Cáncer en las parroquias

La parroquia, “ese trust católico espiritual” como la llaman con grosería algunos pensadores postmodernos, está siendo perforada por lobos con piel de oveja, que en las primeras bancas del templo examinan rigurosamente a los presbíteros, y casi escanean a los parroquianos, no para encontrar dones y frutos espirituales, sino para seleccionarlos como posibles asociados a sus grupos de control. O como la vieja Inquisición, iniciar la hoguera que consumirá lentamente, a todos aquellos apóstatas de un evangelio muy particular, cuyo mandamiento principal diría: “Amarás exclusivamente al prójimo que se arrodilla delante de ti”.

Franklin Bordas Lowery

La parroquia, “ese trust católico espiritual” como la llaman con grosería algunos pensadores postmodernos, está siendo perforada por lobos con piel de oveja, que en las primeras bancas del templo examinan rigurosamente a los presbíteros, y casi escanean a los parroquianos, no para encontrar dones y frutos espirituales, sino para seleccionarlos como posibles asociados a sus grupos de control. O como la vieja Inquisición, iniciar la hoguera que consumirá lentamente, a todos aquellos apóstatas de un evangelio muy particular, cuyo mandamiento principal diría: “Amarás exclusivamente al prójimo que se arrodilla delante de ti”.

Se dice que todos quisiéramos tener súbditos, discípulos, apóstoles, esclavos, fans, en pocas palabras “adoradores”. El ser humano en la elaboración de una lista de sus necesidades más fundamentales podría registrar “vanagloria”, como la número uno. Poder y grandeza, son aspiraciones que en dosis pequeñas permanecen somnolientas en el corazón humano, pero sus caricias sin rienda, apuntan a borrar a Cristo, y poner sus apellidos en los templos donde se asientan.

¿Existe un poder natural en las iglesias, además del poder del Espíritu Santo, que algunos se obsesionan por tener? Diríamos que sí. En las congregaciones hay de todo, la Iglesia es inclusiva. Dentro, además de la espiritualidad que se busca, bullen otros asuntos y sus amigables operadores, como los negocios, la política, la justicia, la investigación, la comunicación entre otros.

Con ese espectro de corazones que asisten a los templos, puede esperarse cualquier cosa. Si el párroco no es un adlátere de los seglares que gobiernan de forma casi invisible las cosas de la parroquia, necesita ser “separado”. Muchas veces el párroco ni siquiera sabe a ciencia cierta cuánto dinero mueven estos grupos parroquiales, de quienes recibe solo pequeñas contribuciones y cero cuentas.

En las parroquias la destitución del párroco, porque no es santo de la devoción de alguna comunidad o grupos de personas que lideran la parroquia, va desde cartas al arzobispo, a la orden a la que pertenece el presbítero, cartas al Vaticano con firmas falsas, acusaciones de homosexualidad, de acoso a menores, de affaire romántico con alguna parroquiana, robo, malversación de fondos, pereza, borrachera. Calumnias de las que se llenan los juzgados, ahora en las parroquias.

La gente que busca algo más que la paz en las parroquias es difícil de detectar. Y más aún trabajando desde las sombras, sin nombre sin apellido, con ingeniosas estratagemas desde plataformas de internet, a base de emails que como virus carcomen el corazón de los destinatarios y llenan de dolor las mentiras para destruir, ya sea a un presbítero o a un laico comprometido.

La Iglesia católica particularmente debe mantener sus ojos abiertos sobre quiénes son los colaboradores económicos “desinteresados” en sus parroquias. Los que ayudan, muchas veces tienen la falsa creencia, que han comprado la parroquia, que los templos y hasta los feligreses les pertenecen, y es un cáncer que va carcomiendo todos los buenos esfuerzos que se hacen. Un pensamiento del clérigo y escritor Robert Burton dice: “Allí donde Dios tiene un templo, el diablo suele levantar una capilla”. El autor es escritor.

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