Somocismo sin Somoza

La señora Rosario Murillo, hablando oficialmente a nombre del Gobierno de su marido, el presidente Daniel Ortega, dijo con respecto a las críticas públicas que se hicieron a la destrucción de la fuente musical que había en la Plaza de la República que “sólo aquellos que pertenecen al pasado somocista que enterró nuestro pueblo pueden […]

La señora Rosario Murillo, hablando oficialmente a nombre del Gobierno de su marido, el presidente Daniel Ortega, dijo con respecto a las críticas públicas que se hicieron a la destrucción de la fuente musical que había en la Plaza de la República que “sólo aquellos que pertenecen al pasado somocista que enterró nuestro pueblo pueden protestar, pero la Plaza de la Revolución volverá y se recuperará…”

Pero quienes han criticado la destrucción de dicha fuente son personas como, por ejemplo, el filósofo y académico doctor Alejandro Serrano Caldera, quien dijo al respecto que esto “evidencia la falta de madurez política (…) porque quien tiene el poder no es el dueño del país y los patrimonios no son bienes personales sino de toda la población”.

Inclusive un prominente militante sandinista, como es el Alcalde de Managua, Dionisio Marenco, opinó que la destrucción de la fuente era innecesaria pues bajo la misma lógica —de “recuperar” para el partido FSLN la Plaza de la Revolución— habría que derribar la Casa Presidencial.

Pero es muy significativo que doña Rosario califique como “somocistas” a los ciudadanos que en el ejercicio de su derecho a la libre expresión manifiesten su desacuerdo con una acción de gobierno que les parece arbitraria. Así que conviene recordar algunos rasgos descriptivos del somocismo.

Para distinguir entre un Estado somocista y otro democrático habría que responder a preguntas como las siguientes: ¿Quiénes son los líderes? ¿Cómo son escogidos? ¿Quién toma las decisiones? ¿En el interés de quién se toman las decisiones? ¿Cuál es el papel del individuo dentro del Estado?

Las respuestas, aplicadas al actual gobierno de Nicaragua, dejarían el siguiente resultado: los líderes del Gobierno (y del partido) son Daniel Ortega y su esposa, quien según el Presidente ejerce el 50 por ciento del poder. Ortega fue electo por voto minoritario del 38 por ciento de los electores, gracias al pacto con Arnoldo Alemán. Doña Rosario no fue electa para ejercer una copresidencia. Por lo tanto, ha sido impuesta arbitraria e inconstitucionalmente.

La “familia Ortega” ha creado una estructura de gobierno piramidal para tomar decisiones verticalmente. Pusieron a sus hijos al frente de los medios de comunicación partidarios para cubrir exclusivamente los eventos de la pareja presidencial y atacar a periodistas y medios independientes que critican y destapan ollas malolientes. Los intereses detrás de las decisiones gubernamentales son familiares y partidarios, pero más lo primero que lo segundo. El papel del ciudadano dentro del Estado es nulo. Los funcionarios que disienten son despedidos. Desde el partido, los Ortega controlan el Poder Legislativo, Judicial y Electoral, lo cual les garantiza un poder casi absoluto en todas las esferas de la política nicaragüense.

El somocismo hizo todo lo anterior y, además, compró la fidelidad de la Guardia Nacional, estimulando la corrupción de los altos mandos y garantizándoles impunidad por sus delitos. Los Somoza premiaban a sus fieles servidores con altos puestos en el gobierno y en el servicio exterior, al margen de su mala reputación y de la falta de capacidad para ejercer la diplomacia. ¿Se podría decir que cualquier similitud con algunos nombramientos diplomáticos del presidente Ortega es mera coincidencia?

La familia Somoza, además, canalizaba hacia sus bolsillos y sin ningún control legal, fondos de ayuda internacional como la que llegó para el terremoto de 1972. Asimismo, el somocismo reprimió e intentó destruir y arruinar a medios de comunicación que denunciaban estos abusos y arbitrariedades.

En La Vida del Lazarillo de Tormes y de sus Fortunas y Adversidades, novela picaresca española del siglo XVI, el Lazarillo cuenta que a causa de la viudez y de la pobreza de su madre, ella se juntó con un hombre moreno y de esta relación nació “un negrito muy bonito”. “Como el niño vía a mi madre y a mí blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: ‘¡Madre, coco!’” El autor concluye: “Yo, aunque bien mochacho… dije entre mí: ‘¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mesmos!”

Queremos decir con esto que somocistas no son los que ejercen su derecho a opinar y disentir, sino los que tratan de impedirlo.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: