¿Capitalismo salvaje o capitalista salvaje?

Ortega odia el “capitalismo salvaje”. También odia a Estados Unidos. Ama al comunista Fidel Castro, y al narcocomunista Nicolás Maduro. Pero son odios y amores que delatan su arcaica filosofía y, a la vez, su ignorante incoherencia.

En su reciente discurso, tapizado de muestras de senilidad mental, explicó a su embobalicada audiencia cómo el capitalismo “salvaje”, al utilizar robots, ha lanzado a la calle a millones de trabajadores. Para ilustrar que esa es una característica universal del sistema, se remontó a la revolución industrial inglesa, narrando como algunos obreros y artesanos quisieron destruir las máquinas que los desplazaban.

Los protagonistas de este incidente, conocidos como Luditas, no prevalecieron. Las máquinas, es cierto, acabaron con muchos empleos, pero el inmenso progreso en productividad que trajeron terminó creando muchísimos más. Esto no entró en el estrecho marco mental de Ortega, quien parece ignorar no solo el pasado sino el presente. Porque en Estados Unidos, con todo y robots, antes de la epidemia del coronavirus, y bajo la presidencia del capitalista presidente Trump, el desempleo había llegado a los niveles más bajos jamás registrados.

El socialista Nicolás Maduro, en cambio, había literalmente destruido millones de empleos y hambreado a su pueblo, a pesar de contar con las mayores reservas petroleras del mundo. Estos son hechos que ni Ortega ni las izquierdas autoritarias quieren reconocer: que, desde el siglo pasado hasta el presente, el sistema que más prosperidad ha creado es el capitalista y el que más pobreza ha multiplicado es el socialista. Tampoco quieren ver que Estados Unidos, el país más capitalista del mundo, es donde quieren vivir los millones de pobres que hay en América Latina. Ninguno quiere hacerlo en Cuba o Venezuela. ¿No debería ser este un argumento definitivo sobre cuál sistema es mejor?

La retórica anticapitalista de Ortega es, además, completamente incoherente. Porque tras su vuelta al poder en 2007 cortejó a la clase capitalista nacional. Y porque fue él quien comenzó a practicar el capitalismo salvaje. Pues, en realidad, puede hablarse de dos tipos de capitalismo: el auténtico, donde la libre competencia, en el marco de un estado de derecho con reglas parejas para todos, determina quienes ganan, y el espurio, salvaje o de compinches, donde se juega con los dados cargados de forma que los ganadores no son los mejores, sino quienes gozan del favor del estado.

Ortega construyó una especie de imperio capitalista producto no de la libre competencia, sino de la apropiación de fondos venezolanos y del enjambre de monopolios nicaragüenses que, bajo el paraguas de Albanisa, le aseguran millones y lo convierten en el capitalista salvaje más grande del país.

El autor es sociólogo e historiador, auto del libro En busca de la tierra prometida: Historia de Nicaragua 1492-2019.

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