Sergio Ramírez: “Me siento un hijo de Cervantes y Darío”

El escritor nicaragüense, Cervantes 2017, desentraña su mundo literario

El final más famoso de todos los tiempos es de los cuentos de hadas. Sergio Ramírez (Masatepe, 1942) se apura a decir: “…Y fueron felices para siempre”, pero casi de inmediato el escritor nicaragüense, el primer centroamericano en ganar el Premio Cervantes, dice que le atrae la realidad por razones relacionadas a su anormalidad, una historia de traiciones, ambición sin límites e irrespeto a la legalidad, que ha estado siempre presente en América Latina.

La obra de Ramírez -unos 60 volúmenes entre cuentos, novelas y ensayos, traducidos a 17 idiomas- suma personajes de la más variada procedencia. En sus páginas, puede aparecer un expolicía que se ocupa en su retiro de investigar casos privados; o un envenenador que encanta, engaña y elimina a sus víctimas y que se ha convertido con el paso del tiempo en una leyenda en León, al occidente del país. Otro día la imaginación ocupa a un dictador o al poeta genio Rubén Darío.

Ramírez, que fue vicepresidente de Nicaragua de 1984 a 1990, trabaja en su despacho todas las mañanas desde las siete, con una docena de libros y un cuadro de su esposa Gertrudis Guerrero Mayorga, pintado por Dieter Masuhr, un amigo alemán de la familia, que es testigo de sus invenciones desde una pared cercana. Vive en el reparto Los Robles, en Managua, donde los últimos 22 años, ha contado decenas de historias, en sus novelas o cuentos, o en sus artículos periodísticos.

El inspector Dolores Morales, personaje de una de sus novelas, es un hombre de ilusiones perdidas, que camina falseando – apoyado en una prótesis- ; se moviliza en su carro Lada en una capital caótica, con árboles metálicos color fucsia, celeste, o amarillo sobre las vías principales, mandados a colocar ahí por la primera dama según la narración del libro “Ya Nadie Llora por mí”, el cual al escribirlo lo hace sentir un cronista, según dice en esta entrevista en la que describe su mundo literario.

¿Qué diría usted de su relación con la literatura? ¿Le ha hecho feliz?

Es una casa a la que he entrado. Al principio las veces que podía, hoy ya no me gusta salir de ella, que la vida está siempre llena de alternativas, accidentes, opciones, pero mi opción mayor siempre fue la literatura desde que era adolescente. Esta disposición que uno trae, y que algunos llaman vocación y que yo llamo necesidad, que es la de contar historias, contar a otros lo que uno piensa que vale la pena que el otro sepa.

¿Usted lo aprendió de alguien en su casa, es talento suyo o una mezcla de todo?

Uno siempre está oyendo contar historias, desde la cocinera que siempre está contando cuentos de miedo, que lo hace a uno temblar de noche ya acostado en la cama recordando los cuentos de la cegua, la carreta nagua, que es lo que uno oye de niño; los cuentos de camino. Todo eso se va urdiendo en la cabeza como una plataforma de lanzamiento de quien va ser luego un escritor. Son historias que despiertan la imaginación y luego mis tíos músicos, que eran grandes contadores de historia, pero eran historias cuyos personajes eran ellos mismos, riéndose de las desgracias que le ocurrían. Y reírse de la desgracia propia es el mejor sentido del humor que puede haber.

En su pueblo natal Masatepe cuentan que varios personajes de sus novelas existieron. ¿En “Un baile de Máscaras” el señor que cava los excusados existió?

Me acuerdo de este señor que se llamaba Irineo, que yo le puse de la Oscurana. Había gente que se encargaba de eso. Se cavaban pozos de agua potable también. Era un oficio muy común en aquellos tiempos de mi infancia. Tiene muchas ventajas nacer en un pueblo pequeño, porque un pueblo pequeño es una red de imaginación y uno conoce a los personajes. Era un pueblo donde todo mundo se conocía por sus apodos. Mi padre, que tenía mucho sentido del humor también, y que tenía una tienda frente al parque, anotaba a sus clientes que sacaban crédito, por sus apodos no por sus nombres.

