Darío: “Soy un enfermo”

Luis Sánchez Sancholuis.sanchez@laprensa.com.ni No pude resistir la tentación de escribir unas líneas sobre el libro de reciente edición, Estoy enfermo, de mi amigo, el abogado Danilo Guido, en el que aborda un aspecto bastante conocido pero muy poco divulgado de la vida de Rubén Darío, quien con justicia es considerado como el nicaragüense más paradigmático […]

Luis Sánchez Sancholuis.sanchez@laprensa.com.ni

No pude resistir la tentación de escribir unas líneas sobre el libro de reciente edición, Estoy enfermo, de mi amigo, el abogado Danilo Guido, en el que aborda un aspecto bastante conocido pero muy poco divulgado de la vida de Rubén Darío, quien con justicia es considerado como el nicaragüense más paradigmático de toda la historia nacional.

Me refiero a la vida alcohólica de Darío, que lo marcó para siempre, desde la juventud, y lo llevó prematuramente —a los 49 años de edad— a la muerte y la tumba.

A algunos nicaragüenses, apasionados darianos —pues Darío es un icono del nacionalismo cultural—, no les gusta que se hable sobre el acoholismo del insigne vate. Lo consideran un irrespeto y, peor aún, una profanación.

Pero la intención de Guido es sana y constructiva. Inclusive beneficiosa, si se considera que la dolorosa y funesta experiencia alcohólica de Darío puede y debe ayudar a la juventud nicaragüense a distanciarse de la bebida y sus desgraciadas consecuencias.

Poco antes de leer el libro de Danilo Guido, que recién la próxima semana será presentado en público, había leído la obra de Ian Gibson, el excelente literato irlandés de vocacion hispanista, Yo, Rubén Darío, memorias póstumas de un rey de la poesía, en la que supuestamente Darío narra, a través de un médium, “la verdad de su vida atormentada y fascinante”.

“Yo me morí en la ciudad nicaragüense de León a las diez y dieciocho minutos de la noche del 6 de febrero de 1916, a consecuencia de una cirrosis atrófica del hígado. El alcohol ´—mi consuelo y mi peor enemigo desde hacía décadas— se había salido con la suya”. Así comienza, tajante, el libro apasionante de Gibson.

Pero Guido no ha leído a Gibson, según él mismo me lo aclaró. Su motivación es diferente, es la de un alcóholico abstemio y en proceso de recuperación, que enlaza los muchos pero dispersos párrafos que distintos biógrafos y estudiosos de Rubén Darío han escrito sobre ese “consuelo” y a la vez “peor enemigo” del rey de la poesía: el alcohol.

En efecto, Guido entrelaza los párrafos alusivos a la enfermiza afición de Darío a la bebida, con trozos ilustrativos y educativos, de carácter científico y médico, sobre el alcoholismo, que en tiempos de Rubén era considerado como un vicio pero que después de su muerte se comprobó que es una enfermedad como tantas otras.

¡Ah! Si la ciencia médica hubiera descubierto eso, y si Wiliam Griffit Wilson (Bill) y Robert Holbrook Smith (Doctor Bob) hubiesen fundado el programa de Alcohólicos Anónimos (AA) antes de febrero de 1916 —cuando murió Darío—, y no el 10 de junio de 1935, que fue cuando lo crearon en Akron, Ohio, Estados Unidos. ¿Cuántos bellos e inmortales poemas más hubiera escrito Rubén Darío si alguien le hubiera tendido la mano, pero no para ofrecerle una copa sino para brindarle una tabla de salvación?

Ciertamente, el conocimiento de la vida alcohólica de Rubén Darío puede ser muy provechoso para cualquier nicaragüense, pero sobre todo los jóvenes y en particular los que sufren la enfermedad del alcoholismo en cualquiera de sus temibles fases. Esto, aparte que para cualquier persona es interesante conocer aspectos de la vida del poeta nacional y universal que son tan poco conocidos.

Es bien sabido que desde que el hombre comenzó a escribir sus observaciones, experiencias y sentimientos, es decir, desde que existe la literatura, ha habido una especie de pasión por saber sobre la vida de quienes por una u otra razón se convierten en famosos personajes; es decir, por la biografía.

En realidad, sea por admiración, deseo de aprender de quienes han triunfado o fracasado en distintos ámbitos de la vida social, o simplemente por curiosidad, las personas se interesan por conocer las vidas ajenas. Y no se trata sólo de una fascinación por las figuras notorias. La gente también siente una curiosidad irresistible por las cuitas de la gente común. Por eso es que las páginas de sucesos de los periódicos son generalmente las más leídas, las publicaciones de trivialidades y “notas del corazón” (chismes) alcanzan los mayores tirajes, y los programas de televisión basura —los “talk show” o “reality show”, como los de Cristina, Laura, Mayté y tuticuanti— tienen un éxito tan grande.

Pero en la literatura de buena calidad, el género biográfico tiene un gran valor positivo por su fuerza ejemplar y su capacidad de contribuir a la modelación de las conductas, los sentimientos, los usos y las costumbres de los lectores, o de los televidentes cuando se trata de las magníficas series biográficas que transmiten algunas cadenas de televisión. En fin, el género biográfico es constitutivo de orden social.

Pero, por otro lado, nunca como ahora hubo en el género de la biografía tanto y tan persistente interés en denigrar —mediante escritos que son más difamatorios que biográficos—, a figuras históricas que son o han sido paradigmas y referentes de la humanidad. Y como la homosexualidad está actualmente en moda, es la que “vende” tanto que famosas estrellas cuyas producciones no andan bien en el mercado, o simplemente quieren subirlas, se presentan antes las cámaras besándose apasionadamente con personas de su mismo sexo. De manera que a juzgar por la abundante inmundicia biográfica que se difunde ahora, prácticamente todos los grandes hombres de la historia habrían sido homosexuales, y lesbianas las mujeres más destacadas y célebres.

Pero no es ése el caso del libro de Danilo Guido, Estoy enfermo, titulado con la adolorida y dramática confesión que Rubén le habría hecho, en Costa Rica, a Rafaela Contreras. Por el contrario, representa un meritorio esfuerzo para conocer mejor ese lado oscuro de la vida de Darío y trambién para ayudar a muchos a superar la infernal enfermedad del alcoholismo; pues, si Rubén Darío fue alcohólico nadie debería avergonzarse de serlo, y está comprobado que el primer paso para dejar de beber es reconocer que se es un enfermo de alcoholismo.

El autor es periodista

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