Paz y democracia:Nuevo escenario de Ortega

Daniel Ortega asumió el poder el pasado 10 de enero en una situación totalmente diferente a lo ocurrido el 25 de febrero de 1990, cuando Violeta Barrios de Chamorro ocupó la primera magistratura de la nación. En ese momento la tensión generada por el resultado electoral fue el telón de fondo, una jornada de asonadas […]

En 1989, luego de intensas negociaciones, Ortega se compromete a realizar elecciones libres con supervisión internacional. (LA PRENSA/ARCHIVO)

  • Daniel Ortega asumió el poder el pasado 10 de enero en una situación totalmente diferente a lo ocurrido el 25 de febrero de 1990, cuando Violeta Barrios de Chamorro ocupó la primera magistratura de la nación. En ese momento la tensión generada por el resultado electoral fue el telón de fondo, una jornada de asonadas promovidas por el FSLN pretendía desestabilizar al gobierno electo. Hoy todo transcurre en paz y estabilidad, según dos protagonistas de la transición a la democracia en 1990, quienes señalan que a Ortega le toca demostrar que puede gobernar democráticamente y en paz

Daniel Ortega después de un período de 16 años en busca del poder perdido, lo recupera y con creces.

Ortega entregó el poder en 1990 después de perder las primeras elecciones verdaderamente libres que se realizan en Nicaragua y en medio de una guerra civil. Lo retoma en el 2007 luego de ganar unas elecciones desarrolladas en paz y en un ambiente cívico.

La situación política del país en ambos momentos es diametralmente opuesta. A criterio de Antonio Lacayo, quien fuera Ministro de la Presidencia durante el gobierno de Violeta Barrios, la diferencia entre la Nicaragua de hoy y la que entregó Ortega en 1990 radica en que hoy éste es un país en paz y democracia, pese a que ambas son aún imperfectas.

“En 1990 éste era un país en el que doña Violeta tomó posesión entre dos ejércitos, el Ejército Popular Sandinista y los 22 mil combatientes de la Resistencia Nicaragüense que al momento de la toma de posesión estaban intactos, armados y dentro del país”, ilustra Lacayo.

El ex Ministro de la Presidencia valora que Daniel Ortega asume hoy sin ningún problema de esa naturaleza; sin grupos insurgentes y con un Ejército institucionalizado, muy profesional y al servicio de la Constitución Política del país. “Una situación envidiable”, advierte Lacayo.

Lacayo evoca que al gobierno de la Unión Nacional Opositora (UNO) le tocó enfocarse exclusivamente en el tema de la paz, la desmovilización de la Resistencia, la reducción del Ejército y su sometimiento al poder civil. “Una tarea compleja que consumió energía, tiempo, dedicación, además de tener que abandonar otras prioridades”, señaló. “Hoy esa tarea no existe”, aseveró.

El ex Ministro de la Presidencia destaca además que Ortega encuentra un país en paz producto de 16 años de democracia. “Un país donde la gente sabe que quien asume la Presidencia es la persona elegida por el pueblo”.

“Nadie cuestiona la autoridad que tendrá el nuevo gobierno”, expresa con seguridad. “En 1990, nosotros no teníamos ni un mes de estar en el gobierno cuando el Frente Sandinista promovió unas asonadas, que sin duda alguna, tuvieron la intención de derrocar al gobierno”, lamentó el otrora ministro presidencial.

ORTEGA EN LOS OCHENTA: EL INICIO DEL FIN

La suscripción de los Acuerdos de Paz de Esquipulas II, firmados en agosto de 1987 en Guatemala, fue el inicio del fin del régimen totalitario impuesto por el FSLN en Nicaragua a raíz del derrocamiento de Somoza en 1979.

Luis Sánchez Sancho, quien fue miembro del Consejo Político de la Unión Nacional Opositora, recuerda que es a partir de la suscripción de estos acuerdos que Ortega reconoce por primera vez que el conflicto que vive Nicaragua es una guerra civil producto de la división de la sociedad nicaragüense en dos grandes bandos hostiles.

Ortega se compromete a abrir un período de reconciliación nacional y democratización, lo que da la pauta para que se inicie un largo y engorroso, pero benéfico proceso, que culmina con las elecciones del 25 de febrero de 1990.

“Fue un proceso relativamente largo (…); eso iba muy lento y en medio de muchas tensiones y regateo por parte del Frente Sandinista”, recuerda Sánchez Sancho.

Ortega convoca a la integración de una Comisión Nacional de Reconciliación, la que preside el cardenal Miguel Obando y Bravo. Sin embargo, advierte que él no tiene ningún interés en negociar con ningún partido por separado. Se inicia así un diálogo nacional con todas las fuerzas políticas.

ACEPTA RESPETO A LIBERTADES PÚBLICAS

En el contexto de las negociaciones el régimen sandinista adquiere el compromiso de permitir la libre expresión, que hasta el momento ha sido ultrajada.

Después de un período de negociaciones con Violeta Barrios, entonces directora de LA PRENSA, se llega al acuerdo de que este Diario volvería a circular sin ninguna restricción luego de estar censurado por adversar al régimen sandinista.

LA PRENSA vuelve a circular en 1988; y en agosto de 1989, los 14 partidos que conforman la UNO llegan a un acuerdo con Ortega y se logra anticipar las elecciones para el 25 de febrero de 1990, recortando así el período a Ortega por varios meses; éstas estaban previstas para finales del año.

No obstante, los sandinistas querían como contrapartida a su compromiso, que Estados Unidos obligara a los contras a cesar sus actividades.

Sánchez recuerda que el conflicto militar estaba consumiendo más del 50 por ciento del Presupuesto General de la República y ya había dejado unas 50 mil bajas en ambos bandos.

1990, AÑO DEL DELITO ELECTORAL

Sánchez narra que los sandinistas creían ciegamente que tenían la mayoría del respaldo popular; “con ese convencimiento de que van a ganar las elecciones, porque el pueblo los apoya es que cedieron para anticipar las elecciones y realizarlas el 25 de febrero”, recuerda.

En 1989, luego de intensas negociaciones, Ortega se compromete a realizar elecciones libres con supervisión internacional, apertura mediática libre, reducción de la función represiva de la Policía, y además el cese del reclutamiento para el Servicio Militar.

“Las elecciones de 1990 fueron elecciones de tigre suelto contra burro amarrado”, opina Antonio Lacayo, en relación con el control y abuso del partido en el poder sobre los bienes del Estado para la campaña electoral. “Si alguna vez ha habido delito electoral en Nicaragua fue en 1990”, sentenció.

Mientras el sandinismo gozaba de todas las libertades para su accionar, la UNO sólo dependía del Diario LA PRENSA y algunas radios, además de una pequeña apertura de 10 minutos al día en televisión. “Fue una campaña completamente desigual”, refiere Lacayo.

“DE VIDA O MUERTE”

A juicio de Lacayo, el resultado de las elecciones de 1990 era de vida o muerte para quienes adversaban al sandinismo. “O ganábamos o nos teníamos que hacer la idea de que este país se había perdido”, recordó.

Por otro lado, según Lacayo, el sandinismo aunque no pensaba perder, visualizaba una derrota como la pérdida del derecho a ser ciudadano. “Se imaginaban que con ellos pasaría lo que ellos le hicieron a los somocistas”, afirmó. “Ellos sintieron miedo, era una campaña de vida o muerte”.

TEMOR Y ESCEPTICISMO

El control del poder sandinista era tan fuerte que la población temía expresarse.

Sánchez Sancho recuerda que “la gente decía, ‘si ganamos no van a entregar el poder’” y describe que empezó una lucha por convencer a la gente que votara y asegurarles que si el FSLN perdía sería obligado a reconocer su derrota a través de la presión internacional.

En medio de este dilema se creó la “Vía Cívica”, un movimiento que trabajó en inducir a la gente a votar; “miles de jóvenes fueron casa por casa, bajo el riesgo de recibir amenazas, muchos eran sometidos a represalias, se detenía a los activistas, se vapuleaba en las manifestaciones”, asegura Sánchez. “Los ataques de las masas populares sandinistas eran incesantes”, añade.

