La fiesta de Pentecostés

Este domingo se celebra la solemnidad de Pentecostés, fiesta litúrgica por el que la Iglesia conmemora dos acontecimientos: La venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, junto con María, la Madre del Señor, en forma de lenguas como de fuego (cf. Hch 2, 1-4) y el nacimiento de la Iglesia. El magisterio de la Iglesia nos dice que: “El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza” (Catecismo de la Iglesia católica, 245), tiene la misión de completar la obra de salvación iniciada por Jesucristo en su misterio Pascual y es, a la vez, revelación en plenitud del misterio de la Santa Trinidad (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 244). Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de una ley que ya no está grabada en la piedra, sino en el Espíritu y la libertad.

pbro. herling hernández

Este domingo se celebra la solemnidad de Pentecostés, fiesta litúrgica por el que la Iglesia conmemora dos acontecimientos: La venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles en el Cenáculo de Jerusalén, junto con María, la Madre del Señor, en forma de lenguas como de fuego (cf. Hch 2, 1-4) y el nacimiento de la Iglesia. El magisterio de la Iglesia nos dice que: “El Espíritu Santo, que es la tercera persona de la Trinidad, es Dios, uno e igual al Padre y al Hijo, de la misma sustancia y también de la misma naturaleza” (Catecismo de la Iglesia católica, 245), tiene la misión de completar la obra de salvación iniciada por Jesucristo en su misterio Pascual y es, a la vez, revelación en plenitud del misterio de la Santa Trinidad (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 244). Pentecostés se presenta, pues, a los primeros cristianos como la inauguración de la alianza nueva y la promulgación de una ley que ya no está grabada en la piedra, sino en el Espíritu y la libertad.

El evangelio de San Juan 20, 19-23, que se proclama en la liturgia de este Domingo de Pentecostés, está centrado en el Espíritu como don pascual de Cristo resucitado. De este don de su resurrección, el creyente vive una relación muy particular con Dios, una relación que es fruto de la victoria de Cristo sobre la muerte y plenitud del amor del Padre, que se transforma en filiación divina para el discípulo. Por este don, los creyentes se unen de manera especial a la acción del Espíritu para testimoniar con valentía la fe recibida y el mandamiento del amor. Por eso es la fiesta de la Iglesia, porque en Pentecostés la Iglesia se constituye “en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano y, a la vez, se revela a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal” (Lumen Gentium, 1), en la confesión de una sola fe (cf. Gal 4, 5).

De esta filiación divina, el Espíritu Santo, hace testigo al cristiano del amor del Padre, que le capacita para dar testimonio del amor que el Padre nos ha tenido por medio de su Hijo Jesucristo. El Concilio Vaticano II no recuerda que “el Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo, y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos” (Lumen Gentium, 4). La comunidad de los creyentes, que es la Iglesia, se caracteriza por poseer el Espíritu de Jesús y del Padre. En razón de este Espíritu la nueva comunidad encarna la oferta de gracia de Dios a los hombres, es como que Jesús, en sus últimas palabras le dijera, a partir de ahora, ustedes, son los responsables de la oferta de mi Padre a todos los hombres, de ustedes depende esta oferta.

El cristiano, viviendo en intima unión con Cristo y la Iglesia, por medio de los sacramentos, la meditación de la Palabra de Dios y la oración, debe sentirse comprometido de ser portador de un anuncio que es vida para todos los hombres, siendo testigo personal de que el Espíritu Santo habita en él y lo impulsa, mediante su fuerza interior, a dar testimonio de su fe, incluso con la entrega de su propia vida, para eso debemos ser, como nos recuerda el papa Francisco, evangelizadores con Espíritu, es decir, con una decidida confianza en el Espíritu Santo.

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