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con las instalaciones tomadas y nuestro gerente general Juan Lorenzo Holmann detenido.

El padre salesiano Rafael María Fabretto Michelly, en una foto de 1985, cinco años antes de su muerte.

El santo que transformó a un pueblo

Un coro de niños canta en una iglesia. “Di ay da rataplán, traía un ramo de flores… Di ay da rataplán, traía un ramo de flores…” Una alegre guitarra los acompaña. La mayoría de los rostros son indígenas entre uno que otro mestizo. Es la iglesia de San José de Cusmapa, un pueblito a 250 kilómetros al norte de Managua.

Un coro de niños canta en una iglesia. “Di ay da rataplán, traía un ramo de flores… Di ay da rataplán, traía un ramo de flores…” Una alegre guitarra los acompaña. La mayoría de los rostros son indígenas entre uno que otro mestizo. Es la iglesia de San José de Cusmapa, un pueblito a 250 kilómetros al norte de Managua. Dentro de la iglesia hay una tumba, alrededor de la cual canta el coro infantil. “Di ay da rataplán…”. Y dentro de la tumba descansa, desde hace 25 años, un sacerdote salesiano: padre Rafael María Fabretto, “8 de julio 1920-22 de marzo 1990”, se lee en la lápida.

Esta historia comenzó, sin embargo, muchos años antes.

Allá por agosto de 1953 don Luis Alfredo López era un muchacho de 12 años que acompañaba a todos lados a su padre, cuando en una reunión de la comunidad indígena de El Carrizal vieron llegar con asombro a un joven y desparpajado sacerdote, quien apenas se daba a entender con su mal español.

“La gente se entusiasmó con la llegada del curita porque, vea, nos atendía un cura haraganzón que nunca llegaba y entre todos recogieron dinero. ¡Como cuatrocientos córdobas, que era un platal! Para que vea que aquí sí hay limosna, le dijeron”, cuenta don Luis Alfredo, quien ahora tiene 75 años.

Contra todos los pronósticos, el cura volvió para noviembre de ese mismo año. Se había dedicado a recorrer las comunidades de San Lucas y Las Sabanas y se declaraba enamorado de aquellos parajes. Lo miraban como loco. Él quería abrir escuelas en ese fin del mundo. Decía que iba a construir carreteras, hablaba de un centro de salud, de tener electricidad y agua potable y hasta de esos extraños aparatos a través de los cuales se oía la voz de otros que estaban lejos y que con dificultad se habían instalado en Somoto: los teléfonos. “¡Ay padre, cómo se le ocurre!”, le decían viéndolo con compasión.

Lo que hoy conocemos como San José de Cusmapa era montaña cerrada en ese tiempo. Estaba poblada principalmente por indígenas que sobrevivían de la siembra de granos básicos, olvidados por todos los gobiernos. La trocha más cercana estaba a 12 kilómetros del poblado y solo se podía llegar a pie o a caballo a este lugar alto y fresco, sembrado de pinares.

“El padre se venía a pie desde Somoto. No le gustaba andar montado. Había veces que salía de Somoto a las 6:00 de la tarde y a las 11:00 de la noche estaba aquí. Celebraba misa en la mañana del día siguiente y a las 2:00 de la tarde iba de viaje para Somoto, siempre a pie. Una muchachada caminaba con él, por eso no sentía el camino porque ahí venía cantando con un su rataplán que tenía él”, relata don Luis Alfredo. “Di ay da rataplán…”.

Los atoleros

“Nos decían los atoleros, los come-pata-de-pollo, pero no nos afrentamos. Nosotros decimos con orgullo que somos hijos del padre Fabretto”. Rodolfo Arturo Mejía Gaitán llegó de 7 años al oratorio del padre Fabretto en Somoto. Ahora tiene 37 años y se quedó viviendo en San José de Cusmapa.