EL PESADO SILENCIO

Las elecciones se desarrollaron en un ambiente sumamente tenso y difícil. Una vez conocidos los resultados favorables a la UNO, pese al triunfo, la incertidumbre con respecto a la reacción del FSLN ante su derrota se posó como una sombra sobre la coalición ganadora.

Según Sánchez, en las horas posteriores a las elecciones estaba prohibido revelar los resultados. Esta situación obligó a la UNO a rebotar la información, enviándola a Miami, Caracas y San José. “La noticia de los resultados se envía a estos tres lugares y de ahí viene a Nicaragua a través de las agencias internacionales de prensa”, aseguró.

Ortega se rehúsa a aceptar la derrota, el partido sandinista considera desconocer los resultados y declarar el estado de sitio, pero intervienen el ex presidente norteamericano Jimmy Carter, la Organización de Estados Americanos y las Naciones Unidas, y en la madrugada del 26 de febrero de 1990 convencen a Ortega y éste reconoce su derrota, sin embargo, Nicaragua se despierta en absoluto silencio.

“El silencio era una cosa verdaderamente impresionante”, describe Sánchez, “lo que da una idea de cómo era el estado de ánimo y de temor de la población”. Sánchez describe al régimen sandinista en ese momento como “una fiera herida de muerte y más peligrosa que cualquier otra”.

“TRANSICIÓN ALUCINANTE”

El período de transición comprendido entre el 25 de febrero, día de los comicios, y el 25 de abril, cuando Violeta Barrios asume la Presidencia, “fue alucinante”, afirma Sánchez. “En ese período se dictó un paquete de 45 leyes de lo que se llamó la piñata”, recuerda. “La Asamblea trabajaba día y noche”.

Sánchez menciona que en este período la población no reaccionaba, “daba la impresión de que la gente quedó extenuada con la elección y había una mezcla de sentimientos individuales y colectivos”.

Lacayo considera que el miedo no fue patrimonio de nadie. El temor estaba por todos lados. Tanto la población como el partido sandinista tuvieron miedo una vez que este último perdiera las elecciones, aunque el miedo de uno significaba la esperanza del otro.

“A raíz de que se supo que doña Violeta había ganado, los sandinistas también comenzaron a tener miedo, ellos creían que ella podía aprovechar su legitimidad para hacer un llamado a la Contra, que estaba ya metida en Nicaragua y muy descansada y bien alimentada, para hacerse del poder militar”, asegura.

De acuerdo con Lacayo, mientras los sandinistas tuvieron ese pavor, la población que había votado a favor de la UNO tenía el temor de que el sandinismo pudiera tomar acciones represivas.

El temor se fue disipando al ver la capacidad de diálogo y entendimiento entre representantes del nuevo gobierno y del gobierno saliente, previo a la toma de posesión. Fueron conversaciones de gran trascendencia que desembocaron en el protocolo de transición en marzo de 1990.

Y LLEGARON LAS ASONADAS

Los temores vuelven a aparecer cuando el sandinismo, un mes después de la asunción de Violeta Barrios de Chamorro, monta su primera asonada, en este momento la Resistencia Nicaragüense ha empezado a desmovilizarse, el temor de que el sandinismo derroque al Gobierno detiene la desmovilización de la Contra.

Lacayo califica este acontecimiento como un acto de infinita irresponsabilidad por parte de Daniel Ortega.

Después de varias asonadas que fueron superadas poco a poco, Nicaragua se fue encarrilando en la democracia. Comenzaron a surgir medios de comunicación de toda índole y de toda orientación política.

Lacayo destaca que las elecciones del 5 de noviembre pasado, contrario a las de 1990, no fueron vistas como de vida o muerte, cada quien tenía sus preferencias. Destacó que a raíz de conocerse los resultados de estas últimas, no hubo mayores manifestaciones de temor.

“Hay una convicción ciudadana muy arraigada. Existe la conciencia ciudadana de que aquí únicamente caben gobiernos, sean buenos o malos, pero dentro del sistema democrático”, señala el ex ministro. “Es un mérito de los últimos 16 años”, destaca.

Hoy todo transcurre en absoluta normalidad. Ahora a Ortega le toca demostrar que puede gobernar democráticamente y en paz.

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