Confucio, Alemán y… el arte de gobernar

Para Confucio, el arte de gobernar se basa en la erudición, la sabiduría, los buenos modales, la integridad y la decencia en los actos públicos y privados de los funcionarios LUIS SANCHEZ SANCHO El Presidente Arnoldo Alemán sorprendió a medio mundo al citar a Confucio (“rectificar es gobernar”, frase tomada de “El libro de la […]

  • Para Confucio, el arte de gobernar se basa en la erudición, la sabiduría, los
    buenos modales, la integridad y la decencia en los actos
    públicos y privados de los funcionarios

LUIS SANCHEZ SANCHO

El Presidente Arnoldo Alemán sorprendió a medio mundo al citar a Confucio (“rectificar es gobernar”, frase tomada de “El libro de la poesía”) en su discurso ante el Grupo Consultivo de donantes que se reunió la semana pasada en Washington D.C.

¡Qué bueno sería que nos gobernaran como lo aconsejaba Confucio! Pero, ¿qué tiene en común el gobierno del Presidente Alemán, con “el arte de gobernar” que predicó el gran maestro chino de la antigüedad?

Confucio (Kung-fu-tse, era su verdadero nombre), nació en el año 551 y murió en el 479 antes de Cristo. Le apodaban familiarmente “K’iu” (“la colina”), porque tenía una protuberancia en la cabeza, en la que según la creencia de sus discípulos se albergaba su extraordinaria inteligencia y su inmensa sabiduría.

En tiempos de Confucio mandaban en China los mandarines, autócratas, pero el maestro predicaba que debían gobernar los hombres más virtuosos, sabios e ilustrados, que además debían tener el consentimiento democrático del pueblo.

Confucio fue escogido como gobernador de provincia y entonces pudo poner en práctica sus ideas, causando el regocijo de la gente gobernada por él.

Toda la doctrina de Confucio, definida por sus discípulos como “el arte de gobernar”, se resumía en una máxima que era entonces y sigue siendo ahora, la esencia misma de la sabiduría y el principio fundamental de la convivencia humana: “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”; un concepto ético que siglos después sería incorporado al Evangelio cristiano.

“Para gobernar el Estado en un orden correcto es necesario primero poner concierto en la familia”, decía Confucio. “Así como un sólo hombre puede consolidar un reino, también una sola frase incorrecta puede arruinar un buen trato”, advertía el maestro. Y agregaba que “la ambición y la perversidad de un mal gobernante conduce al Estado entero a una rebelión desquiciadora”.

En una ocasión en que Confucio paseaba con un grupo de sus discípulos por una montaña (Ta’i), escuchó los amargos lamentos de una mujer que se encontraba sentada sobre una tumba. Interpelada por Confucio, la mujer explicó que lloraba por su suegro, quien fue devorado por un tigre; lloraba también por su esposo, quien igualmente fue muerto por la fiera; y lloraba asimismo por su hijo, quien también perecio entre las garras del félido animal.

“Entonces –preguntó Confucio a la mujer–, ¿por qué no abandonas este lugar tan peligroso? ¿Acaso no te das cuenta de que el tigre te puede matar a ti también?” Y la mujer replicó: “Prefiero estar aquí, pues aunque el peligro es grande al menos estoy libre de la tiranía del gobierno”.

“Acuérdense siempre –advirtió Confucio a sus discípulos–, de lo que han escuchado a esta mujer: ¡es mucho más temible un gobernante cruel y opresivo, que un tigre devorador!”

Para Confucio, el arte de gobernar se basa en la erudición, la sabiduría, los buenos modales, la integridad y la decencia en los actos públicos y privados de los funcionarios. Por eso exigía que los gobernantes practicaran las virtudes de la sinceridad, la justicia, la benevolencia, la cortesía, el respeto a las demás personas (sobre todo a los mayores), la veneración a los antepasados y el castigo a los malvados y corruptos.

Dicho lo anterior, la pregunta arriba planteada sigue sin respuesta: ¿qué tiene en común el gobierno del Presidente Arnoldo Alemán con el arte de gobernar que predicó y practicó Confucio?

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