y él se subió a una colina a la salida de Yamales para ver por última vez aquel extenso valle lleno de casas de campaña y barracas vacías.

Ya estaba oscureciendo y del cielo preñado de nubes negras caía una brisa fría. El viento estaba levantando las carpas de las casas de campaña y sacudía unos trapos que todavía quedaron tendidos en los alambres. Todo era silencio.

Magazine/LaPrensa/Orlando Valenzuela
La Contra tuvo varios campamentos en los años ochenta. El más grande y poderoso fue el de Yamales, establecido desde 1985 en Trojes, Honduras.

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