¿Había apodos de todo tipo?

Muy variados y muy risibles. Quizás de ahí viene que en mi novela (Un baile de Máscaras) yo nombro a la gente por los apodos.

Alguien me decía que había existido también el sacerdote de esta misma novela

Era muy amigo de mis padres. En semana santa, cuando había mucha venta, o en navidades, él llegaba a ayudar a vender (en la tienda familiar). Lo recuerdo muy bien. Era un hombre bondadoso, muy buena persona. Era amigo de mi padres, de mis tíos músicos, que conocían muy bien lo que ellos llamaban su debilidad, pero lo respetaban mucho. Siempre los personajes de una novela no nacen completamente de la imaginación, sino de personajes reales. A veces uno combina varios personajes reales para ir a dar al personaje que se queda en las páginas del libro.

Llama también la atención que usted escribe sobre personajes anónimos, que son protagonistas de las noticias de los diarios, ¿por qué?

Porque en los pequeños seres, como decía (Antón) Chéjov, está la vida y siempre me fascina a mí el hecho de que sean los más humildes, los pequeños, los que siempre son afectados por el destino, y que vamos a decir en este sentido el poder. Cuando el poder desata su furia, y sobre todo el poder arbitrario, ¿quiénes son los que más sufren? Los pequeñitos que decía el Padre Azarías Pallais.

¿Cuál personaje de sus libros es su favorito?

Quizás Oliverio Castañeda es el personaje que más trabajo me dio en componer. Vamos a ver: un asesino -alguien que mata estrangulando a alguien o pegándole un balazo- mata a mano desnuda y uno sabe que es el asesino, pero no es tan atractivo para mí como un criminal que mata con veneno y se esconde detrás de una cortina de cordialidad, de simpatía, y, mientras engaña, mata o viceversa y quiere usar ardides para colocar el veneno. Son asesinos inteligentes y en el caso de Castañeda era un hombre atractivo físicamente, cordial , tenía carisma, encantaba a hombres y mujeres su manera de ser.

¿Cómo contribuye la literatura para convertir a personajes como Oliverio Castañeda en leyenda?

Los personajes, que están en la memoria de la gente, se vuelven inextinguibles. Este es un caso que ocurrió en los años 30 (del siglo pasado) y todavía uno pregunta en las calles de León, por Castañeda, y la gente sabe perfectamente quién es. Esto de las flores no es ninguna leyenda. El día de los muertos–dos de noviembre– se han publicado fotografías con la tumba de Castañeda enflorada. Antes se decían que eran antiguas enamoradas de él, o simpatizantes, pero hoy ya todos los que conocieron a Castañeda desaparecieron hace tiempo. Es algo que se transmite de generación en generación: esta admiración o este desprecio por Castañeda. Se abrieron bandos distintos en la ciudad, unos a favor y otros en contra. Pero quizás la virtud de esta novela es que supo empalmar con un personaje que estaba arraigado popularmente.

Algunos de sus familiares recuerdan que usted tenía mascotas con el nombre de Oliverio

Aquí teníamos en la casa dos lapas, una que era Martita que era la hembra y Oliverio era el macho. Oliverio era inválido y no podía volar. Entonces se caía de lo alto del chilamate. Se vivía cayendo hasta que se desnucó y quedó la viuda, entonces ella pasó a llamarse Oliverio.

Era un personaje que estaba en su vida, doctor...

Llegué a conocerlo muy bien porque lo estudié a fondo. No estuve satisfecho hasta que estaba metido dentro de su propia personalidad y, cuando estaba escribiendo esta novela, teníamos la sensación que Oliverio Castañeda vivía, andaba dentro de la casa, en los corredores, hasta una vez sentimos nos llegó a tocar la ventana. Es cuando uno se deja posicionar de los fantasmas de una novela, que es la única manera de ir de manera auténtica escribiendo desde dentro de los hechos que uno está narrando.