Los oratorios son, tal vez, la obra más visible del padre Fabretto. Fundó cinco en diversas partes del país. El primero en Somoto en 1955, y el segundo, y más conocido, dos años después en Cusmapa, el pueblo que levantó y donde estableció su especie de cuartel central. Los oratorios eran centros de albergue para niños y adolescentes desamparados o en situación de riesgo. Niños abandonados, niños que hoy llamamos “de la calle” e hijos de familias desamparadas o en problemas, como la de Rodolfo Arturo, a quien su padre llegó a dejar en manos de Fabretto, junto con tres hermanas menores, “por problemas económicos y conyugales”. Estos centros eran dirigidos con disciplina cuasi militar.

“La palabra reformatorio no le gustaba al padre. Prefería oratorio a reformatorio, porque eran lugares de oración. La gente los veía como reformatorios, pero no era así. Nosotros nos veíamos como familia. La familia padre Fabretto. Hermano Fabretto, nos decimos entre nosotros”, refiere Rodolfo Arturo.

La rutina de un oratorio era más o menos así, según relata Róger Artola Pérez, de 56 años, otro de sus hijos. “A las 5:00 de la mañana nos levantaban. ¡Arriba los chavalos! Dábamos una oración y luego alas 5:30 nos bañábamos en dos lagunas que había en Cusmapa. Salíamos del chapuzón, nos cambiábamos y nos íbamos al comedor de 6:00 a 7:00. A las 7:30 íbamos a clases. Salíamos a las 11:00 de la mañana y regresábamos a la 1:00 de la tarde. Una hora de meditación a las 4:45 y regresábamos al oratorio, donde cenábamos a las 5:30. Luego nos reuníamos a hacer tareas y a las 7:00 de la noche rezábamos el Rosario y cada quien a su cuarto a dormir. Los sábados y domingos había deportes. Futbol, futbol, que era lo que le gustaba más al padre”.

El desayuno era, generalmente, una cuchara grande de atol de harina —por ello los llamaban “atoleros”— con un puñado de galleta. El almuerzo tradicional era frijoles negros revueltos con arroz cocido, sopeados, con guineo verde o pan simple. Y la cena, nuevamente atol con galleta o… polvo de galleta.

La frugal dieta de los internos en los oratorios tenía que ver con las peripecias que hacía el padre Fabretto para conseguir los alimentos. “Al padre le daban en la Tip Top los recortes y las menudencias de hígado y patas de pollo”, explica Rodolfo Alfredo.

“Cuando él llegaba con esas comidas nosotros nos alegrábamos como a quien llevan a un restaurante, porque también a veces pasábamos crisis. A veces solo con el vasito de atolito íbamos para clases, al regreso la mitad de una tortilla y los frijolitos. La Nabisco le donaba recortes de las galletas en bolsas. Cuando oímos pitar la camioneta nos alegrábamos y ya salíamos a abrazarlo. Atol con galleta, ese era el desayuno y patas de pollo en arroz aguado de almuerzo. Comíamos sabroso”.

Había celebraciones con piñatas o comidas especiales los 8 de julio en los cumpleaños del padre Fabretto o en la graduación de los cursos de Mecánica, Sastrería o Carpintería que ahí se impartían.

¡Llegó carro!

Un día de 1958 entró a San José de Cusmapa el primer vehículo de su Historia. Era un jeep Willy. Lo manejaba el padre Fabretto y los pobladores lo recibieron con ovaciones. Todas las “locuras” que traía el desaliñado sacerdote italiano estaban cobrando forma ante el asombro de quienes hace tres años lo oían con incredulidad.

El jeep era un regalo del entonces presidente de Nicaragua, Luis Somoza, al padre Fabretto. Y su entrada triunfal inauguraba la carretera que comenzó por insistencia del cura tres años atrás, a punta de piocha y pala.

“Es que para ese señor no había noche. Era incansable”, dice don Luis Alfredo, quien estuvo piocha en mano en la comunidad El Cipián, que era donde terminaba la carretera construida por el Gobierno.

Fabretto movía a los cusmapeños a ritmo de vértigo. No era solo la carretera. Eran varias carreteras y trochas, algunas, incluso, metidas en territorio hondureño. Para 1955 también estaba construyendo el oratorio de Cusmapa, un edificio de dos pisos, y ya se le había metido en la cabeza hacer un municipio de esa abandonada comunidad de Cusmapa.

