Mis recuerdos de la vieja Managua, sus gentes y costumbres antes del terremoto de 1972

Soy “Managua autóctono”. Nací en el barrio del Perpetuo Socorro, así llamado por la ermita del mismo nombre que fundó el Padre Marco Antonio García Suárez, quien después fue obispo de Granada. Frente a ella estaban las Oficinas de la Radio-telegrafía Nacional y el Almacén de Municiones de la antigua Guardia Nacional.

La avenida Bolívar de la vieja Managua, antes del terremoto del 1972. LA PRENSA/ARCHIVO.

Soy “Managua autóctono”. Nací en el barrio del Perpetuo Socorro, así llamado por la ermita del mismo nombre que fundó el Padre Marco Antonio García Suárez, quien después fue obispo de Granada. Frente a ella estaban las Oficinas de la Radio-telegrafía Nacional y el Almacén de Municiones de la antigua Guardia Nacional.

El barrio en cuestión era famoso por un Vía Crucis que salía y entraba al Perpetuo Socorro después de recorrer las 14 estaciones, distribuidas en las calles del barrio. También existían en él una reputada venta de raspados: la Riviera, varias pulperías, una funeraria, dos relojerías (la Morlock y La Suiza de los Roeder), la Farmacia Cruz Roja, de don Porfirio Pérez, precursor de los laboratorios farmacéuticos, y la tienda de máquinas de escribir y útiles de oficina de don Víctor Delgadillo.

Mi casa estaba situada sobre la Avenida del Centenario. Contiguo a mi casa, en los años cuarenta, el dictador Anastasio Somoza García hizo construir una mansión de tres pisos más azotea.
Fue una de las casas más lujosas de la vieja Managua y uno de sus obligados puntos de referencia. Tenía escaleras de mármol y un novedoso sistema de luz indirecta en su terraza. La gente le decía “la Casa Lilliam”, por creerse que Somoza se la había regalado a su hija Lilliam cuando esta se casó con Guillermo Sevilla Sacasa.

En realidad, siempre fue de la esposa de Somoza, Salvadora Debayle de Somoza, según los registros. En ella el matrimonio Sevilla Sacasa-Somoza vivió muy poco tiempo, pues el verdadero regalo de bodas que el viejo dictador les hizo a los recién casados fue la Embajada de Nicaragua en Washington, donde Sevilla Sacasa fue Embajador y Decano del Cuerpo Diplomático por más de treinta años.

Somoza alquiló al Gobierno, por varios miles de dólares, la referida casa, que fue sede del Ministerio de Relaciones Exteriores hasta el terremoto de 1972, que la dañó seriamente y luego fue demolida.

LOS CHAVALOS DEL BARRIO

Los “chavalos” de mi barrio éramos Juan Ignacio Gutiérrez Sacasa, que vino con sus padres de Rivas; Edmundo Porras, alias “Chimirruca”, cuya familia provenía de Jinotepe; Enrique José Debayle y sus hermanas Melba, Marta y María Lourdes, hijos del doctor Henry Debayle, originario de León.

La casa estaba frente a la nuestra; los hermanos Poveda, también llegados de León; mis primos, los Pereira Bernheim, también managuas autóctonos, que vivían en el edificio Pereira, hacia el lago, Edgard Parrales, que entiendo es también managua autóctono.

Los hermanos Picasso, Luigi, Claudio y María Pía; los hermanos Wheelock; los Castro Minicucci; los Solórzano Martínez; los hermanos Mc Gregor López; Arnoldo Fava, cuyo padre era italiano; los Roeder y los Morlock, de origen alemán, como los Bunge, que también vivían en el barrio, así como los Shur y Vogel.

Fueron también vecinos del barrio los Salvo y los Arana Arceyut. Frente a la “Casa Lilliam” vivió también, en los años cincuenta, en una pequeña refresquería que allí funcionaba, una muchacha delgadita y atractiva, que entonces se llamaba Blanca Pérez Masis y soñaba con ir a París, sueño que se le hizo realidad con una beca que le otorgó Monsieur Pons, el más famoso embajador que ha tenido Francia en Managua.

