Notas para turistas

“La Champagne, barco viejo. Algún turista argentino que lea estas líneas, habrá hecho quizá en él la travesía del Havre á Nueva York, ó viceversa, pues este vapor hacía el servicio en aquella línea.

Buque zarpando de Saint-Nazaire a inicios del siglo XIX, Rubén Darío a bordo de La Champagne, hace un recorrido de cómo era el comercio, la comida, sus gentes y costumbres en estos barcos. LA PRENSA/Reproducciones M.L.González.

Rubén Dario

“La Champagne, barco viejo. Algún turista argentino que lea estas líneas, habrá hecho quizá en él la travesía del Havre á Nueva York, ó viceversa, pues este vapor hacía el servicio en aquella línea.

La Compañía Générale Transatlantique á la que pertenece La Champagne, parece haber quedado rezagada en cuanto á la importancia de su flota. Hoy en día la mayor parte de los buques que viajan con su bandera en esta línea son viejos: viejos y no muy buenos. Y para incluirlos en el número de los grandes transatlánticos, á la par de colosos como el Lusitania, el Mauritania, ó el George Washington, ó cerca de los magníficos buques alemanes, sólo tiene esta compañía francesa el Provence, de la carrera de Nueva York.

Sin embargo, las crecientes necesidades del servicio y las cada vez mayores utilidades que rinde el tráfico de estas líneas transoceánicas, son buen acicate para empresas ricas. Y la Transatlantique, que lo es y que debe tener grata experiencia de los resultados de esta línea, se dispone á reforzar su flota, con dos nuevos grandes vapores: el Espagne y el France. Cuenta ya la compañía con los buques siguientes: La Provence, La Lorraine, La Savoir y La Touraine, que hacen la carrera Havre-Nueva York; y con La Champagne, La Navarre y algunos menores para el servicio, llamados postal, de las Antillas y Centro América.

Aunque no con la intensidad que la navegación hacia el Plata, el tráfico de viajeros, como el tráfico de cargas en esta línea de Méjico, ha aumentado enormemente de importancia en los últimos tiempos. Y aunque menos enconada que en otras, en ésta, también la competencia ha influido de modo decisivo en el mejoramiento y en el refinamiento de los servicios.

Los alemanes con sus espléndidos buques, verdaderos palacios flotantes, dotados de extremos de confort antes sólo instalados en los barcos que utilizaban los «milliardaires» norteamericanos, han impuesto las mejoras á los franceses. Y es de esperar que éstos, decididos á modernizar sus buques y á aumentar su flota, lo hagan con esplendidez, sin regateos, sin mezquindad. Porque el pasajero acomodado que viaja por estas líneas, sabe ya lo que tiene derecho á exigir á las compañías. Y de las comparaciones entre «el alemán» y «el francés», eterno tema de conversación en el puente, casi nunca sale airoso el último.

Desde luego la fiebre norteamericana por visitar Europa, es cada día mayor en la América latina. No son ya solos los argentinos los que multiplican sus paseos al viejo continente. El pasaje, numerosísimo, de la cámara de La Champagne es, casi en su totalidad, mejicano. Familias que aprovechan las vacaciones del jefe de ella para recorrer los países en que tuvieron su origen; mejicanos radicados en Europa que van á visitar parientes que residen en la patria; estudiantes que regresan de colegios europeos; grandes comerciantes que terminan sus anuales excursiones después de formalizar sus compras de exportación. Y es interesante observar cuáles son las impresiones que de la civilización del viejo continente llevan tan diferentes viajeros.

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Crónica publicada en La Nación, el 21 de octubre de 1910, pág. 8. Firma: RUBÉN DARÍO. “El barco La Champagne saldrá de Saint-Nazaire con destino a Veracruz, haciendo escala en La Habana.

El barco lleva anclas a las tres y media de la tarde del 21 de agosto, precisamente el día en que el doctor José Madriz entrega la presidencia de Nicaragua a José Dolores Estrada, hermano del traidor Juan J. Estrada, por acuerdo de éste, que ya está en marcha hacia Managua”. (Torres, La dramática vida de Rubén Darío, p. 689).

Crónica facilitada por Günther Schmigalle, especialista en la vida y obra de Rubén Darío.

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Como en toda la juventud de nuestra América, nótase en los jóvenes mejicanos con quienes me hallo ahora en contacto, la influencia de la educación sajona ó de la francesa. Ante todo, como cualidad distintiva, caracteriza á estos amables y afectuosos compañeros de viaje, la cordialidad, la amabilidad que encuentro invariablemente en todos los correctos caballeros mejicanos á quienes he tenido aquí ocasión de tratar. Si se examinaran, dado que estén hechas, las estadísticas del movimiento del turismo mejicano, se patentizaría la actividad de los viajeros de esa nación. La colectividad mejicana de París ha de ser, con la argentina y la cubana, de las más importantes de la ciudad-luz.