“Si queremos que Cusmapa se haga municipio, vamos a conseguir un tractor. Vamos a hacer calles, hagan casitas, sino no viene el título”, dice don Luis Alfredo que insistía el sacerdote. Y para ir convenciendo voluntades y ganando apoyo, cada calle que se inauguraba era bautizada con el nombre de algún diputado.

“A la calle principal le pusieron Avenida Alejandro Abaunza, que era diputado y le ayudó al padre”, relata. “La última calle se llamaba Avenida John Kennedy, porque el presidente Kennedy le regaló un tractor y una pala. Con ese tractor el padre hizo zanganadas, como decimos nosotros, progreso. Ya fue entrando la civilización. Ya las cosechitas salían”.

El 6 de enero de 1963 San José de Cusmapa fue declarado oficialmente municipio, gracias a la tenaz insistencia del padre Fabretto.

“Él fue el primer maestro, el primer médico, el primer alcalde que tuvo el pueblo”, manifiesta María Elena Díaz, actual alcaldesa de Cusmapa.

Todos en los pobladores de Cusmapa mayores de 30 años tienen una historia con el padre Fabretto que contar. La de María Elena es que quedó al cuidado del sacerdote a los 6 años, cuando su padre murió. Aunque para ese tiempo el padre solo aceptaba niños varones, con ella hizo la excepción, pues la madre de la niña, Lidia Vázquez, era su cocinera.

Y no termina ahí su relación con el padre. La alcaldesa es viuda de uno de los hijos del padre, Fausto José Blandón, mejor conocido por “Ipegüe”, un apodo que le puso Fabretto en una historia que contaremos más adelante.

Terco e insistente

Tal vez este episodio que narra don Luis Alfredo retrate en cuerpo completo la personalidad del padre Fabretto: “Por 1969 el padre andaba detrás de los ministros de Fomento y Obras Públicas. A él se le había quebrado una camioneta porque, mire, el padrecito fue destructor de carros, hoy le daban uno y mañana no tenía nada. Yo tenía una camionetita.

—Hijo, haceme todas las vueltas, porque estoy interesado en llevar las máquinas a reparar Cusmapa.

Ahí en Ducualí era el Departamento de Carretera y Obras Públicas. Mario Sánchez era el ingeniero que administraba ahí.

—Ingeniero, ¿cómo están las máquinas? —le dijo.

—Padre, váyase a Managua porque estas máquinas ya van para zona productiva.

Nos vamos para Managua donde el ministro de Obras Públicas.

—Está bien padre, ya le voy a dar la orden al ingeniero Mario Sánchez, de Ducualí, para que le entregue el equipo por una semana, padre, porque estamos alcanzados atendiendo la zona productiva.

Nos venimos a Ducualí como a las 3:00 de la tarde. El padre venía alegre, platicando cómo iba a componer el camino y sacarle el jugo a esa semana de equipo.

—Padre, lo que pasa es que el ministro da la orden, pero aquí no hay ni una máquina, todos los equipos están en Quilalí y Jalapa. Solo que viniera con una orden escrita.

Ahí nomás nos regresamos a Managua. Llegamos como a las 10:00 de la noche. El padre tenía un secretario muy bueno para hacer cartas, Motelli se llamaba, le pidió que le hiciera una solicitud para el presidente y otra para el ministro de Obras Públicas. Anastasio Somoza era el presidente. A las 10:30 lo recibieron en Obras Públicas y a las 11:25 estábamos donde el presidente.

—Yo le voy a dar una orden al ministro para que me lo atienda como se debe —le dijo Somoza.

—Denle un equipo al padre Fabretto —ordenó.

A las 11:40 ya salimos de ahí. Pasamos por donde el ministro y salimos a la 1:00 de la tarde. A las 5:00 estábamos de nuevo en Ducualí.

—Padre, con esta carta usted se va a Quilalí y que le entreguen el equipo. Puede irse mañana.

—No, ya nos vamos dice el padre— y llegamos a Quilalí como las 10:00 de la noche. Y las 4:00 de la mañana estábamos saliendo con todo el equipo: tractor, patrol, palas… ¡Y esos finqueros quilalianos enojados! Llegamos a Cusmapa como a las 11:00 del día”.

