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Distintas formas de gobernar

Hay dos maneras de gobernar un país: Una, trabajando con responsabilidad, mesura y tolerancia y transmitiendo confianza a toda la población; dos, politiqueando, haciendo discursos sobre los pobres del mundo y la lucha contra el “imperialismo” y creando incertidumbre. Un gobierno puede pasar haciendo una de estas dos cosas durante los años que dure su período, y al final, los resultados serán el juez infalible.

El gobierno del presidente Daniel Ortega en los años ochenta fue del segundo tipo: populista, demagogo, discursista e ineficiente. ¿Cuál fue el resultado después de diez años? Ruinas, caos, muerte, polarización social, retroceso económico —la situación económica más desastrosa de toda nuestra historia— violación flagrante a los derechos humanos, cierre y censura de medios de comunicación, terror de Estado. Y ya para entregar el Gobierno, luego de perder las elecciones, saqueo a la propiedad para repartirla entre partidarios, o sea la “piñata”.

El Presidente y sus partidarios dicen que aquellas situaciones fueron producto de la guerra impuesta por Estados Unidos. Sin embargo es muy difícil entender la relación de eso con la confiscación de muchas propiedades de gente que no tuvo nada que ver con la dictadura somocista y con la apropiación personal y partidista de los bienes del Estado. Y ahora que no hay guerra, ¿cuál es la explicación a ese desmesurado interés en revivir las formas autoritarias de gobierno, a crear los nuevos CDS que serían los denominados Consejos del Poder Ciudadano, a manejar secretamente los asuntos que son del interés público, y a mantener en la zozobra a miles de ciudadanos que han invertido en sus negocios —desde los más pequeños hasta los más grandes— con la esperanza de crearse un futuro estable sin tener que emigrar al extranjero?

Por otra parte, la pobreza no se combate con discursos. Hay que contar con un plan nacional en el cual estén involucrados todos los sectores sociales, especialmente los que invierten dinero, los empresarios y productores privados. A estos hay que animar, incentivar, incluirlos en las políticas económicas. El Estado sólo no puede terminar con la pobreza y el subdesarrollo. Si así fuera, no se hubiera desintegrado la Unión Soviética y China continental seguiría con su viejo sistema económico comunista que prohibía la empresa privada.

Un país tampoco sale de la pobreza dividido y polarizado. Venezuela —aunque el gobierno de Hugo Chávez cuente con inmensos recursos económicos resultado de la explotación y venta del petróleo— no saldrá jamás de la pobreza, mientras la sociedad allí permanezca dividida como hasta ahora; mientras el Presidente vaya por su propio camino y excluya a los que generan riqueza y empleo de manera permanente. En Venezuela hay escasez de alimentos porque la gente no come gasolina. Come verduras, carnes, granos básicos todo lo cual proviene de los productores privados.

Una condición indispensable para promover la inversión, la producción y el desarrollo es la seguridad jurídica, el respeto al Estado de Derecho, a la independencia de los Poderes del Estado y la celebración de elecciones libres y periódicas que permitan la sucesión de gobiernos distintos en el marco del juego democrático.

Por eso, individuos autoritarios como Hugo Chávez, que conciben como premisa del buen gobierno la creación de una dictadura “legal”, resultado del control total y absoluto de todos los Poderes del Estado, en realidad están pensando una de dos cosas: o que sin ellos sus países se hundirían porque todos sus ciudadanos son idiotas incapaces de hacer bien las cosas, o simplemente están pensando que el ejercicio del gobierno es un modo de vida, una gallina que pone huevos de oro y que desde luego, no quieren soltar, o sea que su preocupación no es el bienestar del pueblo sino su seguridad personal y familiar.

El período presidencial en Nicaragua es de cinco años. Esto significa que al presidente Ortega le quedan aproximadamente cuatro años y medio para entregar el poder presidencial y que los resultados de su gestión sean juzgados. ¿Le preocupará la opinión que tendrá la ciudadanía? ¿Querrá ser recordado como el presidente que supo sacar al país adelante o como el que lo enterró por segunda vez?

Sólo el tiempo podrá dar las respuestas a esos interrogantes.

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