Blanca es ahora conocida internacionalmente como Bianca Jagger y es figura destacada del “jet set” y del activismo mundial por causas nobles.

Un entretenimiento, de los “cipotes” de la vieja Managua, era subirnos a la parte trasera de los coches tirados por caballos, exponiéndonos a los “chilillazos” del cochero.

Así bajábamos hasta el Palacio Nacional y luego subíamos hasta la iglesia del Perpetuo Socorro. Recuerdo que siendo muy niño, todos los domingos mis padres nos sacaban a mis hermanos y a mí a pasear en coche por las calles de Managua.

Religiosamente, a las 4:00 de la tarde, llegaba “El Kaiser”, uno de los viejos cocheros de Managua, contratado para el paseo de una hora por las pocas calles pavimentadas de entonces.

Recorríamos la Calle del Triunfo, hasta San Sebastián y luego regresábamos hasta Candelaria. A veces nos aventurábamos a bajar al Malecón, o bien dirigirnos hacia “la aviación”, hasta la “Quinta Nina”, otro punto de referencia de la vieja Managua.

LOS PASEOS POR LA VIEJA MANAGUA

A principios de los años cuarenta, que corresponden a los años de mi adolescencia, ir a la loma de Tiscapa era como salir al campo. Generalmente salíamos en grupo y llevábamos frutas y refrescos, como si fuera un pícnic campestre.

A los niños que nos portábamos bien, y yo confieso, no sin rubor, que fui un niño relativamente bien portado, nos llevaban a tomar sorbete al “Verdi”, sobre la populosa y siempre muy transitada Calle 15 de septiembre, o adonde Prío, donde recuerdo existían unas elegantes mesas de mármol.

Los cumpleaños los celebrábamos invitando a los amiguitos a saborear los deliciosos sorbetes de “La Hormiga de Oro”.

Años antes, el paseo era al Parque Central a admirar las tortugas de la pileta que se encontraba en el centro del parque. Los domingos por la tarde había conciertos en el viejo kiosco de madera, a cargo de la banda y orquesta de la G.N. A veces interpretaban música de compositores nacionales: José de la Cruz Mena, Luis A. Delgadillo, Alejandro Vega Matus y de mi padre, Carlos Tünnermann López.

El viejo kiosco fue luego sustituido por el construido por el alcalde Hernán Robleto y que aún existe. La mujer desnuda que está en la parte superior fue, en esa época, muy controvertida.
En el Parque Central estaba “La Glorieta”, donde también vendían sorbetes y refrescos. Si se quería salir a pasear en automóvil, un poco más lejos, se podía ir hasta el parque “Las Piedrecitas”.

Las personas mayores podían detenerse un rato donde “La Nicolasa”, que servía cervezas y licores, con bocas de frijoles refritos muy afamadas.

LAS CHICHERÍAS,LOS RESTAURANTES, EL ESKIMO

En la vieja Managua fueron muy famosas la Chichería Central y la Chichería Vargas, El Gambrinus, y más tarde El Munich, la Fuente de Soda, El Bomboniere y El Eskimo, a donde los muchachos de los años cincuenta íbamos con las muchachas de entonces, ahora abuelos y abuelas, después de asistir a la matiné del González o del Salazar.

Antes que estos cines modernos con aire acondicionado funcionaran, las matiné a las que asistíamos eran las del Cine Darío, allá por el viejo Instituto Ramírez Goyena, cuyo edificio derribó totalmente el terremoto del 72 y las del cine Luciérnaga, sobre la 15 de septiembre.

Allí coincidíamos con las muchachas de nuestra época. Y ya que hablamos de cines, cómo olvidar El Tropical, el querido cine de mi barrio, sin techo en la luneta, donde vi las mejores películas de Jorge Negrete, de Cantinflas y Pedro Infante.