La comencé a escribir en el 85, pero esta novela venía conmigo desde que yo estaba en la universidad. Yo llegué a la universidad en el 59, porque en la clase de derecho penal y procedimientos penales, los profesores la ponían de ejemplo, se simulaban juicios. Los juzgados estaban precisamente en la casa del obrero, donde mataron a Somoza García, que es otro de los escenarios de mis novelas, de mi novela Margarita Está Linda La Mar. En ese mismo lugar juzgaron a Oliverio Castañeda.

¿Usted defendía a Oliverio en esos juicios simulados (en la universidad)?

No. Yo era observador, pero a mí me llamaba la atención que el Castañeda que se presentaba ahí era el malvado. Los profesores no explicaban el trasfondo de estos crímenes, pero en la calle todo el mundo lo sabía; en las comiderías, pensiones, en los bares, en las cantinas, se hablaba de las intrígulis amorosos que había detrás, de todas estas relaciones clandestinas que Castañeda fue desarrollando y esto fue lo que me intrigó más: Que siempre, detrás de una historia oficial, está la historia real que es la que le interesa a un novelista.

Salí de la universidad con esta intriga hasta que el doctor Ernesto Castellón Barreto, que había sido nombrado al triunfo de la revolución, magistrado del tribunal de apelaciones de León, un día me trajo de regalo las fotocopias del proceso que estaba depositada ahí en los archivos de ese tribunal y eran como 1, 200 folios, tamaño legal. Eso fue para mí un verdadero tesoro, porque yo ahí me leí no sé cuántas veces el proceso hasta que ya me lo sabía prácticamente de memoria. Pero además de eso me dediqué a estudiar mis viejos libros—otra vez– de medicina legal, criminología, psiquiatría, hablé con el doctor Mario Flores Ortiz, y con el doctor Fonseca Pasos, sobre qué clase de personalidad pudiera haber sido la de Castañeda, porque obviamente era una alterada. Estudié mucho sobre venenos, toxicología para poder escribir la novela y llené muchísimas fichas.

Usted escribió esta novela durante los ochenta, compartía entonces su oficio literario con la política. ¿Son compatibles ambos oficios?

Todo oficio es compatible con la literatura. No todo mundo puede dedicarse a escribir, porque mientras escribe hace otra cosa. El doctor Fernando Silva era un excelente pediatra y escribía. Hay otros que son agrónomos, otros son abogados, otros son periodistas que todavía es más complicado ser periodista y escritor. La compatibilidad la busca uno. El problema en el 85 es que eran los momentos más difíciles que vivía el país, en medio de la guerra, el recrudecimiento, la agenda de gobierno que yo tenía no era normal, se rompía a cada rato. Tenía que viajar mucho al interior del país, pero yo me hice la reflexión que si seguía sin escribir dejaba de ser escritor. Busqué las únicas horas que existían que eran la de las madrugadas.

“Yo considero a Sergio Ramírez Mercado el último gran escritor latinoamericano, el último de esa generación que supo reunir ambición literaria, compromiso personal y participación directa en la historia de nuestros países"

-Santiago Roncagliolo, escritor peruano-

¿Puede desconectarse el escritor de la realidad?

El acto de escribir es un acto de soledad y uno se mete dentro de la atmósfera de la novela para poder avanzar en el trabajo de creación literaria, pero eso no quiere decir en que yo apague la luz para escribir o baje las persianas. Esta es una opción personal, porque yo podría ser un escritor que no opina, que no se preocupa de lo que está a su alrededor. Pero yo siento que ejerzo una doble condición: el creador que inventa, y la del ciudadano.

¿Extraña algo usted de la vida pasada, de su vida política?

