La semilla de Velkis

Una noche antes de su muerte, su madre la vio llorar. Velkis Muñoz estaba sentada en la cama de su hijo y en silencio acariciaba el pelo y las manos del niño dormido. Doña Isabel Hernández supuso que las lágrimas se debían a que, por causa del trabajo, estaban pasando menos tiempo juntos, y se quedó callada. “Si le hubiera preguntado por qué lloraba, tal vez ella me habría dicho lo que estaba sucediendo”, dice ahora, evocando cada palabra pronunciada por Velkis en aquella ocasión. Una parte de ella se quedó en ese 19 de octubre, la última vez que vio viva a su hija.

Velkis Isabel Muñoz Hernández, 25 años (q.e.p.d.)

Por Amalia del Cid

Una noche antes de su muerte, su madre la vio llorar. Velkis Muñoz estaba sentada en la cama de su hijo y en silencio acariciaba el pelo y las manos del niño dormido. Doña Isabel Hernández supuso que las lágrimas se debían a que, por causa del trabajo, estaban pasando menos tiempo juntos, y se quedó callada. “Si le hubiera preguntado por qué lloraba, tal vez ella me habría dicho lo que estaba sucediendo”, dice ahora, evocando cada palabra pronunciada por Velkis en aquella ocasión. Una parte de ella se quedó en ese 19 de octubre, la última vez que vio viva a su hija.

Velkis tenía 25 años cuando la mataron, cumpliría los 26 en dos semanas y estaba contenta porque en dos días entraría a la planilla de la Cervecería Toña, donde había laborado seis meses por contrato. “¡Alégrese, mami. Si Dios quiere el lunes ya voy de planta y si me quedo téngalo por seguro que la vida le va a cambiar a usted también”, le dijo a doña Isabel ese viernes, en vísperas del crimen. Decir “contenta” es poco. Estaba feliz.

Ella siempre lograba lo que se proponía, cuenta su mamá. Y era obstinada y persistente incluso cuando nadie más creía que lograría sus metas. Como cuando tenía cinco años y sembró una semilla de mango rosa. Doña Isabel pensaba que “el palo no iba a pegar”, porque apenas era un tímido brote asomándose en el patio desierto de la casa. Velkis, sin embargo, lo regó todos los días, en verano e invierno, y aunque lloviera. “Hija, pero si llovió, ¿para qué lo regás?”, preguntaba su madre. Y ella replicaba: “Quiero que dé mangos”, y lo seguía regando.

“Así era mi hija. Así era. De niña fue gordita, inquieta, un conejito para saltar”, recuerda doña Isabel. Tiene una forma extraña de hablar de su hija. Narra, por ejemplo, los últimos días de Velkis, y los ojos se le ponen aguados y parece que va a romper en llanto, pero se queda a medio sollozo y en lugar de llorar, sonríe. Entonces dice: “Era una muchacha excelente… Todas sus aspiraciones, todos sus sueños se los truncaron”.

Su vida

La joven nació en el hospital Bertha Calderón, al mediodía del martes 4 de noviembre de 1986. Fue la tercera de los seis hijos de Isabel Hernández, empleada doméstica, y Francisco Muñoz, vendedor ambulante de bolsas plásticas en el mercado Oriental. Estudió la primaria y la secundaria en el colegio de la colonia 14 de Septiembre, en Managua. Y según su famila, jamás obtuvo un rojo.

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En febrero de 2013 los victimarios de Velkis Isabel Muñoz Hernández recibieron una sentencia de 20 años por el delito de femicidio y un año por portación ilegal de armas. Los condenados fueron Kennet Muñoz Palma, expareja de la joven; Oscar Martínez Lezama, quien participó en el crimen y vendió el arma que se usó, y Rodolfo Cubillo Sánchez, quien jaló el gatillo. Cumplen la pena en Tipitapa y saldrán libres en octubre de 2033.

El hijo de Velkis tiene 6 años de edad y aún no termina de aceptar que su mamá ya no está. Habla como si ella estuviera viva. Su abuela, doña Isabel Hernández, es empleada doméstica y está esforzándose para matricularlo en un colegio privado, “uno que no sea tan caro”, para cumplir ese sueño de su hija.