LOS PERSONAJES POPULARES

Y en esta remembranza no puedo dejar de mencionar a algunos de los personajes populares de entonces, que yo más recuerdo: la Cachureca, una pobre mujer madura que cuando le gritaban ¡Cachureca!, contestaba protestando, a grito partido, que ella no era Cachureca sino “liberal somocista y debaylista”; “Maximiliano”, un desgraciado enfermo mental que recorría las calles pidiendo comida, a quien los niños le teníamos horror.

Peyeyeque, barrendero de las calles de Managua; el “hombre del cabrito”, un viejo inválido que se ganaba honestamente la vida vendiendo lotería y se desplazaba en un carretoncito tirado por un cabro, y que dio origen a un dicho entonces muy popular: “Eso lo puede hacer hasta el del cabrito; Melisandro, la Santos Lucero, con su infaltable sombrerito.

Panchito Herradora, bohemio y humorista, que publicaba un periodiquito que se llamaba ¿Y qué pues? lleno de sátiras políticas y de chistes bien colorados. El encabezado del periódico decía: “Sale cuando al director le da la gana o le aprieta la necesidad”.

Otros personajes eran Tata bucho, que vendía bolsitas de maní; El Pariente Argüello (Andrés Argüello Sáenz), célebre según Orlando Cuadra Downing, por “ser capaz de chuparse seis nacatamales de una sola sentada cuando estaba a media dieta o a ‘media ceba’, como él decía. Su saludo habitual era ‘¡adiós pariente!’ o ‘adiós parientillo’, según el rango social del saludado”.

LA ANTIGUA AVENIDA ROOSEVELT

De la Managua preterremoto lo que más añoro es su antigua Avenida Roosevelt, donde era una distracción agradable pasearse para admirar las vitrinas de su activo comercio y la enorme cantidad de muchachas bonitas que por las tardes recorrían sus establecimientos.

En la esquina de Carlos Cardenal, donde los cambistas, llamados Coyotes, hacían sus operaciones de cambio, se formaban unos tremendos remolinos de viento, que no dejaban falda femenina sin levantar, para suerte de los que andábamos por ahí en momentos tan propicios.

El terremoto de diciembre de 1972 nos arrebató la ciudad y los recuerdos a ella unidos. Nos quedamos, incluso, sin puntos de referencia que nos permitan reconstruirlos fielmente.
Cuesta a veces imaginar, o encontrar con exactitud, donde estuvieron los lugares que frecuentábamos y que tan ligados están a nuestros afectos.

Después del terremoto vino la demolición. Enseguida, el infame cerco de alambre de púas que Somoza Debayle ordenó tender en torno al viejo centro de la ciudad.

LOS CINES DEL BARRIO

Los cines de barrio eran entonces toda una institución. De joven fui muy aficionado al cine y los recorrí casi todos: el elegante Trébol; el América y el Victoria, del barrio San Antonio, Colón —después Fénix—; el Alameda; el viejo Margot, que un día se quemó durante una función nocturna y varias personas murieron achicharradas; en el mismo lugar se construyó, años después, el actual cine Margot, que el terremoto respetó pero que ahora está abandonado.

El más humildito era el cine Palace, sobre la calle 15 de septiembre, con más pulgas que espectadores.

Recuerdo dos acontecimientos que fueron, en su época, signos de progreso: la decisión de establecer las vías en las calles, que al principio provocó muchos accidentes y protestas, y la colocación de los primeros semáforos en algunas esquinas.

No puedo olvidar las cómicas escenas de los pobres cocheros jalando las riendas, con todas sus fuerzas, para evitar que los caballos se cruzaran con luz roja.

Los coches, lamentablemente, desaparecieron el 31 de diciembre de 1950. Los echo muy de menos. Ojalá regresen para el turismo, al menos en la zona del viejo centro de Managua, una vez que se reconstruya como lugar de distracciones y réplica de un barrio de la vieja Managua.

 

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