Cambio de paradigma

La situación actual en sus líneas generales y en medio de las complejidades que la constituyen, podría caracterizarse como de coexistencia del capitalismo corporativo transnacional, con la crisis que padece, y la idea de la institucionalidad como paradigma de la pretendida nueva sociedad por construir y que vendría a sustituir a la forma de capitalismo, severamente cuestionado, con el que coexiste.

Usamos el concepto de paradigma como punto de referencia, modelo, patrón, orientación, extrayendo su sentido de las diferentes expresiones que buscan definirlo, con el propósito de aplicarlo a la interpretación de la situación actual, la que en medio de la crisis, busca precisamente la dirección y objetivo de la acción que puede permitir construir una nueva estructura y funcionamiento de la sociedad global.

Más allá de los acontecimientos que impactan la realidad contemporánea: atentados, terrorismo, desempleo, pobreza crítica, migraciones, guerras civiles, combates, enfrentamientos armados, bombardeos, fundamentalismos religiosos, culturales, étnicos, entre otros hechos que sacuden a diario la conciencia individual y colectiva, y que sin duda alguna merecen la atención y acción enérgica e inmediata de todos los estados, sociedades y personas, convendría, además, tratar de identificar las líneas de pensamiento que surgen tras la masa de conflictos, y que de alguna manera tienden a constituirse en el referente que sustente la nueva sociedad surgida del conflicto y la confrontación.

En el siglo XX y lo que va del siglo XXI, han surgido ideas dominantes que se han establecido como núcleos básicos y que han tratado, lográndolo o no, de orientar la estructura, funcionamiento y finalidades de la sociedad en determinada época.

A grandes rasgos y en términos muy generales, podríamos mencionar la idea del Estado participativo que surge como alternativa global a la crisis de los años 29 y treinta del siglo pasado. La idea del mercado total y absoluto que aparece a comienzos de la década de los años setenta, sustentado en la ideología del llamado neoliberalismo y de la globalización. El debilitamiento y luego la crisis de estas ideas a comienzos del presente siglo, la que se acentúa en los años 2007 y 2008, hasta el momento actual, en el que se recupera la idea de la institucionalidad como condición necesaria en la construcción de la sociedad que debe surgir de la crisis del momento presente.

La situación actual en sus líneas generales y en medio de las complejidades que la constituyen, podría caracterizarse como de coexistencia del capitalismo corporativo transnacional, con la crisis que padece, y la idea de la institucionalidad como paradigma de la pretendida nueva sociedad por construir y que vendría a sustituir a la forma de capitalismo, severamente cuestionado, con el que coexiste.

No obstante, aún y cuando existiera, al menos en el plano teórico y conceptual, la coincidencia sobre esta nueva forma de organización social, jurídica y política, surgen nuevos temas de discusión en relación al sentido que esta institucionalidad debería tener. Recientemente en Managua, invitado por Funides, y Universidad Americana (UAM), el profesor James Robinson en la presentación del libro Por qué fracasan los países, del cual es coautor, se refirió a dos tipos de instituciones: la extractiva, que conduce al fracaso, y la inclusiva, que protege valores fundamentales como la justicia, la libertad, la propiedad, y sobre esa base hace posible el desarrollo y el progreso.

Pero además de esa caracterización, plenamente válida habría muchas otras, si se toma en cuenta que la institución es una estructura que debe garantizar la voluntad general de la ciudadanía y la sociedad, y por tanto, debe reflejar esa voluntad colectiva en el sistema legal y en los órganos creados para su constitución y funcionamiento.

El debate contemporáneo no está únicamente en relación a la prioridad y necesidad de las instituciones, lo que es verdadero, sino en el tipo de sociedad que debe reflejarse en el sistema institucional el que podría servir para consolidar el poder económico prevaleciente, para armonizar el poder económico con el poder político, para afianzar el poder político autoritario, o bien para garantizar la democracia, el respeto a valores y principios éticos del ciudadano y la persona y de los grupos y organizaciones sociales que constituyen una comunidad específica.
Uno de los temas esenciales podría ser la redefinición del concepto de representación con el que nació la democracia moderna, afectado en la actualidad por la deformación producida en su configuración institucional y en su funcionamiento.

En cierto sentido en el sistema del capitalismo corporativo transnacional, la representación ha cambiado de naturaleza y dirección. No es interna ni va de abajo hacia arriba, sino que es externa y va de arriba hacia abajo, aunque formalmente se mantenga como referencia retórica en los textos constitucionales la tesis de la soberanía popular y del poder como representación de la voluntad del pueblo.

Desde mi punto de vista, la verdadera institucionalidad que responda a la justicia social, la libertad, y el Estado de Derecho, debe plantear la idea de la democracia a partir de tres criterios claves: descentralización, participación y concertación, mediante la cual se propone una nueva visión del Estado, el mercado y la sociedad civil .

La amenaza contra la democracia proviene hoy de diferentes puntos, uno de ellos es el capitalismo financiero especulativo, por una parte, y el fundamentalismo tribal, por la otra. Además, en otras situaciones como las de algunos países de América Latina la ruptura de la representación democrática tiene como causa el caudillismo y el clientelismo político. En algunos países altamente desarrollados tal situación obedece al control del capital sobre el aparato institucional. En ambos casos y por diferentes razones se pone en crisis el principio de legitimidad y con él la propia democracia. De esa forma, el destino de la democracia, que es un sistema de límites al poder, zozobra ante el ejercicio de un poder sin límites, en una sociedad mundial confusa y desorientada ante el naufragio universal de los valores y la devaluación general de las normas jurídicas. Se destruye la democracia en nombre de la democracia.

En medio de todo surge, no obstante, una voluntad de recuperación de la democracia que llega acompañada de una voluntad de restauración del Estado como representante de la ciudadanía frente al totalitarismo de mercado. Diseñar el Estado con una finalidad auténticamente democrática, entre las corrientes y contra corrientes y la multiplicidad de factores encontrados que hoy prevalecen, es tarea difícil pero absolutamente necesaria.

El problema principal, hoy como ayer sigue siendo la protección de los derechos básicos de la persona y la ciudadanía. Tal como la expresa Karl Popper en su libro La sociedad abierta y sus enemigos el problema fundamental de la política tiene que ver con el ejercicio del poder, por lo que la vieja pregunta de “¿Quiénes deben gobernar?” debe ser reemplazada por otra, mucho más realista de “¿Cómo podemos sujetar a quienes gobiernan?”.

La configuración del paradigma de nuestro tiempo debe estar determinada por la institucionalidad, señalando, sin embargo que entre las múltiples funciones de esta, tres son fundamentales: su naturaleza social orientada a la preservación de la justicia a las personas y a los grupos menos favorecidos; la independencia de la estructura institucional de los poderes financieros y económicos; y el control del poder político como condición indispensable para que la democracia exista y funcione, y para sustituir la idea y práctica del poder sin límites, por el sistema de límites al poder.

El autor es jurista y filósofo nicaragüense.

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