Pero además, es notable, y muy de alabar, el espíritu y la dirección que imprimen estos turistas á sus excursiones. No las limitan á visitar cuatro ó cinco grandes ciudades europeas. Recorren sabios itinerarios trazados con independencia de los «Baedecker» y buscan en sus paseos por la vieja Europa algo más hondo y una impresión más intensa y perdurable que las que dejan las volanderas permanencias en las ciudades de placer. Vienen, por ejemplo, en La Champagne, familias mejicanas que regresan de una detenida visita á los Santos Lugares.

Hay, además de este pasaje, el pasaje de tercera: los emigrantes. Españoles todos. Castellanos, andaluces y gallegos en su mayoría, que van á Cuba. Unos, pocos, á contratarse por una temporada en las faenas agrícolas de los ingenios de la bella isla. La mayor parte á radicar allí, á luchar por la vida, á buscar bajo otro cielo el pan que el suelo patrio no les produce. Y para el viajero que recuerde el creciente y enorme caudal emigratorio que de los puertos españoles fluye incesante hacia Buenos Aires, hay aquí diferencias notables que anotar.

Rubén Darío  sale del puerto Saint-Nazaire, Francia, Sep. 1910. LA PRENSA/REPRODUCCIONES M. L. GONZÁLEZ

Desde luego, este puñado de hombres y muchachos – casi ninguna mujer – no se aproxima á la enorme muchedumbre de emigrantes que en las proas de los buques que parten de España, se hacinan, se amontonan resignados á todas las molestias, á todos los padecimientos de la travesía, siguiendo con la vista anhelante el rumbo que hace el barco hacia la Argentina. No veo aquí esas familias castellanas ó andaluzas que trasladan su hogar de una á otra ribera del Atlántico; ni las tropas de niños que dan la nota ruidosa y pintoresca á los rebaños de miseria que el hambre arroja de Europa en demanda de la rica y maternal América. Verdad, también, que al llegar á la deseada tierra, las leyes norteamericanas en vigor en Cuba, no los recibirán con la amplia acogida que reciben los emigrantes al llegar á Buenos Aires. Y después, que entre una y otra emigración hay su diferencia.

La biblioteca de La Champagne tiene cerca de 500 volúmenes. De ellos, una cincuentena pertenecen á la «librería española», como titula el catálogo á la sección de obras en castellano. Y verdaderamente que al recorrer la lista de libros que la compañía pone á disposición del pasaje, no he podido menos de hallar extraordinario que no figura un solo autor mejicano entre los que aparecen en el catálogo.

Yo no sé si quien se encargó de formar esta biblioteca, conocería mucho ó nada el grado de ilustración y el gusto de los viajeros habituales de esta línea que tantos años hace une Méjico con Europa. Pero parece digno de notarse que una colección de obras destinada al solaz de lectores mejicanos, no cuente en sus estantes un libro de autores nacionales. En cambio, es cierto, es copiosa la representación francesa. Desde Víctor Hugo, del que hay diez ó doce obras, hasta Edmond Rostand, del que no encuentro más que una – La Samaritaine – pasando por Coppée y Richepin, se encuentra una buena serie de libros poéticos, buenos para leer en las tediosas horas de esta larga travesía. Balzac, viene en primer término, y Paul Bourget y Alfonso Daudet y Dumas; Pierre Loti, Mael , G. Ohuet [sic] y Theuriet, están en seguida, con gran copia de novelas que, según me informan son las que tienen la preferencia de los lectores. Hay aún multitud de autores franceses cuyas obras, más ó menos decorativas, ornan y llenan los estantes del nada fastuoso salón de lectura. Y en la mencionada sección castellana, ó «librería española», figuran entre los autores españoles: Pereda, Campoamor, Alas (Clarín), Castelar, Espronceda, López Silva, Núñez de Arce – Galdós no tiene sino un libro: «Marianela». Salvador Rueda, dos. Hay también un ejemplar, casi virgen de lecturas, del «Quijote»; otro de toros – ¿Cómo no? – y varios volúmenes más.

Fuera mucho de desear que el encargado de esta biblioteca tuviese algo más en cuenta la nacionalidad de la inmensa mayoría de sus lectores. Hay buen número de obras de literatos mejicanos que ocuparían lugar y serían leídos con más agrado que muchas de las novelitas de autores franceses de quinto orden que llenan el catálogo con sus títulos en «argot» parisiense, del que, naturalmente, nada dicen los diccionarios de bolsillo españoles-franceses”.

Puerto de Saint-Nazaire, en Francia,  donde una vez embarcó Rubén Darío hacia América, una de sus crónicas recrea cómo era viajar en aquellos navíos.
LA PRENSA/Reproducciones M.L.González.

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