A mí la vida política no me hace falta. La veo como una parte de mi vida, pero la realidad haciendo mi reflexión de hoy día, creo que yo nunca fui un político verdadero, porque si hubiera sido un político verdadero mi opción hubiera sido la política y no la literatura y me hubiera quedado ahí. Yo salí de la política después de ser derrotado estrepitosamente en una elección presidencial, en medio de una gran polarización, en las elecciones de 1996 que ganó (Arnoldo) Alemán. Si he sido un político, (la derrota) no arredra, un político reconstruye sus redes. No era un político, entonces no me costó salirme y volví de muy buen grado a la literatura, que era el lugar de donde yo había salido. Venía de la escritura y regresé.

“Sergio (Ramírez) es uno de los grandes premios Cervantes porque une a un nivel estilístico y de clasicismo y de calidad literaria tremenda. Une esa capacidad para escribir la vida, esa emoción, esa viveza absoluta, que es lo que lo hace, además, que sea un escritor tan querido y tan
popular”

-Rosa Montero, escritora española-

A casi cuarenta años de la revolución, percibo desilusión de lo que quedó de Nicaragua

Es inevitable. Esa desilusión se refleja en mis personajes: El inspector Dolores Morales es un desilusionado y además un solitario que tiene que luchar contra su propio pasado, y él carga su pasado en la protésis que lleva, porque perdió la pierna en el combate y su pregunta constante es de qué sirvió que perdiera una pierna. Y él no es un intelectual, eso nos diferencia. Su abuela vendía carne en el mercado, no hizo estudios universitarios, se metió a la runga (guerra) como muchos jóvenes de su edad. Se fue a pelear, primero en el frente interno en Managua y después se fue al Sur. Tenía muchos ideales. Todos los que tomaron un fusil lo hicieron por ideales, más que por una ideología. Él carga ese ideal, cimentado en una ética, que él no ha perdido a pesar que está sometida a peligro. No la abandona.

¿Cómo encuentra la Nicaragua actual?

No es la Nicaragua por la que el inspector Morales luchó y por la que perdió la pierna. Entonces de ahí su nostalgia, su frustración, lo que refleja en todos sus actos.

El jurado del Premio Cervantes destacó su capacidad para "reflejar la viveza de la vida cotidiana, convirtiendo la realidad en una obra de arte”. ¿Qué le parecieron estas palabras?

Me siento muy abrumado por un juicio que es sumamente elogioso. Trabajo con la realidad que me rodea. Me parece atractiva no por buenas razones, sino porque es anormal. Es una realidad trastocada, patas arriba, que es lo que no quisiera como ciudadano para mi país o para América Latina. Si esta realidad fuera de respeto institucional, libertades democráticas, respeto a los derechos humanos, período electorales decididos realmente por el voto popular, alternancia de poder, jueces independientes, entonces no me atrería como novelista. Desgraciadamente el novelista vive de la anormalidad. Los cuentos felices están fuera del ámbito de la literatura. Interesa el tiempo del conflicto, la infelicidad, los obstáculos, las dificultades.

¿Qué tanto le debe la lengua a Cervantes y a Rubén Darío de quien usted es un admirador?

Cuando reciba el premio el 23 de abril, en Alcalá de Henares, mi discurso va ser sobre Darío y Cervantes. Este es el momento de decir, yo vengo de este pequeño país, donde nació Darío, hacia el lugar donde nació Cervantes que es Alcalá de Henares. Cervantes es el fundador de la lengua. Hizo moderno al español. Le dio un sentido literario a la lengua. Todos venimos de Cervantes los escritores, yo me siento un hijo de Cervantes. Pero también soy hijo de Darío en el sentido en que hizo otra renovación.

Usted es narrador, ¿cómo le es útil la poesía?

Para escribir prosa uno tiene que tener un oído poético. Un oído que se fundamenta en el ritmo, en la melodía. Cuando yo escribo, siempre me gusta hacer dos cosas: escuchar música mientras estoy escribiendo –generalmente música de cámara, una sinfonía te pone más nervioso– y, por otro lado, mientras me preparo para escribir una novela, yo no leo novelistas, leo poesía. Eso me va abriendo el oído a lo que yo quiero: que es convertir la prosa en música.

¿Cómo se siente usted que su nombre esté entre los grandes de la literatura?

