Club Social de Granada

Roberto Garcíamonbacho@email.msn.com Referente al artículo de la periodista Gretchen Robleto sobre el Club Social de Granada, definitivamente no se puede escribir sobre “tanto” en muy poco. Como granadino pude vivir ambas experiencias sobre ese magnífico edificio, cuando antes de 1979 lo observaba desde la acera de enfrente y después de aquella fecha como parte de […]

Roberto Garcíamonbacho@email.msn.com

Referente al artículo de la periodista Gretchen Robleto sobre el Club Social de Granada, definitivamente no se puede escribir sobre “tanto” en muy poco. Como granadino pude vivir ambas experiencias sobre ese magnífico edificio, cuando antes de 1979 lo observaba desde la acera de enfrente y después de aquella fecha como parte de un nuevo sistema social. En la primera experiencia, pues lógicamente si no pertenecías a la sociedad y por ende a su clase social, no tenías nada qué hacer en los alrededores de dicho edificio, salvo observarlo con ojo de buen granadino y sentirte orgulloso que hubiera algo tan bonito en mi ciudad.

Muy lejos de pensamientos sobre antagonismos sociales, nunca observé ningún maltrato de dichos socios a personas comunes de la ciudad, sino que por el contrario demostraban, aún con las diferencias sociales, la mejor carta de presentación de los de Granada: su amabilidad natural y espontánea.

Con la llegada de la revolución sandinista este lugar fue ocupado para darle un “mejor” uso social y realmente creo que dicha idea era muy positiva siempre y cuando sus objetivos se hubieran cumplido sin que se entrelazaran con los de la “lucha de clases”. Si los aristócratas de Granada, con su derecho propio, fundaron su Club Social para sus fines sociales y culturales y nunca hicieron daño a nadie con eso, pues es justo que les sea devuelto sin poner muchos peros. Y debemos estar claros que el pueblo es dueño del mejor de los locales: Granada y que sean las autoridades comunales las que den respuestas de un local a los miembros de la APC.

Para terminar debemos recordar que la verdadera y genuina cultura proviene de las calles del pueblo y no de un edificio, porque yo no me atrevería a efectuar un Atabal en los salones del Club con un Liranza (q.e.p.d.) vestido de etiqueta o peor aún ver a un don Humberto Benard bailando por las calles de Cuiscoma o El Arsenal, por ejemplo, disfrazado de enano cabezón.