Admiración hipertrófica a Gabo

Hay una tendencia periodística que alimenta una inapelable admiración ciega por los famosos y que alcanza su mayor intensidad cuando fallecen. Menos mal que García Márquez no murió el propio Viernes Santo, porque si no se hubiera desatado una cursilería que hubiera puesto al autor a caminar sobre las aguas acompañado del Redentor.

Hay una tendencia periodística que alimenta una inapelable admiración ciega por los famosos y que alcanza su mayor intensidad cuando fallecen. Menos mal que García Márquez no murió el propio Viernes Santo, porque si no se hubiera desatado una cursilería que hubiera puesto al autor a caminar sobre las aguas acompañado del Redentor.

Este vehemente culto totémico por el genio y por aquellos que no lo fueron tanto —como Hugo Chávez— es negativo, porque devuelve el pensamiento crítico a la Edad de Piedra. No solo sucede en las artes, sino también en política y en la cultura popular. Casualmente ahí mismo donde murió recientemente el escritor colombiano, hay un ejemplo simple, Luis Miguel, es un buen cantante, pero realmente ¿es el sol de México? ¿Tan pequeño es ese país?

Gabo es un peso pesado de la literatura. Más allá de fútiles calistenias intelectuales como el ensayo de la “novela total”, la genealogía de los Buendía o cualquier otra forma de taxonomía bibliográfica académica, leerlo es un placer. Hay que parar para disfrutar de la hilaridad y de la dulce fantasía de su narración. Las aventuras entre José Arcadio Buendía y Melquíades o la saga amorosa de Florentino Ariza son inolvidables y universales. Pero el colombiano no podía convertir el agua en vino y no todo lo que escribía era deslumbrante y entretenido.

Tampoco “alcanzó a pellizcar tan profundamente la piel” del idioma como Rubén Darío. Hay que tener cuidado al compararlo con Cervantes, a quien después de 400 años se sigue considerando arquitecto de nuestra lengua y creador del arquetipo de la novela moderna. Un hecho que ayuda a ver que esta comparación es precipitada, es que El Quijote es una de las obras más traducidas y editadas en todo el mundo después de la Biblia.

Además, el “realismo mágico” es una frase rebuscada traducida al español, acuñada por un crítico alemán a una pintura que no hallaba cómo ponerle. Es ficción, el material de todo buen escritor. Que un niño llore dentro del vientre materno como en Cien años de soledad , es un hecho tan mágico como la metamorfosis de Gregorio Samsa en la obra de Kafka o los terribles poderes telequinéticos de Carrie de Stephen King.

Aunque alguien se lo propusiera, sería imposible rebajar la portentosa estatura literaria de García Márquez, pero la misma idolatría pagana a su figura hizo que en vida su sombra napoleónica cubriera por entero la literatura de Colombia, ojalá que después de su muerte, este defecto no se traslade a todo el subcontinente.

Gabo, igual que Neruda y Saramago, rindió pleitesía al dogma comunista y por esa inquebrantable sumisión dogmática nunca reclamó para Cuba, algo sin lo cual él mismo jamás hubiera podido ganar el Nobel: La libertad de expresión. Es triste ver a los intelectuales de “izquierda”, reconocidos talentos, palear concreto sobre el pedestal de un tirano como Fidel Castro o callar los crímenes de las dictaduras “socialistas”.

Antonio Muñoz Molina ha hecho una observación certera de la conducta paradójica y cómplice de estos intelectuales que gozan de todos los privilegios de la libertad que los cubanos no tienen, que son muy críticos contra el poder en los países democráticos, pero toda su rebeldía la convierten en reverencia frente al poder absoluto: “Cultivan una solidaridad abnegada, casi heroica, pero solo con los verdugos, nunca con las víctimas, y tienen el corazón de hielo para los perseguidos que no se ajustan a su ortodoxia”. El autor es psicólogo.

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