Incertidumbre y expectativa

En la calle muchos opinan sobre el tema de manera diversa. Los danielistas, desde luego, creen que el triunfo del FSLN es lo mejor que pudo haberle pasado a Nicaragua. Entre los no sandinistas, al parecer hay muchos que están convencidos de que “el hombre” ha cambiado y que cumplirá sus promesas: que no violará […]

En la calle muchos opinan sobre el tema de manera diversa. Los danielistas, desde luego, creen que el triunfo del FSLN es lo mejor que pudo haberle pasado a Nicaragua. Entre los no sandinistas, al parecer hay muchos que están convencidos de que “el hombre” ha cambiado y que cumplirá sus promesas: que no violará el derecho de propiedad y honrará los compromisos internacionales; que no anulará el DR-Cafta y que ordenará el desalojo —si es necesario con la fuerza policial— a los toma tierras que desde que supieron que Ortega ganó las elecciones, ocupan lo que no es suyo en distintos barrios de Managua y otros departamentos, al grito de consignas del Frente Sandinista.

Otros, en cambio, opinan que Ortega no es confiable, que hasta el momento no ha dicho suficiente, que hay que esperar por lo menos tres meses o tal vez seis después de que tome posesión para ver realmente por qué camino se va. Mientras tanto, algunos empresarios que piensan de esta última manera, actúan con cautela, limitan lo más posible sus gastos, detienen compras ya programadas, trabajan con lo mínimo. Hay que esperar —dicen— para ver qué tipo de leyes se aprueban y de qué manera nos van a afectar.

Este temor se puede percibir no sólo en quienes tienen propiedades o negocios sino también en muchos trabajadores los cuales sienten que podrían ser despedidos por no ser miembros del Frente Sandinista. Estamos hablando, sobre todo, de trabajadores del Estado, los cuales no creen en la efectividad de la Ley de Servicio Civil sino en que tarde o temprano va a prevalecer el amiguismo y la afiliación política en el nuevo gobierno.

Por otro lado, Daniel Ortega ha comenzado a estrechar lazos con los presidentes radicales de izquierda, Hugo Chávez y Evo Morales. Aprovechando la ocasión de la victoria electoral del dictador venezolano, Ortega se trasladó a América del Sur donde no escatimó abrazos ni efusivos apretones hacia su colega. Hay quienes se consuelan pensando que este coqueteo político va a resultar en una ayuda masiva de petrodólares venezolanos. “El hombre” tiene que hacer su trabajo político, dicen. Sin embargo, es poco probable que la relación de Ortega con Chávez se quede en una simple e incondicional cooperación económica de un Estado soberano hacia otro. Más bien, Ortega parece estar en un romance ideológico y político con Chávez cuya influencia y consecuencias son difíciles de prever. Por eso, hay inversionistas nacionales y extranjeros que prefieren esperar, que no se arriesgan demasiado, que no se van de boca.

Lo que está ocurriendo en la Asamblea Nacional tampoco ayuda a generar confianza en la ciudadanía. Diputados sandinistas y pelecistas siguen trabajando en una alianza vituperable para aprobar leyes que les van a producir algún tipo de beneficio personal o partidario. Esto ha llevado a la conclusión de que el “pacto” libero-sandinista sigue vivo y coleando y produciendo nefastos resultados. Y es que la maquinaria de los dos partidos mayoritarios sigue imponiendo su voluntad y las demás fuerzas políticas representadas en el Poder Legislativo no pueden hacer nada para evitarlo porque les faltan votos. La promesa de buscar el “consenso” ya ha sido rota. Esto también produce reservas e incertidumbre.

En el fondo, el temor que prevalece en muchos nicaragüenses es que Daniel Ortega vuelva a destruir el país como lo hizo en los años ochenta. Que otra vez Nicaragua retroceda cincuenta años y que todo lo que se ha recuperado desde 1990, se pierda. El temor es a la represión de quienes mantuvieron a Daniel Ortega en el poder y que siguen a su lado ejerciendo, tras bastidores, una callada pero efectiva influencia.

Sin embargo, aparte de las promesas que ha hecho Ortega a distintos sectores del país y del extranjero, de que no repetirá los graves errores del pasado, por razones objetivas aunque quisiera gobernar ahora como en los años ochenta, no lo podría hacer o al menos no tan fácilmente. Una cosa es que el presidente electo sandinista trate de quedar bien con sus seguidores extremistas, y otra cosa es que pueda gobernar de manera radical. A Ortega no le queda más remedio que gobernar de manera responsable. Así lo esperamos.

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