Partido liberal a secas

Si bien es cierto que muchas de las taras políticas latinoamericanas tienen un origen atávico tras la Conquista de España, va siendo hora de dejar de echarle culpa de nuestras desgracias al colonizaje ibérico. Lo mismo ocurre con el chorro de baba del recetario de la izquierda de que el segundo culpable es el “imperialismo norteamericano”, lo cual tampoco es cierto: somos nosotros, del Río Bravo a la Patagonia los responsables de nuestras desgracias. Nicaragua encabeza ese lastre de penurias, y aunque suene incómodo, fuera de foco o iluso para algunos, una de las soluciones puede ser la aplicación de una doctrina liberal de sistema político, que nunca ha existido.

A estas alturas del debate, no existen fórmulas mágicas ni exóticas que deslumbren planes con políticas públicas bienechoras, ni sustratos mesiánicos que vengan con las manos llenas de respuestas y soluciones.

Aplicar políticas drásticas y éticas como Singapur, es una buena solución, imposible por ahora.

Lo otro, sería la apertura de nuevos gobiernos con una ideología que promueva valores clásicos del liberalismo, como la igualdad ante la ley, derecho a la propiedad privada como fuente de desarrollo e iniciativa individual, la fraternidad, elecciones transparentes, libertad de prensa y de expresión, democracia etc., que además férreamente combata la corrupción, el nepotismo, la dictadura, la dinastía y todo vicio de poder. Ese liberalismo, jamás los nicaragüenses lo hemos conocido, pues lo bueno que se hizo con una mano lo manchó la otra.

A menudo evito discutir con amigos —y otros no tanto— en redes sociales como Facebook, quienes apenas posteo un mensaje vinculado al liberalismo se me vienen encima con todo tipo de descalificativos, algunos hasta denigrantes, a lo cual estoy acostumbrado, pero hasta el día de hoy no he recibido una sola crítica con sentido de razón, lo cual es hasta justificable por las mismas razones expuestas.

Como dice el liberal Jaime Aguilera, el liberalismo, de estructurarse “cuenta con todos los recursos ideológicos, políticos y humanos para alcanzarlo”, lo que para el país es aplicable, incluyendo nuevas alianzas ideológicas y electorales.

El liderazgo efímero de Arnoldo Alemán o Eduardo Montealegre, junto a lo que escenificaron desde 1990 a la actualidad, está en escombros, agotado.

En la nueva forma de hacer política, en pleno apogeo del zoom y nuevas plataformas, es tiempo de abrirle la puerta a una nueva generación con sentido de nación. Sin caudillos ni apellidos y a secas, con un nuevo partido liberal en el poder, alternable y respetuoso, en una Nicaragua que sin trillados adjetivos ni canciones ni estribillos que la llaman libre sin serlo, lo sea de verdad, permeando una conciencia nacional.

El autor es poeta y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos.

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