Luis Adolfo Medal Mendieta

El porqué fracasan las naciones

En su magnífico libro titulado: Why the Nations Fail?, los académicos James Robinson y Daron Acemeglh llegaron después de quince años de investigaciones a una serie de conclusiones, de sumo interés para entender las causas profundas del desarrollo de las naciones con democracias avanzadas y el fracaso de las naciones con instituciones económicas excluyentes y sistemas políticos excluyentes y autoritarios. Sus tesis principales son las siguientes:

Las naciones fracasan por la naturaleza extractiva de sus instituciones. Dichas instituciones mantienen pobres a los países pobres e impiden su desarrollo. Lo anterior sucede en países como Zimbabue y Sierra Leona en África; Egipto (con todo y Canal), Siria e Irak en el Medio Oriente; Corea del Norte y Uzbekistán en Asia; Haití, Nicaragua y Honduras en América; para citar algunos ejemplos. Las naciones que fracasan tienen climas, razas, lenguas, historias y culturas muy diferentes. Comparten, sin embargo, algo en común: la naturaleza extractiva de sus instituciones. Estas instituciones han sido diseñadas por sus élites para enriquecerse y perpetuarse en el poder a costa de las grandes mayorías de sus sociedades.

Por otra parte, las naciones que prosperan son aquellas que desarrollaron instituciones políticas inclusivas que permitieron el desarrollo de instituciones económicas también inclusivas: Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Australia, Suecia, Noruega, etc. En América Latina, Costa Rica, Chile y Uruguay, han logrado construir instituciones democráticas e iniciado el camino del desarrollo.

Hasta el inicio de las democracias modernas casi solo había instituciones extractivas, sin embargo, cierto grado de inclusividad de las instituciones políticas permitió un cierto grado de desarrollo económico. Se han encontrado pruebas arqueológicas que demuestran que la fase de desarrollo del imperio romano tuvo lugar en sus siglos de república, y que el decaimiento se inició al convertirse en imperio con instituciones autoritarias y excluyentes. Igual sucedió con la República Veneciana, se desarrolló con la institución inclusiva de la “comanda” y declinó con la institución excluyente de la “serrata”.

El desarrollo económico moderno es hijo de la revolución industrial que se inició en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, sin embargo, la revolución industrial y el desarrollo de Inglaterra solo fue posible por la revolución democrática anterior, “The Glorious Revolution” de 1688, que inició en firme el régimen parlamentario inglés y el inicio de sus instituciones democráticas. Posteriormente los Estados Unidos y Europa occidental, entre otros países, lograron desarrollarse industrializándose después de haber logrado construir instituciones incluyentes.

Sin instituciones políticas y económicas inclusivas el desarrollo no es sostenible. Ejemplo de esto fue que el gran desarrollo que tuvo la Unión Soviética por varias décadas (1925-1960) no fue sostenible por el carácter extractivo y excluyente de su sistema político. Aunque puede haber —durante un tiempo— crecimiento económico bajo regímenes dictatoriales, este no es sostenible a menos que cambien a sistemas incluyentes e inclusivos, es decir a regímenes democráticos. Es predecible que China en el siglo XXI, igual que la URSS en el siglo XX, detendrá su ritmo de crecimiento a menos que cambie su sistema político.

La solución para los países subdesarrollados estriba en transformar primero sus instituciones autoritarias y excluyentes. No es fácil, pero no es imposible. Hay que pasar del círculo vicioso de dichas instituciones y entrar en el círculo virtuoso de las instituciones democráticas modernas. La otra opción sería condenar a estos países al subdesarrollo y la pobreza permanente.

Y para poder construir instituciones políticas y económicas incluyentes, se requiere el llevar a cabo cambios estructurales profundos —verdaderas revoluciones— en los sistemas, políticos, productivos y educativos de los países que quieren salir de la pobreza y el subdesarrollo. La historia de los países desarrollados así lo demuestra. El autor es ingeniero e Historiador

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