Si me dicen que pertenezco a la galería donde está Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, o Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, pues me siento intimidado. Pero quiero sentirme el mismo que he sido siempre. No quiero sentirme dominado por la arrogancia, ni por el orgullo, ni por la banalidad, porque esos son contravalores que yo he rechazado siempre. No quiero caer en ese abismo.

Usted ha escrito de todo ( novelas, ensayos, cuentos), ¿tiene usted un reto pendiente?

A estas alturas del campeonato, yo tengo que elegir. Me gustaría seguir escribiendo novelas. Cuentos preferentemente. Cuando me dicen, y por qué no escribís sobre tu experiencia en la revolución, porque yo no soy historiador, ni quiero…. Esos temas yo tendría que entrar a hacer investigaciones historiográficas. No me interesa. Ya conté lo que tenía que contar de esa época en Adiós Muchachos, que es una memoria sentimental y ya está. Yo con eso me conformo.Yo lo que quiero ser es un escritor de ficción y, si pudiera, pues me gustaría hacer lo que hago de vez en cuando que son reportajes periodísticos.

“Como creador, como gestor, como líder cultural, Sergio Ramírez es un personaje indispensable para entender la cultura centroamericana de la segunda mitad del siglo XX y también de las primeras décadas del siglo XXI”

-Carlos Cortes, escritor costarricense-

¿Cuánto le debe la buena literatura que usted ha hecho al periodismo?

Muchísimo. Me siento un cronista a través de la literatura de lo que yo tengo alrededor. Cuando voy hacia temas contemporáneos, como en mi última novela Ya nadie llora por mí (Alfaguara, 2017), soy todavía más cronista. Estoy registrando lo que veo hoy día. Soy un cronista del presente a través de los ojos del inspector Dolores Morales, y de los demás personajes que están ahí.

Para terminar, ¿qué dirá el inspector cuando usted reciba el premio?

Vendrá conmigo (ríe). Estará presente.

La casa, personajes de los cuentos y la vida

“Carbón” es el labrador que es parte de la vida literaria del escritor masatepino, dado que es el principal protagonista de El Perro Invisible. Dorel Ramírez, hija del novelista, asegura que por ese personaje, al que le gustan los colores y mirarse en un espejo, es que su hermano Sergio bautizó a su pequeño shnauzer con ese nombre.

Disfrutar la imaginación es una de las características del ambiente del hogar, formado por el novelista y Gertrudis Guerrero Mayorga, quien además es pintora. A todos los hijos les gusta el dibujo. Dorel recuerda que la lapa macho, que se llamaba como el envenenador de la novela, quedó inmortalizada en un pequeño cuadro del pintor Armando Morales, el más grande de la historia de Nicaragua.

Castigo Divino cumplirá este año 30 años desde que fue publicada. Oliverio estaba presente en todas las vivencias de aquella familia. “Aparecieron con una lapa chiquita, pero la persona que la regaló la trajo con las alas cortadas. Llego sin alas, mi mama la dejó natural, la puso en el árbol (chilamate), la dejó que hiciera lo que quisiera, y lo lógico es que se llamaba Oliverio, de inmediato, la mascota de la casa”, contó Dorel.

Según ella, el ave caminaba por la casa, como si fuera gato o perro, se subía a las sillas y, cuando tenía hambre, se iba a la cocina y con el pico tocaba la puerta de la refrigeradora, y repetía el ritual yéndose a cuarto por cuarto hasta que fuese alimentada.

“La casa de nosotros siempre ha sido un ambiente como bien creativo en general. La imaginación ha estado presente en todos, juegos de palabras, mi papá siempre inventándonos cuentos, y eso lo sigue haciendo con los nietos”, dice esta arquitecta muy orgullosa de sus padres.

El equipo de trabajo

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Dora Luz Romero

Jefa de Información
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Juan Carlos Bow

Editor Web
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Octavio Enríquez

Redactor
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Moisés Urbina

Diseño y Diagramación
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Luis González

Ilustraciones