Memorial de varias décadas

Yo he conocido ríos, afirma el poeta norteamericano Langton Hughes.

Yo he conocido ríos, afirma el poeta norteamericano Langton Hughes.

Con el libro de Jorge Eduardo Arellano, recientemente aparecido, memorial de los 60, se han renovado en mi interior agradables recuerdos.

Hay que leer a Jorge Eduardo Arellano estando ya en posesión de papel y lápiz y con la adarga al brazo toda fantasía y la lanza en ristre, toda corazón.

Gracias a la lectura de este libro surge en mi interior una luz que expone, con suave claridad, los sucesos cotidianos atesorados en la memoria.

La Iglesia Parroquial de Boaco acogió, a mediados de los años 50 del siglo pasado, frente a su esquina sureste, una porción de chiquillos de ambos sexos que, aprovechando las hermosas lunas de la estación, se congregaban a jugar ingenuamente y a entonar los cantos aprendidos en las escuelas de la localidad. Esquina opuesta al templo parroquial estaban los Incer Barquero, los García Toledo habitaban en otra de las esquinas y en la última se hallaban los Arellano Sandino.

Éramos tantos los niños y jóvenes congregados en ese lugar que en la ciudad se comentaba que allí había suficiente elemento para organizar varias novenas de beisbol.

Me llevaron a conocer Granada en 1945. Me recuerdo de pie, individual, en la punta del muelle, contemplando la inmensidad de la Mar Dulce. Posiblemente ya estaban allí los hermanos Bárcenas, ciegos, de saco y corbata, a quienes conocería yo años más tarde.

En ese tiempo, creo yo, doña Nely Sandino Vargas, en estado de buena esperanza, abrigaba ya, en su cóncava luna de dulzura, a su hijo Jorge Eduardo, con quien en años posteriores yo tendría una sólida amistad.

Con el tiempo inicié mis estudios en la Universidad de Oriente y Mediodía, en Granada, cuando la Radio Sport difundía por los cuatro rumbos la música de los alegres porros colombianos.

Yo he conocido ríos, dijo el poeta.

Manrique, el insuperable Manrique, afirma que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir.

Vi a Don Marco Antonio Ortega, sentado en su butaca de mimbre, tomando el fresco de la tarde, en la acera de su casa.

Yo sé que en París, hasta los pájaros andan con un libro bajo el ala; así don Carlos A. Bravo, cuando se dirigía a dar sus clases en el Instituto Nacional de Oriente.

Yo vivía del frontis de la Iglesia de San Francisco una cuadra al Sur, frente a la casa del doctor Fausto Robleto.

Un poco al Este se hallaba la casa del doctor Carlos Cuadra Pasos, quien pasaba, todos los domingos y fiestas de guardar, hacia la catedral a oír misa, acompañado de su familia, incluyendo a Pablo Antonio Cuadra, por supuesto.

Me encantaba pasear por la calle donde vivía el maestro Barberena Pérez y nunca me atreví a meter mi mano en la Piedra Bocona.

El doctor Sergio Gómez, siempre vestido de militar, nos enseñaba la Botánica Médica. La niña Carmela y la niña Ricarda eran los íconos de la educación.

Fernando Silva, recién superados sus veinte años, comenzó a platicarme de la poesía de Vallejo.

El decano de la Facultad de Medicina, doctor Juan José Martínez, llegaba en un coche tirado por un solo caballo.

No hay duda, Granada es siempre Granada, bella y con hada.

Se ha dicho que un mes de viaje es tan provechoso como un año de estudio.

Por eso me he preocupado por visitar Teotecacinte, Potosí, Telica, Muhan, La Concordia, etc.

He conversado y he estrechado las manos de los doctores Edgardo Buitrago y doña Mariana, Juan Munguía Novoa, Simeón Rizo Gadea, Emilio Gutiérrez, los dos Mariano Fiallos, Modesto Armijo, Monseñor Oviedo y Reyes, Stanley Cayasso, Cristino Paguaga Núñez, Monseñor Marco Antonio García y Suárez, José Jirón Terán, Hernán Robleto, el Hermano Garnier, el Padre Rongier, Chepita Toledo, Luis Alberto Cabrales, Juan de Dios Vanegas, Julián N. Guerrero y Lolita Soriano, César Caracas y Ernesto Brown, Eudoro Solís, el maestro Delgadillo, Camilo Zapata y etc,etc.

Todos ellos son inmensos ríos de hondo cauce, que fueron dar a la mar que es el morir; figuras maestras que, con palabras de Carlos Martínez Rivas “a través de los siglos se saludan y oímos encenderse sus voces como gallos remotos que desde el fondo de la noche se llaman y responden”.

El que se va se lleva su memoria, Su modo de ser río, de ser ave, De ser adiós y nunca.

Al igual que Jorge Eduardo Arellano, yo he conocido ríos.

Boaco, Julio del 2015.

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