Tomás y yo

Tomás Borge y yo nos conocimos en las empedradas calles de León, en 1951, después de haber sido peloneados como estudiantes de primer ingreso en la Universidad Nacional.

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Tomás Borge y yo nos conocimos en las empedradas calles de León, en 1951, después de haber sido peloneados como estudiantes de primer ingreso en la Universidad Nacional. Se habían cerrado por arbitrariedad del dictador Anastasio Somoza García las universidades de Managua y Granada, dejando la vieja Universidad de León como único centro de educación superior del país. El rector era el poeta y abogado Juan de Dios Vanegas. Estábamos matriculados, junto con otros setenta u ochenta pelones como alumnos del primer año de Derecho, cuyo decano era el respetado y querido profesor, Roberto Buitrago. Una de las primeras clases que atendimos fue la de Introducción al Estudio de la carrera, llamada entonces Prolegómenos del Derecho, que impartía el propio rector, pero que en la práctica había delegado, quizás por razones de edad, en un entusiasta recién egresado, Róger Berríos. Tomás se destacaba en el grupo de principiantes, al menos por dos razones visibles, primero por su edad, ya que en un grupo, todos menores de veinte años, él era un “viejo” mucho mayor de veinte, la otra razón era por su oratoria, atrevida y valiente, siempre encendida contra la dictadura.

El Centro Universitario, dirigido por Alfonso Lovo, estudiante deDerecho de los años superiores, convocaba ocasionalmente a actos callejeros de protestas política contra el régimen, los que teníamos valor de participar en las calles, disfrutábamos escuchando la oratoria violenta de Tomás el pequeño compañero pelón, blasfemando contra la dictadura, eso nos daba ánimos y decisión para participar en la lucha. En clases nos veíamos diario y fuera de las aulas universitarias, ocasionalmente.

Tomás vendía libros, lo que le permitía contactar y alternar con cabecillas políticos de la localidad, en especial con los conocidos dirigentes y militantes del PLI, en aquel entonces, una de las principales fuerzas de oposición al gobierno de Somoza. Yo trabajaba como redactor deportivo en El Centroamericano de Rudy Abaunza, que dirigía Orlando Barreto, compañero estudiante de los años superiores. Tomás era visitante y colaborador frecuente del periódico. A mitad de la década, cuando estábamos en los años finales de la carrera, Tomás empezó a ausentarse de las aulas, hasta que se perdió definitivamente de la Universidad, no se sabe exactamente cuándo, pero lo perdimos de vista, como en tercero o cuarto año. Algún tiempo después,

ya Tomás en la clandestinidad, nos encontramos en varias ocasiones. Desde la cárcel me envió con Josefina, su esposa de entonces un mensaje cuidadosamente escrito en un diminuto papelito delgado, que conservo donde me saludaba y me pedía que le entregara a ella una cierta cantidad de dinero, por cierto un poco más allá de mis posibilidades, aunque logré ayudar en lo que pude. Posterior a la muerte de Somoza García, cuando le acusaron en el Consejo de Guerra, nombró abogado defensor a nuestro condiscípulo Carlos Tünnermann y solicitó mi comparecencia como testigo de buena conducta, que era una de los pocos elementos de defensa de que Carlos disponía. Con gusto y seguramente con temor, asistí a testificar en su favor.

No volví a saber de él sino cuando ya libre y siempre en plan de conspiración, me pidió que nos reuniéramos en la noche en un parquecito de Satélite Asososca, donde nosotros hemos vivido. Buscaba apoyo financiero así como ampliar sus contactos políticos, hasta se quitó el Rolex que andaba y me lo prometió como regalo, en un gesto poético, a cambio de algún dinero para el movimiento político clandestino.

Durante la guerrilla lo volvimos a perder de vista, hasta que nos encontramos el 18 de julio en medio de un mar de gentes en el lobby del hotel Camino Real, cerca del aeropuerto, recién llegado a Managua, su actitud, debo admitirlo con cierto pesar, había cambiado, como él reconoció después, empezaban a subírsele los humos. Nos veíamos en actos oficiales o sociales, de manera esporádica.Después de la derrota del 90, la última ocasión que tuvimos de conversar de forma extensa fue en la Funeraria Monte de los Olivos, con motivo de las exequias del doctor Fernando Antonio Cuadra Cuadra. El ambiente político estaba caliente por que empezaba a circular el rumor de que Daniel Ortega intentaba violar la Constitución para buscar la reelección, hablamos de ese tópico, con la franqueza habitual y sin tapujos, me admitió que era decisión de la pareja presidencial y que resultaba difícil oponerse.

Me preguntó quién creía yo que podría poner el Frente para tener posibilidad de ganar una elección, que no fuera Daniel, le contesté que nosotros creemos en varias personas con méritos que podrían tener posibilidades, que Nicho Marenco es un sandinista con popularidad y trayectoria, no lo acepta la Rosario, me espetó.

Le agregué que Aminta Granera era otro cuadro a considerar, en especial como dupleta, Nicho para presidente y Aminta para vice es un tiquete que haría meditar a la oposición y podría ganar una elección sin fraude, terminamos comentando, tampoco la acepta la Chayo, cerró en forma lapidaria. Fue mi última conversación con Tomás.Me sentí acongojado por aquel compañero, cuya pequeña estatura era inversamente proporcional a su valentía y su inmenso coraje, que no le tuvo miedo a los pelotones de soldados armados bala en boca de la primera dictadura, y que con el correr de los años haya sido sometido tan humildemente.

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