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Luego presentó el examen de admisión en el Recinto Universitario Pedro Arauz Palacios (Rupap) y logró graduarse como ingeniera industrial. De sus hijos, exceptuando al menor, “es la única que se preparó”, señala doña Isabel.

En sus años de estudiante, Velkis jugó futbol con el equipo de la universidad y gracias a ello tenía una beca deportiva. Pero no era suficiente, porque para entonces ya había nacido su hijo. Así que la muchacha se “montaba un salbeque al hombro”, casi más grande que ella, y se iba a vender controles, antenas, baterías, cargadores y bujías a los mercados Oriental, Roberto Huembes e Iván Montenegro. Y así lo siguió haciendo, en su tiempo libre, hasta el final de sus días.

Cuando comenzó a trabajar en la cervecería los turnos le impidieron estar con su hijo con la habitual frecuencia. Su entrada a la empresa también marcó el inicio del fin de su relación con el papá del niño, Kennet Muñoz Palma, quien trabajaba como vendedor de controles remotos en un tramo del Oriental. Doña Isabel cuenta que “él mucho la celaba”, dormía “con un cuchillo debajo de la almohada” y que “cuando se dio cuenta de que ella iba a trabajar, mucho peleaba y le decía que se quedara vendiendo en el mercado, que ahí se ganaba más”.

En una ocasión, cuando ya estaban separados, fue a buscarla a la casa de doña Isabel y le dio dos puñetazos; pero ella “pensando en su hijo”, decidió no denunciarlo.

Fue él quien la mató, aunque no lo hizo personalmente. Contrató a dos sicarios para que cometieran el crimen. Más tarde la Policía concluiría en que el hombre le quitó la vida porque “no se resistía a perderla” ni a ver que “ella iniciaba una nueva relación sentimental con un compañero de trabajo”.

Tres meses de horror

Velkis conoció a Kennet en Matagalpa, cuando ella cursaba el quinto año de secundaria y estudiaba matemáticas con un tío que reside en esa ciudad, preparándose para el examen de admisión. Al entrar a la universidad, se fue a vivir con él. La relación duró unos seis años y terminó tres meses antes de la muerte de la joven.

El sábado 20 de octubre de 2012, alrededor de las 4:40 de la mañana, Velkis salió del cuartito que alquilaba y tomó un callejón para salir al camino donde la esperaba el recorrido de la empresa. En ese trayecto tres hombres la emboscaron. Uno de ellos era Kennet; los otros eran los matones que hicieron el “trabajo” a cambio de 3,000 córdobas, cada uno. Le taparon la boca y le quitaron el bolsito en que guardaba sus dos celulares. Después la hicieron hincarse y uno de los sicarios le disparó en la cabeza.

La noche de la vela, su familia se enteró de todo lo que ella había callado. En los tres meses que antecedieron al crimen, Velkis fue víctima de agresiones y persecución. El hombre le pagaba a un taxista para que la siguiera y a veces la llamaba para decirle cosas como: “Sé que te estás comiendo un nacatamal en la Nicarao”. Cuando la encontraba en la calle le jalaba el pelo y a todas horas la acosaba con mensajes de texto y amenazas de muerte. Una amiga de la joven se lo contó a doña Isabel cuando su hija ya estaba muerta.

Hoy solo quedan recuerdos. Como que Velkis era morena, tenía el pelo largo y liso y los labios gruesos; le gustaban los espaguetis y las sopas y a su edad todavía miraba Candy Candy. Se tiraba en el sofá, les caía a abrazos a sus hermanas, Erika y Jessica, y se ponía a ver programas sobre mujeres que sufrían violencia y eran víctimas de asesinato. Eso hizo la última noche que su mamá la vio, horas antes de su propia muerte.

En su memoria, Doña Isabel puede ver a su hija diciéndole adiós con la mano, desde la caponera en que se fue a su cuarto. “Estaba ‘garubando’ y le pedí que se quedara”, cuenta, “pero ella me dijo: ‘No mami, tengo trabajo pendiente, va a ver que mañana sí me quedo’”. Después dirige su mirada cansada hacia el frondoso árbol que hay en el patio delantero de la casa, y suspira: “Pero ella lo vio dar mangos”.

De izquierda a derecha, las hermanas de Velkis, Jessica y Erika, y su mamá, doña Isabel Hernández, de 48 años.

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