Perdonar es saludable

Veo en el camino de la vida a muchas personas que viven resentidas con quienes conviven porque les han causado una herida, un resentimiento o una decepción...

SACERDOTE OSCAR CHAVARRIA

Veo en el camino de la vida a muchas personas que viven resentidas con quienes conviven porque les han causado una herida, un resentimiento o una decepción…

Y yo cuestiono como Pedro: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas? ¿Hasta siete veces?” (Mt 18,21). ¿Que sería lo lógico ya que todo tiene un límite? Jesús nos responde de uno modo inesperado y sorprendente: “No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,22).

Lo que Jesús quiso decir es que debemos perdonar “siempre”, sin poner límites. El perdón no debe ser “excepción, o favor que hacemos a alguien”, sino un modo habitual de vida. Es por eso que cuando rezamos el Padre Nuestro decimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Lc 11,4). Y la Palabra dice: “Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial los perdonará a ustedes; pero si no perdonan, tampoco el Padre perdonará sus ofensas” (Mt. 6, 14-15).

Pocas cosas cuestan más que perdonar. Y es porque se tiene una idea equivocada del perdón. El primer error consiste creer que cuando uno perdona, le hace un favor al “enemigo”. En realidad, cuando uno perdona, se hace el favor a uno mismo. Cuando guardamos un resentimiento hacia otra persona, nosotros somos los únicos perjudicados, porque sufrimos, nos lastimamos y nos causamos daño. Pasamos noches sin dormir, masticando odios, envenenando nuestra mente y atormentándonos con ideas de venganzas, mientras nuestro enemigo está en paz y ¡ni se entera!

Equivocadamente, solemos creer que el que perdona pierde. En realidad el que perdona gana. Perdonar es quitarse uno mismo una espina que envenena. El odio causa mayor daño a quien lo tiene que a quien se le da. El que se niega a perdonar sufre mucho más que al que se le niega el perdón. Cuando uno odia al enemigo, pasa a depender de él. Aunque no quiera, se ata a él; queda sujeto a la tortura del recuerdo, y al suplicio de su presencia. Le otorga poder para perturbar su sueño, salud entera, y a convertir toda su vida en un infierno. En cambio cuando perdona, rompe los lazos que lo ataban al otro, se libera y deja de padecer. Cuando Jesús pidió que perdonásemos, lo dijo pensando en el beneficio de cada uno de nosotros y no en el del otro.

La segunda idea errónea que tenemos del perdón, es creer que perdonar significa justificar. Que si uno perdona, es porque “comprende” la actitud del otro, la minimiza. Que perdonar es, en el fondo, una manera de decir “aquí no ha pasado nada”. Y …¡no es así! A veces es muy serio lo que ha pasado entre dos y, si a pesar de ello, se perdona, no significa que se cierran los ojos ante la evidencia, ni que es indiferente al mal que se ha producido.

Cuando a Jesús le presentaron una mujer sorprendida en pleno adulterio, Jesús la perdonó. Pero no justificó su mala conducta, ni le dijo que estaba bien lo hecho. Al contrario; despidió aconsejándole: “Vete, y de ahora en adelante no peques más” (Jn 8,3-11). Con esto el Señor reconoció la gravedad del pecado cometido por ella.

Cuando uno perdona, no es ignorar que el otro ha obrado mal, o no ha cometido un hecho más o menos grave sino que, a pesar de todo, perdonamos para preservar la salud y bienestar interior. Perdonar no es “disculpar”, ni liberar de culpa al otro. ¡No! Aunque este sea culpable, uno debe perdonarlo, porque así nos liberamos de un sentimiento de frustración y tristeza que puede intoxicarnos. Perdonar ofensas, agravios e insultos no es minimizar la diferencia entre el bien y el mal, ni convertirse en cómplice del injusto, sino es asumir una higiénica actitud de vida, que produce largos efectos benéficos y saludables.

Te invito pues hoy, con la ayuda de Dios a perdonar.

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