Semaforos inteligentes

Los zapatos del padre

El padre Fabretto se presentaba en las oficinas ministeriales o presidenciales de sotana raída y zapatones maltrechos. Nada del dinero que recogía lo invertía en él mismo. Comía lo mismo que comían sus muchachos. Cuenta don Luis Alfredo que en ocasiones, cuando llegaba a Managua le cambiaban sus toscos zapatones por unos finos nuevos. “Tome este par de zapatos, pero póngaselos ya”, le advertían.

Róger Artola hace una confesión: una vez le robó al padre Fabretto unos finos zapatos Florsheim, que posiblemente fueron de esos regalos que le hacían porque él habría sido incapaz de comprárselos con el dinero que recogía para sus oratorios.

“Una vez había venido el padre de Managua y estábamos en una casa que le decíamos ‘El Cajón’”, cuenta.

“Nos reunimos los muchachos con él y yo le quité los zapatos y comencé a quitarle los pellejitos de los pies. Eso le gustaba a él. Pero como éramos bandidos, ahí con otro bróder, que se llamaba Napoleón Zúniga decidimos: ‘Robémosle los zapatos al padre’. Le cambiamos los zapatos nuevos por unos tenis viejos que él mismo tenía y ni cuenta se dio. Pero cuando estábamos en misa del domingo, el padre ve sus zapatos Florsheim en los pies del cliente al que se los habíamos vendido. Y lo llamó. ¡Que quién se los había vendido! Le dijo que había sido un chavalo pelón de los suyos. Tocaron una campana, nos reunió a todos, pero como todos éramos pelones no supo reconocerme. Travesuras de chavalo”.

“Había unos que le decían”, recuerda don Luis Alfredo, “padre, usted nunca progresa porque solo ladrones agarra en ese Managua”.

Hijos de Fabretto

Por la mano del padre Fabretto pasaron unos 15 mil niños durante los 35 años que manejó personalmente los oratorios.

“Muchos dicen hoy: yo le doy gracias a Dios y a el padre Fabretto que por él soy lo que soy, soy un abogado, un ingeniero. El padre era un martillo que enderezaba todo tipo de clavos”, comparte Rodolfo Arturo, uno de sus hijos.

Los métodos del padre Fabretto podrían parecer hoy “políticamente incorrectos”.

El régimen de vida en los oratorios era casi militar. A los que se fugaban se les iba a buscar y se les regresaba al hogar.

“Yo hice tres intentos de fugarme. Una vez me agarraron en Somoto, otra vez en Estelí y otra vez en San Isidro. Mi intención era buscar a mi familia. Cosas de chavalo”, recuerda Róger, el mismo que le robó los zapatos, y que ahora es un constructor, con cursos en Estados Unidos y quien se presenta como “hijo del padre Fabretto”. “La disciplina era muy fuerte, por eso ahora vamos por el buen camino”, acota.

Fajazos, cachetadas o jalones de oreja eran ocasionalmente parte de los castigos. Róger Artola, por ejemplo, recuerda una vez que lo fajearon a los 10 años por tirarle en venganza una pedrada a un profesor que a su vez le había lanzado un borrador en clases.

También Fabretto acostumbraba poner apodos a todos sus hijos. Como el caso de “Ipegüe”, el fallecido esposo de la actual alcaldesa de Cusmapa.

El apodo nació cuando el sacerdote fue a un hospital para retirar a unos niños que había dejado curando ahí y se encontró con un bebé abandonado. “Padre, ¿trajo a los niños?”, le preguntaron en el oratorio cuando llegó. “Sí, y también un ipegüe”, dijo.

“Ipegüe” fue uno de los niños más traviesos e inquietos que se recuerda en el oratorio de Cusmapa. A los 10 años, no obstante, ya manejaba el tractor y abría trochas con el sacerdote. Murió en 1993, a los 42 años de edad.

“Di ay da rataplán”

El 19 de marzo de 1990, el padre Fabretto ofició la misa de San José, el patrono de su querida Cusmapa. Al día siguiente salió hacia Managua. El 21 de marzo se acostó temprano, aunque como a la 1:00 de la mañana del 22 todavía lo sintieron que andaba por su cuarto.

A las 6:00 de la mañana sus compañeros se extrañaron porque no se oían los rutinarios cantos con que el padre se despertaba. Había muerto de un ataque al corazón. Tenía 70 años. Cusmapa lloró ese día.

“Él todavía vive en Cusmapa”, dice la alcaldesa María Elena. “Él todavía nos cuida y hace milagros por nosotros”. Confía en que algún día la Iglesia católica lo declare oficialmente santo, como ya ellos lo reconocen.

El padre Fabretto no quiso regresar a su natal Italia y pidió ser enterrado en Cusmapa. Ahí, en esa pequeña iglesia de pueblo, en una humilde tumba, adonde llegan peregrinos pidiendo milagros, misioneros y voluntarios para conocer más de su vida y niños a cantarle su famoso rataplán, la canción infantil que más le gustaba. “Di ay da rataplán, traía un ramo de flores…”.

Tiempos de guerra

Para abril del 79 el padre Fabretto marchó con sus hijos hacia Honduras, huyendo de la guerra que azotaba entonces a Nicaragua.

Llegaron de grupo en grupo y a todos les buscaba alojamiento con conocidos.

En agosto de ese mismo año, después de la caída de Somoza, regresó pero ya su obra no volvió a ser la misma.

“A la gente que le ayudaba le habían confiscado y los sandinistas con la guerra ya no lo atendían. Fue la destrucción”, indica don Luis Alfredo López, uno de los que lo acompañaron en el exilio.

Durante los años ochenta se dedicó a proteger jóvenes que huían del Servicio Militar. “Escondió bastante gente”, recuerda López.

Legado de Fabretto

Con la muerte del padre Fabretto en 1990, prácticamente murió su modelo de enseñanza y refugio, pero sobrevivió su legado.

Legalmente se fundó ese mismo año la Familia Fabretto, que actualmente atiende a más de 12,000 niños en siete centros educativos de distintas comunidades rurales y urbanas,además de un centenar de escuelas públicas en toda Nicaragua.

Ya no hay internado y los programas tratan de coordinarse con acciones del Gobierno y otros organismos para aprovechar mejor los esfuerzos y recursos.

Los cinco programas que desarrolla Fabretto en Nicaragua son: Educación Temprana y Primaria; Educación Secundaria en Áreas Rurales; Educación Vocacional y Técnica; Seguridad Alimentaria y Nutrición y Bienestar y Desarrollo Comunitario.

COMENTARIOS

  1. Pvito Terrin
    Hace 4 años

    soy padre vito tambien de Fossò Venezia Italia como el padre Fabretto, hasta ahora no le conocia… pues yo naci solo en el 1955. Me alegra muchisimo saber de el pues tambien yo he vivido como misionero en Colombia y mas dew una vez pase por Managua cuando visitaba mis cohermanos en la Cruz Guanacaste Costarica

  2. Claudio Demurz
    Hace 7 años

    Padre Fabretto hizo muchísimas obras buenas en Somoto, Las Sabanas y Cusmapa. Pero hay una «otra mitad» de la historia– sobre sus ayudantes–la gran mayoria hombres– en la zona de Madriz… una historia subterránea de la cual la gente tiene mucho miedo en decir en publico porque creen que los religiosos son «Santos». Si conoces la actuacion de la Iglesia Catolica en el mundo, puedes adivinar de que estoy escribiendo. No debemos crear mitos de «santos» en el año 2015, Fabián.

  3. Juan Lo pez
    Hace 7 años

    Que Dios lo tenga en su santo seno y que la virgen madre Auxiliadora provea amor y paz para quienes sigan las huellas de tan ilustre ser.

  4. ligerito
    Hace 7 años

    Que buen hombre. Buen legado y con solo el interés de ayudarle a los pobres y desposeídos.
    No era populista sino que realmente un hombre Santo. Ojala que surjan mas personas que prediquen la verdad del Evangelio y no politiquería para adorar a un dictador. Viva el padre Fabretto.

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